Toteking: Gansbaai hooligan
ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Salto inglés del bañista con ballena
Salto inglés del bañista con ballena






Toteking unos minutos antes
Toteking unos minutos antes






Sudáfrica
Sudáfrica





Elizabeth Costello
Elizabeth Costello






Gansbaai
Gansbaai






Casas de Gansbaai
Casas de Gansbaai






La costa próxima a Gansbaai
La costa próxima a Gansbaai






Mártires del Compás
Mártires del Compás






Atardecer sudafricano
Atardecer sudafricano






GANSBAAI HOOLIGAN

TOTEKING

Me voy a Gansbaai, voy a bañarme con el tiburón blanco dentro de una jaula.

Me llevo Doctor Pasavento de Vila-Matas, Elizabeth Costello de Coetzee y el Flamenco Billy de Mártires del compás.

Gansbaai es un trozo de tierra con tres bares, dos supermercados y una colección de casas de lujo alzadas sobre los acantilados por medio de un sistema de vigas enormes y flexibles.

Mi plan era sencillo: Iba a comerme un paquete de "Chilli's Beefsticks" muy populares en la zona, acompañados de una cerveza local bastante buena. E iba a leer a Coetzee y a Enrique mientras veía ballenas, focas, pingüinos y tiburones pasando a escasos metros de un banco que seleccioné nada más llegar, y que no abandoné en toda la semana que estuve allí.

Gansbaai vive de la excursión del tiburón blanco, habrá cincuenta capitanes en la zona y barcos de todos los tamaños. Hay barcos con asientos tan cómodos como los del Ave en Preferente, y hay barcos como el mío.

Contraté dos días de avistamiento, la excursión duraba unas cinco horas, tres que perdías metiéndote mar adentro y volviendo luego a la costa, y dos ya en alta mar que se dedicaban a disfrutar del magnífico pez desde la seguridad de tu jaula.

Me alojo en la Roundhouse, un bed and breakfast que tiene una cama perfecta y un desayuno inglés que sé perfectamente que va a pasarse por el forro de los huevos mi Omeprazol de 40 mg, aún así me lo zampo entero, braveheart baby!

Con el estómago en llamas me voy caminando al puerto, el viento sopla como el peor levante Tarifeño, y la temperatura será de unos once grados. A mi lado caminan daneses, suecos, noruegos, tres o cuatro americanos y una pareja de guardias civiles de Toledo que rápidamente distingo por sus grandes risotadas, sus histriónicos gestos y sobre todo por ir iguales de abrigados que yo.

Me pongo a charlar con ellos y desconecto rápido, asiento con la cabeza a todo lo que dicen, pero por dentro estoy pensando que entre tanto rubio desabrigado, los dos toledanos y yo nos parecemos a Ibn Fadlan cuando escribió las crónicas de los vikingos del Volga.

También recuerdo la adaptación al cine de esta obra, que se llamó El guerrero número 13, con Antonio Banderas haciendo de Fadlan y un guión grotesco que mezclaba elementos épicos de Beowulf con algo de las crónicas de Fadlan y Conan el bárbaro.

Ya en el puerto, una hilera de bungalows como fichas de dominó se esparce hasta el extremo del rompeolas. Treinta cabañas y treinta barcos listos para zarpar en frente. Los capitanes fuman fuera sin parar mientras charlan con los marineros encargados de tirar la carnada, nosotros entramos en las cabañitas, van a darnos una charla.

Esta charla básicamente viene a insistir en una cosa: No saques las manos de la jaula. El bicho de seis metros que vamos a ver en las inclementes aguas de Sudáfrica no es ni tonto ni lento, y pese a su gran tamaño es capaz de darse la vuelta y arrancarte la mano si intentas hacerte el valiente y tocarle la cola.

Escucho sorprendido como me dicen que el tiburón puede ser tan inteligente como un pastor alemán, y que incluso sacará la cabeza del agua para mirar al barco cuando lleguemos a su territorio.

Me como dos pastillas de Biodramina para el mareo que amablemente me ofrecen y me doy un último paseíto por el bungalow para mirar unos cuadros que exhiben fotos de celebrities que han hecho la excursión. Están Jude Law, Cameron Díaz y Brad Pitt.

Me dicen que Brad Pitt es dueño de una de las casas más bonitas de la zona, esa con paredes transparentes que se distingue fácilmente desde la playa.

La hora y media de barco fue una putada de dimensiones olímpicas, veinticinco personas hacinadas en un espacio parecido al autobús C1 en Sevilla cuando va lleno de camino al Prado.

Me agarro al pasamanos del camarote (parece realmente un autobús) y me repito una y otra vez " No vomites Tote, respira, respira".

Pasan cuarenta minutos y escucho vomitar a la primera persona, risas del capitán, murmullos de los pasajeros. Se anima un segundo chico y nos enseña el desayuno también, y ya no sé si el olor que me invade es del vómito, de la carnada que está tirando por la borda el ayudante del capitán, o una mezcla de todo eso con el sudor de un grupo que está desesperado por llegar.

El capitán fuma impasible bajo su gorra destrozada que parece llevar quince años seguidos incrustada en su cabeza. He visto esnobs del Primavera Sound comprar imitaciones de gorras así, de esas que parecen rotas.

El mareo me vuelve fuerte, paro de pensar y me concentro en respirar, si vomito estaré perdido, añadiré otra derrota a mi colección de vergüenzas y esta vendrá a flagelarme aleatoriamente cuando vuelva a Sevilla.

Temo que me vean vomitar, no temo al acto físico de hacerlo, sino a mi bucle de siempre.

No sé cómo pero lo he logrado, oigo que fondea el ancla, hemos llegado y mi desayuno y los Chilli's Beefsticks siguen en su sitio.

Subimos a la plataforma superior y escucho a una chica gritar Oh my godness!! Ya vienen, son 3 hembras, una de ellas gigante y llena de cicatrices en el morro, me quedo petrificado, parecen coches flotando en el agua, he visto elefantes y rinocerontes, pero no he visto nada igual a esto, este animal es especial.

Sonrío plenamente y siento que he cerrado el círculo: Primero el libro de Jacques Cousteau que me regaló mi padre con 10 años, luego mi queridísima película Tiburón que habré visto mil veces y que amaré hasta el fin de mis días, y hoy por fin, a mediados de un octubre frío y gris-azulino, tengo delante, aquí en Gansbaai a un gran tiburón blanco.

Nos dan los trajes de neopreno porque el agua está más fría que los ojos de Rafael Hernando, encuentro uno que me queda perfecto.

No tiene la misma suerte uno de los americanos de la talla de Michael Moore, que trata desesperadamente de enfundarse un traje hecho para alguien con treinta kilos menos. Gruñe y protesta, pero los sudafricanos de este barco no contaban con que viniera un gigante, así que no le queda más remedio que meterse en el neopreno hasta la cintura y anudarse la parte de arriba al estómago a modo de rebeca de estudiante de Derecho en Sevilla.

Vamos entrando a la jaula en tandas de cuatro personas, estoy loco por entrar y pido hacerlo el primero, el capitán accede y me meto corriendo con 3 vikingos que no sonríen ni cuando tienen delante semejante monstruo.

Me doy cuenta ahora de un detalle importante, no he parado de comer Chillis Beefsticks desde que he llegado, son tan adictivos como las pipas pero pican muchísimo, y al no estar acostumbrado me han dado una gingivitis de caballo.

Llevo desde ayer escupiendo sangre y con las encías inflamadas, así que cuando me meto en la jaula trato de acumular toda la sangre que puedo en la boca para escupirla en el agua a un metro de distancia del tiburón. Este se vuelve loco y embiste contra la jaula disparando la adrenalina del pasaje entero.

Tengo esto grabado en el DVD de la excursión que compré con gusto, es el segundo mayor tesoro de mi casa después de mi biblioteca.

La hora que pasé en el agua con los tiburones a intervalos de 20 min para evitar hipotermias ha sido una de las mejores que recuerdo.

El americano obeso le echó valor y se metió en la jaula con el neopreno hasta la mitad, cuando el agua le llegó al torso desnudo pegaba unos alaridos que daban mucho más miedo que los tiburones.

Cuando los animales se habían comido las quince cabezas de atún que permite por día la ley de Gansbaai, y los restos de la sangre de mis encías, el capitán hizo el numerito final agarrando por el morro a un tiburón, que ya cebado de carnada, le perdonó la vida. Levamos anclas y volvimos al puerto.

El resto de la semana fue de puro placer, repetí la excursión un segundo día donde vimos dos ejemplares más pequeños, y el resto del tiempo me dediqué a beber cerveza en mi banco, y a leer a Coetzee durante el día y a Enrique por la noche.

Vi la casa de Brad Pitt, estaba vacía y me imaginé viviendo allí todo el año, colocaría un escritorio frente a la pared transparente y podría escribir viendo el mar y las ballenas saltando (pude ver algunas hacerlo durante esos días) pero rápidamente abandoné la idea porque pese a lo mucho que me gustaron los tiburones y Gansbaai, no quería enfriarme en la nevera de su tedio.

Fui varios días a cenar al restaurante del pueblo, pero recuerdo uno especialmente. Fue el tercer o el cuarto día, entré y pedí carne y una botella de tinto, que disfruté como un señor bajo la atenta mirada de algunos de los chicos de la excursión, que ya pedían la cuenta para irse cuando a mí apenas empezaban a servirme. Uno de los camareros no le quitaba ojo a mis tatuajes.

La borrachera aventurera que disfrutas solo, cuando eres un extranjero no puede compararse con nada.

Como fui tarde, siguiendo los pésimos hábitos de cena española, el restaurante estaba cerrando cuando yo terminaba mi botella y el dueño se acercó a hablar conmigo para hacer tiempo mientras sus empleados recogían el bar.

Me preguntó si había tenido suerte en los avistamientos y le dije que sí, que había visto a tres. Me preguntó si había saludado a las ballenas, le contesté que cada día desde mi banco. Y finalmente me enseñó algo que me dejó tan marcado como haber visto al tiburón.

De un cajón de uno de los muebles del restaurante sacó unas fotografías y me mostró una donde se apreciaba a un chico dentro del mar en calzoncillos, tumbado sobre el lomo de una ballena y saludando hacia la cámara.

Me explicó que era un inglés que después de varias copas se había tirado entre las rocas (la playa no tenía arena, se llegaba al mar descendiendo por los acantilados) había alcanzado a una ballena, y esta le dejó descansar un rato sobre su espalda. Saqué el móvil y le hice una foto a la foto del dueño.

Creo que recurro más a esa foto que al DVD de la excursión cuando quiero acordarme de Gansbaai y sus tiburones.

El rostro de este chico acostado en el tremendo cetáceo parecía decir: "¿Qué pasa? Hago esto todos los días". El valor de su borrachera hooligan triunfando sobre los prodigios de la naturaleza. Un salto para mí imposible. Y la ballena tranquila, que probablemente dormía.

¿Será esto el verdadero salto inglés del que habla Enrique?


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