ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Foto de John Gutmann




Nacho Abad (León, 1980) es autor de los poemarios De las palabras palomas (ILC, 2001) y Comunicado (Ed. Leteo, 2006), así como de la novela El Empleo (Eclipsados, 2008). Ha sido incluido en distintas antologías de poesía, como Poesía para bacterias (Cuerdos de atar, 2007), 10 nuevas voces de la poesía leonesa (Edilesa, 2007), de narrativa, Hank Over (Caballo de Troya, 2007), Tripulantes (Eclipsados, 2005), Escrito en el año de la fiebre (Ed. Leteo, 2005). Formó parte del consejo editor de The chindrens book of american birds. En 2001 fundó, junto con otros escritores de su generación, el Premio Leteo.

LAS ALMOHADAS DESNUDAS

NACHO ABAD

Las chicas cruzaban la ciudad todos los lunes para venir a vernos. Les daba igual que el calor fuera asfixiante, que las calles ardieran como bosques en guerra, que no hubiera quién respirara el aire quemado por el sol. Ellas venían todos los lunes, ataviadas con sus ropas de domingo, con vestidos ligeros, aéreos, un rato después de que llegara el cartero con la baliza militar. Las pobres no sabían leer. No entendían ni una palabra de las cartas que sus novios les escribían desde el frente. Y abandonaban sus dulces hogares de la colina con la esperanza de que nosotros las ayudáramos. Sus madres las prevenían, ¡Mucho cuidado con los artistas!, ¡no son trigo limpio! Pero ellas o eran valientes o unas auténticas descabezadas, y venían decididas a nuestras pobretonas embarcaciones del puerto, donde fingíamos estar concentrados, abstraídos en el lento ascenso a las esferas luminiscentes de las ideas. Pura pose. En realidad lo que hacíamos era dormitar, broncearnos, vaguear, y de cuando en cuando, mirar con el rabo del ojo cómo brillaban sobre el lomo del mar los peces plateados de la mañana. En resumen, perdíamos el tiempo, nuestro valioso tiempo, sin reparar en todo lo que arrebatábamos a la posteridad, en todo lo que perdía la Literatura Universal con cada página que no escribíamos. Languidecíamos, sudábamos, pasábamos del mundo. Y la visita de las chicas acontecía como una fiesta patronal. Sacábamos de las bodegas agua de Perito Moreno, tequila La Mordida, sal, limones y bloques de hielo. Las invitábamos a brindar. Nosotros conjurábamos a las musas, ellas, al santo patrón de los soldados que morirán vírgenes. Y luego nos pedían que nos pusiéramos manos a la obra. Buscaban en sus escotes los sobres manoseados. Los abrían con ternura y con torpeza. Sacaban el contenido y nos lo daban. Nosotros pasábamos la vista por encima, un poco sorprendidos por la caligrafía de parvulario, pero enseguida nos espantábamos con el contenido. ¡Menudo despropósito! Todo en la vida se puede perdonar a un hombre excepto que no sepa expresar su amor por una mujer. Si de nosotros hubiera dependido, habríamos montado un consejo de guerra a esa pandilla de paletos. ¡Todos fusilados sin más! Y las bobas nos miraban a la espera. ¿Cómo íbamos a leerles aquello? No podíamos repetir en voz alta esa lista de tristezas. No a las diosas bípedas y pluscuamperfectas y del pueblucho. Ellas no merecían oír cómo sus hombres padecían hambre, cómo añoraban sus muslos blancuzcos, cómo rabiaban por oler de nuevo sus pelos sucios. Ellas merecían auténtica poesía, canción de tripas, que se dice. Todas las princesas que orillaran en nuestro corazón tenían ganado un poema al menos, y éstas más, con su belleza desbordada de ingenuidad, bonachonas y concupiscentes, éstas que estaban condenadas a no conocer más mundo que el que trajeran en la boca sus novios estúpidos. Nos daban lástima, sí, las tontitas. Así que adornábamos las cosas. Componíamos. Y qué versos: parecían metales ardiendo al contacto con la saliva. Nos burbujeaban en la garganta. Ellas entornaban la mirada, enamoradas perdidas. Segregaban un lagrimeo exagerado, bien cargado de autocompasión. Y nosotros nos crecíamos. Componíamos poemas más largos, improvisábamos sonetos envenenados, furibundos como amantes desahuciados, palabras que conspiraban con palabras para que abandonaran sus crisálidas las mariposas del pecho. Y las chicas seguían llorando y bebiendo tequila El Mariachi bajo el sol enquistado en el cenit del cielo. ¡Parecían plañideras fuera de sí! Todas las veces teníamos la esperanza de poder follarlas ahí mismo, borrachas como estaban. Pero enseguida se quedaban dormidas en nuestros brazos, o a nuestros pies, o cómodamente en las hamacas de la cubierta, con la respiración profunda acompasada al lento mecer de nuestras embarcaciones. Caían en sueños lentos como caramelo fundido, y de vez en cuando hablaban, pronunciaban palabras sueltas casi siempre, retales del sueño, sinsentidos, sonidos encriptados, cifraturas irresolubles. Y nosotros las mirábamos un poco decepcionados. Encendíamos cigarros Romeo nº 2, y los fumábamos con una última copa de Tequila Rio Seco, y repetíamos de memoria aquellos versos inspirados en la misma nada de nuestro vacío, que era una nada llena de tratos inútiles, de desamores, y lentos camiones de mudanzas, y barba de varios días, y contrariedades, despedidas y ojeras, y techos deshilachados que no llegamos nunca a tocar. Eran versos para las monas de aquel pueblo de la costa, pero en realidad eran jirones de nuestra propia música. Nos dejaban más melancólicos que el otoño en un carrusel. Nos horadaban. Nos hacían mierda. Nos pasaban por su pasapuré. Y cuando daban las tantas aún seguíamos deambulando por el desasosiego, hasta que alguien sacaba plumas y papeles y los repartía, y escribíamos. ¿Para qué? ¿Con qué sentido? ¿Para hundir más la rueda en el cieno? Eran preguntas inevitables, aunque no servían de nada. Una estampida de versos nos abandonaba. Nos apuñalaba la sangre, ¡nuestra propia sangre coagulada en cristales! Las palabras lo llenaban todo. Rodaban de proa a popa, se quedaban enredadas de los cabrestantes, se pegaban como lapas a la quilla, se hacían fuertes en el puente de mando. Las bellas lo ignoraban todo y seguían dormidas. De cuando en cuando, una palabra se les trenzaba en el pelo, se les colaba nariz adentro, pero luego la suspiraban y ahí quedaba todo. Hasta en las cartas de los soldados se pegaban, más elegantes, con caligrafía bonita, y cadencia y metáfora. Había que resignarse, escribir era inevitable. Y duro, y dramático, y lleno de recovecos oscuros donde habitan bestias que uno nunca debería ver. Lo de la escritura era una desgracia como otra cualquiera. Iba con uno. No convenía planteárselo. Si nacías con esa tara, te podías dar por jodido. Lo único que cabía era buscarle un sentido, un motivo. En definitiva, un destinatario. Y el primero de nosotros en hacerlo fue Louis Ferdinand. A la bella Molly, a la hermosa Lucette, le escribió infatigable hasta quedarse sin aliento. De las yemas de los dedos se le desprendían letras melancólicas, hormigas, migas negras caídas de la belleza que guardaba de ella, tanta como para veinte años, decía. “Tan viva, tan cálida, que aún me queda para los dos y para por lo menos veinte años, el tiempo de llegar al fin”. Y eran palabras que bien se las hubiera podido escribir otro a Beatrice, a Isabel, a la misma Nicola Six, Anne Hall, Remedios la bella, Jan Gabrial, Oja Kodar, o también Raquel Sánchez, claro, por quien nunca nadie se cortó un lóbulo, pero en quien pensábamos a menudo, con la misma tristeza desquiciada y salvaje que invadía como gorriones las copas de los árboles, hacía funcionar los semáforos de las calles vacías, o dejaba en el cielo del paladar el sabor blanquecino de la nieve que caía a lo lejos, muchos kilómetros al norte. Estaba claro que éramos una pandilla de tristes, de desgraciados. Que habíamos fracasado en todo. Que nuestras vidas daban pena. Y que aun así, nada era para tanto, nada había sido tan malo. Teníamos algo que dignificaba todas nuestras miserias. “He defendido mi alma hasta ahora, y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.” La memoria era una trampa para morosos. Las princesas se despertaban casi al anochecer. Les dolía la cabeza del alcohol y el cuello de la postura. Les dolía la garganta también de la fruición de las palabras. Tenían los labios enrojecidos por viento caliente cargado de salitre. Las noches tenían los techos bajos. Las estrellas nos rondaban la cabeza como insectos radioactivos. Ellas se guardaban en el escote las cartas y volvían caminando a sus casas. Sus madres las esperaban preocupadas. No se fiaban ni un pelo de nosotros. Y no les faltaba razón. Éramos unos tíos de lo más extraño. A miles de kilómetros todos los jóvenes del país andaban mordiendo el polvo de las trincheras. ¡Jugándose el gaznate a la lotería de la patria! Muchos de ellos no regresarían nunca. Sus pobres novias lo sospechaban. Incluso alguna lo deseaba. O eso nos gustaba creer, como si hubiéramos entendido que sus palabras dormidas nos hablaban de un sueño tan hermoso y profundo que solo se puede evocar en secreto. A espaldas incluso de uno mismo.

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