ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Opisso




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ENRIQUE EN EL COLLÈGE DE FRANCE.

JOAN DE SAGARRA


El 24 de marzo almorcé con Enrique Vila-Matas y mi nieta Agomar –una criatura de 16 años catalanopolaca–  en La Rotonde, en el bulevar Montparnasse. Era la segunda vez que coincidía con Enrique en París y la primera que almorzábamos juntos en aquella ciudad. Almorzar con Enrique en La Rotonde, frente a media docena de retratos (copias, claro está) de Modigliani y ver cómo se tomaba una sopa de cebolla –por la tarde tenía que dar una conferencia y estaba algo resfriado– mientras conversaba con Agomar sobre Sylvia Plath y François Truffaut, me produjo una sensación la mar de agradable, pero, al mismo tiempo, un tanto extraña. Porque a Enrique, en París, yo lo tengo asociado con otro bulevar, Saint-Germain-des-Prés, con la calle Saint-Benôit y aquella buhardilla que Marguerite Duras le alquiló en 1974 cuando Enrique era un joven de 26 años que, según le confesaría a Sergi Pàmies (El País, 18 de octubre del 2003), “aspiraba a ser Hemingway”; “un joven que viaja a París con la idea, más que de triunfar, de huir de Barcelona y sobrevivir”. Sí, se me hacía extraño almorzar con Enrique en La Rotonde, y por un momento pensé que lo más adecuado hubiese sido que nos fuéramos a almorzar en Chez Lipp, en Saint-Germain, y que antes nos hubiésemos tomado una copa en el Café de Flore. “Para mí –le decía Enrique a Sergi Pàmies– el Flore era el café de mi calle. Nunca más he vivido en un lugar así. Por otro lado, me parecía que para entrar allí tenías que ser digno de los escritores que te habían precedido. Era un café relacionado con el exilio intelectual latinoamericano. De Rubén Darío a Severo Sarduy. Yo, al entrar en el Flore, sentía que tenía que continuar esa tradición”.

Para mí, el Flore también fue mi café. Pero eso ocurrió mucho antes, en 1947, cuando Enrique todavía no había nacido. Entonces yo era un niño de nueve años que vivía en la calle du Bac y todos los días iba a tomar su naranjada con sus padres en el Café de Flore. No era, claro está, el café del exilio intelectual latinoamericano, pero sí había algo de exilio personal, que se me hacía más que soportable gracias a las patatas chips con que me regalaba Alberto Giacometti, y Joseph Kosma –el compositor de Les feuilles mortes– que me dejaba jugar con su pipa. Y la sonrisa cariñosa de Juliette Gréco.

Pero aún hay algo más que me hace asociar a Enrique con Saint-Germain-des-Prés. Y es que cuando yo le conocí, Enrique era un joven de 18 años que estudiaba periodismo y yo era un joven crítico teatral recién expulsado de El Correo Catalán por atreverme a plantar cara a don Antonio Martínez Tomás –el crítico de cine y teatro de La Vanguardia, al que, lo que son las cosas, luego había de sucederle en la crítica teatral–; un joven crítico teatral que hacía tres años que había regresado de París, y entretenía al joven Enrique contándole cosas de los escritores y artistas franceses que había conocido, y le hablaba del Flore, de las librerías, de los cines de arte y ensayo… Y cuando Enrique me llevó a almorzar a casa de sus padres, en la calle del Doctor Carulla, recuerdo que me puso un disco de Yves Montand – Sous le ciel de Paris s’envole une chanson…– y luego me dio a leer unos versos suyos…

Anteayer, Enrique Vila-Matas, el escritor que detesta los números redondos, cumplió 69 años. Ha pasado mucho tiempo desde que se fugó de Barcelona y se marchó a París para “sobrevivir” como un joven Hemingway. Hoy, en París, es monsieur Enrique Vila-Matas, el famoso escritor catalán –que escribe en castellano, me habla en catalán y nunca ha renunciado a su barcelonismo que hoy ejerce desde el barrio que él ha bautizado como del Coyote (véase su última novela Mac y su contratiempo); un escritor muy querido por los franceses y los parisinos en particular, que leen sus novelas y sus ensayos en francés, y los artículos que Enrique publica o publicaba en la Nouvelle Revue Française, en Les Inrockuptibles o en Le Magazine Littéraire. El único escritor español que se ha hecho con el premio Médicis–Étranger (por El mal de Montano), caballero de la Legión de Honor y oficial de las Artes y las Letras de la República Francesa. Un escritor del que el gran Maurice Nadeau al comentar su novela Doctor Pasavento, escribió: “Ya no podré pasar por la calle Vaneau sin pensar en Vila-Matas. Como no puedo evocar el bulevar Bonne-Nouvelle sin pensar en Breton y en su Nadja”. Por la tarde fuimos al Collège de France donde Enrique tenía que dar una conferencia. El Collège de France, fundado en 1530 por el rey François I, es una de las instituciones más prestigiosas de Francia y de Europa. Que yo sepa, ningún escritor español de la generación de Enrique, o de la anterior a la suya, había sido jamás invitado a conferenciar en el Collège. Y allí estaba Enrique, aquel muchacho de la calle Saint Benôit, arropado, agasajado por gentes como el neurobiólogo Alain Prochiantz, el administrateur del Collège, y los profesores Marc Fumaroli, el turinés Carlo Ossola, máxima autoridad mundial en Italo Calvino; Antoine Compagnon, Anne Husson, profesora del Collège y directora de la Casa de la América Latina, y un montón de profesores, intelectuales, estudiantes y lectores del autor de París no se acaba nunca. Fue una tarde que no olvidaré jamás y que, como parisino –yo nací en París–, me une todavía más a mi viejo amigo Enrique, parisino de adopción.

  La Vanguardia, 2 de abril 2017

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