ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Suicidios ejemplares
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» Ana Rodríguez Fischer «

EL PASEANTE SHANDY

ANA RODRÍGUEZ FISCHER


“Cuando en febrero de 1996 fui invitado por Lluís Bassets y Agustí Fancelli a escribir crónicas urbanas, éstos probablemente no llegaron nunca a imaginar el gran favor que acababan de hacerme. Por aquellos días yo me sentía totalmente asfixiado por los muchos años que llevaba encerrado entre cuatro paredes, siempre moviéndome alrededor del mundo de la ficción. La invitación a escribir crónicas urbanas me abrió de pronto la posibilidad de salir a tomar el aire, charlar con la gente o espiarla y, en definitiva, entrar en contacto con la realidad.” Así irán surgiendo los relatos reunidos en la primera parte de este libro y agrupados bajo el título “Desde la ciudad nerviosa”, que Vila-Matas toma de Roberto Arlt -quien lo había aplicado a “las epilépticas civilizaciones de Londres, Leningrado, Berlín o París”- porque al escritor barcelonés le parece que su ciudad también tiene “una tendencia alarmante a sentirse eternamente insatisfecha de sí misma; es una ciudad muy activa, muy dinámica, pero enormemente mutante, no vive jamás en paz consigo misma, es la Madame Bovary de las ciudades de este mundo, ciudad muy nerviosa, donde nada dura, ni lo más reciente”.

Recuerdo la sorpresa al ir leyendo aquellas primeras crónicas y descubrir una faceta inédita del escritor: la del flaneur shandy que, en su alegre y voluble transeuntismo urbano, mostraba una extraña habilidad para -dicho en los términos futbolísticos que él mismo emplea- achicar espacios, fuesen éstos las esquinas de la ciudad, los ya casi inexistentes pasadizos aptos para montar un café en el que se cantaran baladas tristes, el absurdo de la gran plaza de los prodigios, una acera sonámbula y maldita que -en arrebatado remedo ramoniano- el autor recorrerá a la hora más intempestiva acompañándose de una simbólica luz de farol, “puesto que lo sombrío siempre me dijo más la verdad que lo soleado y deslumbrante”, o bien se tratase de la coloración submarina de los portales del Ensanche vistos desde el tranvía, cuando era niño.

Pero no sólo lo lejano, lo extraño, lo inexistente o lo extra-ordinario de la ciudad nerviosa queda apresado en estas páginas. Siguiendo los pasos de ese paseante feliz que fue Robert Walser y los del Perec que un día se entregó a “la tentativa de agotar un lugar parisino” -dos escritores que ocupan destacado lugar en su biblioteca oscura, la de uso personal-, Vila-Matas explora también lo infra-ordinario, sabedor de que lo significativo no siempre va aparejado a lo anormal. Y por eso, como proponía Walser, permitirá que “la proximidad se acerque con ternura”, e interrogará lo habitual para darnos esa otra línea de la vida que transcurre en escenarios casi anodinos de tan cotidianos y que quien los mira desde una perspectiva viciada descalifica y desdeña por parecerle banales, pero no así el que también quiere trazar una imagen de la ciudad como sucesión de momentos que se van yuxtaponiendo y sumando porque el propósito es “inventariarlo todo, incluso lo que pasa cuando aparentemente no pasa nada”. Es en esos espacios donde se producen los encuentros fortuitos, con personas o con objetos: esa agenda de la mujer doble, una crónica que encierra un relato que, de escribirse, daría sin duda una pieza de la más pura estirpe vila-matiana.

Porque todas estas crónicas van más allá del periodismo. Por eso empecé llamándolas relatos, para destacar su naturaleza literaria, en tanto en cuanto toda esta materia extraída de la realidad -que seguimos reconociendo en su fisicidad-, y a la que se da una forma y somete a un designio, nos llega desde una mirada y una voz muy singulares. Vila-Matas inventa un personaje -llamémosle cronista, paseante o voyeur- que desborda el escueto perfil del reportero y que por supuesto no coincide exactamente con el autor, aunque estas páginas destilen autobiografía por todas partes, pero a saber si los hechos son o no fingidos, y los recuerdos inventados o no, dado el movedizo perfil de un escritor que aquí se divierte practicando una refinada impostura (tema axial de su obra, desarrollado en la novela homónima de 1982).

Quienes fuimos leyendo estos textos según aparecían en la prensa e intercalábamos su lectura con la de las novelas que iba publicando el autor -Extraña forma de vida (1997), El viaje vertical (1999), Bartleby y compañía (2000)- pronto advertimos la fraternidad que había entre los distintos narradores. Precisamente en uno de aquellos primeros textos (publicado el 18 de abril de 1996) el Vila-Matas cronista se autopresentaba como espía de vidas ajenas, inmerso en la lectura de la novela de la calle, idea que vertebra Extraña forma de vida, protagonizada por un escritor realista, Cyrano, entregado desde hace años a la redacción de una trilogía, Perfiles desdichados, cuyos héroes serán los seres anodinos y grises que habitan un barrio de una ciudad cualquiera. Similares conexiones podrían establecerse entre algunos de estos textos y El viaje vertical, novela de la nueva vida de Federico Mayol, que, a sus setenta años, se ve obligado a romper con sus antiguas señas de identidad y ensaya ser otro. Es también la experiencia de la impostura y la extrañeza en un proceso de autoconocimiento realizado mediante un viaje.

Mas la ciudad propia puede redescubrirse desde la distancia -Chicago, Nueva York, Canyamel o las Azores-, y por eso hay que destacar las páginas de este libro en las que Vila- Matas vuelve a ser “el viajero más lento”, ese viajero que también merodea por el territorio de la literatura y se pasea por las obras de Monterroso, Pitol, Martínez de Pisón, Atxaga, Fogwill, Rossi, Aira, Millás, Gombrowicz o Marguerite Duras, su impar casera, a quien nunca olvidará y de cuya vida salió “como se sale de una frase”. Son este conjunto de artículos sobre literatura los que extienden y amplían los ya muy característicos “escritos shandys” -presentes en anteriores volúmenes de corte ensayístico-, en los que Vila-Matas se autorretrata como lector.

En tanto que escritor, Vila-Matas se autorretrata en su atelier en “Mastroianni-sur-Mer” y sobre todo en “Un tapiz que se dispara en muchas direcciones”, dos textos largos que ocupan secciones independientes dentro de esta gavilla de escritos Desde la ciudad nerviosa. El primero, que versa sobre las relaciones entre cine y literatura es, en su estructura y organización –“en la que mezclo la narración con la experiencia, los recuerdos de lecturas y la realidad traída al texto como tal”- una anticipación de Bartleby y compañía, de cuya génesis y elaboración nos habla en “Un tapiz”, texto híbrido y excéntrico, excelente muestra de ese mestizaje no sólo genérico que Vila-Matas viene practicando en sus libros últimos.

Justamente una anticipación bartlebiana la encontramos en Anatol, el escritor secreto y huidizo que decide desaparecer, suicidarse, en el relato “El arte de desaparecer”, del libro Suicidios ejemplares (1991) -reeditado ahora en formato “portátil”, de bolsillo, y cuya lectura no debería demorar quien aún no los conozca-, donde Vila-Matas reúne diez ficciones que hablan de diez maneras distintas de entender el mundo y, en consecuencia, de abandonarlo. Y habla desde un humor grave, terriblemente serio porque hay en todos estos relatos una propuesta moral y ética. Si en Bartleby buscaba iluminar las raíces del mal -el síndrome del No- su intención al emprender este otro viaje literario, nos dice Vila-Matas, fue “perder suicidios, perderlos todos”.

(ABC Cultural, 4 de noviembre de 2000, p. 23)
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