ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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El desconocido
El desconocido


Presentación de Dublinesca en Barcelona. 7 de junio de 2010.
Presentación de Dublinesca en Barcelona,
7 de junio de 2010
EXPLORAR EN EL ABISMO

JAVIER ARGÜELLO


A Vila-Matas lo conocí hace tiempo y en tierras lejanas. Hoy que me toca hablar de él no voy a referirme a su obra. Quienes no estén familiarizados con ella les animo a que lo solucionen a la brevedad y quienes estén familiarizados habrán sacado ya sus propias conclusiones. No voy a referirme a su obra, sino que voy a centrarme en apenas dos aspectos de su trabajo, dos características que, a mi juicio, le convierten en el tipo de escritor que es. Pero permítanme citar antes dos textos prestados que, creo, ayudarán a ilustrar estas reflexiones. El primero se corresponde con una carta que Arturo Uslar-Pietri escribió a su amigo Miguel Angel Asturias a la hora de su muerte:

“Recuerdas Miguel cuando íbamos con Roviro Dorio, Alclasán, Emulo Lipolidón y Pimalina, a topar con monsieur Gide y con monsieur Valéry, oyendo sin oír sus tambores areitos, ecos de náhuatl, quejidos de tortura, cuentos de Popol-Vuh y cantos de negros del Caribe. ¿En busca de qué? No sé Miguel Ángel si lo encontraste, espero que no. No era para encontrar que habíamos partido…”

El segundo lleva la firma de Antonio Tabucci:

“No me deje entre personas llenas de certezas, esa gente es terrible.”

A Vila-Matas, decía, lo conocí hace tiempo. Supe que tendría que encontrarlo con una semana de antelación, y como probablemente hablaríamos de literatura, me pareció una descortesía no haber leído nada suyo. Recuerdo que me hice con un ejemplar de Bartleby y compañía y con otro de Suicidios ejemplares, el uno por ser el último que había salido y el otro por mi afición a los cuentos. En un conjunto de cuentos pueden verse varias facetas de la personalidad de un autor. También en varias novelas, pero por un lado creo que los cuentos desnudan más, y por otro, como dije, tenía poco tiempo. Fue allí, entre esas páginas, en donde me lo encontré a Vila-Matas, en donde empecé a intuir su humor, sus obsesiones, sus temores y esperanzas. Estaba tan transparente allí, tan palpable, que posibilitaba el establecimiento de un vínculo casi inmediato. Encontrarlo una semana después no supuso más que continuar con una charla que de alguna forma ya había empezado. Hay autores con los que pasa así –es esa la primera de las cuestiones de las que quería hablar-, y no se trata ni mucho menos de la mayoría. La mayoría de los libros esconden a sus autores. Todos, de hecho, autores o no, practicamos cada día un férreo ejercicio de ocultamiento. Ese es un tema que siempre me ha parecido tremendamente interesante: ¿Qué historias les estamos contando a los otros acerca de quienes somos? Y lo más interesante de todo: ¿Qué historias nos contamos a nosotros mismos al respecto? Muchísimos autores, como muchísimas personas, utilizan su trabajo para autodefinirse. Incapaces de saber lo que son, prefieren definirse por lo que hacen, pero sobre todo prefieren definirse, gustan de las definiciones. Me acuerdo siempre de un profesor anarquista que tuve que me llamó la atención acerca de la palabra OVNI: objeto volador no identificado. No identificado, repetía, pero ya tiene un nombre, ya está definido, y entonces nos quedamos más tranquilos. Hay en el idioma un sinnúmero de ejemplos que llaman la atención en ese sentido. Basta pensar en los nombres de los períodos históricos. ¿Qué significa por ejemplo Edad media? Creo que viene a ser algo así como esos mil años que trascurrieron entre el fin de la antigüedad –otro nombre que da qué pensar- y el renacimiento. ¿El renacimiento de qué? De los valores antiguos. O sea básicamente un montón de años de los que no tenemos demasiada noticia y que quedan ahí en medio. Por lo que decidimos bautizarlos como Edad media. Ya está, ya tienen nombre. Ya estamos más tranquilos.

Entre los escritores también ocurre, también están los que gustan de las definiciones. Es el tipo de escritor que utiliza la literatura para encontrar respuestas. Respuestas que los conviertan en seres comprometidos; o en personajes macabros; o en entrañables estampas clásicas; o en osados vanguardistas. Pero no es ahí en donde un autor se desnuda. No cuando habla de lo dolorosa que fue la pérdida del ser querido, o cuando expone con valentía su lucha heroica contra un enemigo político como puede ser un régimen o contra uno más silencioso como puede ser un cáncer. Un escritor se deja ver cuando nos permite ser testigos de las tonterías que piensa durante un viaje en autobús, cuando accede a que conozcamos los chistes que le hacen gracia. Hay algunos escritores, los menos, los que interesan, que utilizan la literatura para buscarse, para interrogarse. Se dudan constantemente a través de su literatura, y de esa duda, de esa incertidumbre acerca de la propia identidad, es que surge y se construye la identidad verdadera. Una con la que a los demás nos es muy fácil conversar, porque nos reconocemos en ella. Porque nosotros también nos dudamos cada día, porque si cada uno de nosotros se mira un poco hacia adentro, habrá de reconocer que no sabe muy bien quién es, que cada día improvisa diferentes identidades que doten su cotidiano de un sentido del que carece.

Déjenme que les presente dos fragmentos de una autobiografía literaria que Vila-Matas escribió hace un tiempo y que, revisando el otro día, me hizo pensar en todo esto. Se trata de dos reseñas correspondientes a dos de sus primeros libros que creo que vendrán bien para ilustrar esta cuestión. Y de paso nos permitirá asomarnos a la inmediatez con que su humor se pone de manifiesto. Y me refiero al humor en un sentido amplio, ese que tiene que ver con la capacidad de sorpresa. Una palabra importante: sorpresa. Vamos a quedarnos con esa palabra.

Al sur de los párpados (Fundamentos, 1980)

En el largo invierno de 1978 me dediqué a contar, ya instalado en mi casa de la Travesía del Mal de Barcelona, la historia del aprendizaje de un escritor. Aunque la novela es pedante e insoportable, me fue muy útil trabajar en ella porque aprendí precisamente aquello que aprendía mi escritor, es decir, que aprendí a escribir. Hace años que ando prohibiendo que alguien la lea.

Nunca voy al cine (Laertes, 1982)

Cuentos breves y libro también breve, escrito entre Mallorca y Barcelona, con la idea más bien ingenua de averiguar cuáles eran los temas que me preocupaban como autor literario. El título del libro acabó condicionando mi vida entera, ya que desde entonces, por temor a ser descubierto, nunca voy al cine en los lugares en donde me conocen. A veces me paso años sin ver una película.

Por un lado obsérvese lo rápido que se vislumbra a la persona detrás de las palabras, una persona con la que da ganas de sentarse a hablar. Por otro lado está el contenido, en el cual se define al libro como un territorio de búsqueda, de aprendizaje, no de exposición de certezas encontradas. El libro como pregunta, no como respuesta. Como exploración, no como hallazgo. Es verdad que estos ejemplos se corresponden con una etapa más bien temprana en la carrera de Vila-Matas, y que cuando somos jóvenes la mayoría estamos abiertos al desconcierto. Para casi todos la búsqueda termina con los primeros desencantos. A partir de ahí se extraen unas conclusiones, se dibuja un mapa mental de la existencia, se establecen unas cuantas reglas y se pasa el resto de la vida concentrado en no incumplirlas. El otro día estaba viendo El cielo sobre Berlín, maravilloso poema fílmico de Win Wenders, y se me vino a la cabeza todo esto. A los pocos minutos de película, el relator dice lo siguiente:

“Cuando el niño era niño era el tiempo de las siguientes preguntas: ¿Por qué yo soy yo y no tú? ¿Por qué estoy aquí y no allí? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde se acaba el espacio? ¿La vida bajo el sol es sólo un sueño? Lo que veo, oigo y huelo, es sólo la apariencia de un mundo previo al mundo? ¿Existe realmente el mal y personas que de verdad son malas? ¿Cómo puede ser que yo, que soy yo, antes de llegar a ser no fuera? ¿Y que yo, que soy yo, algún día ya no sea más el que soy?”

De niños teníamos preguntas, luego fuimos creciendo y nunca dimos con las respuestas, pero decidimos actuar como si lo hubiéramos hecho. Establecimos esas reglas de las que hablaba más arriba y nos dedicamos a defenderlas. Ya vas a entenderlo cuando hayas pasado por lo que yo pasé decimos a los más jóvenes, yo también a tu edad pensaba como tú, repetimos como si en algún momento hubiéramos entendido algo, y entonces empieza a parecernos que las cosas ya no son lo que eran, y que la juventud de hoy en día está irremediablemente perdida. Lo cierto es no entendemos, que no entendemos nada. Que las cosas nunca jamás han sido como eran, que nunca supimos cómo eran, y que la juventud, afortunadamente, siempre estuvo perdida, igual de perdida que el resto, pero con la inocencia y la irresponsabilidad necesarias para reconocerlo. Luego la vida avanza y llega el momento en que las incertidumbres comienzan a resultar incómodas, y preferimos jugar a que hemos dado con las respuestas. Hay, sin embargo, algunos hombres que asumen esa incertidumbre como condición de vida, que en medio del desconcierto se saben en lugar seguro, y que están ahí para recordarnos que sólo se trata de preguntas, nunca de respuestas, lo cual me lleva al segundo punto del que quería hablar. Vila-Matas, y es algo que yo al menos le agradezco profundamente, nunca ha dejado de buscar, y eso se nota y se disfruta en la frescura de su prosa, en la calidad de su sorpresa. En el momento en el que está, en la posición en la que se encuentra y con la trayectoria que tiene a cuestas, no ha querido caer en la tentación de pensar que ya había encontrado. A modo de ejemplo tenemos ahí el título de su último libro: Exploradores del abismo. Me ha encantado volver a encontrarle en cuentos. Frescos, conmovedores, sorprendentes y sorprendidos. Lo empecé a leer en Berlín y de nuevo estuvimos conversando. Sin que él lo supiera, y mientras trabajaba en su casa de la Travesía del Mal en Barcelona, se hallaba también conmigo en un café de Kreuzberg discutiendo junto a Olga y Vasha la posibilidad de que la nada pudiera reemplazar al todo. Porque los escritores de verdad, lo que valen, los que interesan, se desgranan y se descomponen en cada uno de sus libros para regalarle a cada lector la posibilidad de charlar con ellos. Y lo consiguen mediante el método de estarse buscando siempre, de no darse por sentados en ninguno de sus recorridos. Como Vila-Matas que, con más de veinte libros a sus espaldas, sigue viéndose a sí mismo como un mero explorador, uno explora en el abismo. Un explorador, nunca un guía. Uno que busca, no uno que encuentra. Que pregunta, no que explica. Y es eso lo que lo convierte en un escritor inclasificable. Hermosa palabra, inclasificable. Para los críticos probablemente un dolor de cabeza. Para otros quizá una sombra que les pesa. Nos incomodan las incertidumbres, nos incomodan las piezas que no encuentran su casillero. Y tan ciegos nos deja ese afán clasificatorio que a veces no sabemos ver que es justamente ése el sitio de los verdaderos escritores, el de la búsqueda incansable que no termina en ningún sitio, porque no hay sitios a los que llegar, no hay Itacas que alcanzar, sino un largo y sinuoso camino en el que las preguntas se responden las más de las veces con preguntas. Creo, quiero creer, que el camino de la literatura es el camino de la búsqueda, y así me gusta entender a los escritores a los que admiro, a los escritores que me interesan. Encontrar en cada libro la historia de una búsqueda. Cada vida de cada escritor debería representar lo mismo. Permítanme que vuelva a las palabras prestadas del principio:

“Recuerdas Miguel –decía Uslar-Pietri-, cuando íbamos con Roviro Dorio, Alclasán, Emulo Lipolidón y Pimalina, a topar con monsieur Gide y con monsieur Valery… ¿En busca de qué? No sé Miguel Angel si lo encontraste, espero que no. No era para encontrar que habíamos partido...”

Y aquellas otras de Tabucci:

“No me deje entre personas llenas de certezas, esa gente es terrible.”

Las certezas que se las queden los que las consideren necesarias, los críticos seguramente, para nosotros las historias. Hacia la mitad de la película de Wenders aparece un personaje que es poeta y que reflexiona en estos términos:

“Si la humanidad pierde al narrador –dice-, entonces perderá la infancia”.

A mi me da por pensar que no habla de la infancia como edad biológica, sino como metáfora de la capacidad de sorpresa. Lo admirable de Vila-Matas, de los escritores como Vila-Matas, es que conserven intacta su capacidad de sorpresa, que sigan sorprendiéndose en cada una de las aventuras que emprenden, que vayan en busca de la sorpresa, que sea eso lo que los mueva. Cualquier joven escritor debería aspirar a llegar hasta dónde él está con esa misma intacta capacidad de sorpresa, con la entereza, la dignidad literaria de saberse un buscador que aún no ha encontrado, y que probablemente no encontrará nunca, porque no era para encontrar que habíamos partido, sino para explorar, para explorar en el abismo.
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