ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Duchamp
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VILA-MATAS ALARGA LA VIDA

José Carlos Llop

LA MALETA DEL TIEMPO

JOSÉ CARLOS LLOP


Hace algunos años, el escritor Enrique Vila-Matas publicó un libro estupendo, titulado París no se acaba nunca. En él, Vila-Matas narraba sus años de juventud parisina, siendo inquilino de Marguerite Duras. Quiero decir que, como tantas veces ha contado el propio autor y tanto juego ha dado la anécdota a críticos y lectores, la chambre de bonne donde vivía, era propiedad de Marguerite Duras. Fue justamente a su regreso de París, cuando nos conocimos en Barcelona. 1976, si no recuerdo mal: yo tenía 20 años y él 28. Pensé en eso hace unos días, en Burdeos. Nos alojábamos en el mismo hotel y a la mañana de su llegada me contó que había encontrado una maleta cerrada en su habitación y que, de madrugada, alguien había intentado entrar en ella. En la habitación, claro, no en la maleta. La escena, me dijo, había sido inquietante: el ruido, la manecilla que giraba y una voz femenina a la que él respondió atemorizado que se dirigiera a recepción y hablara con el portero de noche, si era la maleta lo que buscaba. Al oír el relato, se me ocurrió llamar a Alicia Giménez-Bartlett –de una rapidez mental mayor que la de Hércules Poirot y mucho más divertida– que también se alojaba en el hotel, para que interpretara policialmente el caso, pero  Enrique pasó a hacer una interpretación literaria –es decir, en forma de cuento de amante que regresa después de una disputa  y él ya no está– y yo empecé a pensar en otra cosa, sin dejar de pensar en la misma.

Desde que llegué a Burdeos me persiguió el fantasma de Mauriac, que es un autor cercano sin haber vivido nunca en ninguna de sus propiedades. Distintas voces me habían hablado de Mauriac desde mi llegada a la ciudad, sin haberles yo preguntado nada. Mauriac forma parte de mi vida desde mi adolescencia pero he tenido que vivir en dos ocasiones en Burdeos –las dos este mismo año– para darme cuenta de ello. Por eso pensé que la voz femenina que había visitado a Vila-Matas esa madrugada, era la del fantasma de Marguerite Duras y aquella maleta, la metáfora de la maleta que Enrique había depositado en su chambre de bonne parisina a principios de los 70. El fantasma de Marguerite Duras sabía algo que la empujaba a reclamar una despedida, el olvido para siempre, el descanso de otras literaturas que no eran la suya. El fantasma de Marguerite Duras sabía que pocos días después –el martes, 21, concretamente– le imponían a Vila-Matas la medalla de Chevalier de La Legión de Honor en la embajada francesa en Madrid. Ahora regresaba en busca de su maleta; es decir, de su recuerdo, de su adiós y de su olvido.

No volvimos a hablar del episodio porque Enrique creyó que yo no le hacía demasiado caso y yo pensé que él ya estaba tramando un cuento destinado a su próxima conferencia, dietario o libro de relatos. Así somos los escritores y en los hoteles donde nos alojamos varios, siempre ocurren cosas raras. El domingo seguíamos en Burdeos –era nuestro día de regreso– y me llevé a Vila-Matas al marché aux puces de la ciudad, a los pies de la torre de Saint Michel. Allá nos fuimos, paseando junto al río, con Helena y Edmond Raillard, el traductor de mis novelas al francés (el de Enrique, André Gabastou, ya se había marchado). Paseamos entre los puestos de gitanos, chamarileros y ropavejeros –todo rastro guarda el eco de los mercados de la Antigüedad– y ahí, en una mesa llena de libros, encontré un ejemplar de Rue des boutiques obscures, la novela de Modiano –otro autor que me es muy cercano. Miré en su interior y comprobé que era la primera edición. Pedí el precio y el improvisado librero me dijo que ‘3 euros’. Pagué, contento, y continué mirando. A los pocos pasos encontré otra primera edición, ésta de Marguerite Duras, de su novela El Cónsul, germen de El amante. Llamé a Enrique para que la comprara, pero no quiso tocarla: no le gustan los libros de viejo y además, me dijo, prefería no llevar nada entre las manos. Entonces le hablé del acto de Madrid. Yo había recibido la invitación de la embajada tres semanas atrás, pero no estaba muy seguro de poder asistir. Él me dijo que pensaba hablar de India Song, la película de Marguerite Duras que yo vi en Barcelona por las fechas en que le conocí. India Song transcurre en otra embajada francesa y en ella hay un personaje femenino que traslada su maleta para alojarse en el edificio diplomático. En fin: la maleta de la habitación, la misteriosa visita femenina, el ejemplar de El Cónsul, India Song y la amante abandonada por su amante. Fue en ese momento en que caí en la cuenta de que el acto en la legación diplomática francesa no era más que la despedida entre MD y EVM, tantos años después. Y el premio a la fidelidad cumplida: a sí mismo, a su propio tiempo y a una manera de entender la vida y la literatura, esas dos cosas que tantas veces son la misma. Todo eso que cabe en una maleta perdida en la habitación de un hotel extranjero. 
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