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CONTRA ESTO Y AQUELLO
Elijo el unamuniano título sin saber contra qué voy a escribir. Y pronto
compruebo que no lanzarme de inmediato a buscar contra qué despotricar me sume en
un beatífico estado flotante, de agradable y sencilla calma, como si hubiera vuelto a la
vida que vivía antes de que “el horror–el horror” del mundo me empujara a la escritura.
Sólo se quiebra mi calma cuando van empezando a aparecerme mil y un motivos
para estar en contra de todo. Hay tantos que no sé cuál elegir. Inquieto, busco el amparo
de Unamuno y dejo que, como un huracán, entre en escena una de las frases de su
antidogmático Contra esto y aquello. En ella dice: “Repensar los lugares comunes es el
mejor modo de librarse de su maleficio”. Me queda claro que la frase invita a repensar
los retrógrados y malignos clichés que tantos buscan eternizar en nuestra vida cultural.
Sin embargo, cuando Unamuno publicó esa frase, un semanario madrileño, el Gedeón,
comentó que aquella especie de sentencia era una paradoja enrevesada que no había
modo de entender.
¿Enrevesada? No me dejo amilanar y, dado que Contra esto y aquello contiene
tantos elogios a Gustave Flaubert, decido asociar la frase perfectamente entendible de
Unamuno con el autor francés y su divertido Diccionario de Tópicos, donde se da una
implacable embestida contra todo tipo de “lugares comunes” y otras “ideas recibidas”.
De un buen número de entradas de ese Diccionario me acuerdo. En la voz Literatura,
por ejemplo, nos enteramos de un curioso tópico arraigado en la Francia de aquel
tiempo: “Literatura: una ocupación de vagos”. Y en la voz Filosofía encontramos otro
tópico de aquellos días: “Filosofía: nombrarla con risitas burlonas”.
Trato de tirar del hilo invisible de palabras –filosofía, literatura– para ver si
encuentro algo ahí que verdaderamente valga la pena estar en contra. Nada encuentro,
pero me río y cuanto más lo hago más vienen a mí las voces que un día pensé que
formarían parte de un hipotético Diccionario de clichés críticos. Hoy en día, una de esas
voces sería Metaliteratura y diría así: “Metaliteratura: dar por supuesto que existe,
aunque todos sepan que no, que es únicamente algo inherente a la escritura, tan sólo un
monumental “tópico crítico”, pues lo que se etiqueta ahí como tal es simplemente
literatura que reflexiona sobre sí misma, es decir, una actividad que, de modo consciente
o no, lleva a cabo cualquiera que escribe una narración. ¿O en el fondo no escribe todo
el mundo “para saber qué es la literatura”?
Tras preguntarme esto, recuerdo que Unamuno fue un pensador que rechazaba
frontalmente ser encasillado, definiéndose a sí mismo como un “ideoclasta” y también
como un “rompeideas”. Su postura contra las etiquetas y otros clichés críticos se
fundamentó siempre en una independencia intelectual radical que lo llevó a enfrentarse
a cualquier bando que intentara reducir la complejidad del individuo a un dogma
político o social. Pues eso. Ya está. Escribiré todo el día contra las etiquetas.
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 12/05/2026
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