ENRIQUE VILA-MATAS TEXTOS de VILA-MATAS 
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Marcel Duchamp



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PARA ACABAR CON LOS NÚMEROS REDONDOS

Dentro de unos meses cumpliré 50 años. No me molestaría cumplirlos de no ser por ese odio inmenso que siento por los números redondos. No los puedo soportar. Me irrita de ellos, sobre todo, su injustificado y absurdo prestigio. No veo por qué el número 100 tiene más relevancia que el 101, por ejemplo. El origen de mi odio inmenso a los números redondos es posible que se encuentre en esos aburridos monográficos de los suplementos literarios dedicados -de vez en cuando y muchas veces sin previo aviso- a celebrar con números redondos aniversarios de literatos. Soy un fanático de los suplementos literarios porque suelo encontrar en ellos referencias o escritos inéditos sobre mis autores preferidos. Pero la moda de celebrar en esos suplementos los 20, 50, 100, 500 aniversarios del nacimiento o muerte de un literato normalmente logra sacarme de quicio, porque arruina -casi siempre la figura conmemorada que ocupa de repente todo el suplemento no es santo de mi devoción- mis expectativas de leer frases nuevas sobre mis escritores favoritos. Y es que por una figura conmemorada que me interesa suele haber unas 27 que me aburren profundamente y que, encima, me impiden leer nuevas ocurrencias sobre las figuras literarias que realmente me interesan.

Es muy probable que se encuentre en esos monográficos criminales el origen de mi odio hacia el absurdo prestigio de los números redondos. Esa aversión, ese odio terrible empecé yo a manifestarlo -al principio de un modo totalmente inconsciente- un domingo 3 de septiembre de 1995. Me acuerdo muy bien de ese día. Yo llevaba unas semanas escribiendo una columna dominical para el periódico Diario 16 de Madrid. Hasta ese día la columna no había hecho más que crearme problemas y hacerme pasar muy malos ratos, porque creía que era mi obligación ocuparme en ella de temas candentes de la crispada vida política española. Sin darme cuenta, esa creencia no hacía más que llevarme a escribir cada semana peor la maldita columna de opinión. Cuando comprendí que era mejor que me olvidara de la política, me refugié con la crítica ácida y violenta de los programas de televisión. Eso me llevó a escribir todavía peor la columna. Fue doloroso el día en que me di cuenta de lo bajo que había caído. Fue una tarde de lluvia en Barcelona. Estaba leyendo un libro de citas de escritores famosos cuando di con ésta: “El último recurso del columnista es comentar la televisión”.

Por poco me muero de vergüenza. Me tapé la cara con las manos, me pareció que afuera empezaba a llover con mayor intensidad. Me sentí el columnista más ridículo del mundo y pensé que esa sensación ya no me abandonaría nunca. Pero el primer día de septiembre de 1995, mientas me preguntaba de qué hablaría en mi columna del día 3 de aquel mes, me llegó providencialmente la idea de literaturizar -aunque sólo fuera por un domingo- aquella columna que tanto me atormentaba y que me hacía sentir, además, terriblemente mal.

Se me ocurrió entonces de pronto celebrar el 99 aniversario del nacimiento de Antonin Artaud. Y de pronto, por primera vez en mi vida, fui feliz escribiendo la maldita columna: “mañana Antonin Artaud hubiera cumplido 99 años”. Sin saberlo, al redactar esta primera frase de la columna, acababa de poner en marcha un libro, el libro que el lector tiene en sus manos. Fue tanta la felicidad que a la semana siguiente, a la hora de redactar la nueva columna, decidí repetir la fórmula de la semana anterior, y nada mejor se me ocurrió que celebrar para el 10 de septiembre -con un día de retraso- el 87 aniversario de Cesare Pavese. En las semanas siguientes seguí aferrado a la fórmula y fueron cayendo aniversarios sin números redondos de otros escritores: Joseph Roth, John Donne, Graham Greene, Samaniego, Katherine Mansfield…

En una fiesta en Barcelona se me acercó Ricardo Muñoz Suay y, cuando yo pensaba que iba a saludarme con las frases tópicas de rigor, me dijo con su proverbial humor negro: “¿Qué muerto celebramos el próximo domingo?”. Al principio no le entendí y es que todavía no era consciente de que mi actividad en la columna tenía cierto parentesco con las necrológicas que tanto apasionaban al periodista Pereira de la novela de Tabucchi. Creo que la inesperada frase de Muñoz Suay fue la que me hizo caer en la cuenta de la clase de columnista que yo era. Creo que esa frase me hizo ver también la estrecha relación que existía entre las columnas que últimamente estaba redactando, una relación que podía llevarme incluso a pensar que las columnas no eran papel mojado sino más bien textos que podían formar parte de un posible libro futuro. Un domingo 26 de noviembre de 1995, el día en que me ocupé del 80 aniversario de nacimiento de Roland Barthes, hice que apareciera -como si hubiera sido escrita por la redacción del periódico- una entradilla antes de la columna. En ella podía leerse: “Desde hace 11 semanas, en su columna habitual de este periódico, Enrique Vila-Matas se dedica a celebrar aniversarios de nacimientos de escritores, aniversarios poco ortodoxos, ya que las cifras nunca coinciden con números redondos. El péndulo caótico podría ser el título secreto de esta columna dominical, el título también de un posible futuro libro, siempre y cuando Vila-Matas, tal como se ha propuesto, alcance un mínimo de 52 columnas, 52 semanas, un año completo que algún día celebraremos todos”.

En los domingos que siguieron fueron cayendo nuevos aniversarios poco ortodoxos de diferentes escritores: Pedro Salinas, Joseph Conrad, Gustave Flaubert, Ítalo Svevo… Entre tanto, Diario 16 entró en una crisis económica galopante y dejaron de pagar a sus colaboradores. Muchos de ellos abandonaron el barco, pero yo continué en él, porque deseaba seguir, domingo tras domingo, redactando mi libro. Pronto para mí el problema -poco grave- ya no fue el cobrar la columna sino la preocupante amenaza de cierre del periódico, un cierre que podría dar al traste con mi idea de llegar a las 52 columnas, y entonces sí poder despedirme.

Siempre bajo la amenaza del cierre inmediato del periódico alcancé heroicamente la semana 40 y, al ocuparme de Sade, recordé en la columna mi condición de masoquista, puesto que llevaba meses sin cobrar y era el único columnista que permanecía en su puesto: “Ya no sé por qué sigo en esta columna no cobrando desde hace tiempo. Ya no sé ni la fecha de mi nacimiento. He perdido toda memoria de la columna y de mi pensamiento…”. Por increíble que parezca estas frases aparecieron en el periódico sin que nadie las censurara, lo que me corroboró la idea de que el director -que no se dignaba llamarme para al menos agradecerme mi heroica negativa a abandonar un barco que habían dejado ya todos los columnistas- no me leía. En realidad, leerme ya casi nadie me leía, porque el periódico había bajado escandalosamente las ventas.

Llegó un domingo 23 de junio del 96, en el que me ocupé de Lichtenberg, y lo hice con la moral ya muy baja, pues resulta muy penoso escribir para un periódico sabiendo que nunca te pagarán y que, además, nadie va a leerte. Mi actividad de columnista se había convertido en una práctica kafkiana del periodismo. Llegaba el verano y, teniendo previsto un viaje de vacaciones y encontrándome ya muy desalentado, abandoné a nueve semanas del final del libro mi actividad kafkiana, tiré la toalla, abandoné el buque fantasma. Justo un año y seis días después, un 29 de junio de 1997, decidí regresar a mi actividad kafkiana y -con destino exclusivo a este libro que el lector tiene en sus manos- completar mi santoral de escritores. Me ocupé del aniversario de nacimiento de Robert Walser. Una semana después, el 6 de julio de 1997, hice lo mismo con Ramón Gómez de la Serna, al que un domingo después siguió Bruno Schulz, y así hasta llegar al domingo 24 de agosto, en el que, ocupándome de Borges, llegué a la semana 52 y terminé este libro que se propone acabar con los números redondos.

[Prólogo de V-M a Para acabar con los números redondos
Enrique Vila-Matas. Pre-Textos, Valencia, 1997]


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