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ARTÍCULO RECOMENDADO EN JULIO DE 2021

PEREGRINAJE DOMESTICO
Rodrigo Hasbún
Cuadernos Hispanoamericanos, nº 855
septiembre 2021

azul
Era una mesa firme, de buena calidad. La vendía una pareja joven que se iba de Ítaca, un pueblo universitario muy al norte de Nueva York, adonde yo acababa de llegar desde mi Cochabamba natal. Pagué los cincuenta dólares que pedían y la cargué hasta el cuarto que había alquilado unos días antes. Permaneció ahí dos años, pegada a la ventana por la que atestigüé inviernos interminables y veranos milagrosos, mientras iba acostumbrándome a la idea de esa nueva vida de estudiante de doctorado. Luego se sucedieron más cuartos en al menos ocho o nueve casas diferentes, en Ítaca primero y lejos de Ítaca después. A lo largo de ese peregrinaje doméstico, la mesa nunca dejó de estar a un costado, a veces soportando el peso de varias pilas de libros, otras abarrotada de papeles o completamente despojada (el desorden de la mesa es mi desorden: si no tiene nada encima es señal de que las cosas van bien por dentro, si está enterrada debo preocuparme), como a la espera siempre de hacerse más útil aún. Doce años después de comprarla, mi respuesta más inmediata a la pregunta sobre el lugar desde dónde escribo sería esa: desde la mesa a medio uso por la que pagué cincuenta dólares cuando acababa de llegar a Estados Unidos. Casi todo lo que he publicado a partir de entonces lo escribí inclinado sobre ella, con la computadora en medio. Su superficie ahora luce manchada y desportillada y desigual, y la recubre una capa de mugre que no logro quitar, pero sigue firme y nada de eso otro importa. Sí lo hace el hecho de que para mí esa mesa no es una mesa nada más. Es también, lo fue desde el principio, una suerte de pasadizo secreto entre el presente y el pasado, entre lo que fue siendo la vida y lo que pudo haber sido. Son distancias que en mi caso se evidencian sobre todo en las dos ciudades que habito ahora mismo: la Houston en la que terminé instalándome y la Cochabamba de la que al fin nunca logré irme del todo. Houston es la energía de las doscientas cincuenta personas que se mudan a ella cada día. Es la proliferación de idiomas y religiones y culturas, el paisaje agrietado por decenas de autopistas tumultuosas, los talleres que dirijo en los que confluyen escritores venidos de cada rincón de Latinoamérica: venezolanas y colombianos, paraguayos y mexicanas, argentinas y chilenos. Es la extranjería radical, los espejos en los que difícilmente se ve nada, el presente que no da tregua. En Cochabamba, en cambio, algunos años cruciales siguen repitiéndose una y otra vez. Ahí están resguardadas la infancia y la adolescencia, las calles que son otras y las mismas, los muertos que todavía importan, el tiempo más lento. Cuando llegué a Houston me prometí pasar al menos dos o tres meses al año en Cochabamba. Sospecho que el verdadero regreso, sin embargo, se da a través de la escritura, donde el aquí y el allá terminan disolviéndose un poco. ¿Desde dónde escribo entonces? Desde esas dos ciudades ubicadas a más de seis mil kilómetros de distancia, y desde la mesa casi vieja que las une, una mesa que es cada vez más un pasadizo secreto no solo entre ellas y lo que ya mencioné, sino también entre el deseo y la quietud, entre lo necesario y lo dañino, entre lo que persiste y lo que no. Más que de personajes y situaciones, más que de historias ruidosas o discretas, incluso más que de palabras, quizá esas sean las cosas de las que en última instancia están hechos los libros.
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(blog de Javier Avilés
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¿HA LLEGADO YA
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HISTORIA ABREVIADA
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  HISTORIA DE UNA WEB QUE APOYÓ A UN BLOG MÁS ALLÁ DE SU FINAL
Richter

Mientras se desataba la bochornosa guerra de los másteres y unos inocuos ‘perfomers’ se desnudaban en el Prado, Rafa Cabeleira intuía la catástrofe que nos está alcanzando ya de lleno y daba en la diana con este tuiter: “Acabaremos presumiendo de no tener estudios”.
      Su frase resplandecía el otro día en medio de la habitual acritud, mezquindad, paranoia y negatividad de las redes. Y al final, como si necesitara refugiarme de todo, me sumergí en el recuerdo de la historia trágica de mi amistad con Jordi Mestre, creador del blog Paraguas en llamas y narrador de ingenio y humor muy peculiares. Una vez me atribuyó una frase que yo no recordaba haber dicho: “Baudelaire inventó la figura del poeta maldito, pero también la idea de que éste, para serlo, necesariamente ha de ser un plasta y un cafre”.
      Una historia de amistad que –signo de los nuevos tiempos– se desarrolló por completo en el ámbito de internet, sin salir jamás de la Red, sin llegar a saber porqué ocultaba su imagen como si fuera Salinger, sin saber ni tan sólo su profesión. Yo quería saberla. Y un día  descubrí que los lunes por la mañana no trabajaba y se lo dije por e-mail. Su respuesta (lo habitual en él eran las réplicas elegantes y cordiales) fue un silencio absoluto.

      Yo le leía fascinado por su refinadísimo humor, próximo a veces al del gran Eduardo Mendoza. Y no había semana en que no fuera a su blog a buscar alguna novedad –en forma de alegría– en él. Aún recuerdo el día, hacia 2008, en que nos comunicó a sus seguidores que había entrado en su vida una mujer a la que llamaba la Nueva. “A la Nueva, que es una convencida creyente de las bondades de la meteorología la tengo harta con mis incendiarios discursos”. Me fui familiarizando con la Nueva. También con Umbrello, que nació un año más tarde, y cuyo nombre de pila parecía vinculado al paraguas que daba título al blog. Al año siguiente, nació Fratello, un hermano de Umbrello.
      Hace dos años, el 15 de septiembre de 2016, recibí un e-mail suyo, escrito por su mujer: “Soy Àngels, la Nueva. He pensado que así le pondrías cara a Paraguas en llamas. Un saludo”. Seguía un enlace con el diario deportivo Sport, donde trabajaba Jordi y donde, con emoción, comunicaban su fallecimiento. Fue quizás raro, pero por primera vez sentí dolor por la muerte de alguien a quien no había visto en mi vida.
      Semanas después, sin muchas esperanzas de ser escuchados, comenzamos en mi web a proclamar que los cuentos mínimos de Mestre, “tocados de un humor exquisito, merecerían una antología en alguna editorial independiente y que bastaba adentrarse en su blog para comprobarlo”. Durante año y media, nada parecía moverse, pero aún así seguimos persistiendo, hasta que un día nos escribieron desde Logroño, desde la editorial Pepitas de Calabaza –la misma que publicó los geniales diarios de Iñaki Uriarte– interesándose por Jordi Mestre y preguntando con quien tenían que contactar para publicarle. Ya preparan la edición del libro, lo que desde luego ha aumentado nuestra fe en los milagros.

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