ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Marlon Brando
Marlon Brando




Daniel Sada y V-M frente al Roger Smith Hotel
Daniel Sada y V-M frente al
Roger Smith Hotel



RESCOLDO

Daniel Sada

EL VIAJERO MÁS LENTO

DANIEL SADA


El concepto “literatura portátil” que Enrique Vila-Matas le ha endilgado a su obra -vía sus lecturas, vía sus comentarios- no es una impostura superflua. Tras este concepto deliberadamente antisolemne o, si se quiere, impertinente, se esconde una conducta radical que exige hacer de la literatura algo tan ligero y trasladable como un maletín, así como detectar (con ojo clínico) cuales son las obras literarias que resultan insoportables, aquellas que no son siquiera objeto de simulacros lúdicos y que, por tanto, son indignas de transporte. Sin embargo, todavía hace falta otro requisito: el escritor debe ser un conspirador, un espíritu shandy ¿portátil? en continua trasgresión, cuyas características bien podrían ser las siguientes: sexualidad extrema, afán innovador, ausencia de grandes propósitos, insolencia, tensa vivencia con el doble, simpatía por la negritud y nomadismo infatigable.
Visto así, el edificio está plagado de soportes. Quizá todavía le hagan falta algunas cuñas para darle mayor firmeza. Los pruritos no son, en efecto, consignas irrenunciables, sino tentativas que fortalecen la actividad librepensadora. Pero al margen de la serie indeterminada de premisas que el autor pretende imponerle al lector, hay otras posibilidades de acceso. No es difícil suponer el acto conspiratorio como una acción desprejuiciada, puesto que eludir la máscara adusta obliga a un ejercicio lúcido mucho más acucioso. Tampoco es difícil olvidar por un momento el sistema mediante el cual el desparpajo o el inevitable gracejo siempre saldrán a flote. Queda, entonces, la simple espontaneidad, el curso de una pasión, o el curioso desvío que a partir de una lectura minimice un asunto y lo haga colindar con otro, tal vez inadvertido; y ello de manera natural, por asociación lógica, más allá o más acá de las conspiraciones.

Se agradece, de antemano, que Vila-Matas se valga de un tono antisolemne para explorar en ciertas miserias de la cultura. Dicho sea de paso, de esa cultura paradigmática, asaz deificada, que no admite discusión. Pero justo es ahí donde las etiquetas son innecesarias. La consigna portátil, tomada a capricho del boîte - en - valise de Marcel Duchamp, que contenía reproducciones en miniatura de todas sus obras, no es por definición el único símbolo del shandysmo. Haría falta hacer otras regresiones menos sistemáticas, acordes, claro está, con la chifladura y la volubilidad; algo que permitiera ver, sin anecdotarios de por medio, la estrategia del juego. A cambio cabe hacer énfasis en una condición mucho más tajante: Vila-Matas, al igual que el legendario Laurence Sterne, provoca al lector al soslayar, mediante guiños, que en materia literaria esencialmente todo esta dicho. Ya en el siglo X el bizantino Suidas, en su Diccionario sobre literatura y hechos históricos, había sentenciado algo similar al arguir que el futuro del arte sería un ejercicio incesante de repetición sobre lo ya dicho y experimentado. Desde entonces a la fecha no son pocos los escritores que han llegado a esta conclusión. Si aceptamos tal razonamiento como principio de verdad, todos los autores se presentarían como exegetas, antes que asumirse descaradamente como creadores. Para Vila-Matas este concepto es indiscernible, pero también advierte que a partir de la exégesis abundan los resquicios, las tramas escurridizas, los resúmenes equívocos, todos esos recovecos donde los estatutos del saber se rompen en la medida que los dilemas se reconstruyen.

Si en literatura no hay nada nuevo, salvo lo que se ha olvidado, no está mal que de cuando en cuando -como sostiene André Gide en su Diario- se repitan las mismas historias y se entronice el lugar común, a la sazón legítima fuente de sabiduría; esto obedece a que por regla general la gente carece de memoria histórica, ya no digamos literaria. Sea lo que sea los desvíos son irresistibles. Pero ante el peso de la historia, el exégeta monta un teatro íntimo en el que es necesario ser un agudo observador, un lector lúcido capaz de sopesar las referencias, restringiendo, sin excesiva formalidad, las antinomias de la cultura. En esta plataforma se ubica Enrique Vila-Matas. No en balde sus personajes son escritores, amigos distantes o cercanos, y gente relacionada con el mundo del arte, a quienes rinde pequeños homenajes entresacando de su biografía algún rasgo llamativo.

En El viajero más lento la deliberada fragilidad de la visión se compensa con el dibujo impertinente que Vila-Matas hace de sus creaturas. Se  reconoce en ellas porque se acepta como un incorregible degustador voluble. En cierta medida, convive con ellas lo necesario para reinventarlas, las saca de su caja portátil a sabiendas que son personajes fugaces, sin destino aparente, cuya permanencia en el escenario se diluye entre luces y sombras. Hay en el autor catalán un arte de la conjetura en el que no tienen cabida la repulsión ni la indiferencia. Enfrentar lo hostil con simpatía y lo identificable con reservas es tan parecido a la inocencia que se requiere para abordar una lectura. Todo es tangible y, por lo mismo, prescindible. El carácter del viajero se sustenta en los afectos aun cuando se trate de una emoción premeditada. Su memoria, de cualquier manera, es devota; ama a distancia, acaso porque el recuerdo multiplica las imágenes y alegoriza las sensaciones. También existe la posibilidad del viaje, ese decurso mental, elaborado de antemano, que consuela siempre porque lleva implícita la idea de un retorno inminente.

Sin el menor asomo de éxtasis, se articula en Vila-Matas una capacidad de admiración y de abandono sólo equiparables con el deseo por conocer la substancia de cada asunto, persona o lugar. De esta manera lo accesorio se amplifica hasta desvirtuarse. Dicho así, no es arriesgado afirmar que para él la lectura, antes que ser un acto narcisista, es una travesía donde la experiencia en directo (o “la Filosofía de la Necesidad”, como lo establece Tristram Shandy) adquiera más peso que cualquier análisis a fondo. De nada sirve un viaje si se es tímido ante lo ajeno, si se tiene la sensación inconfesada de que, pase lo que pase, siempre se hace el ridículo. En la lectura ¿podría pasar lo mismo? Tal vez, pero a condición de que el tedio (valor inmemorial) no nos vuelva autómatas del gusto. La sistemática inclinación hacia lo Serio y lo Solemne hace del exégeta, por regla general, un ser triste. Y siendo que la tristeza es harto egocéntrica, el humor se convierte en repulsa, o quizá en un estado de ánimo inalcanzable. Al respecto, Vila-Matas se adelanta y ya desde el prólogo del libro establece la ironía excéntrica. Anuncia el recorrido haciendo a un lado las suspicacias del lector. Exhibe el juego pero lo rarifica a expensas de una postura veleidosa. Sabe que no habrá encantamiento sino insolencia, hartazgo, confrontación, de tal modo que el armatoste en cualquier  momento puede resquebrajarse.

El viaje plantea innumerables desviaciones porque en el abundan los puntos intermedios. Es posible que haya retrocesos y francos arrepentimientos. Las temáticas son tan disímiles que incluso el autor las considera como “episodios anormales”.
Así, hace una larga crónica de una “gira artística” por Alemania, país en el que realizó diez lecturas heroicas, en diferentes ciudades, ante públicos a los que les costaba mucho trabajo reírse; de igual modo emprende un viaje sentimental por el barrio en el que ha transcurrido toda su vida, sólo para enterarse de que ha sido una especie de fantasma solitario, deseoso de vivir como un ser común y corriente. Recupera un fragmento de un diario abandonado para referirse a la figura de Valéry Larbaud, que siempre elogió la LENTITUD, como método oculto de sabiduría; elabora, a capricho, un Bioynventario, manipulando la utilería fantástica mas recurrente del escritor argentino; se venga del escritor al que mas veces ha releído: Oscar Wilde, al intitular su narración “La importancia de no llamarse Ernesto”; resalta las figuras de Gombrowicz, Pessoa y Nabokov, con quienes tienes deudas, así como Celine, ese original cascarrabias que escribió para nadie, tan vilipendiado por propios y extraños, que influyó, a contracorriente, en escritores como Sartre, Burroughs y Miller, tal vez porque quiso desembarazarse de los corsés literarios que imperaban en su tiempo; incluye dos entrevistas: una a Salvador Dalí sobre “El mito trágico del Angelus de Millet”, la otra es una entrevista apócrifa a Marlon Brando, donde el actor, un tanto acorralado por las preguntas, declara su odio a los hippies, porque son como los héroes del cine mudo, además de confesar el miedo inveterado a su padre; menciona las experiencias desagradables que tuvo Chandler al intentar escribir guiones para el cine, bastó una rabieta y una frase de mas para acabar con todo: “Los guiones buenos y originales son casi tan raros en Hollywood como las vírgenes”; a veces se vuelca contra sí mismo, aunque lo hace con suave ironía. Abundan en el libro falacias y alivios momentáneos que pudieron convertirse en verdades incuestionables. Denodadamente Vila-Matas busca la conversación insidiosa que lo introduzca al mundo de un personaje desconocido, la búsqueda del doble es maníaca, así como el recuerdo de algunos amigos a quienes será imposible volver a ver. El eco de las charlas de café que se repiten anos después, con otros giros. Las travesías en las que estuvo a punto de morir, o al menos ser golpeado. Los recuerdos inútiles que de repente, y dependiendo del estado de ánimo, cobran una fuerza inusitada.

La ligereza de estas narraciones no permite cimas ni abismos demasiado visibles. Se experimenta a lo largo del libro un solaz cambiante que desembaraza de prejuicios. El viaje es lento como un reloj silencioso donde es posible saber, si nos lo proponemos, que el tiempo es una impostura, un artificio más de la imaginación.

Vuelta, número 198, mayo de 1993
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