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ARTÍCULO RECOMENDADO EN AGOSTO DE 2021

FRAGMENTO DE LA ENTREVISTA
de
ANNA MARIA IGLESIA
a
MERCEDES MONMANY
en
LETRA GLOBAL

Sin tiempo para el adiós, de Mercedes Monmany

–Pensando en Nabokov y en Gombrowicz, ¿de qué manera el exilio hace saltar por los aires la idea de literatura nacional y la asociación entre nación y lengua? 

–Casi todos estos escritores huían de los delirios nacionalistas que habían provocado dos devastadoras guerras mundiales en Europa en un siglo. Gombrowicz, en una polémica con Cioran, dice algo fundamental: “La pérdida de la patria no empujará a la anarquía sólo a aquel que sepa ir más lejos, más allá de la patria. La pérdida de la patria no perturbará el orden interior de aquellos cuya patria sea el mundo. La historia contemporánea ha resultado ser demasiado violenta e ilimitada para las literaturas excesivamente nacionales y particulares”. Huían como de la peste de los sentimientos exclusivos y los valores del terruño. Buscaban un cosmopolitismo que, en aquellos momentos, es odiado por los fascismos y el Imperio Soviético. El cosmopolitismo se consideraba uno de los grandes pecados. Sobre todo, en el caso de los judíos.

–¿La experiencia del exilio, en el caso de los judíos, tiene su origen, como escribió José Ángel Valente, en la expulsión de España de 1492?  

–El punto de inflexión del que habla Valente, y también Gershom Scholem, un místico judío amigo de Walter Benjamin, es 1492. La idea de la expulsión atraviesa la historia y la literatura universal, desde Homero al destierro de Ovidio en Constanza. La idea de exilio, desde una perspectiva moderna, comienza con la Revolución Francesa y con Napoleón. Pensemos en el caso de Madame Staël en Suiza o en el Journal des Emigrés. El Romanticismo lo extiende. Lo explican libros como Los exiliados románticos, de Edward Carr o Liberales y románticos de Vicente Lloréns. España ha sido un país especialmente desgraciado en materia de exilio. A lo largo de los dos últimos siglos no ha dejado de producir exiliados por la intolerancia, el despotismo y a las dictaduras. Está el exilio de los liberales del XIX, tras las purgas del regreso de Fernando VII, sobre todo hacia Inglaterra y Francia: Blanco White, Alcalá Galiano, Meléndez Valdés, Moratín y muchos otros. Más tarde, el exilio republicano nada más acabar la Guerra Civil. El momento de máximo esplendor de la cultura europea durante el siglo XX, con el efervescente protagonismo de ciudades como Viena, París, Praga o Berlín, está ligado a estos desastres. Desde 1933, con la llegada de Hitler al poder, miles de emigrados se diseminan por rincones de la Europa que estaba todavía libre o por países de tránsito, a la espera de visados para ir a Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Suiza.

(fragmento de la entrevista de Anna María Iglesia a Mercedes Monmany en Letra Global. Sobre Sin tiempo para el adiós – publicado por Galaxia Gutenberg)

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Richter

Mientras se desataba la bochornosa guerra de los másteres y unos inocuos ‘perfomers’ se desnudaban en el Prado, Rafa Cabeleira intuía la catástrofe que nos está alcanzando ya de lleno y daba en la diana con este tuiter: “Acabaremos presumiendo de no tener estudios”.
      Su frase resplandecía el otro día en medio de la habitual acritud, mezquindad, paranoia y negatividad de las redes. Y al final, como si necesitara refugiarme de todo, me sumergí en el recuerdo de la historia trágica de mi amistad con Jordi Mestre, creador del blog Paraguas en llamas y narrador de ingenio y humor muy peculiares. Una vez me atribuyó una frase que yo no recordaba haber dicho: “Baudelaire inventó la figura del poeta maldito, pero también la idea de que éste, para serlo, necesariamente ha de ser un plasta y un cafre”.
      Una historia de amistad que –signo de los nuevos tiempos– se desarrolló por completo en el ámbito de internet, sin salir jamás de la Red, sin llegar a saber porqué ocultaba su imagen como si fuera Salinger, sin saber ni tan sólo su profesión. Yo quería saberla. Y un día  descubrí que los lunes por la mañana no trabajaba y se lo dije por e-mail. Su respuesta (lo habitual en él eran las réplicas elegantes y cordiales) fue un silencio absoluto.

      Yo le leía fascinado por su refinadísimo humor, próximo a veces al del gran Eduardo Mendoza. Y no había semana en que no fuera a su blog a buscar alguna novedad –en forma de alegría– en él. Aún recuerdo el día, hacia 2008, en que nos comunicó a sus seguidores que había entrado en su vida una mujer a la que llamaba la Nueva. “A la Nueva, que es una convencida creyente de las bondades de la meteorología la tengo harta con mis incendiarios discursos”. Me fui familiarizando con la Nueva. También con Umbrello, que nació un año más tarde, y cuyo nombre de pila parecía vinculado al paraguas que daba título al blog. Al año siguiente, nació Fratello, un hermano de Umbrello.
      Hace dos años, el 15 de septiembre de 2016, recibí un e-mail suyo, escrito por su mujer: “Soy Àngels, la Nueva. He pensado que así le pondrías cara a Paraguas en llamas. Un saludo”. Seguía un enlace con el diario deportivo Sport, donde trabajaba Jordi y donde, con emoción, comunicaban su fallecimiento. Fue quizás raro, pero por primera vez sentí dolor por la muerte de alguien a quien no había visto en mi vida.
      Semanas después, sin muchas esperanzas de ser escuchados, comenzamos en mi web a proclamar que los cuentos mínimos de Mestre, “tocados de un humor exquisito, merecerían una antología en alguna editorial independiente y que bastaba adentrarse en su blog para comprobarlo”. Durante año y media, nada parecía moverse, pero aún así seguimos persistiendo, hasta que un día nos escribieron desde Logroño, desde la editorial Pepitas de Calabaza –la misma que publicó los geniales diarios de Iñaki Uriarte– interesándose por Jordi Mestre y preguntando con quien tenían que contactar para publicarle. Ya preparan la edición del libro, lo que desde luego ha aumentado nuestra fe en los milagros.

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