ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Museo Internacional Marx de La Garriga
Museo Internacional Marx de
La Garriga





VIDAS MINÚSCULAS (6)

VICTOR BALCELLS
A Enrique Vila-Matas

No me asustó ver a mi tío sentado en la estación de trenes de La Garriga. Vestía su habitual chaqueta granate y su rostro era inexpresivo. Es posible que no me reconozca, pensé cuando me acerqué a él. Pero me reconoció. Nos dimos la mano. Sólo una vez nos habíamos abrazado y eso ocurrió en el Paseo de Gracia de Barcelona hace mucho. Entonces se trataba de una despedida. Le pregunté qué estaba haciendo allí, en La Garriga, y él me preguntó lo mismo. Me resistí a contestar, luego dijo:
   - Quizá estemos aquí por lo mismo.
Es cierto que nadie vuelve al pueblo donde ha pasado su infancia más que por un motivo. La melancolía. La extraña desfiguración de las imágenes que están en el recuerdo. Todo eso. He venido aquí, le dije, para visitar los lugares donde pasé mi adolescencia, para ver cómo está la casa que tuvieron mis abuelos, cómo han cambiado las calles, las canchas de tenis, los paisajes. No sé si lo dije de esta manera, pero eso quise decir. Él me miró y me dijo que, en ese caso, no estábamos en La Garriga por el mismo motivo.
   - Yo he venido a seguir la pista de Héctor Palanka -me dijo, no entendí-. Es un poeta, ¿Sabes de quién hablo?
No lo sabía. No he leído tanto ni pienso hacerlo. Pronto necesitaré gafas, pronto dejaré de enamorarme, pronto dejaré de telefonear a los demás, si es que no lo he hecho ya; tendrán que ser ellos quienes me busquen.
Le propuse que nos hiciésemos compañía ese día, que paseáramos juntos, que habláramos. Estuvo de acuerdo. Salimos de la estación y nos encaminamos por la calle Pere Ballus, una calle en pendiente que antaño estaba mal asfaltada, según noté.
   - Cuando yo era niño ni siquiera estaba asfaltada -dijo él. Tendremos que retroceder todo el tiempo hasta el génesis de nuestras pretensiones, tendremos que excavar y abrir minas a cielo abierto y, en general, lo único que encontraremos serán nubes de tormenta.
Mientras subíamos por la cuesta mi tío me habló del poeta que había venido a buscar. Lo primero que dijo de él fue que estaba muerto. Lo que busco no pertenece al territorio de su tumba, dijo. Vivió toda su vida en La Garriga, precisamente en la calle Josep Carner, la misma calle donde mis abuelos tuvieron una casa, la misma calle a la que ahora nos dirigíamos. Había heredado una fortuna de su padre, fabricante de harina fallecido joven en un accidente junto a su madre. Entre sus posesiones había una casa con jardín que pasó a pertenecerle. Expulsó a la servidumbre, excepto al jardinero, y se recluyó en ella a finales de los sesenta. Según cuentan, apenas se le veía por la calle. Dejó de existir. Utilizaba al jardinero para hacer la compra en el pueblo y rompió el contrato con la compañía telefónica. Aislado y despreocupado del mundo, pasó a ser un proscrito con dinero. En ese periodo de reclusión, dijo mi tío, escribió un poemario titulado Canto a la era de las avenidas. Lo escribió a mano, en folios separados que había reunido en una carpeta. Tardó dos años en redactarlo. Dos años en los que nadie supo nada de él, en los que perdió a sus amigos, si es que alguna vez los tuvo.
   - ¿Tú nunca lo conociste? -le pregunté a mi tío.
   - No, pero lo vi alguna vez -dijo. Ya habíamos llegado a la altura de la calle Josep Carner-. Tenía fama en el barrio de hombre huraño e inaccesible. Su barba era mítica, nunca he visto una tan larga ni tan significativa en un rostro tan joven.
Entonces me señaló una valla de ladrillo que había al principio de la calle. Un seto crecía sobre la valla. Era imposible ver lo que había detrás. Aquella era la casa que heredó Palanka, dijo mi tío. Seguimos adelante y llegamos a la casa de mis abuelos. De una pequeña verja de hierro forjado subía una pendiente hacia arriba. En el centro de la parcela se levantaba un pino centenario, majestuoso, probablemente el más viejo de toda la zona.
Era mi turno. Recuerdo que en ese pino vivía un búho, dije. Recuerdo que todos decían haberlo visto alguna vez, pero yo jamás pude verlo. Si tuviera que recordar algo de este lugar que ya no nos pertenece, recordaría un día en que mi padre había conseguido un telescopio. Era el final del verano, ya habíamos vaciado la piscina y pronto volveríamos a la ciudad. Anochecía, mi abuelo miraba la televisión y mi padre, inquieto, esperaba que desaparecieran las últimas luces del crepúsculo. Cuando se cerró la noche me llamó y me dijo que lo acompañara a ver las estrellas con el telescopio. Salimos al jardín. Yo hubiese preferido quedarme en casa. En este lugar la humedad siempre quiso devorarnos y quizá lo consiguió, pienso ahora recordando el frío que hacía a pesar del verano.
Mi padre señaló un punto brillante en el cielo. Marte, dijo. Luego, señalando hacia otro sitio dijo: Las Pléyades. Desde entonces son las únicas cosas que sé reconocer en el cielo. Estaba oscuro. Caminábamos por el jardín a tientas. El hueco de la piscina se abría a nuestra izquierda. Mi padre se fijaba en el cielo, yo me fijaba en él y me crecían por dentro algo así como raíces y malas hierbas, algo así como una solidificación de venas y estatuas por el corto recorrido de mis brazos. Recuerdo que pensé: la piscina está vacía, mi padre se va a caer en ella si no deja de mirar el cielo. Recuerdo que lo pensé y que no dije nada. Me quedé en el jardín viendo a mi padre dar pasos a tientas tratando de buscar la mejor posición para ver el cielo. Hasta que, de pronto, cayó en el agujero de la piscina y desapareció. Me dio un vuelco el corazón, durante un momento me quedé inmóvil esperando alguna señal de vida de mi padre. Pero del hueco de la piscina no salió sonido alguno. El corazón me palpitaba con tanta intensidad que quizá por eso, ahora, soy tan débil. Di algunos pasos hacia la piscina. No avisé a nadie, no grité, no dije nada. Simplemente me asomé como quién desenvuelve algo y observa por primera vez su contenido. En el fondo de la piscina había una mancha oscura, inmóvil. Mi padre. Quizá muerto, quizá desfigurada su columna vertebral, inválido para siempre. Papá, dije apenas. Qué miedo tenebrante, qué infernación por todo mi cuerpo, qué abismo. En ese instante empecé a comprender el significado de la muerte. Pero aún no sé descifrarla porque mi padre se movió y dijo: estoy bien, no ha pasado nada, ja ja, se rió y salió del hueco y me dijo que lo siguiera, que no dijéramos nada de lo ocurrido; y así de magullados nos pusimos a ver las estrellas y no hablamos de aquello nunca.
   - Ese es mi recuerdo -dije y entonces llamé al timbre de la propiedad. En otra época tuvimos las llaves. Qué importante es tener las llaves de cualquier cosa, ¿verdad?, y cómo duele que los demás, un día, cambien su cerradura y las inutilicen.
Nadie contestó al timbre. La casa parecía vacía. En fin, dije, sigamos. Mi tío me había escuchado con atención pero no dijo nada. No era necesario. Con un gesto del brazo me indicó la dirección a seguir.
   - Vamos hacia el ayuntamiento del pueblo -me dijo, y así nos alejamos de la casa de mis veranos.
La imagen de tu padre saliendo de la piscina tras el conato de muerte se parece a lo que muchos debieron pensar cuando Palanka terminó de escribir Canto a la era de las avenidas. Porque entonces abandonó su reclusión, emergió, por decirlo así, decidió afeitarse y adecentarse, y la gente empezó a verle cada domingo en el primer tren de la mañana que bajaba a Barcelona. En el primer viaje llevó consigo la carpeta y el manuscrito. En los siguientes no. Escrita la obra, dijo mi tío, decidió mostrarla al mundo.
Cada domingo Palanka se citaba con un poeta distinto en el bar Almirall, en la calle Joaquín Costa de Barcelona. En cada encuentro hablaba largo y tendido, pero sobre todo preguntaba. Lo suficiente como para conocer las preferencias e inclinaciones del poeta con el que se había encontrado. Con media hora de conversación y con el conocimiento que tenía de su obra, le bastaba para saber qué poemas del manuscrito que llevaba consigo debía mostrar. Una vez definido eso, se disculpaba y se marchaba al baño con la carpeta. En el baño separaba los poemas que no debían ser mostrados y, al regresar, entregaba al poeta de turno la carpeta reformada. Pasada una semana, recuperaba esa carpeta y empezaba de nuevo todo el proceso con otro poeta. De modo que los principales poetas de Barcelona llegaron a conocer la obra de Palanka, Canto a la era de las avenidas. Y, sin embargo, ninguno leyó la misma obra, porque cada vez que la prestaba esa obra era distinta. Hasta el punto que, según cuentan, cuando se citó con Pere Gimferrer temió tanto su veredicto que le entregó simplemente las tapas de la obra: había eliminado del interior todos los poemas.
Pocas veces he visto a mi tío reírse con ganas. Entonces fue una de aquellas veces. Corroboré que quién ríe poco deslumbra de manera excepcional cuando se decide a hacerlo. Nos acercábamos al Ayuntamiento, un sitio del que yo guardaba un mal recuerdo. ¿Por qué me has traído aquí?, le pregunté. Verás, dijo, en uno de esos intercambios con los poetas, Palanka perdió el manuscrito. Debió de entregárselo a alguien que decidió no volver. El caso es que, un domingo, no puedo decir cuál, el manuscrito no le fue devuelto y él no pudo volver a entregarlo. Se rompió la cadena. Además había incluido en aquel último préstamo casi todos los poemas.
   - ¿Pero no tenía más copias? -pregunté.
Pues no, dijo mi tío, no tenía más copias. Entonces todo era distinto y cada cosa, cada una de las cosas de este mundo, tenía más valor que ahora, dijo. Piénsalo bien y dime cuántas cosas conservas desde tu infancia.
   - Solo mi osito de peluche -dije. Qué ridículo me sentí, qué patético, devastador y sórdido. De ese pasado ya innombrable sólo conservo un osito con el que aún duermo y detrás, en el fondo, un perpetuo grito confuso hecho de recuerdos revueltos y tactos y palabras que una vez pertenecieron a un discurso.
Eso le pareció gracioso, y en el fondo lo era. Pero pensó que bromeaba. El caso es que perdió el manuscrito, siguió, lo cual al parecer le produjo una depresión que lo devolvió al enclaustramiento y al crecimiento desordenado de su barba. No hubo manera de recuperar la obra extraviada y al final se dio por vencido. El jardinero dejó de subir comida a su casa. Aumentó en las bolsas de la compra el tintineo arrítmico del golpearse de botellas de alcohol, ese frío que se esconde entre el polvo tras cada derrumbamiento, y Palanka se dio a la bebida y se compró una pistola con la cual disparaba al aire cada vez que oía, a lo lejos, las campanas de la iglesia.
Por decirlo de alguna forma, enloqueció. Hasta que un día, por algún motivo que no termina de estar claro, se presentó en el ayuntamiento gritando. Y aquí estamos, dijo mi tío. Frente al ayuntamiento había una plaza de tierra en la que se levantaba un mercadillo de ropa de segunda mano. Para mí esa plaza guardaba un recuerdo que quise compartir. Nos sentamos en un banco y mi tío me escuchó como yo lo había escuchado a él. El valor de cada diálogo se mide por la claridad, pero también por la lentitud con la que se lleva a cabo. Y en nuestra familia siempre hemos sido lentos para todo, excepto para enamorarnos. Porque yo pronto, a los ocho años, me enamoré de una chica de La Garriga.
Ella se llamaba Andrea, dije. Me enamoré de ella de la manera menos adulta: nunca pretendí que ella me correspondiera. No sabía por qué la amaba, apenas hablaba con ella pero la veía mucho: nuestros padres eran amigos. No la conocía demasiado, no sabía qué pensaba. Sí sabía, en cambio, que no nos gustaban las mismas cosas. Pero eso me daba igual. Me importaba tan poco eso y, sin embargo, la deseaba tanto sin deseo, que la quise durante seis años sin confesárselo nunca. Recuerdo que me imaginaba que veía con ella partidos de fútbol, que viajábamos juntos al extranjero, que nos desnudábamos y contemplábamos juntos el crecimiento de nuestros miembros. Hasta que un día, cuando teníamos catorce años, ocurrió algo precisamente frente a este ayuntamiento, dije señalando la escalinata de entrada. Habíamos pasado la tarde con uno de sus amigos, un imbécil, para variar. Yo los había acompañado no porque ellos quisieran, sino porque lo ordenaron nuestros padres. El tipo ese, una porquería de cara llena de acné, se pasó la tarde observándome. No supe que sabía hablar hasta que, al final del día, cuando estábamos precisamente aquí y ella se había perdido por el mercadillo, me dijo: oye, a ti te gusta Andrea, ¿verdad?
No, no, dije yo, sonrojándome supongo. Claro que te gusta, que te he visto, dijo. ¿Que me has visto qué?, dije. He visto como la miras. No, no, yo no la miro de ninguna manera. Venga, no me tomes el pelo. Que no sé de qué me hablas, dije. Oye, no te hagas el pardillo conmigo, que no soy tonto, dijo, a ti te gusta Andrea. Que no, dije. Eh, dijo, puedes decírmelo, ¿vale? Yo no diré nada. Que no, que no, dije. Me estaba poniendo nervioso. Venga, dímelo, será nuestro secreto, ¡Si es evidente! Hasta un tonto se daría cuenta de que te gusta Andrea. ¡Que no!, grité. Y así siguió hasta que me debilitó y lo confesé: sí, me gusta Andrea. Podría haber resistido y no haber dicho nada. Llevaba seis años así y nunca se me había escapado nada sobre aquel asunto. Pero en algún momento habría de flaquear y el momento fue aquel, precisamente con un desconocido. Pocas cosas ocurren cuando esperamos que ocurran: se desvelan solas con un golpe de sol o un fallo en la composición de la frase, todo es tan irrelevante y simple y hay tantos agujeros por todas partes que tarde o temprano, pase lo que pase, terminarán por descubrirnos. Lo confesé y lo primero que él hizo con el triunfo tatuado en su cara llena de granos fue decírselo a Andrea. Se lo dijo delante de mí.
¿Eso es verdad?, preguntó Andrea. Por un momento pensé que el asunto terminaría bien, después de todo, y dije: sí. Pues a mí no me gustas, dijo ella, y los dos se partieron de risa o algo así, algo por el estilo, algo brusco como una protuberancia, algo parecido una espada clavada en la garganta de cualquiera, en cuyo acero vemos reflejado nuestro rostro consumido de asesinos. Y se fueron y yo me quedé sentado en estas escaleras desesperado apenas llorando por algo que desconocía y que tenía un nombre que aún sigo sin conocer.
   - Pero ese recuerdo -dije- ya no es doloroso.
- Eso es lo que tú crees -dijo mi tío-. Cualquier cosa que se haya perdido seguirá doliendo siempre. En el fondo tu y yo estamos hablando de lo mismo.
   - Tú hablas de Palanka, no de ti mismo.
   - Eso es lo que tú crees.
   - ¿Qué quieres decir?
   - No. Yo no quiero decir nada, sólo que Palanka también perdió algo de mucho valor -dijo, y en el fondo de sus ojos vi palpitar una sombra.
Palanka entró enloquecido en el ayuntamiento porque allí se encontraban, entonces, las únicas máquinas de escribir del pueblo y, sobre todo, la única fotocopiadora. Entró en los despachos y dirigiéndose a una secretaria le gritó: ¡Tú, escribe!
¿Cómo?, dijo la secretaria. ¡Que escribas lo que te voy a dictar!, gritó Palanka, y entonces dictó un poema del que hizo tres fotocopias que se llevó corriendo a casa. En su reclusión había tratado de recordar cada uno de los poemas de Canto a la era de las avenidas. Los había recompuesto mentalmente en un intento último por luchar por su desaparición. Siguió presentándose en el ayuntamiento a lo largo de las semanas que siguieron a esa primera visita. Lo tomaban por un bufón, pero un bufón gracioso, de modo que las secretarias siempre transcribían sus poemas para reírse a gusto después. Así recompuso su obra de las cenizas de la nada y así la publicó poco después con una acogida excepcional.
   - No sabía ni que existiera esa obra -dije.
   - Bueno, por lo general el tiempo es injusto con los demás y consigo mismo. Nada que no se tome un respiro para descansar puede ser coherente con lo que hace.
Nos levantamos y seguimos caminando. Ahora vamos hacia el Casino, dijo mi tío. Allí está lo que he venido a buscar, dijo. Atravesamos calles estrechas carentes de significado para nosotros y entramos en el paseo de la Garriga, una calle donde abundan casas modernistas y el color perpetuo del otoño. Señalé una de ellas. Allí vivía Andrea, dije, quizá aún esté aquí. Mi tío asintió. Nos acercamos a la cancel y llamé al timbre. Un perro empezó a ladrar. Alguien se asomó a una ventana. ¿Quién va?, dijo un hombre de mediana edad con bigote. ¿Vive aquí Andrea Z.?
Te equivocas, chico, dijo el hombre, y desapareció tras la ventana. Me encogí de hombros. A veces parece que las cosas que hemos vivido nunca existieron. Y a veces es mejor que siga pareciéndolo.
Al final del paseo se levantaba el Casino, bordeado por un seto. Un lugar para gente adinerada y, según recuerdo, por lo general estúpida. Entramos. Dentro había la calma que tiene cualquier sitio lujoso, un vacío, un silencio monetario de relajación y burguesía. Pero mi tío se dirigió a un mostrador donde estaban los oficinistas atareados, tecleando y recibiendo llamadas con el sonido ambiental de una radio de provincias de fondo. Mi tío se identificó y dijo venir a recoger el paquete. Le entregaron un paquete.
   - ¿Qué es esto? -pregunté.
   - Ahora verás.
Nos sentamos en la terraza y pedimos algo. Este lugar me trae muchos recuerdos, dije. Estas baldosas rojas. Por aquí jugaba yo con la pelota mientras mis padres tomaban algo. Abajo siguen las pistas de tenis, dije señalándolas. Yo era un pésimo jugador de tenis, pero alguien me obligaba a jugar, alguien quería que yo ganase algo. Mi padre. Él mismo fue el que me inscribió en el torneo juvenil de tenis del Casino. Yo tenía una raqueta, pero era poco más que un principiante. Me negué a participar, pero entonces las decisiones no las tomaba yo. Recuerdo cuando publicaron la lista de enfrentamientos de la primera ronda. Me acerqué al tablón y entonces vi, por un azar perverso que no alcanzo aún a comprender, que me había tocado jugar precisamente contra Andrea. Eso ocurrió poco después de la confesión. Apenas unas semanas después. Desde entonces, avergonzado, había hecho lo posible por evitarla, aunque a ella mi presencia le diera, en cualquier caso, exactamente igual. Y así fue como se finiquitó nuestro amor, dije: con una partida de tenis, con un peloteo, con sus saques y devoluciones. Por supuesto fue ella la que ganó y yo quedé eliminado del torneo. Tampoco me sorprendió: en verdad yo ya había sido eliminado mucho antes de empezar la partida, por lo menos del torneo de su vida, de modo que jugar contra ella a tenis sólo fue una manera de poner por escrito lo que, por otra parte, los dos ya conocíamos bien: que nunca jamás estaríamos juntos.
Aquí, supongo, dije, se unen las anécdotas de mi padre y Andrea. Uno que siempre quiso que fuese lo que él nunca pudo llegar a ser, y la otra que nunca quiso que fuese lo que yo siempre quise ser.
Mi tío me miró con el paquete aún entre las manos:
   - ¿A ti te gusta lo que eres ahora?
Lo pensé un momento, pero la respuesta a esa pregunta era clara:
   - Sí.
   - Si tu padre no hubiese sido contigo como fue, entonces tú ahora no serías como eres. Hablo también de lo que fue esa chica, de lo que fue cualquiera de las personas que influyeron en ti. Y esto también me lo digo a mí mismo.
Tenía razón.
Hace una semana, dijo mi tío cambiando de tema después del silencio intenso que se produjo, recibí una llamada de un amigo que conservo en este pueblo desde la infancia. Me dijo que habían encontrado esto, dijo mi tío señalando el paquete. ¿Qué es esto?, pregunté. Esta es la primera versión extraviada de Canto a la era de las avenidas, de Palanka.
   - ¿Pero si Palanka perdió el manuscrito en Barcelona, cómo ha sido encontrado aquí?
   - El poeta que nunca devolvió el manuscrito y que, al parecer, desapareció con él, un tal Julio Castellán, según sé, nunca pudo devolverlo porque tuvo que marcharse repentinamente a Alemania para encontrarse con su padre, que al parecer había enloquecido. Por ese motivo no asistió a aquella cita dominical para devolvérselo a Palanka. Sin embargo, tiempo después, al regresar a Barcelona, trató de contactar con él. Le resultó imposible. Pero sabiendo que él vivía en La Garriga decidió dejar el manuscrito aquí, en el Casino.
   - ¿Por qué no se lo entregó directamente en mano? -pregunté.
   - Porque un oficinista de este Casino le aseguró conocer a Palanka y prometió devolverle el manuscrito personalmente.
Sin embargo, ese oficinista jamás le entregó el manuscrito al poeta, que por aquella época yacía encerrado en su casa reconstruyendo de memoria el poemario extraviado. Y aquí ha estado todo el tiempo, en los archivos del Casino, más cerca del autor de lo que nadie hubiese imaginado nunca. Aquí lo tenemos, dijo mi tío.
   - ¿Lo has leído ya?
   - No, nadie lo ha hecho -contestó-. Para eso he venido.
Mi tío desenvolvió el paquete. Contenía una carpeta llena de papeles amarillentos. Se puso las gafas y empezó a leer. Estuvo media hora absorto leyendo. Yo miraba hacia las pistas de tenis y tomaba algo. Había quietud, los árboles estaban quietos, pero no por ello cesaba su crecimiento.
   - Escucha -dijo mi tío al final.
   - Dime.
   - Mira, no lo comprendo -dijo dejando con pesadumbre las hojas sobre la mesa-. No lo comprendo.
   - ¿Qué ocurre? -pregunté.
   - No lo entiendo.
   - ¡Pero explícame qué pasa!
   - ¡Que estos poemas son muy malos! -dijo de pronto mi tío- ¡No valen nada!
Así fue. El primer manuscrito de Canto a la era de las avenidas resultó ser mucho peor que su reconstrucción posterior. Mi tío estaba inquieto. Pero cómo puede ser, se decía haciendo gestos con las cejas.
   - Escucha -le dije recordando algo que me había dicho poco antes.
   - ¿Sí?
   - A ti te gusta la versión final de Canto a la era de las avenidas, ¿cierto?
   - Sí, claro, es un gran poemario.
   - Pues piénsalo así -contesté riéndome-: si la primera versión no hubiera sido como es: básicamente mala; entonces la versión final, la reconstrucción, tampoco hubiera sido como finalmente resultó ser.
Eso tuvo su lógica. Pues tienes razón, dijo él encogiéndose de hombros. Esperamos demasiado de las cosas y luego nos decepcionan, dijo mirando alrededor. Nos quedamos en silencio. El manuscrito perdió todo su interés. Pero aún quedaba una pregunta por hacer, y esa pregunta tenía que formularla yo.
   - En todo este paseo sólo me has hablado de Palanka. ¿Por qué no me has hablado de ti? -lo pregunté por sorpresa, a bocajarro, pero él pareció no sorprenderse. Me enseñó la palma de sus manos:
   - Un buen escritor aprende con el tiempo que hablar de los demás -dijo- muchas veces es la mejor manera de hablar de uno mismo.
-...
-...
   - En ese caso yo no he aprendido mucho -dije desconsolado.
   - Pues no -dijo él sin piedad-, está claro que aún no has aprendido mucho
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