ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Vicente Rojo
Vicente Rojo




Rojo





Normandía 1947
Normandía 1947




Sònia Hernández
Sònia Hernández.




Obra de Vicente Rojo





Diario abierto, de Vicente Rojo
Diario abierto, de Vicente Rojo




Dominique Gonzalez-Foerster
Dominique Gonzalez-Foerster

LA RESPUESTA INFINITA DE VICENTE ROJO

SÒNIA HERNÁNDEZ


El mes de marzo de este 2017, el artista mexicano de origen español Vicente Rojo cumplió 85 años. Se celebra, pues, uno de esos números redondos que él acoge con la discreción que ha convertido en uno de los pilares de su carácter, rehaciéndose de algunos de aquellos golpes vallejianos, tan fuertes –en el verano de 2016 perdió a su hija, la también artista Alba Rojo–, y sin dejar de trabajar. En el mes de noviembre inaugura en la galería mexicana López Quiroga una exposición en la que mostrará algunos de sus últimos trabajos, Abecedario.

Vicente Rojo afirma que no podría vivir sin pintar. En mayo de 2015 volvió a sorprender y cautivar –en esta ocasión sí es válido decirlo sin temor a caer en la exageración o en el sentimentalismo– a todo el mundo con su majestuosa exposición Escrito/Pintado, inaugurada y producida por el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la Ciudad de México. La muestra, además de ofrecer un acercamiento a la evolución del trabajo plástico del artista, ahondaba en la relación entre texto e imagen en su producción. De un modo muy efectivo, se sintetizaban y se unían las dos dedicaciones principales con las que Vicente Rojo ha conseguido representar –es decir, dotar de una imagen que la represente ante los ojos– la Cultura mexicana de la segunda mitad del siglo xx: el arte y el diseño gráfico.

Ya Federico Álvarez, también exiliado de segunda generación como Rojo, yerno de Max Aub y gran amigo del artista, escribió en 2009 que su actividad podía definirse como “pintar la escritura”: 1. Y esa idea fue la que demostró la exposición que comisariaron Cuauhtémoc Medina y Amanda de la Garza disipando cualquier posibilidad de duda. Vicente Rojo ha sido capaz de dotar de un cuerpo tangible a la literatura y la escritura –como también a la música–, logro que le convierte en mucho más que un escritor.

Cualquier género literario está presente en la producción artística de Vicente Rojo. Él ha atribuido a su trabajo como diseñador gráfico una capacidad y una función comunicativas encaminadas únicamente a conseguir hacer más claros y más atractivos los mensajes que habían de llegar al receptor. Aunque amplia, vasta, plural, elaborada, exigente, multidisciplinaria e internacional, la cultura que defiende no es la que se entiende como un privilegio o un adorno sofisticado de quienes se creen poseedores de la verdad –como él mismo afirma en su deslumbrante Diario abierto– y lo utilizan para alcanzar un estadio más distinguido. Fruto de su convencimiento sobre la trascendente contribución que suponen la Cultura y el conocimiento para la emancipación del individuo, así como de la democratización de los productos culturales, para él es importante que quien mira pueda no ya sólo instruirse sino también nutrirse. Atendiendo a sus propias palabras, no tenía suficiente con sentirse culturalmente útil, sino que además quería serlo también socialmente y políticamente 2. Por eso era necesario que los carteles hiciesen atractivo el cine, que los periódicos facilitasen la lectura de las noticias y que resultase agradable a la vista la lectura de los libros. De este modo, no tiene sentido distinguir entre la llamada alta cultura y la cultura popular. Más allá de su práctica artística y de sus renovadoras y fundacionales aportaciones al diseño gráfico, entiende el suyo como un trabajo por la cultura que ha de hacer posible el equilibrio entre los intereses individuales y los colectivos, donde todas las ideas sean válidas para crear utopías que permitan el avance.

Si las letras son signos que enlazan con pensamientos e ideas abstractas, el alfabeto con el que Vicente Rojo escribe se compone de un sistema complejo –que nunca complicado– y variado de señales, símbolos y signos mediante los que se accede a una esfera mucho más amplia de lo que muestran las apariencias.

Después de treinta años de trabajo, Vicente Rojo está considerado no solo un referente, sino también un renovador y, por tanto, un precursor de la profesión del diseño gráfico en México. Algo o mucho de su inventiva está escrito en los carteles, logotipos, imágenes conmemorativas y publicaciones con las que se ha construido la imagen de los agentes culturales y sociales de la segunda mitad del siglo xx en México. Escritores de los que David Huerta, Gonzalo Celorio o José María Espinasa solo son ejemplos, han reconocido que Vicente Rojo les enseñó a mirar, a ver y apreciar la cultura. Carlos Monsiváis escribió que el artista de origen catalán organizó el tránsito hacia la nueva percepción 3. Dejó su huella en suplementos culturales (México en la cultura, del diario Novedades; y La Cultura en México, de la revista Siempre!), en revistas (Artes de México, Nuevo Cine, Diálogos, Revista de Bellas Artes, Revista de la Universidad de México, Artes Visuales, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Vuelta, Imágenes o México en el Arte) y en diarios (La Jornada).

A pesar de la dificultad que se presenta siempre en el momento de ordenar los afectos y las preferencias, su labor en el sector editorial ocupa un lugar especialmente señalado. Entre las muchas iniciativas que ha llevado a cabo, asegura que lo que más le enorgullece es haber tenido la idea de crear una editorial: ERA, con José Azorín y los hermanos Neus, Jordi y Quico Espresate. Los promotores descendían del exilio español, lo que podría haber hecho esperar que el sello se convirtiera en una plataforma para los activos autores transterrados. Sin embargo, mucho más comprometidos con el mundo en el que vivían, más allá de servir como altavoz para los exiliados y el antifranquismo, ERA llegó a ser una plataforma para el pensamiento crítico de la izquierda mexicana. De nuevo, con su voluntad de comunicar y de hacer fácil el acceso a la cultura, Vicente Rojo diseñó cerca de setecientos libros y portadas para la editorial. Su intervención resultaba clave en la transfiguración de la obra literaria en un objeto artístico. Por tanto, en el libro convergen los dos lenguajes principales en los que se ha venido dividiendo su trabajo. Allí encuentra un espacio de experimentación artística que, al parecer de Cuauhtémoc Medina 4, lo situaría en una corriente de artistas que, a partir de los años sesenta en México, investigan en esas posibilidades expresivas. Reconocerlo en un contexto determinado en el que coinciden los intereses de diferentes artistas no menoscaba la independencia que siempre ha caracterizado a Vicente Rojo. Más allá de la potencia plástica o representativa del objeto, la suya es una indagación en los significados del libro como signo en las múltiples manifestaciones que ha ido descubriendo a lo largo de su vida desde la fascinación suscitada por los libros en la infancia.

La escultura Artefacto, que representa un expositor de libros; los libros-objeto Discos visuales, realizados con Octavio Paz, con quien también llevó a cabo Marcel Duchamp: Libro-maleta; o el Jardín de niños que construyó con José Emilio Pacheco –todas datadas en 1968–: encontramos aquí ejemplos de cómo el artista convierte un proyecto literario en artístico. La representación plástica utiliza todos los mecanismos que tiene a su alcance para ampliar los límites de la idea o el mensaje emitido con palabras en primera instancia. A partir de la observación de prácticas posteriores de creadores de diferentes disciplinas, las propuestas de Vicente Rojo lo colocan si no en un punto destacado y de referencia de una sucesión –por no calificarlo como tradición– de creadores que han encontrado un territorio común en la reflexión alrededor de los significados del libro. La utilización de las obras de Marcel Duchamp, Octavio Paz o José Emilio Pacheco a modo de ready-made o arte encontrado puede alinearse con el uso que Dominique González-Foerster ha hecho, más recientemente, en varias de sus instalaciones de la obra de escritores como Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño o W.G. Sebald. El libro como objeto y el contenido que alberga como signo son las obras ya realizadas que los dos artistas integran a su mensaje o bien utilizan como punto de partida. En el caso de Artefacto de Vicente Rojo, se está reutilizando el significado del objeto como contenido de conocimiento, de fantasía, imaginación y todas esas experiencias culturales y sensoriales a las que se accede a través de las páginas de un libro. En cuanto a las instalaciones de Gonzalez-Foerster, el hecho de que concite los títulos de tres autores concretos, está re-representando el universo de símbolos, imágenes y significados creado por ellos. La narrativa de los escritores escogidos ya no sólo da forma a los acontecimientos o pensamientos que ellos mismos articularon, sino que los nombres casi se han convertido en marcas con su propio posicionamiento y con la promesa de sensaciones y conocimientos ya no sólo al alcance de quienes los han leído. Mediante un procedimiento similar es como Vicente Rojo consigue acercarnos la imagen o el aspecto que tienen Duchamp y Octavio Paz juntos. Ya no es suficiente con observar la fisonomía de los dos escritores, se trata de sintetizar y concretar en un conjunto de símbolos la apariencia que tienen esos universos creados. Rojo representa o encarna el universo casi infinito que exploran los autores. Y lo hace mediante sus propios signos: los colores y las formas, que serán los encargados de conmover a quien observa para que, mediante la emoción y también la intuición, se acerque a los mensajes emitidos o descubiertos por los autores que fueron el punto de partida. Con sólo este ejemplo se comprende por qué al artista se le reconoce que enseñó a ver la Cultura por lo menos a dos generaciones de mexicanos.

El modo en que utilizan Gonzalez-Foerster y Vicente Rojo las obras de los escritores no difiere apenas del uso característico de quien hace una cita o una referencia a una autoridad: se escoge una cita porque su brevedad, su contundencia y su capacidad de revelación hace que funcionen como una obra autónoma. Una frase funciona como signo de una realidad mucho más amplia, en la que, en la mayoría de ocasiones, al significado de las palabras se une el significado que aporta el nombre o marca de la persona a la que se le atribuye. A partir de este mecanismo, aunque mucho más sofisticado y enriquecido, el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas ha desarrollado toda una obra literaria imprescindible para entender las posibilidades de la evolución de la narrativa en nuestro tiempo.

Si se dan afinidades personales entre Vila-Matas y Vicente Rojo, o Gonzalez-Foerster, o Chus Martínez, es porque se han encontrado en un territorio de reflexión común. En la última novela de Vila-Matas, Mac y su contratiempo, el protagonista quiere reescribir el libro que un día publicara –considerándolo un fracaso– su vecino. La estrategia de la cita se lleva hasta el extremo de querer reescribir, es decir, volver a representar, lo que ha dicho otro. La repetición también fue el tema de la brillante conferencia Bastian Schneider, que pronunció en el Collège de France en el marco de Les grands conferènces, el 24 de marzo, y en la que también intervino brevemente Dominique Gonzalez-Foerster, que se caracterizó para la ocasión como Franz Kafka primero y después como Marlene Dietrich. El texto constituye un verdadero manifiesto en reivindicación de la repetición, del ejercicio de regresar sobre lo que ya se ha dicho antes para modificarlo, para adaptarlo y proporcionarle un significado nuevo.

Vicente Rojo no sólo trabaja sobre lo que dicen otros para embellecerlo y hacerlo llegar a un público más amplio cuando ejerce como diseñador gráfico. Su práctica artística se ha desarrollado en series repetitivas de pinturas, dentro de las cuales todas las obras que formaban parte se reconocían entre sí y dialogaban. Después de sus inicios cercanos a la figuración, a mediados de los sesenta inicia, con Señales, sus series basadas en la rotundidad de las formas geométricas elementales, hasta llegar a la serie Escrituras, en la que se encuentran su impresionante Casa de letras, que presentó en 2015, y esta nueva culminación que es el Abecedario en el que ha estado trabajado en los últimos años y que presentará en público en el mes de noviembre de este 2017 en la prestigiosa galería de la Ciudad de México López Quiroga.

El artista afirma que ha tardado algunos años en caer en la cuenta de que a través de su investigación en la abstracción geométrica no ha estado sino buscando un alfabeto propio. A partir de los mismos signos, sus repeticiones, sus yuxtaposiciones y sus variaciones se da una gramática que, a su vez, modela la narración que está transmitiendo. En sus series leemos las afirmaciones y constataciones que quieren mostrar alguna verdad esencial que nos remite a un origen, pero que, poco después, se rebaten o se niegan con un leve movimiento o alteración del orden minuciosamente compuesto, sin lugar para las estridencias. Y por esa misma razón, sus obras se unen tan elocuentemente a la poesía: consigue crear imágenes poéticas que conmueven al observador hacia una pregunta o hacia la paradoja de una respuesta infinita, convertida en su rotundidad en un nuevo interrogante.

Mediante la repetición y la constancia, sus formas han ido evolucionando desde la esencia de la geometría que es reflejo de la naturaleza, a los signos originarios y primitivistas a partir de los que se construye y se escribe un lenguaje. Renunciando al imperativo de la constante ruptura con lo anterior que generalizaron las vanguardias se avanza sobre lo realizado para llegar a un punto en el que, paradójicamente, aparece algo nuevo y realmente distinto, que permite transitar por caminos desconocidos que proporcionen nuevos pensamientos y experiencias. Ese camino es el que ha permitido a muchos artistas que han estado encerrados en sus estudios y sus indagaciones sobrevivir en entornos tan agitados como lo son el artístico y el literario en nuestros días. Sobre esa resistencia a la obligación rupturista que asegura la pervivencia de un trabajo más genuino y esencial ha hablado esclarecedoramente Chus Martínez al comisariar en Barcelona una exposición de Jorge Ferré en septiembre de 2016. En el trabajo de este artista, en series y a partir de la geometría abstracta, pueden establecerse diferentes paralelismos con el de Vicente Rojo.

Sin pertenecer a un mismo grupo generacional, temático o ni siquiera estilístico, sí se puede identificar un nexo común entre diferentes artistas plásticos en cuya práctica se detecta, además de un interés obvio por la literatura, un deseo explícito de llegar a la escritura, como es el caso del genial mexicano. El grabador, pintor, video artista, poeta y performer Benet Rossell solía calificar buena parte de su obra como diferentes maneras de caligrafía: “Caligrafío la luz”. De hecho, en más de una entrevista había declarado que la mejor palabra que se le ocurría para describir su trabajo era arteur. Sus micrografías, de las que compuso millares, también deben interpretarse como los símbolos de un alfabeto infinito.

Aunque pertenece a una generación diferente, Mar Arza también puede ser incluida en ese conjunto de creadores que, partiendo del libro como ready-made, intentan articular una escritura propia. La página en blanco es objeto de reflexión en sus esculturas, a la vez que descompone los papeles, las líneas, las palabras o los interlineados. Las funciones que cada uno de estos elementos desempeñan de ordinario en un libro, se alteran para reflexionar sobre su cometido habitual, pero también sobre sus posibilidades fuera de contexto, es decir, cuando crean un nuevo lenguaje a partir del código que proponen al observador. Lo importante es explorar lo que resultaba hasta el momento desconocido para poder obtener un aprendizaje o ampliar el conocimiento.

El deseo de configurar una forma de escritura que devenga un canal de expresión propio, ya sea creando un nuevo alfabeto o bien reescribiendo sobre el trabajo de otros autores es el rasgo común que une a estos artistas. Por su parte, Vicente Rojo ha sido prolijo en citar a los artistas que han tenido una contribución importante en el desarrollo de su universo estético, como Jasper Johns, Klee, Tàpies o Morandi, entre otros. A algunos los ha citado directamente en sus obras plásticas y sobre otros se ha ocupado en sus escritos. La voluntad de comunicación que él atribuye a su labor como diseñador gráfico también subyace en su pintura y su escultura, como demuestra su serie de cartas y mensajes dirigidos a personajes como Robert Walser, Malcolm Lowry, Alicia Liddell, Mark Rothko o Agnes Martin.

Desde ese territorio que habita entre la literatura y el arte, ha publicado y participado en un gran número de libros. A los libros objeto ya mencionados realizados en colaboración con Octavio Paz y José Emilio Pacheco, ha seguido una larga serie en la que ha colaborado, especialmente, con poetas. Asegura que siempre que lee un libro de poesía, por desconocido o irregular que sea el autor o la autora, siempre acaba encontrando un verso que le haga pensar que le habría gustado haberlo escrito a él. Sus trabajos han acompañado poemas de, además de Paz y Pacheco, José-Miguel Ullán, David Huerta, Álvaro Mutis, Andrés Sánchez Robayna, Alberto Blanco, Fernando del Paso, Hugo Hiriart o Alfonso Alegre.

Con el médico escritor Arnoldo Kraus, Vicente Rojo ha realizado tres exquisitos libros de artista: Apología del lápiz, Apología del libro y el más reciente, aparecido en 2016, Apología de las cosas. Los tres casos son una muestra evidente de la proximidad entre pintura y literatura y convierten objetos en signos poseedores de un gran significado. Las estrategias comunicativas seguidas con estos objetos se encuentran en la misma línea seguida por otros artistas. El lápiz y el libro actúan de nexo con todo un universo de imágenes, evocaciones y recuerdos. Y junto a los objetos, las manos que los sostienen, que trabajan y crean con ellos.

Ha escrito Vicente Rojo que sus manos le representan: “Ellas simbolizan toda mi relación con el mundo” 5. Al escribir, también selecciona con habilidad un conjunto de imágenes de su biografía cargadas de simbolismo y que ayudan a entender la importancia del lápiz y el libro. Ha narrado cómo a la edad de cuatro años le ataron la mano izquierda para que aprendiera a escribir con la derecha. Entonces, su reacción inmediata fue negarse a usar la derecha y dejar de asistir a la escuela. La escena nos sirve también para acercarnos a la crueldad de los años de infancia que, en Barcelona, coincidieron con la guerra y el primer franquismo. Otro recuerdo resulta igualmente dramático e ilustrativo sobre las dificultades que su familia tuvo que superar en la Barcelona de la posguerra, cuando el padre –ingeniero comunista y afiliado al sindicato de la Compañía Barcelonesa de Electricidad, y hermano del jefe del estado Mayor del Ejército republicano– se exilió en México desde 1939: el de un niño viendo cómo sacan por la ventana de su casa, en un quinto piso, el piano donde sus hermanas tomaban sus lecciones de música: “Un niño de apenas siete años, con gran zozobra y el corazón adolorido, ve salir el piano sujeto de correas por el balcón del quinto piso de su casa. Quizás en ese momento ignoraba lo que estaba sucediendo, quizás lo intuyera. Pero, setenta años después, ese niño piensa que a lo largo de toda su vida su afán más profundo, la raíz de sus desvelos, siempre acompañada de papeles y lápices de colores en las manos, ha sido recuperar ese piano” 6.

La reproducción de su obra Autorretrato (técnica mixta sobre madera, 140x140cm, del 2016) ocupa las páginas centrales del ya mencionado Apología de las cosas. Los 140 centímetros del eje vertical se han dividido en franjas o filas regulares que se leen como líneas trazadas sobre algún tipo de cuadrícula, repletas de signos: en este caso los múltiples objetos que el artista ha recopilado para que le retraten. Se define a sí mismo mediante su trabajo, y todos los objetos están directamente relacionados con su práctica profesional y artística. Si iniciamos la lectura como acostumbramos a hacerlo, en el ángulo izquierdo superior, los lápices ocupan un lugar privilegiado en el inicio de la narración. Volverán a aparecer a lo largo de las líneas, incluso en un lugar casi central, sobre una pizarra, reproduciendo los colores de la bandera republicana. En muchas de las franjas se alternan signos blancos y negros, con lo que no podemos evitar ver también las teclas de un piano. Así, están los lápices y el piano de las dos imágenes en las que se sintetizan la crueldad y la dureza de unas experiencias claves en la búsqueda llevada a cabo por su protagonista a lo largo de su vida.

Arnoldo Kraus deslumbra cuando escribe como quien nombra las cosas por primera vez con un lenguaje esencial y universal para que todo el mundo lo comprenda y forme parte del universo creado. Tal vez su condición de médico –internista, no cirujano, como he afirmado de él en alguna ocasión– juega a su favor en el momento de encontrar las palabras precisas que describen las formas en las que se nos ofrece y se nos va la vida. En el último libro que ha creado con Vicente Rojo, nos enseña hasta qué punto estamos en nuestros objetos, en nuestras cosas, y cómo el Autorretrato de Vicente Rojo no podía tener una única figura.

Después de sus orígenes en la figuración, de los que nunca se manifestó especialmente orgulloso, Rojo vuelve a ella, pero llevándola a su expresión más extrema: se retrata a sí mismo con una infinidad de figuras de objetos. Y a través de la obra del artista y del texto de Kraus, el posible lector se retrata también, porque nuestra vida está en nuestras cosas, pero en las pequeñas, las cotidianas, las ínfimas, las que probablemente nadie verá porque pertenecen a nuestro espacio más íntimo.

En su constante exploración de la geometría y su rotundidad, con las que pretendía tanto volver a los orígenes como partir de ese punto germinal, las formas de Vicente Rojo han ido evolucionando hasta convertirse en letras, su alfabeto. Como explicaba él mismo en su Diario abierto: “He usado la geometría como un lenguaje: el que está en esos orígenes. Lo que he tratado de hacer es una especie de geometría, respetada por un lado y por otro enriquecida, sometida a nuevas pruebas visuales” 7. El paso siguiente en la serie Escrituras, que inició en 2006, ha sido su Abecedario, y justo cuando parecía que por fin se establecía el código definitivo que asignaba un significado a cada señal, sorprende con un Autorretrato en el que aparentemente los objetos sustituyen a las letras en su función de signo. Los objetos proyectan palabras, frases enteras y complejas, como también historias en la mente del posible espectador, con lo que de nuevo se vuelve a lo genuino, al origen del lenguaje y su voluntad de señalar los objetos que sintetizan aquello que pretendemos comunicar. En este caso, la representación de la biografía del artista. Cada quien percibirá imágenes y emociones muy distintas –dependerá de su habilidad, su bagaje y de cuánto haya aprendido a ver– ante un autorretrato. Cualquiera puede quedarse con la información estricta que se desprenda: una edad, un sexo, un color de piel, la presencia o no de arrugas, de prótesis o adornos, una manera determinada de mirar o sonreír, etc. Pero también podemos indagar e imaginar qué otras personas, vivencias y pensamientos se esconden en esa representación concreta. ¿Nos acercamos –poseemos, de alguna manera– a la persona que fue el retratado en su infancia, en sus ilusiones, sus afanes y sus decepciones? El actor responsable de la representación conserva en su interior todas las escenas que se han ido sucediendo hasta llegar a lo que se es. En el caso de Vicente Rojo, esas escenas están plasmadas en pinturas y esculturas. Él mismo ha contado que considera que la creación de sus obras es similar a como se crea un personaje en una ficción: “Yo me he atrevido a pensar que estas ideas (y lo hago con el gran respeto que tengo por la literatura) podrían corresponder quizás al desarrollo de mis cuadros, cuyas formas, texturas y colores iniciales se van transformando, de manera que con frecuencia el punto de partida, al igual que los personajes de una ficción, se va modificando y a medida que la obra avanza ella misma sigue su propio camino hasta llegar a un final imprevisible” 8.

En 2010, un impresionante e imprescindible libro-catálogo recopilaba el trabajo realizado por el artista hasta aquel momento: Puntos suspensivos. Escenas de un autorretrato. Tanto el título como el subtítulo resultan significativos de la estrecha relación entre texto y expresión plástica en su obra. La historia que nos relata la biografía del artista se interrumpe con puntos suspensivos, mientras que se acompaña de ilustraciones que no son sino imágenes capturadas de esa misma vida que se quiere explicar. Como los lápices, los soldaditos de juguetes o los aviones en miniatura, en el deslumbrante Autorretrato de Rojo se encuentran otros objetos que asociamos con la infancia, tanto la del artista como la del observador. Ha pasado el tiempo y todo lo cubre una fina pátina de barniz y polvo, y los objetos conservan su lugar en medio de la estructura de la misma manera que permanecen en el recuerdo. Entonces ya nada es infantil, porque el lápiz se convierte en el instrumento de trabajo del artista que consigue renovar el diseño gráfico de su país y que, con otros creadores, pretende que el arte mexicano salga de la apatía casi mimética en la que se hallaba a mediados del siglo xx: “Me encontré formando parte de un grupo de artistas hoy llamados de la ‘ruptura’, nombre que no me parece afortunado. Creo que más que de ruptura se podría hablar de una apertura, de una búsqueda de nuevos cauces expresivos, de lenguajes visuales heterogéneos. Así lo hicieron Alberto Gironella, Manuel Felguérez, Enrique Echeverría, José Luis Cuevas, Vlady, Lilia Carrillo, Fernando García Ponce, Roger von Gunten o Arnaldo Coen junto con otras figuras destacadas de una generación que se cierra brillantemente con Francisco Toledo. Artistas todos que, con obras sólidamente personales, agitaron el panorama del arte mexicano al desafiar con su propia contrapropuesta la inapelable sentencia de David Alfaro Siqueiros: ‘No hay más ruta que la nuestra’ 9.

Había llegado a México con diecisiete años, pero desde el primer momento supo que aquél era su país: “Creo que el origen de todo mi trabajo está en mis dos infancias. La primera, en mi natal Barcelona, hecha de experiencias que fueron bastante difíciles para mí, y la segunda, en 1949 cuando llegué a México y la vida se me iluminó. La luz me deslumbró, y ese deslumbramiento sigue acompañándome hasta la fecha. […] Y, poco a poco, comencé mi formación cultural como un joven mexicano ávido de aprender.” 10 Las dos infancias están presentes en su especialísimo Autorretrato. Además de los lápices y el libro como símbolos de los años más difíciles en Barcelona, otra imagen cobra fuerza también para remitirnos a aquella época: la del Arco de Triunfo de Paseo de San Juan en la capital catalana. Desde lo alto de esa avenida, el niño Vicente Rojo solía otear el mar para ver pasar los veleros. Muchos años después, durante una visita a la ciudad, creyó ver cómo cruzaba el horizonte el mismo que lo hacía en su infancia. La imagen antigua del souvenir del monumento barcelonés nos trae todos esos recuerdos que ya no sólo forman parte del retratado. La otra infancia, la del deslumbramiento mexicano, es la que conduce desde los lápices, el piano y el Arco de Triunfo hasta los utensilios de trabajo del diseñador gráfico y del pintor que se alinean en el cuadro: tijeras, reglas, transportadores de ángulos, tiralíneas, catálogos de Pantone, chapas de libros de ERA… A sus 85 años, todos estos souvenirs hablan de un pasado, de una vida que ha sido trabajo. Las portadas de los libros que se reproducen en las chapas recuerdan su tarea, pero también a sus amigos Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco. Los signos de la biografía se mezclan con aquellos que hablan de su trabajo incansable para la cultura mexicana, hasta el punto de que podría afirmarse, sin miedo a exagerar, que en buena parte de su autorretrato se detectan algunos rasgos comunes con la fisonomía de la cultura mexicana de la segunda mitad del siglo xx. Todos los objetos incluidos en la obra han pasado por las manos del artista, como si los volviera a crear, o como si adquirieran una segunda vida –de la misma manera que él mismo al llegar a México– después de su uso habitual. Ya no interesan sólo por la utilidad que han ofrecido, sino por todo lo que cuentan al ser tocados por el artista. Mucho más importantes que el rostro resultan todas las cosas que testimonian el trabajo realizado, los esfuerzos llevados a cabo para conseguir un mundo en el que todavía sea posible pensar en la utopía. Vicente Rojo siempre ha detestado el culto a la personalidad, y lo demuestra mejor que en ninguna de sus obras en su Autorretrato. La subjetividad del artista queda en un segundo plano, puesto que los objetos hablan por sí mismos. Ha llevado al extremo tanto la figuración como su deseo de que la pintura se convierta en materia. Después de muchos años de investigación, las respuestas saltan a sus ojos a través de lo más inmediato, como quien por fin aprende a ver y a decodificar un alfabeto. Entonces, las cosas recogidas se convierten en arte encontrado o ready-made en una práctica artística similar a la de tantos artistas plásticos y escritores que utilizan las obras de otros creadores para introducir en su propio discurso los significados del objeto añadido.

La idea de arte encontrado es habitual en la obra de Vicente Rojo, tal vez porque es más acorde con su discreción y su rechazo del culto a la personalidad pensar que el artista puede hallar o dar con respuestas existentes que no crear desde cero el mensaje o la palabra buscados. La observación del mundo y las manifestaciones artísticas nutren las imágenes de su pensamiento. En su serie Escenarios, que llevó a cabo desde principios de los años noventa hasta 2007, sobre la que afirmó que era un “repaso de mis series anteriores y una suma de las mismas”, incluyó un conjunto de códices enterrados y códices encontrados: “A este último grupo lo llamé Escenarios secretos. Partí de la idea o de la fantasía de que los antiguos mexicanos, ante la llegada de los conquistadores, ocultaron sus libros y espejos sagrados con el fin de protegerlos” 11. Libros, espejos y primitivismo son conceptos que han estado muy presentes a lo largo de toda la producción y la práctica artística de Vicente Rojo. En sus últimas obras vuelven a estarlo, con una fuerza renovada. Si, como él mismo afirma, todas las piezas de la misma serie mantienen un constante diálogo en el que la evolución de cada una de ellas determina el desarrollo de las demás, en una constante “suma y repaso”, no es de extrañar que cada una de las series acabe resultando un nuevo avance en una trayectoria subyugante por, entre otros motivos, la firme coherencia que la dirige. Es decir, con cada nueva serie o conjunto de obras, Vicente Rojo lleva su indagación a un estadio superior, en el que cada paso previo es absolutamente identificable porque no es sino el peldaño que permite la elevación. Hay muchas culminaciones en la trayectoria de este genial artista, su último conjunto de obras presentado vuelve a serlo en un estadio más alto.

En las obras de su Abecedario no sólo se identifican las señales dejadas por series anteriores como los códices mencionados, su México bajo la lluvia, las pirámides, los volcanes o los escenarios plateados: estamos ante una síntesis que nos presenta y nos lleva a la esencia de los descubrimientos del artista. Paradójicamente, con este nuevo avance se retrocede para recuperar lo más elemental. La mirada vuelve a un punto que Vicente Rojo jamás ha perdido de vista: el origen, el primitivismo, “los antiguos mexicanos” de los que habla. En su evolución, parece haber encontrado los códices ocultos: la cuadrícula y las líneas vuelven a estar presentes para evocarnos los mensajes antiguos que hemos olvidado o que en algún momento alguien olvidó legarnos. Y la pintura sigue convirtiéndose en materia, en tierra, en el suelo que pisamos o la arcilla de la que otras leyendas afirman que estamos hechos. De todo eso nos habla Vicente Rojo. Y en el centro de la cuadrícula, el símbolo o letra que por fin adquiere su protagonismo. Es cierto que han perdido las dimensiones monumentales que habían ganado en su serie anterior, Casa de letras, pero conservan la magnificencia que les otorga el ser continente de mensajes arcanos a la vez que transmisores de verdades reveladoras. En el centro del códice encontrado en la materia, en la tierra, la letra como signo aparece también como cerradura de una puerta que franquea un secreto propio de una leyenda ancestral. Si somos capaces de descifrar el símbolo, la puerta se abrirá para traspasar a esa otra dimensión en el que el pensamiento y la imaginación no son sino una forma más de experiencia.

En algunas de las obras del Abecedario se representa la materia como tierra que ha escondido los códices sagrados, en otras ocasiones, las pinturas contienen mensajes muy similares, pero la presencia del plateado las transforma en superficies que evocan espejos. Nuevamente, otro símbolo muy presente en el imaginario –entendido como recopilación de imágenes– del artista. Ha desaparecido el color, pero sigue estando la riqueza cromática así como la fuerza de la pintura y de la materia que transforma la pieza en casi una escultura.

Convertido en emisario de un mensaje que llega desde muy lejos en el tiempo, Vicente Rojo pone ante el observador un espejo en el que ya no se trata de verse uno mismo, sino que hay que aprender a ver los mensajes que ya están inscritos y en los que sólo somos un signo más.

El espejo que no muestra el retrato de quien mira se relaciona directamente con el Autorretrato del artista. Son obras que coinciden en el tiempo así como en algunos rasgos de su composición. Los renglones en los que se ordena la escritura los convierte en códices, si bien en el Autorretrato toda la función representativa recae en los objetos seleccionados, mientras que en las pinturas del Abecedario todo el significado recae en la letra como símbolo omnipotente, capaz también de dar significado a la materia sobre la que se alza.
En esa acumulación de significados se recupera el mensaje primitivo y se mantiene vivo el pensamiento, el universo no deja de ampliar sus fronteras y es posible dar con algunas respuestas de las muchas que siempre se están buscando o incluso de aquellas a las que ni siquiera habíamos dado forma de interrogación: la revelación. Introducirse en este territorio que Vicente Rojo no deja de ampliar puede resultar una buena estrategia para estar a salvo del pensamiento único o los dogmas que con frecuencia intentan imponer agentes de intereses amenazantemente oscuros por encontrarse tan lejanos de esos orígenes a los que siempre dirigió la mirada el genial artista mexicano.

Texto publicado en Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, diciembre 2017.


BIBLIOGRAFÍA

Álvarez, Federico, “Vicente Rojo: pintar la escritura”, en Vicente Rojo Escrito /Pintado, El Colegio Nacional, MUAC, Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, México DF, 2015, pp. 194-202

Medina, Cuauhtémoc y De la Garza, Amanda de la Garza, “Escrito/Pintado: Vicente Rojo como agente múltiple”, en Vicente Rojo. Escrito/Pintado, El Colegio Nacional, MUAC, Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, México DF, 2015, pp. 6-28.

Monsiváis, Carlos, «De las maestrías de Vicente Rojo», en Vicente Rojo, Diseño gráfico, UNAM/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Ediciones Era, México DF, 1996 (2ª ed., 1ª 1990), pp. 9-13.

Rojo, Vicente, Puntos suspensivos. Escenas de un autorretrato, Ediciones Era/Colegio Nacional de México, México DF, 2010.

Rojo, Vicente, Diario abierto, Ediciones Era/El Colegio Nacional/Universidad Autónoma de Nuevo León, 2013,  México DF.




1 Federico Álvarez, “Vicente Rojo: pintar la escritura”, en Vicente Rojo Escrito /Pintado, El Colegio Nacional, MUAC, Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, México DF, 2015, pp. 194-202

2 Vicente Rojo, Diario abierto, Ediciones Era/El Colegio Nacional/Universidad Autónoma de Nuevo León, 2013,  México DF. p.17

3 Carlos Monsiváis, «De las maestrías de Vicente Rojo», en Vicente Rojo, Diseño gráfico, UNAM/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Ediciones Era, México DF, 1996 (2ª ed., 1ª 1990), p. 10.

4 Cuauhtémoc Medina y Amanda de la Garza, “Escrito/Pintado: Vicente Rojo como agente múltiple”, en Vicente Rojo. Escrito/Pintado, El Colegio Nacional, MUAC, Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, México DF, 2015, p. 24.

5 Vicente Rojo, Diario abierto, ob. cit., p. 18

6 Ibid., p. 17

7 Ibid., 33

8 Ibid., p. 73

9 Ibid., p. 22

10 Ibid., p. 19

11 Vicente Rojo, Puntos suspensivos. Escenas de un autorretrato, Ediciones Era/Colegio Nacional de México, México DF, 2010, p. 199

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