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ARTÍCULO RECOMENDADO EN MARZO DE 2021
EL DERECHO A LA IDIOTEZ
Enric González

Gildo Insfrán es gobernador de Formosa desde 1995: va por el vigésimo sexto año de mandato. Antes, desde 1987, había sido vicegobernador. Insfrán lleva por lo tanto 34 años en el gobierno de una de las provincias más pobres del norte de Argentina. Ha ganado siete elecciones consecutivas, siempre cerca del 70% de los votos. Le han acusado de elevar el clientelismo a la categoría de arte, de hinchar la nómina provincial a costa del contribuyente (en Formosa hay más de 160 empleados públicos por cada 100 privados), de acosar a los opositores y de cometer algunas corruptelas, pero se trata sin duda de un gobernador popular.

Insfrán ha gestionado la pandemia de la forma más científica posible. Ha hecho exactamente lo que han requerido sus asesores médicos. Formosa se cerró desde el primer día. Y hablamos de un cierre absoluto. Un pobre hombre se ahogó cruzando a nado un río fronterizo porque quería ver a su hija. Los contagiados que no podían pagarse un hotel de cuarentenas eran internados durante varias semanas en alguno de los centros de aislamiento, en condiciones sanitarias bastante infectas; quienes habían tenido contacto con algún contagiado eran internados también. La prensa de fuera de Formosa no pudo entrar en la provincia para explicar lo que ocurría hasta que un tribunal obligó a Insfrán a conceder unos pocos permisos. Varias organizaciones de derechos humanos denunciaron como abusivas las medidas del gobernador.

El caso es que Formosa, con una población de 574.000 habitantes, ha tenido sólo 40 muertos por covid-19. La mitad de ellos, 20, en este mes de marzo, cuando la justicia obligó a suavizar algunas restricciones y la oposición organizó manifestaciones. La estrategia de Insfrán fue indiscutiblemente eficaz.

Hay quienes reclaman ese tipo de intransigencia en la lucha contra la pandemia. Envidian, por ejemplo, la eficiencia con que la mayoría de los países asiáticos, empezando por China, han manejado la crisis. Hablan de la disciplina social de los asiáticos y de su sentido de la colectividad y algo habrán tenido que ver, supongo, esos factores. Pero también tiene que ver lo que podríamos llamar mano dura o, sin eufemismos, tiranía. Prescindir de los derechos individuales funciona bien en casos de emergencia sanitaria.

Todos los gobiernos han caído en la tentación de limitar o suprimir libertades. Resulta comprensible. Veo que en España hay un ministro que justifica el allanamiento policial por la brava de las casas donde se realizan fiestas. También se aprobó con amplio consenso esa ley tonta (tanto, que hubo consenso inmediato en torno a su tontería) que impone la mascarilla hasta al proverbial náufrago en la isla desierta. Es importante saber qué somos y qué queremos ser. Las democracias liberales consideran que cada ciudadano goza de un derecho inviolable: el derecho a ser estúpido. Y antisocial. E irresponsable. Los gobiernos autoritarios o dictatoriales carecen de ese problema. La cuestión de fondo es: ¿queremos vivir en lugares como Formosa o China? Ojo, porque cuesta mucho ganar el derecho a la idiotez y cuesta poco perderlo. En último extremo, a los gobiernos democráticos (y no señalo a nadie en España) les conviene preservar ese derecho a la idiotez. De lo contrario, más de un dirigente político debería pasar a la clandestinidad.


El País, 3 de abril 21

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HISTORIA ABREVIADA
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(versión disidente)
  HISTORIA DE UNA WEB QUE APOYÓ A UN BLOG MÁS ALLÁ DE SU FINAL
Richter

Mientras se desataba la bochornosa guerra de los másteres y unos inocuos ‘perfomers’ se desnudaban en el Prado, Rafa Cabeleira intuía la catástrofe que nos está alcanzando ya de lleno y daba en la diana con este tuiter: “Acabaremos presumiendo de no tener estudios”.
      Su frase resplandecía el otro día en medio de la habitual acritud, mezquindad, paranoia y negatividad de las redes. Y al final, como si necesitara refugiarme de todo, me sumergí en el recuerdo de la historia trágica de mi amistad con Jordi Mestre, creador del blog Paraguas en llamas y narrador de ingenio y humor muy peculiares. Una vez me atribuyó una frase que yo no recordaba haber dicho: “Baudelaire inventó la figura del poeta maldito, pero también la idea de que éste, para serlo, necesariamente ha de ser un plasta y un cafre”.
      Una historia de amistad que –signo de los nuevos tiempos– se desarrolló por completo en el ámbito de internet, sin salir jamás de la Red, sin llegar a saber porqué ocultaba su imagen como si fuera Salinger, sin saber ni tan sólo su profesión. Yo quería saberla. Y un día  descubrí que los lunes por la mañana no trabajaba y se lo dije por e-mail. Su respuesta (lo habitual en él eran las réplicas elegantes y cordiales) fue un silencio absoluto.

      Yo le leía fascinado por su refinadísimo humor, próximo a veces al del gran Eduardo Mendoza. Y no había semana en que no fuera a su blog a buscar alguna novedad –en forma de alegría– en él. Aún recuerdo el día, hacia 2008, en que nos comunicó a sus seguidores que había entrado en su vida una mujer a la que llamaba la Nueva. “A la Nueva, que es una convencida creyente de las bondades de la meteorología la tengo harta con mis incendiarios discursos”. Me fui familiarizando con la Nueva. También con Umbrello, que nació un año más tarde, y cuyo nombre de pila parecía vinculado al paraguas que daba título al blog. Al año siguiente, nació Fratello, un hermano de Umbrello.
      Hace dos años, el 15 de septiembre de 2016, recibí un e-mail suyo, escrito por su mujer: “Soy Àngels, la Nueva. He pensado que así le pondrías cara a Paraguas en llamas. Un saludo”. Seguía un enlace con el diario deportivo Sport, donde trabajaba Jordi y donde, con emoción, comunicaban su fallecimiento. Fue quizás raro, pero por primera vez sentí dolor por la muerte de alguien a quien no había visto en mi vida.
      Semanas después, sin muchas esperanzas de ser escuchados, comenzamos en mi web a proclamar que los cuentos mínimos de Mestre, “tocados de un humor exquisito, merecerían una antología en alguna editorial independiente y que bastaba adentrarse en su blog para comprobarlo”. Durante año y media, nada parecía moverse, pero aún así seguimos persistiendo, hasta que un día nos escribieron desde Logroño, desde la editorial Pepitas de Calabaza –la misma que publicó los geniales diarios de Iñaki Uriarte– interesándose por Jordi Mestre y preguntando con quien tenían que contactar para publicarle. Ya preparan la edición del libro, lo que desde luego ha aumentado nuestra fe en los milagros.

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