ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Foto de J.Moreno
Foto de J. Moreno


» Rango finito «



LA MONTAÑA HABÍA LLEGADO

Las fotos son de María Clara Cortés. Los textos de Javier Moreno. La idea es escribir, mediante un juego, un cuento hipertextual ilustrado. Inicialmente, María Clara tomó fotos de Bogotá con total libertad, sin conocer la naturaleza de la historia. En respuesta, Javier usó las fotos para ilustrar un cuento que ocurra en la ciudad. La correspondencia continuó por algunas semanas y en octubre de 2008 publicamos la primera versión estable...


MIRADOR

J. MORENO

"When will the end come? The TV says it's on the way. Same news since I was young. But with you here in my arms, the end will come today." — Zoey van Goey

i

Carla se fue una tarde. Oscurecía. Se llevó su ropa y se llevó a Sancho. Salió a tomar aire y buscar cigarrillos. Dijo que se le habían acabado. Yo le dije que había cajas en la bodega. Ya vuelvo, dijo, no tardo. Necesito ver algo.

ii

Así se ve desde el avión. Un poco más arriba, tal vez, pero así: Oscurece.

Carla está en la ventanilla. Es la tercera vez que sobrevolamos el centro, cada vez menos gente. Tres horas en un avión, una de más. ¡Qué domingo! Carla me pregunta por qué no aterrizamos, por qué el piloto se arrepintió, por qué damos vueltas y vueltas. ¿Es que acaso creen que no nos damos cuenta?

Cuando Carla está nerviosa pregunta muchas cosas.

El aire está caliente. Todos hablan a murmullos, con gravedad. Un niño llora. Nadie se atreve a decir nada. Una mujer dos filas adelante llama a la azafata. Es la quinta vez que lo hace en la última media hora. La azafata llega con un vaso de agua. La mujer le pregunta algo, siempre la misma cosa: ¿Todo está bien? La azafata asiente. Todo está en orden. Hay congestión en el aeropuerto. Es sólo eso: Congestión.

Carla dice que gastan gasolina para que al caer no nos convirtamos en una bola de fuego. Y lo hacen por ellos, me dice. ¿Viste la casa?, le digo. Acabamos de pasar sobre ella de nuevo. Lo hacen por ellos, no por nosotros, repite Carla. Si fuera por nosotros no importaría. Lo hacen por los que todavía están vivos.

¿Viste la casa?

iii

Aquí cayó la primera. Sobre la casa de paredes moradas y techo de eternit. Y también la segunda. Nunca entendimos de dónde llegaron ni por qué. No son cosas que importen en estas circunstancias. No hubo tiempo para nada. Simplemente cayeron e hicieron lo que saben, lo que deben, hacer.

Cuando Carla oyó las explosiones salió al balcón, me llamó, y dijo que teníamos que verlo de cerca. Yo le dije que estaba loca si pensaba que iríamos a ese lugar. Carla dijo que no teníamos elección: Si Mahoma no viene a la montaña, la montaña viene a Mahoma.

Entonces escuchamos la tercera explosión. Nos sumergimos en su impacto. La montaña había llegado.

Pronto perdimos la cuenta de las bombas.

iv

Desde el mirador parecía que todavía estuviera viva. Había columnas de humo. Duraron semanas. La ciudad extendiendo sus pequeños y efímeros bracitos grises hacia el cielo, clamando por piedad, diciendo ya no más.

Nadie entendía. Nadie escuchaba.

v

Cuando Carla era niña tenía un perro, Sancho.

Sancho murió cuando Carla tenía diecinueve años. Estaba viejo. Hacía años que no ladraba. Su mamá la llamó, le dijo que no había sufrido, que se había quedado dormido en la sala junto a ella, viendo televisión. Que la había esperado a que regresara del viaje para despedirse.

Una tarde, caminando entre los escombros, encontramos un cachorrito hambriento debajo de una puerta. Chillaba. Carla lo sacó y lo llevó cargado a casa.

Es Sancho, me dijo. Ha regresado.

vi

Así era. Es dificil de creer. Era de día. Las tres de la tarde. El cielo azul despejado y canciones viejas en el televisor. Niños y perros corriendo por la calle. Un taxi negro, frente al edificio, esperando.

Al principio parecía una tormenta.

vii

Recorremos la plaza como siempre, como si estuviéramos comprando. Lo hacemos cada sábado, por honrar la rutina. Las rutinas calman, dice Carla. Sancho viene con nosotros, le gusta cazar ratas. Todavía huele a plaza, a podredumbre dulce, y a veces, por instantes muy breves, oigo los gritos y los ruidos del lugar como si todavía siguieran ahí.

Lindas estas mandarinas, doña Zoila.

A cuánto están los lulos hoy, mi vida.

Le tengo la sierra fresca, patrón.

¿Cuántos kilos dijo, madre?

Dos, dice Carla. Dos kilos. Gracias.

viii

Las calles se llenaron de palomas muertas. Caminábamos sin saber qué hacer. Buscando algo, creo. Comida, tal vez, o leña seca. A veces oíamos gritos bajo los escombros y Carla me decía que hiciéramos silencio, que respetáramos su descanso. ¿Te gustaría salir y encontrar esto?

Vimos una paloma que se arrastraba sin un ala. (¡Mi ala, dónde está mi ala!) Vimos varias decapitadas y otras descuartizadas, licuadas por el impacto. Carla me preguntó si las palomas nos verían igual. ¿Cómo igual?, le dije. Así, como ellas, me respondió. Perdidas.

Seguimos caminando.

ix

Pocos días después del bombardeo, Carla regresó de una de sus exploraciones por el barrio con el panadero. Había perdido a su hija y a su gato. Estaba decaido. No paraba de llorar.

Cuando Carla hablaba con el panadero se ponía muy triste. Me hablaba de la niña. ¿La recuerdas? ¿Recuerdas a la niña? Siempre estaba sentada en la puerta por las tardes. ¿Estas seguro de que nunca la viste?

A veces salían a pasear juntos.

El panadero le enseñó dónde había enterrado a la hija. En el parque.

Carla lo llevó hasta nuestro mirador.

Carla decía que desde el mirador la ciudad no había cambiado. Desde allá seguía siendo la misma mole gris inabarcable.

x

Sueño regularmente que nada de esto ha pasado pero todos sabemos que ocurrirá.

En el sueño, Carla sube cada mañana a la azotea azul de nuestro edificio a esperar los aviones en llamas.

En el sueño otros la acompañan.

Si no es hoy, será mañana, dice. Hay que ser pacientes.

En el sueño recorremos la ciudad juntos preguntándonos qué quedará y qué caerá.

Esto sí.

Esto no.

Sin dudar.

Sabemos que ocurrirá y sabemos cómo ocurrirá. Recordamos vívidamente el futuro.

Cuando le conté a Carla mi sueño me miró muy seria y me dijo que era una señal.

Luego de eso empezó a subir a la azotea por las tardes a fumarse su cigarrillo del día.

Déjame. Prefiero estar sola, me decía.

xi

A pocas calles hacia el norte hay un barrio tomado por los ganzos. Graznan y se avalanzan con las alas extendidas sobre cualquiera que se atreva a poner pie en su territorio. Un día explorábamos la zona buscando comida junto al panadero. Él nos había advertido de los ganzos. Nos había dicho que teníamos que ser cautos, guardar silencio. Cruzando una esquina los vimos al fondo de la calle. Una mancha blanca sobre el asfalto que de repente enfilaba hacia nosotros haciéndose cada vez más grande. El panadero gritó que corriéramos. Eso hicimos.

Fue la última vez que lo vimos vivo.

Grafo

xii

Un día Carla dijo que había gente en el parque, que los había visto desde la azotea. ¿Quiénes son?, le pregunté. No lo sé, dijo ella.

¿Qué hacen?

Entrenan.

¿Entrenan? ¿Para qué?

Para sobrevivir al bombardeo, claro. Hay nostálgicos que creen que esto no ha ocurrido, que sólo sentimos que fue así para prepararnos para cuando realmente ocurra. Que la vida sigue siendo la de antes, la de las fotos, como en tu sueño.

¿Y las bombas? ¿Qué hay de las bombas? ¿Qué hay de los muertos?

Las bombas son sólo la promesa de las bombas. Ya vendrán los verdaderos muertos.

Javier Moreno (Bogotá, 1977) hace matemáticas y escribe
ocasionalmente, o viceversa. Por estos días vive en un punto medio
inexistente entre Lyon, Francia, y los bosques de Londres, Ontario, Canadá.
Fotografías de María Clara Cortés
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