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DE GALDÓS A GALDÓS
Dos de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en
todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de
Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella.
Uno de los dos es Sergio Pitol (1933–2018), que leyó a Galdós en Veracruz, y
quedó fascinado tanto por su forma de combinar la realidad con el delirio como por la
construcción de personajes, especialmente los femeninos, de grandísima complejidad
interna.
Para Pitol no fue Galdós un autor rancio del XIX, sino un maestro de la
modernidad, cuya estructura narrativa conversaba con la literatura contemporánea.
¿Galdós, maestro de la modernidad? Bueno, creo que quien verdaderamente conversó
con lo contemporáneo fue el propio Pitol, ya que, sin renunciar a las lecciones de su
maestro, fue todo un pionero en el revolucionario trasvase de géneros que tanto viene
caracterizando a cierta literatura de este siglo. De hecho, el paso vanguardista hacia
adelante es bien detectable en un relato clave en su obra, El oscuro hermano gemelo (2001), donde narra una cena de gala en un hotel de Funchal y se dedica a deslizar su narración hacia el ensayo para acabar difuminando por completo las fronteras entre
ambos géneros.
En cuanto a Ignacio Martínez de Pisón, gran admirador también de Galdós, le
acabo de enviar un Whatsapp para decirle que su reciente libro de bolsillo Dos tardes
con Benito Pérez Galdós (Alianza) es muy “portátil” y al mismo tiempo
paradójicamente inmenso. Y es que, aun siendo de aspecto ligero por sus 96 páginas de
pequeño tamaño, contiene en realidad un mundo entero, el universo completo del autor
de los Episodios nacionales. Es genial ver cómo Pisón se acerca a su admirado Galdós
con técnicas similares a las que éste utilizaba para acercarse a sus criaturas: máximo
desparpajo a la hora de adentrarse en el mundo cotidiano de sus personajes y de sus
amores y de sus sentires de personas corrientes frente a la solemne gran “Historia”
oficial.
No en vano, Galdós hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que
las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas de amalgamar los
grandes hechos de público interés con los casos triviales que componen el tejido de la
vida común”.
Ese placer de “referir lo pequeño antes que lo grande” viene desde sus
comienzos recorriendo la obra entera de Pisón, que tal vez no habría sido el gran
escritor que es hoy si en su juventud, al igual que le ocurrió a Pitol, no hubiera sabido
entender a la primera que la suma de las pequeñas verdades privadas es la única forma
de contar la verdad pública. Pisón maneja verdades privadas y, en su admirable ensayo
galdosiano se dedica a permitir que su sombra de autor se vaya fundiendo discretamente
con la de Galdós, lo que le permite, entre tanto suceso antiguo puesto al día, que vaya
transparentándose una realidad de hoy que es de ayer: la de un país polarizado,
sometido ininterrumpidamente, también en literatura, a la tensión entre las fuerzas del
progreso y la reacción.
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 28/04/2026
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