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ARTÍCULO RECOMENDADO EN DICIEMBRE DE 2021
AUGUSTO MONTERROSO COMO MAESTRO *
por
Wilfrido H. Corral

Quizá la mejor manera de conmemorar el centenario de Augusto Monterroso es pensar en cómo, además de sus contemporáneos Arreola y Rulfo (pares y amigos), otros maestros de largo alcance como Calvino, Monsiváis, Bolaño, Vargas Llosa y Vila-Matas pormenorizan sus logros como narrador y clasicista. Para ellos las conclusiones y estándares del pasado nunca son perfectos, y saben que en vez de amenazar u oprimir fortalecen. Por eso las relecturas o intentos actuales de reescribir como Tito nunca denigran los del pasado cultural, quizá aliándose con una advertencia algo reciente de Bruno Latour: la crítica académica ha perdido el ímpetu.

Así los lectores “comunes” —aquellos que, según la célebre descripción de Virginia Woolf leen por su propio placer en vez de para impartir conocimiento o corregir las opiniones de otros— serán los que seguirán concibiendo mejor el ingenio (no exento de salidas) y brillantez del clásico guatemalteco, notando, como Latour, que todo en los mundos naturales y sociales existe en una confluencia constante de relaciones y redes. Tito es hoy muchísimo más que el patriarca de las formas breves: es el que nunca obedeció ninguna regla genérica, abandonó su compromiso con su Centroamérica natal, o recurrió al exotismo que se sigue asociando, para mal, con la literatura latinoamericana.

En los años cuarenta protestó contra el dictador Jorge Ubico con una pancarta que decía “No me ubico”, y sin recurrir al victimismo nunca dejó de observar las injusticias que afectan al continente. Así cambió paulatinamente la percepción de lo que es un escritor latinoamericano; y la gran mayoría de sus admiradores le ha hecho caso, aunque sin equipararse a él en su práctica. Se suele comentar que Tito no se tomaba en serio, que su sutil humor le definía; pero en esas elucubraciones rara vez se asevera o describe la seriedad con que tomaba su escritura, razón principal de los intervalos de su obra.

George Steiner, que en los años sesenta propuso la “posficción” partiendo de que “los hombres viejos leen novelas” y notando una crisis en el género, posteriormente dirá que un maestro verdadero debe estar solo al fin de su empresa, y que el mayor magisterio es el que “despierta dudas en el estudiante, lo entrena para disentir”. Tito propuso eso mucho antes en Obras completas, siempre atento a la maestría. A finales de los años cuarenta publicó reseñas comparatistas en revistas guatemaltecas del Ulises de Joyce, sobre George Bernard Shaw y Stephen Spender, sin recogerlas en libro. En 1949 fue el primero en escribir sobre Borges (como él, razonó por qué no escribió novelas) en México, ocasionando que el filólogo Raimundo Lida citara su clarividencia de que si el argentino “escribiera en inglés, lo devoraríamos en malas traducciones”


Monterroso con Julio Cortázar
Monterroso con Julio Cortázar

Otro maestro crítico, Ángel Rama, coge el epígrafe de Movimiento perpetuo: “La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo”. Llamándole “un fabulista para nuestro tiempo” y mostrando lo que comparte con Felisberto Hernández, Rama sostiene que con ese libro Tito rinde un homenaje a Borges, “que le ha servido a un tiempo para tomar distancias”. Tan importante como señalar esa relación entre maestros, Rama afirma que al aborrecer el desborde de las palabras y el patetismo melodramático de “torrentosos escritores” el guatemalteco nacido en Honduras “ha puesto punto final al mito del tropicalismo literario”.

Desde la “autobiograficción” apócrifa Lo demás es silencio hasta la silva de varia lección de sus libros póstumos, cuyas complejidades no se han investigado o entendido cabalmente, Tito encontró un marco para entender los mundos que iba creando y el meollo de la gran literatura: las luchas de personajes tironeados por pulsiones rivales. Contrario a sus antecesores y epígonos, no hay en él la falta de dirección narrativa que Macedonio Fernández y otros atípicos propagaron con poéticas del aplazamiento. La de Tito es una estética del desplazamiento genérico que provee el entusiasmo orientador de darse cuenta de cuántas reglas narrativas se pueden romper. Por esos libros es patente su influencia en un sinnúmero de prosistas iberoamericanos dedicados a los avatares positivos del “libro-objeto”, la hibridez, el fragmentarismo y artes afines.

En este momento de profusos homenajes cubanos, españoles y mexicanos, y de libros que se publicarán sobre él, si se quiere tanto a Tito, como él a Cortázar, lo que queda por examinar son las influencias desconocidas o supeditadas en su obra, de una manera que ilumine su técnica y sagacidad conceptual, su idiosincrasia y su importancia global en la historia occidental de la literatura, en cuyo canon ya estaba en los años ochenta. Lo menos que se puede alegar es que los que hemos escrito estudios sobre Tito tendríamos que rehacerlos, porque los suyos reajustan el aforismo de Buffon de que el estilo es el hombre.


* Babelia, El País, 18/12/2021

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Richter

Mientras se desataba la bochornosa guerra de los másteres y unos inocuos ‘perfomers’ se desnudaban en el Prado, Rafa Cabeleira intuía la catástrofe que nos está alcanzando ya de lleno y daba en la diana con este tuiter: “Acabaremos presumiendo de no tener estudios”.
      Su frase resplandecía el otro día en medio de la habitual acritud, mezquindad, paranoia y negatividad de las redes. Y al final, como si necesitara refugiarme de todo, me sumergí en el recuerdo de la historia trágica de mi amistad con Jordi Mestre, creador del blog Paraguas en llamas y narrador de ingenio y humor muy peculiares. Una vez me atribuyó una frase que yo no recordaba haber dicho: “Baudelaire inventó la figura del poeta maldito, pero también la idea de que éste, para serlo, necesariamente ha de ser un plasta y un cafre”.
      Una historia de amistad que –signo de los nuevos tiempos– se desarrolló por completo en el ámbito de internet, sin salir jamás de la Red, sin llegar a saber porqué ocultaba su imagen como si fuera Salinger, sin saber ni tan sólo su profesión. Yo quería saberla. Y un día  descubrí que los lunes por la mañana no trabajaba y se lo dije por e-mail. Su respuesta (lo habitual en él eran las réplicas elegantes y cordiales) fue un silencio absoluto.

      Yo le leía fascinado por su refinadísimo humor, próximo a veces al del gran Eduardo Mendoza. Y no había semana en que no fuera a su blog a buscar alguna novedad –en forma de alegría– en él. Aún recuerdo el día, hacia 2008, en que nos comunicó a sus seguidores que había entrado en su vida una mujer a la que llamaba la Nueva. “A la Nueva, que es una convencida creyente de las bondades de la meteorología la tengo harta con mis incendiarios discursos”. Me fui familiarizando con la Nueva. También con Umbrello, que nació un año más tarde, y cuyo nombre de pila parecía vinculado al paraguas que daba título al blog. Al año siguiente, nació Fratello, un hermano de Umbrello.
      Hace dos años, el 15 de septiembre de 2016, recibí un e-mail suyo, escrito por su mujer: “Soy Àngels, la Nueva. He pensado que así le pondrías cara a Paraguas en llamas. Un saludo”. Seguía un enlace con el diario deportivo Sport, donde trabajaba Jordi y donde, con emoción, comunicaban su fallecimiento. Fue quizás raro, pero por primera vez sentí dolor por la muerte de alguien a quien no había visto en mi vida.
      Semanas después, sin muchas esperanzas de ser escuchados, comenzamos en mi web a proclamar que los cuentos mínimos de Mestre, “tocados de un humor exquisito, merecerían una antología en alguna editorial independiente y que bastaba adentrarse en su blog para comprobarlo”. Durante año y media, nada parecía moverse, pero aún así seguimos persistiendo, hasta que un día nos escribieron desde Logroño, desde la editorial Pepitas de Calabaza –la misma que publicó los geniales diarios de Iñaki Uriarte– interesándose por Jordi Mestre y preguntando con quien tenían que contactar para publicarle. Ya preparan la edición del libro, lo que desde luego ha aumentado nuestra fe en los milagros.

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