ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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EL RÓMULO PARA ENRIQUE

Sergio Pitol


Infinitamente seria (Karla Olvera desde México)
Infinitamente seria
(Karla Olvera desde México)
ALOCUCIÓN EN XALAPA EL 28 DE MAYO DE 2009

KARLA OLVERA


“No todo el mundo sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas no pienso en la vida nunca volver”.

He seleccionado el comienzo de Lejos de Veracruz, primero, porque sé de buena fuente que cuando Pitol y Vila-Matas se conocieron, Sergio se la citó de memoria, pues le fascina el comienzo genialoide de  “No todo el mundo sabe...”, y después, pero no menos importante, porque estamos en Veracruz, estado  indisociable de la figura de Sergio Pitol.

Concibo al homenaje literario en dos grandes dimensiones: la primea es la de la celebración, en la que se reconocen tanto la trayectoria como la calidad de la obra de un autor y la segunda es la de la actualización, en la que ya sea por medio de la lectura renovada de generaciones más jóvenes o contemporáneos del autor; se dota a la obra de una nueva mirada, a la luz de una reconfiguración de la realidad, gracias a los cambios  sociales, políticos, económicos y culturales. No se lee igual, por ejemplo, el Nocturno de Bujara en 2009 que como se leyó en 1981. En julio festejará su cumpleaños veintiocho, pero hoy todavía tiene veintisiete y por lo tanto, somos de la misma edad. Esa coincidencia a lo “azar-objetivo” de Breton y la fascinación que ha ejercido en mí uno de los míticos cuentos moscovitas, me condujeron a una investigación empírica un tanto extravagante.

Creo que en gran medida, todo sucedió cuando conseguí la edición en tapa dura del Nocturno de Bujara con prólogo de Enrique Vila-Matas e ilustración de Kazimir Malévich, que contiene un CD con la voz de Pitol leyendo su texto. Y, si alguno de ustedes ha tenido la oportunidad de escuchar este cuento en voz de Pitol,  es muy probable que esté de acuerdo conmigo en que después de tal experiencia,  uno cree que en verdad ha ido a Samarcanda y a Bujara o bien, que ellas han venido a uno; tal y como me sucedió  el 7 de septiembre de 2008:

Dirección Bujara

Hoy, como todas las mañanas, la alarma sonó a las siete.  La apagué. Con cierta desidia abandoné la cama y me puse en las manos de la regadera como un coche en un autolavado.  Me alisté y en mi recorrido rumbo a la puerta, hice una escala en el refrigerador. Tomé un yogurt, una manzana y un durazo. Eran las ocho en punto. Bajé los cuatro pisos del inmueble donde vivo y recorrí  la calle de Progreso rumbo a la estación del metrobús Nuevo León. A buen paso, incluido el tiempo de espera para cruzar Insurgentes, hice ocho minutos desde que cerré la puerta hasta que me subí al vagón de metrobús.

Pasé mi tarjeta frente al sensor: todavía me quedaban 56 pesos –equivalentes a unos once viajes. Me coloqué los audífonos. Iba a escuchar por primera vez la versión sonora del Nocturno de Bujara en la voz de Pitol (había sacado el audio libro de la biblioteca del Colmex con la intención de imaginarlo de otra manera). Sospechaba que si el mismo Pitol nombraba cada una de las palabras del relato, seguramente cosas maravillosas pasarían, que todos los secretos del Nocturno de Bujara se esclarecerían en voz de su creador.

Esperaba en la sección reservada para mujeres, minusválidos y personas de la tercera edad. Llegó el metrobús y esta vez no íbamos como sardinas pero de todos modos no alcancé un asiento. Tan pronto como Pitol pronunció las primeras palabras, la avenida Insurgentes comenzó a poblarse de altos eucaliptos y frondosos castaños. Los miraba surgir del pavimento completamente anonadada y los demás pasajeros parecían no inmutarse. Como si eso fuera poco, de pronto unas miniaturas negras con consistencia de pelusas comenzaron a llenar todo el vagón del metrobús en el que iba. Llegamos a la estación que debería ser “La piedad” pero que extrañamente se había cambiado de nombre a “Samarcanda”.  Nunca antes había oído hablar de Samarcanda, pero me gustaba el sonido de sus sílabas, que me hacía pensar en un sutil zapateado de flamenco. Pitol dijo: “A la hora de la caída de los cuervos” y entonces, las pelusas negras se redefinieron, como si la voz del escritor fuera un cincel: los pedacitos de pelusas sobrantes flotaron dispersamente en el vagón y los mini cuervos se unieron en una elegantísima parvada. Habíamos abandonado la estación de Samarcanda o La Piedad, cuando una mujer de piel bronceada, ojos aceitunados y labios notoriamente carnosos comenzó a vociferar un sin fin de quejas en portugués, mientras que un güero hacía una danza muy extraña como imitando a una gallina. Luego comenzó a graznar, eso le salía mejor que la danza de la gallina. Lo peor fue cuando comenzó a saltar, tratando de emprender el vuelo.

Un joven que iba al lado mío comenzó a hablarme, de modo que me quité un audífono para seguir escuchando a Pitol y poder enterarme de lo que me quería decir el pasajero.

Me comentó que estudiaba portugués y que la turista loca que pegaba de gritos estaba “declamando” un fado que trataba de una mujer que se avienta desde un octavo piso. Llegamos a la estación Poliforum y la loca portuguesa, intentó aventarse del metrobús (la tonta no sabía que ahí no podía suicidarse pues no era el metro) de modo que sólo se propinó unos buenos moretones y fue aprehendida por los policías acusada de perturbar el orden público.

Los pasajeros pensaban que el güero intentaba bailar reguetón pero en realidad quería imitar a los cuervos miniaturas, aparentemente invisibles a los ojos de la gente. Yo quedé casi traumatizada al ver cómo esa lluvia de cuervos se convertía en una masacre aérea. Los cuervos miniaturas eran atacados por  una especie de cigüeña del desierto -que entró por una ventana- . Me molestaba la indiferencia de la gente ante el sufrimiento de los cuervitos y la ferocidad del ave asesina.  Estaba tan molesta  que le dije a una señora que estaba a mi lado: “¡Un espectáculo, te lo juro, del carajo!” esperando que reaccionara pero me barrió de arriba hacia abajo y luego volteó la cabeza al lado contrario.

Los cuervos continuaban cayendo a tal grado que dejaron una gran alfombra negra en el piso del vagón. Sus gritos eran insoportables. Pienso que la gente prefería hacerse de la vista, pero sobre todo, de los oídos gordos.

Llegamos a la estación de metrobús Poliforum y ahí subió una marejada inusual de personas, de tal modo que todos nos recorrimos. Fui a dar casi al lado del chofer –quien tenía una plaquita rectangular que decía “Luis Manuel”.  Sin embargo, cuando pensé en la posibilidad de hacerle la plática, me di cuenta de que justo debajo del letrero “VOLVO” (marca del vagón) había una leyenda en letras ennegrecidas: “No hable con el chofer”. De este modo, supe de antemano que cada vez que me dirigiera a él, no me respondería y que cuando dijera “Juan Manuel” diría en realidad: “mundo entero”, “vagón de metrobús”, “pasajeros”, “tú”, “ustedes”, “todos”.

Algo que me llamó la atención fue que la dirección a la que me dirigía se llamaba “Doctor Gálvez” pero también había cambiado de nombre desde que empecé a oír el relato en voz de Pitol.  Ahora los vagones del metrobús decían: “dirección Bujara”. Yo, de hecho, iba más lejos. Una vez que llegáramos a Bujara tenía que transbordar y tomar otro vagón con dirección El Caminero. A esas alturas, no me hubiera extrañado que la dirección también hubiera cambiado de nombre, pero era muy  pronto para especular.

Me quedé pensando en Bujara y en la suave armonía de su nombre. Quería, a toda costa por fin llegar a Bujara. Imaginaba que recuperaría ahí todo el azul celeste del mundo, las telas más sedosas y las especias más increíbles. Era como si con el simple hecho de que Doctor Gálvez adoptara el nombre de Bujara, la arquitectura de dicha parada se reconfigurara en mi imaginación. Tenía el presentimiento que cuando descendiera del vagón, en lugar de policías y usuarios listos para abordar, la estación se encontraría desierta y con un turbante en la cabeza, me esperaría Avicena o en su defecto, el hechicero de Bujara que mencionaba Sergio Pitol en su lectura.

El hechicero, tenía sin lugar a dudas, ojos hipnotizantes, una nariz preponderante y dedos largos, capaces de doblarse maléficamente a la hora de lanzar los hechizos. La posibilidad de ver a un hechicero uzbeko me seducía mucho menos que la de encontrar a Avicena. Del segundo me habría vuelto su discípula y habría consagrado mi vida a una noble actividad para el espíritu y la mente. -¿Me enamoraría de mi maestro, de su larga y castaña barba o de su infinita sabiduría?- Para cuando esa pregunta llegó a mi mente, el metrobús se detenía en la parada Parque Hundido. Las maravillas de Bujara comenzaron a emerger del pasto. Primero se alzó la mezquita de Poi-Kalyan, luego la de Bala-i Jaúz, le siguieron los mausoleos de los Samánidas y Chashma-Ayb y el minarete de Kalyan e incluso los restos del antiguo bazar.

Los demás pasajeros parecían demasiado acostumbrados a hacer sus trayectos sin asomarse por las ventanas del vagón. Era frecuente encontrar  a una mujer con un cepillo redondo enredado en el cabello, a otra maquillándose los ojos o a una tercera inclusive, roncando.  Me sentía afortunada de conservar la curiosidad en el metrobús, de seguir mirando con el asombro de un niño todo lo que sucedía allá afuera y a nadie más emocionaba. El corazón de Bujara se había apropiado del parque hundido y nadie lo notaba o si lo notaban sencillamente no les sorprendía. ¿Qué le pasaba a esa gente? O… ¿qué me pasaba a mí?

Lo más fascinante de todo era que todavía faltaban ocho estaciones para llegar a la mítica Bujara, misma que emergía misteriosamente por doquier. Eso me hizo suponer que una vez ahí, la ciudad estaría perfectamente vacía. La siguiente estación en el recorrido fue Félix Cuevas, desde donde se podían observar bellos callejones en las cercanías, “flanqueados por casas de un piso o excepcionalmente de dos, sin ventanas, en cuyas puertas de madera labrada cada centímetro” completó Pitol en mis audífonos. Me dieron ganas de bajarme ahí, pero iba con el tiempo justo para llegar a mi clase de las nueve y media. Lo cierto es que  la siguiente estación, que tenía que ser Río Churubusco también había cambiado de nombre. Era otra vez Samarcanda.  Hasta ese momento todo me parecía fascinante y  surreal, pero cuando volví a ver Samarcanda, comencé a sentirme dentro de una pieza de teatro del absurdo.

Además, pasaba algo similar que en la estación Félix Cuevas, sólo que no eran monumentos de Bujara sino de Samarcanda los que emergían. Claro que comparados con los de Bujara, los de Samarcanda parecían...parecían…cómo decirlo, “cosa de nuevos ricos” pronunció Sergio Pitol con buenísima dicción y tono agradable en el momento preciso en el que buscaba un calificativo para aquella arquitectura tan cargada de ornamentos.

Extrañamente, casi la misma cantidad de personas que abordaron en Poliforum descendió en Teatro Insurgentes. Literalmente, quedamos: un buen hombre en silla de ruedas, el chofer Juan Manuel, una muchacha con uniforme de enfermera y yo.  No sé de dónde saqué el valor, pero como éramos tan poquitos, me puse a repetir lo que Sergio Pitol me decía al oído. Me sentía como si fuera una intérprete en medio de una importantísima traducción simultánea. Mi auditorio parecía valorar mi trabajo. Evidentemente, Juan Manuel me ignoraba porque su oficio lo obligaba a hacerlo. El hombre de la silla de ruedas y la enfermera incluso parecían ilusionados. Curiosamente, no les contaba sobre Bujara ni Samarcanda sino sobre vivencias de Pitol en Varsovia.

Trataban de imaginarse el personaje de Issa, una pintora italiana neurótica, amarga, rapaz, obsesionada con su amante: Roberto. El hombrecito nos decía que él prefería estar solo que mal acompañado. La enfermera por su parte, argumentaba que la vida era demasiado corta como para ser tan exigente. Que a diario veía morir a gente joven en los quirófanos y no podía evitar pensar en lo triste que era su muerte si no habían tenido la oportunidad de amar profundamente a alguien. Asentí con la cabeza después de escuchar sus intervenciones y continué “traduciendo” lo que Pitol contaba sobre Varsovia.  Hablaba del café Bristol, donde se juntaba con Juan Manuel –nos quedó la duda si era el chofer u otro- y de las bonitas meseras polacas con cara redonda, tez blanca y cabellos rubios que servían en una cervecería.  Cómo no pensar en las matrushkas con dicha descripción –me dije velozmente antes de continuar con mi traducción simultánea-.

La enfermera concentraba su atención en el personaje de Roberto, mientras que el hombrecito en Issa. Yo pensaba más bien en los rincones de Varsovia y en la estética poscomunista.

Issa haría un viaje por Asia Central. Llegábamos a la estación La Bombilla y la enfermera debía bajar ahí. Nos dijo que se llamaba Martha y que había sido un placer “conocernos”.  El hombrecito le dijo que se llamaba Antonio y entonces yo me sentí obligada a decir que me llamaba Karla.

Quedábamos únicamente Antonio, Juan Manuel y yo. En la historia,  Pitol y el otro Juan Manuel trataban de convencer a Issa de que fuera a Samarcanda, pero tiempo más tarde se dieron cuenta de que debieron haberle aconsejado Bujara. Por suerte también visitó ésta última ciudad. La referencia obligada para detalles de Bujara era un nuevo personaje: el joven Feri. Antonio seguía interesado en lo que yo repetía después de Pitol. Juan Manuel, el chofer, aunque no hablara, también estaba muy atento.

Llegamos por fin a la estación Doctor Gálvez y efectivamente, estaba desierta. Desafortunadamente, Avicena no me esperaba, ni siquiera el hechicero de Bujara. Bajé del vagón de metrobús y me dirigí a la dirección El Caminero. Me formé detrás de dos filas de mujeres. El nuevo vagón llegó relativamente rápido, pero el letrero de la dirección decía: “Samarcanda”. Comencé a sentirme dentro de una mala broma. Le dije a las demás mujeres que iban a abordar que Samarcanda se parecía a una frase en húngaro  que quería decir: “Vuelve a tu casa Satanás”. Les gustó tanto, que armaron una especie de coro y al unísono le gritamos al vagón:”Vuelve a tu casa Satanás” y nos fuimos repitiendo lo mismo hasta la siguiente estación. En conjunto, nos escuchábamos como una especie de secta. En ese sentido, no me sorprendió durante la noche, mirar en el noticiero de las ocho el siguiente titular: “Vagón de metrobús poseído por fundamentalistas católicos del Opus Dei”. La nota se apoyaba en un video corto de nuestro vagón de metrobús filmado desde la acera de Insurgentes Sur en el que se escuchaba perfectamente  “Vuelve a tu casa Satanás” al menos una docena de veces y se veía a la gente del vagón contiguo, salir corriendo despavoridos.  Me sentí impotente al saber que de alguna manera había propiciado semejante malentendido. ¿Valía la pena llamar a la televisora y explicarles que no éramos del Opus Dei, que sencillamente reflexionábamos sobre el origen de la palabra Samarcanda?

Mi tía me llamó minutos más tarde pues justamente había visto el programa y sabía que yo me transportaba al Colmex en metrobús. Me dijo que tuviera cuidado con los fanáticos religiosos... y que tomara el metro por unos días en lo que “se calmaban las aguas del metrobús”.

Lo cierto es que cuando miré el video en cámara lenta, efectivamente parecíamos fanáticos que habían secuestrado el metrobús. Pensé entonces en el poder de la literatura porque en realidad todo eso era culpa directa de Sergio Pitol y sólo indirectamente mía.

En el trayecto de Ciudad Universitaria hasta Perisur, se me apareció el joven Feri, que era muy joven en realidad, muy tímido e incapaz de oponer resistencia, tal y como lo describía Pitol.  Me dio un poco de pena preguntarle sobre aquella reunión que tuvo con una familia de nobles circasianos, pero igual me bastó con observarlo para imaginar el acontecimiento.

A punto de bajarme en la estación Perisur –que afortunadamente seguía siendo Perisur- le pregunté que si era cierto que en Samarcanda se encontraban aún descendientes de algunas de las familias más antiguas del mundo. Feri era poco detallista, de modo que sólo me respondió que tuvo la ocasión de conocer a una familia noble que parecía la amplificación de una miniatura persa. Me decepcionó un poco que no me hablara del olor a pies sucios, aceites rancios, perfumes vulgares o sudor corporal que emanaba de la princesa ni de las botas negras hasta la rodilla, las túnicas doradas, los pantalones de gamuza ni de los gorros y cuellos de astrakán que portaban los hombres. Lo bueno es que Pitol seguía resonando en mi oído derecho.

Feri me dio mucha flojera. No era la persona ideal para contar historias y de todas maneras había llegado mi hora de bajarme. Sentí un poco de nostalgia al abandonar el metrobús que me había provisto de un paseo maravilloso esa mañana. Busqué cuatro pesos en mi cartera y me tomé un pesero al Colmex. Pagué, me senté y sólo entonces me di cuenta de que me costaba mucho trabajo entender la parte final del Nocturno de Bujara en voz de Sergio Pitol puesto que el conductor del pesero había puesto la cumbia de moda a todo volumen.

De todas maneras, en el pesero no volaban cuervos miniaturas ni pasaban cosas extrañas. No lograba explicarme por qué el metrobús era tan especial o en todo caso, tenía tanta química con la voz y las historias de Sergio Pitol.

Tardé ocho minutos en llegar al Colmex. Llegué perfectamente puntual para mi clase de las nueve y media. Caminaba con cierta cautela por la explanada y luego por los pasillos de las aulas por si los cuervos miniaturas reaparecían o por si Lorenzo Meyer comenzaba a mover los brazos imitando el vuelo de las aves. 

Nada de eso sucedió pero, unos estudiantes de maestría pertenecientes al Centro de Estudios de Asia y África me preguntaron si me hubiera gustado recibir un par de postales de Bujara y Samarcanda pues ellos las habían llevado para una exposición y no eran lo que se dice unos coleccionistas. Si yo no las quería, las iban a depositar directamente en la basura. Tomé a Bujara entre mis manos y la utilicé como separador para mi lectura en curso: el Dietario voluble.  De Samarcanda dije: “Preferiría no conservarla”.              

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Por último, considero importante mencionar que Vila-Matas, además de haber prologado el Nocturno de Bujara, es  amigo y admirador de Sergio Pitol; de modo que debemos creerle cuando dice que “Nocturno de Bujara hay que multiplicarlo por cinco”; es decir, leerlo cinco veces seguidas, tantas como el número de los fragmentos que lo conforman, pues en cada lectura, se “multiplican sus detalles”, lo cual responde a que Nocturno de Bujara, habla del poder de la ficción. Sospecho de ahí, la naturaleza de mi homenaje.

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