
Fleur Jaeggy

Laura Fernández

Clarice Lispector

Lo que se debatirá
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GRAN DEBATE A LA VISTA
Fleur Jaeggy corrige mucho en su mente: “Empiezo a escribir suprimiendo en mi
cabeza el texto desde el primer minuto. Comienzo ya quitando cosas. Quedan muchas
eliminadas, muchas que ni siquiera he escrito”.
A Fleur Jaeggy (Los hermosos años del castigo) siempre hay que prestarle
atención, no en vano es uno de los faros esenciales de la Constelación Lispector, esa
azarosa y casi secreta conjunción de autoras de estilos únicos, ninguna de ellas parecida
a la otra, pero todas cultivando “nuevas formas de escribir sobre la vida real”.
Jaeggy, en su patio particular, domina su personal técnica de la supresión y tiene
casi la costumbre de dar giros imprevistos y radicales en sus textos y de pronto
llevarnos, por ejemplo, a que reparemos en un pobre animal cautivo. Y domina también
el arte de las réplicas ágiles. Escribía el año pasado Laura Fernández en estas mismas
páginas: “Las respuestas de Jaeggy tienen las palabras contadas y cristalinamente
esquivas”.
En su reciente Oda y Encuentro en el Bronx (Ediciones UDP, Chile), Jaeggy
rememora una conversación con Oliver Sacks en Nueva York y, lejos de entrar en
muchos detalles sobre lo hablado, desvía enseguida su discurso, de forma
cristalinamente esquiva, hacia un pez atrapado para siempre en la pecera del restaurante.
En giros imprevistos y radicales como éste, Jaeggy no tiene parangón, como
tampoco lo tiene su fraseo trasparente, sobrio, tan preciso que difícilmente desearemos
recuperar lo que su mente pudo tachar antes de ponerse a escribir. Jaeggy es sintética, y
punto. No hay que tocar nada de lo que escribe. En cambio, no tengo la misma
impresión en lo que publican amigas y amigos que se encuentran entre mis autores
vivos favoritos. En el último libro de cada uno de ellos, he llegado a preguntarme qué
palabras, qué frases, qué ideas pudieron quedar tachadas, traspapeladas, o
equivocadamente socavadas, mientras se iba tejiendo la obra que finalmente publicaron.
¿En qué tropezaron y a qué renunciaron? Es cuestión bien susceptible de debate.
Aun sabiendo lo difícil que es conseguir que los escritores escriban con franqueza sobre
su propia obra y más en un mercado literario como el actual, llevo un rato planteándome
el envío de correos a aquellos colegas con los que alguna vez hablé distendidamente
sobre los fallos que se daban en nuestros respectivos estilos.
Quizás porque añoro aquel distendido clima de confesiones, no he podido
contenerme y hace un momento, garantizándoles el anonimato, acabo de escribir y
enviar los correos a colegas admirados pidiéndoles que se atrevan a juzgar a fondo su
último libro y no me escamoteen detalles a la hora de explicar los muy personales
problemas que frenaron parte de la ambición que depositaron en él.
Al llegar las respuestas y comprobar que beneficiaría a todos el profundo
conocimiento de las hasta ahora ocultas dificultades de escritura de los demás, no
tardaré en hacerlas públicas. Garantizando el prometido anonimato, se discutirán en un
tenso Gran Debate, en unas jornadas que lo trastornarán todo. Una catarsis poética que
nos urge.
Enrique Vila-Matas
Café Perec, El País, 3/02/2026
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