ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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BREVIARIO DEL BUS

LUÍS POUSA

 

I. EL LECTOR DE REOJO

Hay literaturas para leer en el ascensor. Matizo, hay, según escribió un Jardiel Poncela demasiado facha para los demasiado sin sentido del humor, relatos breves para leer mientras sube el ascensor, porque a nadie se le antojaría leer a Enrique Jardiel Poncela (o incluso a otros) mientras el ascensor, ese montacargas humano, ese funicular que se detiene a cuatro o cinco peldaños del Infierno o del centro de la Tierra, desciende a su Hades doméstico. El elevador no da para más. Ni para menos. Se reclama un disparo de prosa directo al cerebro, al cerebelo, a las neuronas, a las dendritas o a donde sea. Un trago de adrenalina.

Pero el autobús, el modesto y hasta entrañable bus urbano, sucio de chicles y pintadas de amores profanos, da para mucho más, aunque sin alcanzar la larga hermosura de los antiguos trenes, que son el mejor refugio para el insomnio y para desgastar las pestañas a la luz de los novelones rusos.

En bus, salvo algunas líneas de prodigiosas filigranas por el callejero, da para quince o veinte minutos de lectura fragmentaria y, con frecuencia, repetitiva, casi onanista. Porque a veces hay que masturbarse morosamente cuatro o cinco veces con la misma frase, que se desliza y patina en una tos, un ronquido o el simple frenazo de un conductor que ignora que lleva al volante una gigantesca biblioteca ambulante.

Al lector impenitente, a la rata compulsiva que devora hasta los infumables prospectos de las medicinas, que deletrea hasta la composición química que figura en las etiquetas del agua mineral e incluso las morbosas advertencias de las autoridades sanitarias en la portada y contraportada de las cajetillas de rubio nacional, le recomiendo el fondo de los autobuses dobles, de esos gusanos articulados que parece que se van a quebrar en las esquinas que nadie, ni la geometría más vanguardista, puede doblar. En ese escondrijo, en el sosiego de las abuelas que cabecean con su calceta sobre la bolsa de la compra atestada de sardinas, se logra el anonimato último que se necesita, por ejemplo, para digerir con parsimonia sádica la filosofía de Schopenhauer.

Hay, por tanto, literatura de bus, de ferrocarril y de ascensor. El bus exige literatura fragmentaria, nada de inicio, nudo y desenlace. Mejor, pongamos por caso, un Ramón Gómez de la Serna, inventor de la fórmula sagrada para espantar a uno de los parásitos que habita en el bus urbano, a esa mosca cojonera que es el lector de reojo. El lector de reojo es un gorrón incansable de la tinta ajena.

Por eso, lo mejor para viajar de pie en la línea 14 es abrir por la página 28 la edición de la Colección Austral (24 pesetas de 1962) de los Caprichos de Ramón. Hay que abrir por la página 28 este libro que se desmenuza, en represalia por las mañanas a la intemperie en los libreros de viejo, y leer la greguería encajada entre El abogado Trapalón y El hielo negro, que se titula, precisamente, El lector de reojo:

“Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia.

No es que seamos egoístas, es que ese segundo lector desconocido retarda nuestra lectura, nos hace tropezar o patinar en lo que vamos leyendo, y como además tiene ideas contrarias a las nuestras, lee de otra manera lo que lee y nos equivoca.

El lector de reojo tenía que sufrir su indigno castigo algún día, y la cosa sucedió en el tranvía 50. Lo llevaba al lado y no lograba despegarlo ni doblando violenta y sorpresivamente mi diario, cuando de pronto se metió con más anhelo en la página, haciendo gestos de estupor.

Leía una necrológica con la media foto de los jubilados, que en comparanza súbita noté que era su retrato. ¡Era su necrológica! ¡Alguna vez tenía que suceder una cosa así para escarmiento de lectores entrometidos!”.  

II. CONVERSACIONES DEMEDIADAS

Ítalo Calvino, maestro en el dificilísimo arte de deslizarse por el filo de la navaja de la realidad, descubrió extraños y portentosos usos de las palabras que nadie había soñado con antelación. Es el caso, por ejemplo, del adjetivo demediado, para el que se inventó un personaje, el vizconde Medardo de Torralba, al que le colgó del cuello el adjetivo y una de las más hermosas  historias jamás escritas (y escrita, perdón por la redundancia, cuando ya el mundo enfermaba del mal de no saber si se podía escribir algo más). Al vizconde le voló la mitad del cuerpo una bala de cañón turco y así nació el uso de la palabra demediada que ahora, triquiñuelas de la mente, se me sube a las neuronas al escuchar las mil y una conversaciones demediadas que escupen, en la cabina del bus número siete, quienes parlotean sin pausa por los teléfonos móviles.

Cuentan que Apollinaire pegaba retazos de conversaciones que escuchaba en el café para componer los collages de sus poemas. Ahora los poemas automáticos se escriben solos enlazando los fragmentos de las charlas telefónicas que se entretejen sin pausa, absurdas, surrealistas, dadaístas incluso en su afán por reducirse a cruces de monosílabos. Apollinaire hoy le mandaría mensajes por móvil a la chorba, que mola más, porque el SMS va borrando letras de las palabras y soltando muchas kas, unas letras que ya desde Grecia tienen tufo y fonética de rebelión.

Sólo escuchamos el cincuenta por ciento de esta poesía ultraísta, porque el resto se queda empantanada en el aire dibujado tras los cristales empañados de lluvia y polución. Y retumban en los vidrios las infinitas melodías de los móviles polifónicos (que no es lo mismo que poliorgásmicos, pero casi). El bus se rinde un poco al dodecafonismo y a la experimentación que acopla el mugido de una pala mecánica con los acordes de El golpe.  

III. LOS TROLES

Los trolebuses, en la infancia o más allá, eran una especie de elefantes o dinosaurios eléctricos que ascendían chirriando música de lluvia por el asfalto remendado de la avenida de La Habana. Allá por el franquismo yo viajaba en el trole (aún hay viajeros del tiempo que en la parada del 7 aseguran que van a coger el trole) de la mano de mi madre y de la mano de una cartera amarilla. Igual resulta que no era amarilla, pero el caso es que un día la cartera no se bajó del trolebús conmigo, se quedó en lo alto del segundo piso de aquellos trolebuses azules y amarillos que crujían insolentes al doblar las esquinas.

Así que, también de la mano de mi madre, hubo que emprender la aventura del rescate de la cartera amarilla, custodiada en unas cocheras lejanas, en una galaxia situada a miles de años luz, que caía más o menos por el quinto infierno. Aquella vez recuperé mi cartera, en la que se escondían los lápices de colores con los que mataba el rato mientras los profesores releían las pintadas de tiza que lucían en el pizarrón. Pero, a la segunda, la cartera se quedó para siempre circulando entre los asientos del trole (como ese tipo muerto al que le pegó un infarto que siempre dicen que viaja dando vueltas sin parar sentado en un vagón del metro de Nueva York) o sepultada para siempre en aquellas cocheras del quinto infierno que luego resultó, pasados los años, que caía por el flamante polígono de Los Rosales, convertido hoy en un barrio más de la ciudad (ya no se respetan ni los infiernos).

La última imagen de aquellos tiranosaurios con antenas eléctricas que recuerdo es la de un trolebús con los retrovisores vestidos de trapos negros por el luto del dictador Francisco Franco. Aquel día no hubo colegio, pero tampoco dibujos animados por la tele.  

IV. EN EL SEGUNDO PISO

La autobiografía es un género para maestros consumados. Hay que llegar a la altura de Gómez de la Serna –sí, otra vez Ramón, qué pasa– y enfilar el género allá por la madurez, cuando lo de escribir en primera persona se convierte, precisamente, en una Automoribundia. La literatura del yo exige agallas, porque resulta que el tipo que se sienta ante el ordenador es el mismo que se agazapa emboscado entre las palabras que brotan del teclado (la escritura automática existe: basta con comprobar lo que sucede cuando una tecla se queda enganchada y emerge en la pantalla una hilera infinita de efes).

El tipo que escribe es el mismo personaje vapuleado por la vida del que habla el autor al describir en su prosa meticulosa una pelea en un bar, un coito en un tercer piso sin ascensor o una visita accidentada al potro del dentista (una especie de Torquemada ateo o, cuando menos, laico).

A veces el que va mucho al dentista sucede que también era un gran viajero de los destartalados autobuses de su infancia. Y que, como aparte de ser cliente del transporte público, también es escritor, va y lo narra en su particular Automoribundia. La literatura del yo a veces tiene estas cosas, porque es la literatura de los dientes y de los asientos roídos de los autobuses de dos pisos, y de cualquiera de esos prodigiosos detalles que encumbran la realidad hasta transformarla en una entrañable obra de arte.

A Martin Amis, por ejemplo, en su autobiografía Experiencia le da por relatar inverosímiles (pero dolorosamente reales) problemas de dentadura. Y, en una pausa de sus crónicas desde el sillón del odontólogo, aporta al lector esta confesión, que constituye una de las cimas de la literatura del bus:

“Mi primera palabra fue “bus”. Aparte de mis primeros balbuceos de infante –“mami” y “papi” y “Philip” –, “bus” fue la primera palabra que pronuncié en mi vida. A lo largo de mi niñez en Swansea sentí una pasión sin paliativos por aquellos grandes autobuses de dos pisos y color rojo sangre, y solía montarme en ellos y viajar sin rumbo fijo durante horas,  y un día tras otro”.

O sea que el bus, ese monosílabo asequible hasta para el infante más remolón, es también una escuela para forjar un idioma. El espabilado niño Amis sabía ya que la vida se cata con perspectivas insólitas desde lo alto de un doubledecker rojo (en su defecto, valen el antiguo trolebús y sus modernos remedos). Para olvidarse de los dientes y otros traumas, se impone acceder al último rincón del bus y dejarse llevar sin rumbo por las rutas anárquicas, para abordar las calles ignoradas que se niegan al peatón, atado al enfoque plano de la acera.

El pequeño Amis, con sus dientes de leche a salvo de los matasanos de Madison Avenue, se dejaba arrastrar por la corriente de los buses rojos de Swansea. Y a aquel individuo no se le ocurrió otra palabra, tenía que ser “bus”, para debutar en una lengua que luego moldearía a su antojo. Cada uno se aferra a la primera sílaba que se cruza en su camino.  

V. VIAJEROS ILUSTRES

Se ha escrito mucho sobre la importancia del trayecto en el viaje, que, por encima del destino y del punto de partida, es la razón de ser del pasajero frente al afán de traslado estéril del turista (esa plaga contemporánea). Paul Bowles lo definió con precisión en El cielo protector:

“Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la Tierra”.

A escala doméstica, en la ciudad, en las humildes vías urbanas, la diferencia entre el viajero y el que se traslada estriba, también, en el medio de transporte. Lo más sensato para husmear con sosiego los esquinones y las sombras de las farolas es patear cada losa y cada fisura. Aunque la mejor perspectiva para caminar y rastrear la ciudad la damos ya por perdida, porque es la del niño que estudia el mapa a escala real del universo. Ese pequeño astronauta que examina el planeta a ras de suelo –palpando, olfateando y escudriñando cada átomo de realidad– ya no volverá a habitarnos, pero todavía se pueden explorar los baches y los charcos acariciándolos con las suelas horadadas de los zapatones del adulto.

Fuera de los pies, las bicicletas y demás artefactos ajenos al automovilismo, el mejor vehículo para ver pasar el largometraje de lo cotidiano es el autobús –o el tranvía, si no es una de esas copias falsificadas que circulan por ahí–, porque el coche desbarata la visión del conductor, más atento a las puñaladas traperas de sus compañeros de ruta que al fascinante paisaje urbano (o no) que le rodea.

Desde el ventanal del bus, el viajero otea la laica procesión de personajes y barrios que se deslizan por una pantalla empañada de lluvia y anhídrido carbónico.

En Galicia, Galicia destila Manuel Rivas una sabia reivindicación de esa tropa irredenta que, desde los desvencijados asientos del autobús, milita en el antiautomovilismo. Habla de la infantería que aún busca los senderos perdidos, las calles y encrucijadas sepultadas por el tiempo y las peculiares deformaciones del urbanismo:

“Hai un dato para a meditación no relativo aos mellores pasaxeiros que deu Galicia. Nin Otero Pedrayo nin Álvaro Cunqueiro tiñan autocarro propio… E aló van os pasaxeiros gozando na xanela dese filme de culto chamado Galicia. E onde ti ves un ceda o paso, eles reparan nun hermoso cruceiro. E mentras ti manobras para esquivar unha galiña, eles van vendo o solpor do Antigo Reino en pancolor

Otero Pedrayo foi quen de escribir a magnífica Guía de Galicia porque viaxaba no Castromil”.

Y, mientras escribo y recopilo –es crucial saber recolectar retazos de vida y fragmentos de literatura– me doy de bruces con otro recoveco de su autobiografía (Experiencia) en el que Martin Amis explica el abismo que se abre entre la poesía y el volante de un coche (y eso pese a los edulcorados y pedantes anuncios televisivos que pretenden encumbrar los automóviles de lujo a las cimas de la filosofía presocrática, qué cursilería). Apunta el sagaz Amis junior:

“El hecho de no saber conducir daba fe de las cualidades de poeta de mi amigo Christopher Hitchens. Porque los poetas no saben conducir, o no conducen, o no deberían hacerlo”.  

VI. LA ESTACIÓN

En todo el planeta –sí, esa aldea finalmente globalizada– se repiten casi de forma mimética los escenarios de lo entrañable y de lo sórdido, conceptos que a determinada altura de la vida pueden coincidir en la pupila de extrañas geometrías del adolescente.

Los aeropuertos suelen ser caóticos, hermosos y luminosos, mientras que las estaciones de trenes guardan en su memoria algo así como la antigua gloria de los grandes ferrocarriles del pasado y de legendarios caminos de hierro en los que se perpetraban amores y crímenes impunemente. Pero las estaciones de autobuses de todo el planeta, con su rastro de aceite negro sobre el asfalto, mantienen un eco clandestino en el que se mezclan los personajes inequívocos de una fauna nocturna que deambula sin traumas desde los andenes desiertos hasta la barra de la sórdida (para el autoestopista adolescente, entrañable) cafetería a la que acuden para sacudirse los rescoldos de la intemperie y de la madrugada.

El bar congrega a una Santa Compaña compuesta –y no necesariamente en este orden– por putas prejubiladas a la caza de un último vestigio profesional, ludópatas que exprimen la insomne máquina tragaperras, borrachos de barra, carteristas holgazanes junto a policías que matan el rato bebiendo un café demasiado flojo, camareros náufragos de su oficio y taxistas que aguardan entre bocanadas de humo por viajeros que nunca llegan o que, obviamente, prefieren el gran autobús rojo.

El quiosco repleto de tetas, culos y coños –ni que el bus fuese un burdel con ruedas– completa ese paisaje desolado en el que sólo la consigna, ese hotel para maletas y extraños bultos, permanece alerta, como una luz o vigía que vela sin saberlo por los pasajeros aburridos y adormilados que se dejan llevar por las escaleras mecánicas.  

VII. EL BUS NOCTURNO

El bus nocturno es otra leyenda, porque surca carreteras desiertas, paralizadas por la madrugada y el invierno. Este vehículo sirve, por ejemplo, para curtirse los glúteos y la paciencia en una ruta de mil y una horas, como el atávico Ferrol-A Coruña, en el que la extinta clientela de la mili se daba un respiro de las ridículas disciplinas del Ejército (donde lo mismo te sancionan por leer un libro en la garita que te ascienden por fregar diecisiete veces seguidas un metro cuadrado de terrazo).

Colgados de muy variopinto pelaje se unen en la ronda alucinatoria del autobús nocturno, que encarna el sueño del holandés errante, pero sobre un motor de explosión y un maletero cargado de vacíos (sí, otra paradoja).

A veces conviene entregarse voluntariamente al masoquismo del bus noctívago –nada que ver con los sueños del vuelo nocturno del autor de El principito– para recordar los tiempos gloriosos en que mil pesetas (perdón, seis euros) eran un mundo y las horas daban igual –había muchas, había horas incluso para repartir entre los colegas–, no importaba llegar al destino un día o al siguiente, porque tampoco es que hubiese demasiado que hacer al desembarcar.

Por eso me subo esta noche (22.30 horas) a un Arriva que usa una carretera de asfalto y líneas serpenteantes, que ignora la autopista para trazar con minuciosidad su itinerario a orillas del mar y por puentes prehistóricos (o, al menos, de antes del Diluvio, que en Galicia nunca acaba de terminar).

Subo al bus en una parada callejera –siempre es mejor la calle que las sórdidas estaciones– atestada de trabajadores, estudiantes y colgados como yo. Medio vacío y somnoliento, el bus escupe en su interior las maldiciones del aire acondicionado y de una radio en la que impera el fútbol.

As Pías es un puente curvado que parece siempre amenazado por la marea, que casi lame el asfalto, y que un día se quebró en dos cuando a una gigantesca plataforma le dio por incrustarse entre sus pilares. Ahora es una lengua de tierra que el autocar devora en unos segundos, anegado de luz por los focos industriales que alumbran la noche de los moluscos, las jibias y las grúas de los astilleros.

Desfilan por la ventana, iluminadas por diminutos candiles, casas que albergan vidas e historias que ya no viviré jamás (hay que elegir, o sea, ir descartando rutas en cada encrucijada), hasta alcanzar un gran puente de piedra donde los semáforos nos devuelven a la realidad del camino, en medio de un pueblo con callejuelas de granito por las que deambulan ahora los pasajeros del autobús con rostros aburridos o derrotados por la rutina (el trabajo, el acre emblema del sudor de la maldición bíblica).

Pero yo me aferro a la carretera oscurecida –mejor que la inhumana y aciaga autopista– para degustar luego los kilómetros finales de un paisaje de eucaliptos, casas de putas instaladas en antiguas naves industriales y chalés adosados. Hasta desembocar, a través de puentes y viaductos, en la ciudad insomne que apesta a puerto y a estrellas enterradas bajo las nubes.

Asoman las incontables luces urbanas y un andén solitario de la estación, donde un conductor aguarda pisando una colilla. Pero, como dijo alguien, ésa es otra historia y deber ser contada en otra ocasión. Y esto no es un plagio, sino la cita encubierta de un lector compulsivo.  

VIII. LOS DESAPARECIDOS

Julio Cortázar y Enrique Vila-Matas –dos de mis monstruos literarios de cabecera– se han estrujado las neuronas para narrar las desventuras de esos misteriosos individuos que un buen día deciden (o alguien lo decide por ellos) no volver a asomarse por la boca del metro. Son los desaparecidos, entes de leyenda que descienden a los andenes para no volver a ascender jamás. Permanecen en las catacumbas o, simplemente, son devorados por unos laberintos subterráneos que nadie conoce si no por los desgastados planos que barajan los burócratas.

No se trata aquí del metro –que es como una versión agusanada del autobús urbano–, pero lo cierto es que el mismo fenómeno registrado con ojo certero por Cortázar y Vila-Matas también se observa ocasionalmente en las líneas periféricas del bus, donde más de un conductor ha visto cómo el viajero remolón que ocupaba el último asiento se esfumaba, como por arte de magia, al girar en la curva que servía de frontera virtual entre los mundos urbanos y los vestigios del campo que cercan la ciudad.

Al principio, los buseros más jóvenes atribuyen estas pérdidas de pasajeros a las malas pasadas que juega a la mente la resaca del garrafón que se expende en los garitos de madrugada. Pero, en ausencia de alcohol y de los viajes –menos prosaicos que los de la línea 23– de las drogas de diseño, los conductores acaban por entregarse a las más extrañas elucubraciones para justificar la súbita evaporación de aquella anciana de gabardina y paraguas a cuadros que, precisamente al doblar en Casa Toñita, se agachó para recoger algún objeto caído y ya nunca más regresó a la superficie de lo real. O aquel niño que dejó como único rastro un balón de reglamento al emerger el bus de uno de los infinitos túneles que horadan el subsuelo de la ciudad.

¿A dónde se dirigen los desaparecidos del bus? ¿Comparten destino con los que se desvanecen en los andenes del metro de Buenos Aires y Barcelona?

Hay quien se apunta a la teoría del desgaste atómico expuesta magistralmente por Julio Cortázar:

“Nadie ha contado jamás a la gente que sale del estadio River Plate un domingo de clásico, nadie ha cotejado esa cifra con la de la taquilla. Una manada de cinco mil búfalos corriendo por un desfiladero, ¿contiene las mismas unidades al entrar que al salir? El roce de las personas en la calle Florida corroe sutilmente las mangas de los abrigos, el dorso de los guantes. El roce de 113.987 viajeros en trenes atestados que los sacuden y los frotan entre ellos a cada curva y a cada frenada, puede tener como resultado (por anulación de lo individual y acción del desgaste sobre el ente multitud) la anulación de cuatro unidades al cabo de veinte horas”.

Pero los más inquietos filósofos, cuando se juntan al caer la noche en un recodo clandestino de las cocheras, asumen que, efectivamente, la anulación y el desgaste no serían un producto exclusivo de los buses y que el roce cotidiano en las calles, ante los escaparates o en los umbrales de los cines, también debería concluir con la desaparición periódica de algún transeúnte, consumido por la eterna erosión de los anónimos paseantes.

En los coloquios improvisados por los conductores se barajan otras alternativas más complejas que la simple evaporación, como alambicadas fugas que comprenden la ayuda de escalas y cabos para colarse por las claraboyas o trampillas del autocar y alcanzar así el refugio de las cloacas. Tal vez demasiado esforzado para la anciana del paraguas y la gabardina a cuadros, así que otros se decantan por explicar el fenómeno por las artimañas de una tribu de prestidigitadores que se hacían desaparecer a sí mismos como uno de sus geniales trucos de ilusionismo.

Quizás la tribu habita en los bajos de los autobuses, como en aquella película yanqui que relataba la vida de los polizones que viajaban al Oeste agazapados entre las ruedas de los grandes ferrocarriles y saltaban de vagón en vagón aferrándose a las barras humeantes y jugándose el pellejo a unos centímetros de un suelo que se deslizaba a demasiadas millas (yanquis) por hora.

Mejor quedarse con la duda, dejar que la mente elija sus sortilegios y ni siquiera mirar atrás en busca de los inquilinos de ese submundo de fugados del transporte público. Así lo admite Enrique Vila-Matas en el andén del metro de Barcelona:

“No quise entonces girarme, pues sentí el temor de ver a alguien pagando el duro precio de bajarse al metro, de ver a alguien más rezagado que yo perdiéndose para siempre, lejos del sol y las estrellas, en el aire espeso y lento de los túneles y raíles de la noche infinita de Barcelona”.  

IX. EL ARCA DE NOÉ

Un domingo de agosto de 1938, en Monte Real, el lúcido escritor portugués conocido por el seudónimo de Miguel Torga (en realidad se llamaba Adolfo Correia da Rocha) descubre en uno de los carcomidos trenes lusos de la época una de las más precisas definiciones jamás escritas sobre el transporte público:

“Quatro horas num destes comboios portugueses que parecen arcas de Noé. Quatro horas arrumado entre uma canastra de sardinha e a dona”.

El literato de Coimbra –que ha escrito párrafos tan hermosos como “a única coisa bonita que há neste mundo (máis bonita do que o propio cinema e os avioes) sao os cavaleiros andantes do Far-West”– parece que en lugar de viajar en un convoy de Monte Real se haya infiltrado entre los asientos del autobús que une la plaza de abastos con los barrios que se asoman travestidos de cristal al balcón del mar, un arca de Noé rodante con carrocería roja en el país donde ya se dijo que el Diluvio es perpetuo y Noé tiene que fichar en la cola del paro.

Los pervertidos que se dejan arrastrar pos los vicios de su pituitaria disfrutan en este arca de Noé de los placeres y castigos que proporciona el olfato. Porque, al margen de los traumas que causa la falta de higiene, en la platea del bus urbano se representa a diario la lujuria de los perfumes de la gastronomía local.

Las normas de la Compañía de Tranvías prohíben expresamente viajar con animales vivos a bordo (familiares aparte), pero a nadie se le ocurre echar mano del reglamento cuando una de estas sabias cocineras embarca con su cesto rebosante de centollas vivas –la receta exige arrojar al crustáceo aún vivo al agua hirviendo con una hoja de laurel y una pizca de sal–, o cuando por el asa de la bolsa asoma una gallina tuerta y cacareante. No, nadie censura al Noé de los fogones que convoca a los pies de los viajeros una marabunta de pulpos, mejillones, merluzas, erizos, lenguados, rodaballos, lubinas, cabritos, conejos, liebres, almejas, corderos, sardinas coleantes, cangrejos que pululan entre los zapatos como arañas que buscan el mar, ojos saltones cosidos a un pez de plata y diminutos pollos que pían sin pausa emboscados en una selva doméstica de nueces, trufas y grelos florecidos.

Me puedo imaginar al gran Álvaro Cunqueiro soñando recetas y poemas a bordo de este arca de Noé que un domingo de agosto de 1938 se disfrazó de ferrocarril para llevar a Monte Real a Miguel Torga. Y, como el médico de Coimbra, también pienso que una (no la única) de las cosas más bonitas de este mundo son los héroes de celuloide del Oeste, que no viajaban en bus, pero que se jugaban el tipo para defender las diligencias de los Liberty Valance y de los revoltosos pieles rojas. Ahora hay Liberty Valance más cutres, nada que ver con el malvado del látigo de empuñadura de plata, pero esa también es otra historia, que diría Ende.  

X. EL LADRÓN DE AUTOBUSES

Los sesudos criminólogos sostienen que el atracador perfecto debe ser un tipo observador, paciente y cauteloso. Por supuesto, la inmensa mayoría de los ladronzuelos de poca monta que abarrotan las cárceles provinciales no sólo incumplen los tres requisitos, sino que añaden a su chapucero estilo aportaciones de su propia cosecha, como la histérica sonrisa congelada del yonqui, que siempre palpa la faca o la pistola con muchos aspavientos. También hay delincuentes incruentos que juegan la baza del azar, del descuido, y, atentos a los rituales de sus congéneres, aguardan durante semanas que llegue el momento preciso para cazar al vuelo algún objeto ajeno. Claro que una cosa es hurtar un monedero raído y otra muy diferente un bus articulado de 150 plazas.

Para asaltar uno de los Mercedes o Volvo último modelo del transporte público hay que estudiar concienzudamente durante días las costumbres del conductor de turno y agazaparse a la sombra de la rutina a la espera del instante en que la víctima mire para otro lado.

El ladrón de autobuses, en un principio, sólo busca la caja, la pequeña fortuna en calderilla que el cobrador distribuye con parsimonia en unas diminutas ranuras de madera que, según parece, facilitan el cambio. Pero a veces las cosas se tuercen y el busero pierde el autocar completo a manos de un astuto pirata urbano.

El caso que nos ocupa –real o verosímil, qué importa– ocurrió hace ya algunos años en la periferia de A Coruña, en esa difusa línea Maginot donde la ciudad se estampa contra las trincheras en las que resiste ese rural que la urbe no consigue sepultar con sus masas de hormigón y sus cocinas alicatadas hasta el techo. En esa frontera aún pace la vaca marela, que mastica sin entusiasmo tréboles tiznados de polución y margaritas con extrañas  mutaciones genéticas.

El avispado caco se había chapado bien las rutinas del conductor de una de las grandes líneas urbanas que, al llegar a estos últimos barrios de la ciudad, ya colea sin pasajeros en los asientos y sin clientela a resguardo de la lluvia en las marquesinas de las paradas.

Después de más de una hora de trayecto, alrededor de las cuatro de la tarde, el conductor acostumbraba a aprovechar la paradójica intimidad del descampado para entregarse a una reparadora y feliz meada, seguida del pitillo prohibido a bordo.

Fue un martes cualquiera, a las cuatro de la tarde, cuando A.F.M., de 21 años y con 37 detenciones anteriores, subió al galope al autobús mientras su incauto conductor se permitía el lujo de aliviar la vejiga y los pulmones en horario laboral.

La idea era birlar con sigilo la recaudación de la jornada pero, cuando A.F.M. descubrió que la caja estaba cerrada a cal y canto con una llave que seguramente estaba en poder del busero, no se le ocurrió nada mejor que arrancar el vehículo y huir disparado en dirección salida de la ciudad, para asombro de un conductor al que la jugada soprendió en plena faena.

Después de más de dos horas de persecuciones frustradas, docenas de cruces de llamadas por la frecuencia de radio de la policía y varios accidentes de tráfico que sembraron de caos y semáforos derribados la periferia de A Coruña, A.F.M. fue detenido nada menos que en Ribadeo, cuando estaba a punto de llegar a Asturias a bordo de un autobús de la concesionaria municipal. Delincuencia de largo recorrido. Nada que ver con los vulgares carteristas que afanan unos duros (perdón, unos euros) entre el roce de bolsos y cuerpos de las aglomeraciones de primera hora de la mañana (esos ni se merecen un relato).

Al descender esposado del vehículo, A.F.M. confesó a la Guardia Civil que nunca había conseguido salir de Galicia en sus 21 años de correrías.

–Coño, sólo quería ver si el mar de Asturias es igual que el nuestro.

El agente murmuró algo sobre los efectos dramáticos del mono en los toxicómanos y restó poesía al suceso cortando en seco el sueño turístico del caco:

–Pues haber cogido el Alsa, no te jode el pavo.

No se imaginaba el funcionario que unos meses más tarde el individuo identificado como A.F.M., de 21 años y con 38 detenciones anteriores, sería arrestado en Cudillero, un hermoso pueblo pesquero al que el sospechoso arribó al volante de un Alsa que había secuestrado a punta de navaja barbera en su ruta entre Ferrol y Gijón.

–Pues yo diría que el mar tiene aquí un gris diferente –concluyó A.F.M. mientras apuraba la última calada al porro de maría.  

XI. LOS MÚSICOS

“Arrumada a mala, e logo que o comboio se pos em andamento, puxei pelo meu Pascal. Las provinciales. Mas li pouco. Comecei a pensar na ideia fantastica que o bom do jansenista teve das viagens colectivas. Pois nao é realmente un achado isto de meter no mesmo carro trinta sujeitos que nao se conhecen mutuamente, e faze-los andar juntos durante quatro horas? E entao se um desses indivíduos é aprendiz de violino e resolve estudar pelo caminho?!”.

Miguel Torga, Diarios.

El bus que enlaza mi barrio con el centro de la ciudad es también el transporte favorito de los cientos de músicos locos que anidan en este fragmento de Europa azotado siempre por el invierno. Cada día, cuando subo los peldaños del autocar todavía aturdido por el amanecer y el café solo ingerido en ayunas, me cruzo entre los asientos y las barras con los espectros somnolientos de instrumentistas rusos o yanquis que viajan en el fondo del bus con sus bártulos, con sus mágicos trastos de hacer música, esos mismos artilugios que, camuflados en maletines de tinte mafioso, hacen soñar a los niños con la matanza de San Valentín y el cine negro.

Pero estos artesanos del sonido no guardan ametralladoras en sus estuches. No, mis vecinos de asiento y de madrugada –el sol todavía no luce en el firmamento de diciembre–, sino violas, clarinetes y flautas, herramientas con las que elevan a la bóveda de su auditorio las combinaciones de notas con las que Bach –por citar un nombre– reescribió la música de las esferas.

Los profesores, enfundados en unos abrigos y bufandas del Este –o de Dakota– se aferran entre bostezos a sus instrumentos, mientras los demás viajeros prefieren aferrarse a un periódico, a sus propias rodillas o al paisaje incesante que fluye por la ventanilla.

Hay otros músicos, los vocalistas, que únicamente necesitan sus cuerdas vocales para subir al bus que enlaza mi barrio con el centro urbano. No llevan maletines estilo Al Capone ni chelos envueltos en fieltro. Sólo sus libros de partituras, en los que una mujer canosa repasa hoy, en su asiento de la última fila, el coro de la sinfonía número dos de Mahler, para asombro de sus humildes compañeros de ruta, que luchan por escuchar algún pedazo de la Resurrección entre la densa maraña de toses, bostezos y retales de conversaciones.

Mientras la soprano doméstica entona en un murmullo sus partituras de Mahler, los profesores de la orquesta se apean como sonámbulos a la altura del teatro, parada donde los estudiantes lampiños del Conservatorio sustituyen a sus maestros en los asientos vacíos del autocar. Algunos días se dejan olvidadas unas corcheas en el suelo y entre los viajeros retumba una de sus sinfonías perdidas, como caída de uno de los bolsillos remendados de los músicos locos y magistrales.  

XII. LA PUTA

A Maruja, una de las putas históricas del Papagayo, se le acabó el trabajo cuando el Ayuntamiento decidió un buen día que el barrio chino de A Coruña estaba en estado ruinoso y ordenó el desalojo de las entrañables familias de prostitutas y proxenetas que habitaban entre los escombros de lo que hoy es un descampado y mañana será otra urbanización de lujo con falsas galerías y fachadas de piedra sintética.

A esta antigua profesional se le puede ver ahora deambulando con sus bártulos por la calle Panaderas –la misma en la que vivían Santiago Casares Quiroga y su hija, la actriz María Casares–, donde habita al cobijo de la fachada del convento de las Capuchinas. Allí, a la sombra de un hermoso limonero urbano, Maruja lava cada día sus bragas y sostenes en la fuente de lo que fue el atrio de la iglesia, un espectáculo que contemplan, habituados ya, los pasajeros que aguardan en la parada del 7. Los policías, antiguos clientes de Maruja, hacen la vista gorda y sólo le piden a la obesa puta que sea discreta a la hora de colgar su lencería, ya que las beatas que acuden a la misa cantada no son demasiado amigas de entrar al templo bajo el palio de sus descomunales bragas.

Al contrario que otras de sus compañeras de faena en el Papagayo mítico de antaño –la Media Teta, la Collona, la Pamela o la Apacha de Pascual Duarte–, que ya han desaparecido para siempre de aquella cuesta por la que aún desciende un sospechoso reguero de agua, Maruja se ha convertido en una superviviente de aquel oficio callejero que hoy se ha refugiado en las reconvertidas naves industriales de las afueras (la economía sustituye a los obreros parados por putas enmarcadas en suelos de mármol y fuentes artificiales).

Maruja deja a secar sus bragas en el limonero de Capuchinas –a sólo unos metros del flamante museo de Bellas Artes de Gallego Jorreto– y se sube al bus número 11 para practicar en las horas muertas sus antiguas artes de obrera del sexo.

Los conductores de la línea que cubre el trayecto hasta la refinería –lo políticamente correcto ahora es decir complejo industrial de Repsol Petróleo– dejan que Maruja ejerza sin molestias su oficio en la trastienda de los últimos asientos, donde por mil pesetas (perdón, seis euros) alivia a más de un pasajero de su gris monotonía, con unas felaciones y unas pajas artesanales muy trabajadas a golpe de baches y de curvas.

Maruja es la última puta que todavía ejerce en la clandestinidad de los autobuses, con una paciencia y una discreción que hace imposible que la feligresa miope del tercer asiento de la izquierda descubra que los suspiros de su vecino de atrás son obra de las mañas de una de las leyendas del Papagayo.

Algún busero novato ha cometido la torpeza de recriminar las maniobras de Maruja.

–Oiga, joven, que está usted hablando con una señora. ¿No sabe que yo salgo en un libro de un premio Nóbel?

Y así discurren las horas de Maruja hasta que, teñida de literatura de otros tiempos, se baja del 11 en Panaderas para recoger su colada y para reunirse con otros vagabundos con los que acostumbra a dormir en los soportales del Orzán.  

XIII. ESTO NO ES UN LIBRO

Este, desde luego, no es el trabajo de mi vida. Eso me repito cada noche cuando llego a las cocheras perdidas en el culo del mundo (dicen que eso es lo que de verdad significa Finisterre) y me pongo el mandilón en silencio, sentada en un banco de madera helada frente a unas taquillas desconchadas por el tiempo y la desidia.

A las once y media de la noche, cuando las familias normales se aburren ante la basura que echan por la tele, a mí me toca lidiar con la basura de verdad. Ya digo que no es el trabajo de mi vida, pero prefiero estar aquí tres horas fregando los suelos de los autobuses que limpiando escaleras y aguantando las impertinencias de cualquier vecino que por pagarte 30.000 pesetas al mes ya se cree el arzobispo de Santiago. Aquí por lo menos estamos solas las limpiadoras y los conductores prejubilados que se encargan de pasar los buses por el túnel de lavado que mandó al paro a los que quitaban la mugre a manguerazos. A las cuatro ya puedo estar en casa, justo a tiempo para darme una ducha rápida y dormir unas horas antes de preparar el desayuno para José y los niños.

Mi prima Julia, que trabaja en la planta de reciclaje de basura, me cuenta que allí se ríen mucho con las cosas raras que encuentran en las bolsas de los residuos inorgánicos, desde vibradores a extrañas cartas de amor y desamor.

Aquí nos pasa un poco lo mismo. Lo que ocurre es que sólo nos reímos a carcajadas mi amiga María y yo, que somos las únicas que llegamos con ganas para verle el lado gracioso a la basura que la gente tira o se olvida en los autobuses.

Normalmente nos quedamos con las cosas que encontramos porque, como dice el encargado, lo que hay en España es de los españoles, pero a veces me entran remordimientos de conciencia o simplemente los objetos perdidos son demasiado inútiles. Como cuando encontramos, clavada sobre el respaldo de un asiento, una dentadura postiza que un anciano vino a reclamar, muy avergonzado, unos días más tarde.

La ortopedia se da mucho, no sé por qué. Entre mi compañera María y yo habremos encontrado ya un cuerpo entero de hombre, incluidas sus partes, porque parece que sus propietarios creen que el bus es el mejor lugar para desprenderse de esas prótesis que llamarían demasiado la atención en los contenedores de basura de sus casas. Brazos, piernas de madera y de plástico, hasta tetas postizas han aparecido en el suelo de los autobuses.

Aparte de los restos más habituales –como papeles, Kleenex, cáscaras de pipas, bolsas de patatas fritas y latas de refrescos–, la fregona tropieza de vez en cuando con cosas más extrañas. Hoy, por ejemplo, después del descanso del cigarrillo con María, al subir de nuevo a baldear el 23-A, encontré en el asiento de detrás del conductor un grueso libro que alguien había escondido cuidadosamente entre la ventanilla y el respaldo. Lo gracioso es que no era uno de esos novelones de batallas marineras que tanto le gusta leer a mi José, esos que escribe un tal Patrick o-no-sé-qué. No, el libro del 23-A estaba muy bien encuadernado, con papel gordo muy caro, pero con todas las hojas en blanco, de la primera a la última. Bueno, no, de la segunda a la última, porque en la primera sí había escrita una frase. Sólo una misteriosa línea:

“Este libro no es un libro”.

Seis palabras escritas con una caligrafía muy bonita y clara, como la que nos obligaban a practicar de pequeños en aquellos cuadernos Rubio que llenábamos de palotes.

Pues claro, si tiene todas las hojas en blanco, cómo va a ser un libro, me dije, y si no es un libro no será de nadie, así que no tienen por qué enterarse ni María ni el encargado. Peores cosas se ha quedado mi prima Julia en la planta de reciclaje, que hasta tarjetas de crédito se han encontrado en las bolsas de basura.

Este libro que no es un libro me lo he quedado para mí, y hoy a las cuatro, después de la ducha rápida con la que quiero barrer los restos que se quedan prendidos al pelo y al cuerpo después de fregar una docena de autobuses, me he sentado en la mesa de la sala en la que los niños hacen los deberes y me he puesto a escribir estas cosas con un rotulador rojo que le he cogido prestado al más pequeño. Quién me iba a decir a mí que podía juntar así una palabra detrás de otra. Pero ya he dicho que lo de fregar buses no es el trabajo de mi vida.

Y a fin de cuentas este libro no es un libro y puedo escribir en él a mano, con la redondilla del cuaderno Rubio, todo lo que se me pase por la cabeza.  

XIV. KAFKA EN EL TRANVÍA

Franz Kafka viaja mucho en el tranvía eléctrico de Praga e incluso, en una página de sus legendarios Diarios, transcribe un sueño en el que aparecen el tranvía eléctrico y el metro de Berlín.

El 15 de octubre de 1913, por ejemplo, anota en uno de sus cuadernos:

“Sentarse en el rincón del tranvía eléctrico, envolviéndose en el abrigo”.

Ese toque trivial y doméstico. Kafka es capaz de descender a esos detalles –un abrigo, un rincón del tranvía eléctrico– y, un minuto más tarde, despeñarse por la misma página a la caza de los hallazgos únicos de los que reviste su autodestrucción:

“Punta de una llama del infierno que atraviesa el suelo”.

Esperar el bus es sentirse un poco el insecto kafkiano de la Metamorfosis. Es como estar tumbado con las patas hacia arriba aguardando hasta que el monstruo de color rojo asoma su lomo por la cuesta de Santo Tomás (por citar una cuesta entrañable). Ese tiempo muerto y kafkiano hay que asesinarlo (de nuevo) lenta y minuciosamente, como si a uno en el fondo le diera lo mismo pasarse el resto de la vida bajo la marquesina de la mercería Loli, a salvo de la lluvia y del Nordés. El bus no llega, por supuesto, pero uno puede entregarse a vicios inconfesables en estos tiempos puritanos, como la lectura o el tabaco, o incluso ambos a un tiempo.

Bajo el toldo de la mercería Loli, hay quien lee las portadas de las revistas del quiosco de al lado, un gesto de lector de reojo que puede derivar en estrabismo. Para el menos gorrón queda el consuelo de llevarse algo de literatura portátil, un periódico o un libro de bolsillo de Vila-Matas, pongamos por caso. La ventaja del lector que espera a Godot, digo al bus número 17, es que mide el tiempo por párrafos y por páginas mientras escudriña con el rabillo del ojo el asfalto, no vaya a ser que se pase de largo el 17 y se quede en tierra con su escritura portátil (no sería la primera vez, por supuesto).

El que no lee puede fumar, salvo prescripción médica en contra. Aseguran los entendidos que nada más encender el pitillo aparece por la esquina el bus, con lo que rematan de forma brusca las caladas y esa pegajosa sensación de haberse despertado, como un Gregorio Samsa cualquiera, convertido en un monstruoso insecto tumbado boca arriba en la parada del bus.  

XV. ENAMORARSE EN EL BUS

Es fácil enamorarse en el bus urbano. Incluso en el autobús de la Tercera Avenida, una mañana temprano, en Manhattan, Nueva York, Estados Unidos. Incluso resulta relativamente fácil para uno de los torturados personajes de J.D. Salinger, ese escritor yanqui que vivía fugado de la literatura, en permanente busca y captura en varios estados norteamericanos. El hombre del que habla Salinger cae fulminado por los labios entreabiertos de Shirley Lester. El problema es que este relato, El corazón de una historia quebrada, en realidad no existe o, para ser más precisos, sólo existe en una traducción de Javier Marías publicada en una revista cultural bautizada, nada menos, Poesía. El propio Marías admite que no puede dar razón de su hallazgo. Sólo él posee el volumen original. Sólo él lo ha traducido. Así que, tal vez, esta historia quebrada no sea más que un juego de espejos literarios, de textos plagiarios o apócrifos, un laberinto de identidades encubiertas. Por supuesto, el difunto J. D. Salinger no va a saltar al ruedo a testificar.

Si creemos a Marías, o a Salinger, resulta sencillo enamorarse en un bus urbano. Basta un anuncio de cosméticos clavado en la pared del vehículo para que nuestra mujer fatal abra un poco los labios al leer, sí, así, justo así, y las neuronas, el músculo cardíaco, las gónadas, el órgano que sea, pulsa el clic con el que se enciende la maquinaria del amor, o del sexo, o como quieran llamar al deseo.

Como no tengo a mano un bus de la Tercera Avenida, me conformo con subirme al 2 en la avenida de la Marina, en la parada del quiosco que uno compraría entero todos los días para leerlo todo y para verlo todo. Hace ya calor y a las muchachas les gusta enseñar unos brazos de los que uno se puede enamorar con la misma facilidad –prácticamente la misma rutina– que de unos labios entreabiertos. Me siento estratégicamente en el penúltimo asiento del autobús ­–al fondo a la izquierda–, desde donde se puede escrutar sin mayores dificultades el paisaje humano –bueno, seamos honestos, el paisaje femenino– que deambula por A Coruña a lomos de la línea 2. Descartadas por razones obvias las mayores de 40 años y las menores de 18 (uno ha oído demasiadas historias sobre pederastas en la prisión de Teixeiro), quedan repartidas por el bus una media docena de mujeres a las que observar. Otra cosa es llegar a enamorarse, aunque quizás uno podría llegar a hacerlo de esa morena que aprovecha el parón de los semáforos para peinarse una larga cabellera. Habrá que seguir practicando. Se ve que Salinger, para ocultarse de sus fans, viaja mucho de incógnito en el transporte público, donde nadie espera encontrarse a un autor que suponen emboscado tras los cristales tintados de una limusina. En el 2, a la altura de Cuatro Caminos, el amor se muestra esquivo. Así que mejor será leer un rato:

“Y en el autobús de la Tercera Avenida, una mañana temprano, Horgenschlag controló a Shirley Lester, y se sintió un guiñapo. Todo porque la boca de Shirley estaba abierta de un modo curioso. Shirley estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús: y cuando Shirley leía, a Shirley se le aflojaba ligeramente la mandíbula. Y en ese breve instante en el que la boca de Shirley estuvo abierta y los labios estuvieron separados, Shirley fue probablemente la más fatal de todo Manhattan” .

Así se enamora uno en un bus urbano, al menos en la traducción del libro fantasma que posee Javier Marías: The Complete Uncollected Short Stories of J.D. Salinger.  

XVI. EL FINISTERRE

La globalización, o como se llame esa barra libre que entre todos le hemos servido a mercachifles y trapisondistas de medio mundo, se ha llevado con los pies por delante muchas de nuestras entrañables realidades cotidianas. Entre otras, los destartalados coches de línea de los setenta, como el legendario Finisterre, que nos conducía al fin del mundo conocido, al extremo occidental de todas las cosas, que era más o menos por donde caía la casa de mi abuelo Aquilino, allá en Cee, un antiguo puerto ballenero en el que yo confiaba con tropezarme cualquier día con el capitán Ahab y su pata de palo o, como mínimo, con el grumete Ismael. Como Ismael yo también soñaba con largarme una noche para conocer la parte líquida del mundo, que desde los muelles de Caneliñas se antojaba un mundo de afilada fiereza, que a un canijo como yo podía tumbarlo de un solo escupitajo que lanzase aquel Atlántico indomable. Era un mar de una belleza hostil y malvada, como aquellas mujeres de las películas de los cuarenta y así, mucho más interesantes, de largo, que las santurronas teñidas de rubio que al final del largo siempre se casaban con el protagonista.

El Atlántico sin fin, al borde del abismo que según los romanos se abría detrás de la mar arbolada, era lo que yo, a los nueve años, me encontraba de golpe al bajar del Finisterre, al despegar la camisa del asiento de escay y saltar a tierra firme después de tres horas de travesía desde A Coruña por uno de aquellos senderos con piel de culebra de antes de las autovías, las autopistas y las prisas que las parieron.

El Finisterre, diligencia apócrifa del salvaje Oeste gallego, más conocido como Costa da Morte, que también tiene su toque de wéstern.  

XVII. EL TRANVÍA DE LAS SEIS Y CUARTO

Mario Benedetti, santo laico de las izquierdas latinoamericanas y europeas, dedicó uno de sus claros y hermosos poemas al tranvía de 1929, el vehículo en que cada mañana (a las seis y cuarto, hora extremadamente cruel si es de partida y no de regreso) se embarcaba para asistir a sus clases en la Deutsche Schule de la calle Soriano. Los versos de marras tienen, ya digo, esa claridad casi prosaica que exhiben los poemas de un Bukowski, por ejemplo. Benedetti, que habitaba en unas coordenadas vitales y mentales muy diferentes a las del gran bebedor (y follador) californiano, escribe unos versos limpios, nítidos, casi líquidos, en los que destila episodios de su vida sin mayores coheterías, trazando sobre el papel unas palabras diáfanas y rotundas con la misma (aparente) facilidad con que los grandes futbolistas dibujan sus quiebros con el balón cosido a la zurda. Así nos cuenta Benedetti que en aquel tranvía 36 rojo de la Comercial, a aquella hora “para gente estoica”, sólo viajaban el escolar de nueve años, rumbo a su Colegio Alemán, y “un viejo bajito y honorable siempre de traje oscuro y con barba canosa que leía su diario y jamás me miraba”. Mario descubre luego, gracias a su padre, que aquel señor bajito y honorable era el poeta nacional Juan Zorrilla de San Martín, con lo cual, deducimos con cierto pasmo y asombro que en el habitáculo se incumplían todas las leyes de la estadística (si es que la estadística tiene alguna ley, claro), porque en aquel tranvía colorado se daba la circunstancia de que viajaba prácticamente la historia entera de la poesía uruguaya.

Pasados los años, el adolescente Benedetti, de visita en la casa museo Zorrilla siente “ganas retroactivas de hablarle/ de sentarme con él/ en el tranvía de las seis y cuarto”.

Lo que quiere en el fondo Benedetti, claro, es subirse de nuevo a lomos de su infancia, aunque solo sea en forma de tranvía:
“el tranvía sigue galopando en la niebla

con él viejo y yo niño

con él solo y yo solo

pero nunca he sabido qué hacía tan temprano

en el tramo penúltimo de su cándida gloria”.
Y se arrepiente, como nos sucede en el fondo a todos, por esas preguntas nunca hechas.  

XVIII. EL BUS DE LA ALCARRIA

El Cela andarín de 1946 poco tenía que ver con el CJC de sus postrimerías, aquel literato a quien el Nobel tumbó sobre la lona de una sola hostia y que acabó sus días imitándose a sí mismo, como esos personajes que adoptan los tics y los absurdos de sus propias caricaturas. Tengo otros nombres con idéntica patología hirviéndome en la cabeza, pero mejor me los callo, porque los políticos tienen rencor para rato largo. A los políticos les das media galleta en un siglo y, ya puestos, los tíos te esperan al doblar la esquina del siguiente milenio, con el machete preparado para seccionarte las gónadas, sin perder ni por un solo segundo esa sonrisa blanqueada que tanto brilla en los cartelones electorales.

Pero estábamos hablando de seres con neuronas, no de esos transistores averiados que ocupan escaño en la carrera de San Jerónimo. Estábamos con CJC, que antes de disfrazarse de su propia caricatura era un escritor de tomo y lomo, de esos que se recrean con la muleta en la mano, exhibiendo una destreza que solo se adquiere meneándosela mucho (y con mucho tino) mientras con la zurda se sostienen y se escrutan las palabras de los gigantes de la literatura.

En 1946 Cela todavía era Cela y decidió echarse al camino para contarnos la Alcarria a pie de arroyo, a pie de quejigo, a pie de Tajo, río literario hasta su extremaunción en la impagable Lisboa de todos los Pessoas.

Tajo arriba, en las tierras de la Alcarria, cuando Zorita era Zorita de los Canes y no el estéril sinónimo de una añosa central nuclear, CJC en una de las curvas de su camino se sube al bus, que según la cita de Josep Pla que planta el autor en el arranque del décimo capítulo de este libro proporciona al viajero un “vuelo gallináceo”. CJC, que aún no es el Cela último de las palanganas y las farándulas televisadas, salta al estribo de un coche de línea y se hace un hueco entre los bulliciosos gitanos y las modistillas:

“Cuando el autobús echa a andar, la gente se va acoplando. El acoplamiento es, a veces, doloroso”.

Aquel bus de 1946 daba otra dimensión del tiempo al viajero, que hoy en día se teletransporta casi sin observar el paso acelerado de los postes de telégrafos plantados entre su origen y su destino. Es más, ya no sé ni siquiera si todavía existen aquellos postes telegráficos que adornaban el paso de los trenes por las llanuras de Castilla. A lo mejor sólo es un recuerdo que se ha quedado atrapado en un rincón de las meninges. El camino, en 1946, no era un estorbo, sino que era parte del viaje mismo. Así, el Cela andarín llega a las once de la mañana a un pueblo llamado Tendilla y recibe el aviso de que tiene que aguardar hasta las siete y media por el coche de línea que va a Pastrana. O sea, que lo que el automovilista del 2010 despacha en unos minutos de autopista clónica, en 1946 permitía al caminante demorarse en “un pueblo de soportales planos, largo como una longaniza y estirado todo a lo largo de la carretera” y “donde tiene un olivar el escritor don Pío Baroja, para poder tener aceite todo el año”. Hay tiempo para todo, hay horas largas por delante hasta echar a andar hacia el empalme de Tendilla, donde tropieza con una tabernita en medio del campo que “era algo muy parecido al paraíso terrenal”.

Era 1946, otro siglo, otro mundo. En Zorita de los Canes los átomos sólo bailaban en el agua tiznada del Tajo.  

XIX LA PARADA

El bus es también (y tal vez lo sea sobre todas las cosas) su parada. La parada es el anticipo del periplo y de la hazaña busera, que no es precisamente la busca y captura de la fama, la fortuna y la gloria de los aventureros británicos del XIX, sino algo tan simple y cotidiano como bajar la Diagonal dibujando las geometrías rectilíneas (nada lobachevskianas) de Barcelona. Ahora, año 2012 o así, se estilan las paradas inteligentes (es un decir). Como si fuésemos tan sobrados de inteligencia que hasta pudiésemos derrochar neuronas y sinapsis derramándolas por las farolas urbanas como el perro que levanta la patita y riega el forjado histórico y las iniciales reales.

La parada, sostienen los concejales y sus secuaces, es ahora inteligente, es decir, luce un cartelito prácticamente igual al de la posguerra, solo que, en lugar de estar pintado a pulso por el operario municipal de turno, es una de esas cajas luminosas que dan la vez en la charcutería del súper (a pesar de lo cual todas las charcuterías de todos los supermercados del mundo tienen en plantilla a una aguerrida anciana que se cuela sin pudor pasando mucho de números y boletos). Vaya adelanto. El chisme, en resumen, te avanza en cuántos minutos va a pasar el cacharro de la línea 12 y así, más que nada para que el gran fumador se relaje un poco la ansiedad tirando de mechero. Ya ni siquiera la espera es un misterio. A la parada le han robado su intriga, que era la gracia y el riesgo de estar allí plantado aguardando por el busero remolón como por una novia perdida y nunca recuperada.

Las paradas no sé si son o no inteligentes (probablemente este sea el adjetivo que se reparte con mayor gratuidad actualmente), pero lo que no tienen ya es aquel misterio de la parada en medio de la nada que todos hemos sufrido en nuestro pellejo en algún momento de la existencia. Pero nadie supo lo que es estar plantado en medio de la más absoluta nada como Cary Grant en Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959) en su papel del ejecutivo publicitario Roger Thornhill acosado por una red de espías que lo confunden con otro profesional del gremio llamado George Kaplan. El diabólico Hitchcock idea una escena tan inverosímil como gratuita, aplicando fielmente esa religión del absurdo que lo ha elevado a la cima del cine. Decide ambientar un asesinato en el lugar más alejado de todos los tópicos que existen en la literatura y el celuloide sobre los lugares del crimen. En una llanura desolada, a plena luz del día, en la parada del bus número 41. Allí aguarda pacientemente Thornhill e incluso comparte espera con otro viajero del bus que es quien augura el ataque inminente del pájaro de metal, como si no pasase nada extraordinario, justo antes de subirse al autocar y de dejar en tierra al estupefacto Grant: “Es curioso. Esa avioneta está fumigando donde no hay nada que fumigar”. Luego viene la conocida escena muda, que se prolonga durante unos siete minutos, en la que los extravagantes asesinos, en lugar de bajarse y pegarle cuatro tiros a Cary Grant, lo persiguen con su avioneta fumigadora entre el polvo y los maizales. Pero esa ya es otra historia. Historia con mayúscula, para ser más precisos, aunque lo que a nosotros nos interesa es esa parada del 41 en medio del vacío.

Porque cuando Thornhill/Grant ve marcharse lentamente el bus por la larga y recta calzada, mira zarpar el autocar como si se estuviera despidiendo ya de toda su existencia. Descubrimos con Thornhill que la parada del autobús puede alcanzar uno de los más altos grados de soledad cuando el atribulado publicista trata de parar un coche en medio del asfalto y el tipo pasa de largo. Ahí comprendemos de golpe la crueldad sin fin de la parada del bus, que no es más que un poste clavado en una cuneta y una chincheta (analógica o virtual) pinchada sobre un mapa. Aunque no nos haya atacado una avioneta fumigadora, aunque no arremetan contra nosotros los agentes secretos, aunque no estemos a unas veinte millas de un pueblo de California llamado Wasco, sino en medio de Arteixo, todos alguna vez hemos tenido esa desagradable y cosquilleante sensación del náufrago de la parada del bus. Es como un hueco o un cuelgue de inmensas proporciones que solo solventa la llegada, en el último momento, de ese bus tardón e irregular que al abrir la puerta nos rescata del abismo, justo cuando por el rabillo del ojo ya veíamos o soñábamos el vuelo rasante de una Piper Cherokee.

Hay paradas de la nada en Wasco (California), en los Monegros, en Arteixo o Chantada, y también en un pequeño pueblo en medio de las Highlands, donde un letrero (este sí pintado a mano) indica que el bus de línea sólo pasa por esa carretera secundaria de Escocia los miércoles y los viernes a las 13 horas, que es precisamente el instante en que ese pequeño y terriblemente hermoso rincón del mundo se sitúa durante unos segundos sobre el mapa para volver a esfumarse hasta la semana próxima en una calma chicha hoy ya inviable bajo el aguacero tecnológico que impone su ruido y su furia sobre el murmullo y la lenta mirada de las ovejas escocesas.

Con una parada de la nada se puede levantar el mundo.
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