ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Con Gabriel Ruiz Ortega
Con Gabriel Ruiz Ortega




Gabriel Ruiz Ortega - Enrique Vila-Matas
E. Vila-Matas - G. Ruiz Ortega




» La fortaleza de la soledad«

LA HACKER (novela en preparación, dos fragmentos)

GABRIEL RUIZ ORTEGA

UNO

        Nos despertamos ante el primer sonido, seco, como el de un objeto que acabara de caer sin desquebrajarse. Carla y yo nos levantamos. El olor del mar ingresando por la ventana abierta. Cinco y media de la madrugada. El calor insoportable.
        Me coloqué un bóxer y caminé hasta la puerta. Antes de abrirla, Carla me abrazó por detrás. Siempre me gustó escucharla susurrar. La tibieza de su respiración en mi nuca:
        ―No es nuestro asunto.
        No niego que estuve a nada de hacerle caso. Mi mano en la cerradura, sin ejercer movimiento alguno. La punta de sus pezones rozando mi sudorosa espalda. Los pasos abandonaban la habitación 203.
        En realidad, Carla tenía razón: no era nuestro asunto.
        Volvimos a la cama. La punta de mi nariz refocilándose en su hombro, compacto y caliente, perdiéndose en la nuca y el cuello. Mirábamos sin mirar el paulatino cielo cambiante: el turquesa oscuro sucumbía ante la desmesurada intensidad de las estelas plomas y naranjas.
        Mi sexo tuvo hambre del sexo de Carla. Ella, cogiéndolo suavemente, rozando el glande, el escroto vibrante. Por largos que sean mis brazos, mis manos estaban lejos del mínimo contacto con sus muslos interiores.
        Ella abrió las piernas, me acomodé sobre ella. Tres dedos motivaron su rebeldía.

DOS

        Salí de la ducha. Rastros de agua potable en la piel. Sentía a Carla fastidiada, por ratos actuaba como si no existiera para ella. Además, desde hacía tres días nuestro tema de conversación giraba exclusivamente sobre Gina Santander.
        Carla prendió un Lucky Light. Estaba fresca y radiante, un polo amarillo manga cero, ceñido, que resaltaba la contundente generosidad de sus senos, un short negro que a las justas cubría los siete cardenales que había tatuado en sus muslos.
        No demoré en vestirme. Salimos de la habitación. El cielo despejado y el fuerte sol nos convertían en seres inexistentes. Ni siquiera terminamos de bajar las escaleras y ya sentíamos la tibia humedad en la piel. Carla le entregó las llaves a la recepcionista y le comunicó que estaríamos de regreso antes de las dos de la tarde.
        Sin embargo, nada se parecía a lo que habíamos estado deseando para nuestras vacaciones. Aunque no lo quisiéramos, no podíamos evitar levantar la mirada a las habitaciones del segundo piso, en especial a la del 203. La fuerza del viento hacía temblar las barandas de madera, ni los gatos podían dormir tranquilos en los rellanos. Al parecer, la recepcionista era la única empleada en el hospedaje Caballito de Totora.
        Estábamos por salir, con la intención de disfrutar del sol de Huanchaco. Sin embargo, nos cruzamos en la entrada con dos empleados del hospedaje, ambos recios y de estatura baja. Eran los responsables de las labores de mantenimiento. Detrás de ellos tres oficiales de la policía seguidos por un hombre esmirriado y bajo.
        Uno de los policías llevaba en la mano un maletín sucio, de cuero teñido de verde petróleo. No fue novedad entonces que Carla y yo pensáramos que la presencia de los policías estaba asociada con el sonido seco que llegamos a escuchar en la madrugada. Total, no era nuestro problema. Carla y yo nos retiramos del Caballito de totora.
        Quería cruzar lo antes posible la carretera y meterme en el mar. Sin embargo, en el segundo cruce, Carla me pidió que me adelantara.  Había olvidado su bloqueador. A nada estuve de mandarle a la mierda, su propensión al olvido era lo que definitivamente más me enfurecía de ella: no era la primera vez que lo hacía, tampoco sería la última… Te espero cerca del muelle, le dije. Crucé, volteé y contemplé la cuidada silueta de quien entonces consideraba mi mujer.
        Mis pies hundiéndose en la arena. Prendí un Pall Mall rojo y avancé lentamente hasta el muelle. Había pocas personas en la playa, como en toda temporada baja.
        No sé cuánto tiempo me quedé tomando fotos debajo del muelle. Carla demoraba y ya empezaba a putamadrear en voz baja. No lo pensé dos veces y regresé al Caballito de Totora, desanimado.
        Algo extraño parecía ocurrir en el hospedaje. Y, efectivamente, algo extraño estaba ocurriendo. Carla discutía con la recepcionista y uno de los encargados del mantenimiento. Era inconfundible su voz cuando comenzaba a elevar el tono. La esencia de su carácter en los agudos. No era, pues, una mujer que pasara desapercibida; no podía concebir la vida sin destilar ego, según ella lo hacía involuntariamente.
        ―Los huéspedes del segundo piso serán reubicados―me dijo Carla. Su forzada sonrisa para amainar la cólera que reprimía.
        Me acerqué a la escalera. Las cintas amarillas impedían el libre tránsito por el segundo piso. Dos oficiales de policía no se movían de la puerta de la habitación 203, ocupada por Gina Santander y Sandra Otero.
        Carla me cogió fuerte del brazo. El rostro apagado y los ojos rojos. Intuíamos lo que pudo haber acaecido en la habitación que ocuparon Gina y Sandra. Quedamos casi cinco minutos en completo silencio.

        No, no era el inesperado aroma pútrido del mar. El aroma del mar es peculiar, pero no te causa asco. Carla me abrazó fuerte, no había más que intuir. Sabíamos lo que había pasado con Sofía. Ella era el sonido seco que nos despertó en la madrugada.
        ―Qué pena. Era una buena persona. Cerda de mierda―dijo Carla.
        No pensé en Sofía. Total, ella había terminado tal y como trataba a Gina.
        ―No es nuestro problema. Recogeremos nuestras cosas. Nos iremos a otro lado. Aún puedo hacer uso de la reservación en…
        ―No, no. Ya te dije. Esa hija de puta me ha dicho que nos tenemos que quedar.
        ―¿Cómo? ―pregunté.
        ―Es lo que le dijo el fiscal.
        ―¿Fiscal?
        La dejé sentada en una perezosa a pocos metros de la piscina, le encendí un Lucky. El viento ligero del mar removía su cabello, la enhiesta sombra de la palmera la protegía del sol.
        ―No te vayas―le dije en son de broma, como para disipar su molestia. Ella cerró los ojos. Una suave bocanada de humo en mi cara.
        Regresé donde la recepcionista. Percibía una soterrada tensión en los tres empleados del hospedaje, como si estuvieran esperando alguna orden desagradable e inevitable. Por su parte, los efectivos policiales hablaban entre ellos y caminaban sin dirección, tenían que sentirse útiles.
        ―Me han dicho que tenemos que quedarnos―musité.
        La recepcionista se puso de pie. Me pidió que la siguiera, llegamos al pie de la escalera y señaló hacia el rellano.
        ―Ese señor, Wilfredo Camargo, fiscal de Huanchaco, me ha pedido que se los comunique. Aparte de las chicas del 203, ustedes eran los únicos huéspedes.
        Levanté la mirada. Lo reconocí, era el mismo tipo que había visto entrar al hospedaje, detrás de los tres policías, cuando Carla y yo nos dirigíamos a la playa hacía no más de una hora. Me observó con altanería. Quise provocarlo, pero no me atreví; la memoria salvaje me decía que en algún momento y lugar había visto a aquel hombrecito. Salí del hospedaje.
        Volví a cruzar la carretera. Caminé en la arena hasta la orilla. El primer día que llegamos, un borrachín poeta trujillano, que según él me admiraba,  me había regalado una generosa bolsita de hierba.
        El olor cannábico y el mar. No sé por qué, pero sentía a Gina Santander junto a mí, como si con sus ciento veinte kilos me estuviera protegiendo.
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