ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Todo está en Dublinesca




Todo está en Dublinesca




* Juan Antonio González Fuentes, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Cantabria, compatibiliza su faceta de poeta (La lengua ciega en DVD ediciones) y articulista en diversos medios (El Mundo, Ojos de Papel, entre otros), con la de profesor en el centro universitario Cesine, donde imparte las asignaturas de Historia y Documentación.
“TODO ESTÁ EN DUBLINESCA
(VILA-MATAS, JOYCE, ELIOT Y LARKIN EN SANTANDER)

JUAN ANTONIO GONZÁLEZ FUENTES *

En una noche de 1904, en Dublín, Joyce se acercó a una mujer que estaba acompañada por un soldado, sin que el escritor lo advirtiese. El militar golpeó con dureza a Joyce dejándolo tendido en el suelo, de donde fue ayudado a levantarse e ir hacia su casa por un judío conocido en la ciudad gracias a las continuas infidelidades de su mujer. Joyce, al reflexionar más tarde sobre el episodio, descubrió en él una mezcla grotesca de dos mitos de la cultura clásica: Ulises retorna al hogar ayudado por el Judío errante, esposo de una desleal Penélope.

La idea comenzó a desarrollarse en 1906 como otro de los trabajos destinados a formar parte de Dublineses, pero una vez enfrascado Joyce en la tarea, el relato tomó unas proporciones mayores y más ambiciosas de las que en un principio había esperado, encontrándose así ante lo que con el tiempo se convertiría en su opus magnum, el Ulises.

Joyce terminó la novela en 1920 en París, ciudad a la que había viajado desde Trieste, una vez finalizada la Gran Guerra, aceptando una invitación de Ezra Pound, a quien conocía desde 1912, cuando éste, además de solicitarle unos poemas para una antología, había conseguido que se comenzase a publicar en la revista The Egoist, la parte ya conclusa del Retrato del artista adolescente. También fue en París donde por primera vez se publicó la obra, aunque con dos años de retraso respecto a su finalización, debido, principalmente, a las constantes correcciones y añadidos que sobre el original un Joyce medio ciego realizaba sin descanso. El primer ejemplar impreso del Ulises lo recibió el escritor irlandés como regalo el día en que cumplió los cuarenta años.

Un año antes, en 1921, Eliot, después de ser psicoanalizado en Lausanne, y siguiendo el ejemplo de Joyce, marchó a París para encontrarse con Pound, al que había conocido en Londres en circunstancias nunca bien precisadas.

En París, Eliot hizo entrega de un número no muy elevado de folios manuscritos a Pound, quien efectuó sobre ellos una importante serie de correcciones y cortes, y colaboró en la reelaboración conceptual de la obra. En 1922 apareció en la revista The Criterion, fundada con anterioridad por el propio Eliot, The waste land (Tierra baldía), considerado hoy por buena parte de la crítica como el más decisivo e influyente poema del siglo XX.

Ulises y The waste land, son dos piedras angulares de la más influyente escritura del pasado siglo. Las dos publicadas en el mismo año en inglés, las dos escritas por dos exiliados de sus países y de sí mismos, las dos con París como escenario al fondo, las dos intervenidas de alguna manera por Ezra Pound, otro poeta, y otro poeta exiliado. Ulises y The waste land, dos cimas alcanzadas dentro de la galaxia Gutenberg, galaxia por la que Samuel Riba, el editor que protagoniza la última obra de Vila-Matas, Dublinesca, organiza junto a tres amigos una especie de Réquiem, de misa de difuntos, en un cementerio de Dublín el 16 de junio de 2008, el Bloomsday que conmemora anualmente el Ulises de Joyce.

Uno de los principios esenciales del arte poética del Ulises quedó definido por Eliot en su trabajo “Ulysses, order and myth”, publicado en la revista The Dial en noviembre de 1923: “Utilizar mitos y formas del pasado –escribe Eliot- para dar estructura al caos del presente, preparando así la superación de éste, de cambio a algún orden o creencia vagamente soñados o añorados”. En su ensayo, Eliot venía a afirmar que la aplicación del mito clásico al caos moderno era un modo de procurar forma y significación al inmenso panorama de futilidad y anarquía que era la historia contemporánea; además, aseguraba que la implantación en el campo de la literatura de este principio básico era tan importante como el de la relatividad de Einstein en el de la Física.

Mucho de esto, creo, hay en Dublinesca. Vila-Matas, en mi opinión, utiliza el mito ya clásico del Ulises de Joyce, mito surgido de uno de los mitos clásicos por antonomasia, para construir un cuadro, un escenario, una secuencia cinematográfica, una partitura…, un maravilloso artefacto literario que viene a plasmar un “estado de la cuestión”. ¿Qué cuestión?  La nuestra, nuestra cuestión hoy y en nuestro tiempo, nuestra contemporaneidad futil y anárquica, el desaliento muy parecido y completamente diferente al que plasmó Joyce en su Ulises hace ya casi un siglo.

La galaxia Gutenberg que está despidiéndose en estos mismos momentos y con ella quizá la litertura, la galaxia digital sobre la que cae casi a partes iguales el escepticismo y el entusiasmo, la ausencia de verdaderos genios en el mundo de la creación artística tras la II Gran Guerra, el enigma del lector, de los lectores, la desaparición de los editores, la muerte del autor, una tras otra las épocas que se superponen a la nuestra dejándola sin aire e insuflándola perentoriedad, el fin de la palabra, del lenguaje, el juicio final, la vejez, la muerte que acecha sosegada…, muchos de los asuntos clave de nuestro tiempo pululan por las páginas de Dublinesca como fantasmas, como una niebla más allá de una modernidad ya sin género: novela, poema en prosa, libro de amigos, autobiografía, ensayo cultural…, todo está en Dublinesca, en la escritura de Vila-Matas. He dicho fantasmas, sí, fantasmas. Los fantasmas que Vila-Matas coloca en distintas escenas de esta novela polifónica y compleja, y entre los que yo destacaría el fantasma de lo que uno pudo haber sido y no fue, ese personaje enigmático que convive con todos nosotros, y a quien Henry James dedicó un relato memorable, El rincón de la dicha, si no estoy muy confundido.

Hablando de la novela de Elisabeth Smart En Gran Central Station me senté y lloré, confesaba Enrique Vila-Matas en un reciente artículo que cuando le preguntan si es fácil distinguir una buena novela de otra que no lo es,  él explica que basta siempre con examinar la relación de la novela con las “altas ventanas” de la poesía. Las buenas novelas, dice nuestro autor, están en sutil conexión con la alta poesía. Dublinesca presenta esa sutil conexión con las altas ventanas de la poesía de Charles Simic, de Wallace Stevens, de Mark Strand, de John Ashbery, de Philip Larkin.

Un poema de este último poeta, Philip Larkin, le ha servido a Enrique Vila-Matas para dar título a su novela y para inspirarla, en cierta forma. No estará de más poner punto final a esta presentación leyendo el poema que Riba, el protagonista de Dublinesca, lee en el cementerio de Dublín en su particular réquiem por la “vieja gran puta de la literatura”:

Down stucco sidestreets,
Where light is pewter
And afternoon mist
Brings lights on in shops
Above race-guides and rosaries,
A funeral passes.

The hearse is ahead,
But after there follows
A troop of streetwalkers
In wide flowered hats,
Leg-of-mutton sleeves,
And ankle-length dresses.

There is an air of great friendliness,
As if they were honouring
One they were fond of;
Some caper a few steps,
Skirts held skilfully
(Someone claps time),

And of great sadness also.
As they wend away
A voice is heard singing
Of Kitty, or Katy,
As if the name meant once
All love, all beauty.

Por las callejuelas de estuco
donde la luz es de peltre
y en las tiendas la bruma obliga
a encender las luces sobre
rosarios y guías hípicas,
está pasando un funeral.

La carroza va delante,
pero detrás la acompaña
a pie una tropa de mujeres
con anchos sombreros floreados
vestidos hasta los tobillos
y manguitos de carnero.

Hay un aire de amistad
como si rindieran honra
a una que era muy querida;
algunas se alzan las faldas
diestramente y dan saltitos
(dos palmas marcan el tiempo);

y también de gran tristeza.
Mientras siguen su camino
se oye una voz que canta
para Kitty, o Katy, como
si el nombre hubiese albergado
todo el amor, toda la belleza.

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