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EN EL CENTRO DEL MUNDIAL
Acababa de descubrir que una célebre frase de Borges –“Muchas veces en la
vida emprendí el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad”– no
era suya, sino de otro argentino, Guillermo Enrique Hudson. Y había comenzado a
fondear sombríamente en la biografía de este autor (que, por cierto, tanto admiraba
Roberto Bolaño) cuando de pronto, en pleno fondeo, también a mí me interrumpió la
felicidad. ¿Y cómo pudo llegar a sucederme esto? Muy sencillo, me llegó un correo en
el que, a las puertas del Mundial de México, USA y Canadá, me invitaban a escribir
algo sobre los Mundiales de futbol en general. Me alegró la propuesta, en parte porque
vi que iba a liberarme oportunamente de la investigación biográfica sobre Guillermo
Enrique Hudson. Me alegró y celebré el momento buscando el estribillo de la canción
de Shakira para el Mundial que se inicia en el Estadio Azteca el próximo día 11:
“Dai, dai, we go, dale, ale, let's go” (repítase cuatro veces).
Tras la alegría, la calma, es decir la reflexión. Me sumí en un beatífico estado
flotante, de agradable y sencilla paz, como si hubiera vuelto a la vida que vivía antes de
que “el horror–el horror” del mundo me empujara a la metafísica. Pasé a encontrar
conexiones inesperadas. Hudson, por ejemplo, era argentino, y escribía en inglés. Y
algo parecido podía decirse de Borges. Y otra conexión más: Argentina ganó el último
Mundial, el de Quatar, mientras que el primero, el de Uruguay en 1930, lo había ganado
Uruguay, en el estadio del Nacional de Montevideo. De niño, yo era del Barça (siempre
digo que nací y ya era del Barça) y también seguidor (lejano) del Nacional.
¿Pudo ser esencial en mi literatura esa relación de niño mínimo con un club de
fútbol situado en el inmenso Ultramar, más allá del océano visible y de las colosales
fronteras del horizonte? No me atrevo a decir tanto. Pero seguro que algo influyó.
Cuando hace unos años, poco antes de la pandemia, llegué a Montevideo por vez
primera y última, pedí visitar el estadio del Nacional, el estadio del Centenario, allí
donde en el círculo central del terreno de juego se había puesto por primera vez en juego
el balón del primer partido del primer Mundial de la historia.
Me preguntaron algo extrañados mis anfitriones si era éste el motivo exclusivo
por el que quería ver aquel “histórico círculo central del terreno”. Y les dije que sí,
optando por no desvelar el oscuro y “verdadero motivo” que me había llevado hasta allí.
Bastante se habían ya extrañado con mis otras dos peticiones nada más llegado a la
ciudad: visita al entonces destartalado y antiguo hotel Cervantes y a la poética y mítica,
pero olvidada, Torre de los Panoramas, a orillas del Río de la Plata.
A todo esto, había otro elemento –creo que precisamente metafísico– que se
añadía a mi deseo de no revelar en voz alta el auténtico motivo por el que deseaba dar
un vistazo a aquel “histórico círculo central del campo de futbol del Nacional de
Montevideo”. Se relacionaba con mi temor a que mi revelación, como sugería Maurice
Blanchot que puede ocurrirnos cuando escribimos, nos hace legibles para todos, pero
indescifrables para nosotros mismos.
Claro que lo pienso bien y me digo que no debería tener ningún problema en
volverme indescifrable siempre que sea solo ejerciendo temporalmente de periodista
deportivo. A fin de cuentas, el año pasado la psicoanalista lacaniana y amiga Estela
Paskvan me dijo algo así como que había llegado a la conclusión de que yo tenía alma de
periodista deportivo. No lo vi claro en aquel momento, pero, con el tiempo, he ido
viendo que tal vez no andaba nada, pero nada equivocada Paskvan. Y la prueba de que
acertó seguramente es la inquietud que me corroe y mata siempre que sigo en televisión
alguna tertulia futbolística de las televisiones catalanas. Malestar más que inquietud,
porque quisiera intervenir en lo que se comenta, sobre todo cuando les preguntan a los
periodistas deportivos qué pasará en el partido del domingo. ¿Cómo va a saberlo
alguien?
Del próximo Mundial, por ejemplo, lo único que me atrevo a insinuar que
veremos son las previsibles patadas del elefante Trump irrumpiendo en su propia
cacharrería mental. Por cierto, Estados Unidos se enfrentó a Bélgica en el partido
inaugural de aquel primer Mundial de 1930. Aquel primer partido de todos los
Mundiales tan ligado a la historia trágica de Abdón Porte, medio centro del Nacional de
Montevideo. Rostro afilado, cabellera lacia, muy alto, tenacidad combativa. Corría el
mes de marzo del año de 1918 y en Uruguay se jugaba en aquellos momentos el mejor
fútbol del mundo. Abdón Porte tenía 27 años y era el ídolo de los hinchas del Nacional,
aunque éstos no sabían que Abdón sabía perfectamente que había hecho ya la última
gran jugada de su vida. Había entrado en un ligero declive del que era consciente, y se
veía suplente de otro medio centro en la siguiente temporada.
Toda la hinchada del Nacional amaba a Abdón Porte, y aquel día de marzo el
equipo derrotó por 3 a 1 en su estadio al Charley. Tras el partido, Abdón fue a festejar la
victoria con sus compañeros. A la una de la madrugada se despidió de todos y dijo que
tomaría el tren en la Estación Central. Pero algo sucedió cuando se quedó solo y cambió
de idea, regresó al estadio. En medio de la noche, fue hasta el círculo central del campo
(allí justo donde doce años después se pondría en movimiento el primer balón del
primer Mundial), donde tenía la costumbre de reinar. Ya no le sustituiría nadie. Allí, en
el centro mismo del estadio, se mató de un disparo en el corazón.
A la mañana siguiente, el guardameta del equipo, que fue el primero en entrar en
el estadio, encontró el cuerpo del medio centro en el centro del campo. Junto al
revólver, un sombrero de paja, con dos emocionadas cartas de despedida.
Todavía hoy, en todos los partidos que juega el Nacional, se puede ver en la
tribuna una bandera con la leyenda Por la sangre de Abdón. “Pavada de alegoría
–escribió alguien–. Allí donde estaba, siendo patrón del medio, quería que el tiempo se
hiciera eterno”. Pavada o no, dos semanas después de aquel suicidio, Horacio Quiroga,
cuentista magistral y una de las vidas más trágicas de la literatura, se basó en la historia
de Abdón para escribir Juan Polti, half-back, un relato que publicó en la revista
Atlántida en mayo de 1918. “Cuando un muchacho llega, por A o B, y sin previo
entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la
cabeza irremediablemente”. De ese alcohol de varones y del mítico suicidio hablaría
también, años más tarde, el relato Muerte en la cancha, de Eduardo Galeano.
Sin relación alguna con la muerte de Abdón, años después escribiría Idea
Vilariño: “Fue un momento / un momento / en el centro del mundo”
ENRIQUE VILA-MATAS |