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DECIMOS HOY
Decíamos ayer que el emperador Marco Aurelio anunció un buen día que, a
partir de aquel momento y para siempre, dejaba de tener cualquier tipo de opinión sobre
lo que fuera. Qué descansado tuvo que quedarse, qué envidia daba su sabia decisión,
todo eso lo dijimos ayer. Hoy decimos además (porque acabamos de pensar en ello) que
es una experiencia al alcance de cualquiera de nosotros. No es más que un sencillo gesto
de ruptura, de desprecio. Se trata, no más, de una sola frase que le diga “adios a todo
eso”, dé la espalda a la inmensa zona innoble de nuestras redes, al envenenado bufido
que pone a diario de manifiesto cómo es la vida pública de una buena (mala) parte de
nuestro país: una constante y obscena exhibición de intolerancia, exasperación y
analfabetismo trabajado a fondo.
¿Con qué frase podríamos ahora despedirnos de las redes y de la tiranía de tener
que opinar en ellas? Elijo una de la que estos días se cumplen diez años, Juan Marsé la
escribió en el verano de 2016: “Las redes sociales están propagando y multiplicando la
burricie y la incultura del país. Están haciendo méritos para obtener una inteligencia
artificial”.
Otra frase también nos serviría, en su caso porque nos daría una pista sobre un
problema que se diría ínfimo, pero que viaja adherido a cualquier opinión pública que
emitamos. Está en Ya sentarás cabeza, de Ignacio Peyró: “Igual que Stendhal se
preguntaba a quién había halagado cada día, vamos a tener que preguntarnos a quién
hemos agraviado sin saberlo”.
Es un problema, si se quiere, de categoría secundaria, pero que se da cada vez
más en las redes, como si a éstas les complaciera buscarse su propia ruina. El problema
está en que muchas veces, sin darnos cuenta, al elogiar a una persona, a otra le estamos
pisando la cola.
Esto no lo decíamos ayer, pero es oportuno expresarlo ahora: no es que no se
pueda dar un paso, pero casi. La parte positiva del asunto (que siempre la hay en todo)
estaría en que, por ejemplo, podemos dejar de tener para siempre cualquier tipo de
opinión sobre lo que sea y al mismo tiempo dedicarnos privadamente al arte secreto de
cambiar de opinión.
En un país dividido en dos partes –los del “decíamos ayer” y los del “decimos
hoy”– sería bueno que comprendiéramos que a veces resulta urgente olvidar lo que
creíamos, o al menos olvidar la fe y la convicción con que lo creíamos, porque ahora
creemos en algo distinto que sabemos más verdadero y profundo.
¿O acaso ignoramos que la memoria se deteriora y que los hechos, con el
tiempo, pueden llegar a veces a ser vistos incluso de un modo radicalmente distintos por
un “yo” que, encima, no sabemos qué localidad ocupa dentro de nuestro cerebro?
Y ni qué decir tiene que semejantes incertezas pueden llevar a preguntarnos, por
ejemplo, si deben los narradores explicar “de qué tratan sus obras”, o si deberían éstos
dejar de entrometerse entre su libro y el lector, revelando el sentido de algo que ya no
les pertenece y que quizás no les haya pertenecido nunca.
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 21/07/2026
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