ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Estación de Nueva Delhi
Estación de Nueva Delhi




UNA LATITA DE FOIE GRAS

JOHN WILLIAM WILKINSON

   Viajé por la India en tren cuando sólo circulaban locomotoras de vapor. Antes de emprender una de esas interminables aventuras ferroviarias, servía de poco reservar asiento, y ya no digamos una litera hecha a base de largas y durísimas tablas abatibles que, una encima de otra, llegaban hasta el techo. Toda la gente hacinada en el vagón con sus gallinas, cabras, sacos de arroz y bultos informes sabía que era cuestión de tiempo; sabía que eventualmente una necesidad fisiológica te alejaría durante un buen rato. Al regresar a tu sitio, descubrías que una familia entera se había apoderado del espacio que habías reservado.
   Era inútil enseñarles el billete; una insensatez intentar convencerles de su error, del lamentable malentendido. La única salida consistía en ir en busca del revisor, explicarle el entuerto y, tras untarle oportunamente, dejar que despejara la litera a garrotazo limpio. Me hacía sentir fatal, máxime cuando sabía de sobra que, al cabo de otro rato (la comida india es traicionera), se tendría que repetir la operación. 
   Conocí a Rainer en la estación de Patna, al norte del país; lo que fue una suerte, pues significaba que cuando uno tenía que ausentarse, el otro guardaba las plazas.
   Los dos habíamos sacado billetes para Nueva Delhi, y puesto que el tren no partía hasta dentro de varias horas, decidimos ir a comer algo. Encontramos un restaurante a poca distancia que, además de tenebroso, estaba totalmente vacío -quiero decir que no había más comensales que nosotros-. Congeniamos desde el primer momento, y tras pedirle al camarero que nos trajera curry, arroz y algo de fruta, nos lanzamos a intercambiar algunas de las rocambolescas historias de nuestros viajes.
   Debió de pasar mucho tiempo sin que nos diéramos cuenta. Llamamos a voz en grito al camarero; no vino nadie. Así que retomamos la conversación donde la habíamos dejado y proseguimos alegremente con nuestras “batallitas” hasta que, muertos de hambre, nos levantamos y nos acercamos a la puerta de la cocina. Proferimos unos “hello!, hello!”, pero no contestó nadie. Por alguna razón ese silencio por repuesta nos pareció la mar de divertido. 
   Aporreamos la puerta sin piedad. Nada. La abrimos y entramos en la cocina. No había nadie; solo un montón de cacharros sucios y un enjambre de moscas cebándose entre ensordecedores zumbidos con un pedazo de carne putrefacta. Accedimos a un escuálido patio interior. Nadie. Franqueamos una puerta que daba a unos habitáculos llenos de camas y cachivaches. Nadie; ni un alma. Dándonos por vencidos, recobramos la calle muertos de risa… y de hambre.
   Por aquel entonces los pobres eran mucho más pobres que los de ahora. Todos los días al alba pasaban por las calles de Calcuta unos tipos que iban llenando un viejo carro con los cadáveres que encontraban a su paso, que la mayor parte de las veces no eran más que esqueletos envueltos en harapos. Una mañana pasó delante de mí el carro cargado de cadáveres hasta los topes camino de la fosa común. Me resultó imposible desviar la mirada de esa estampa de horror medieval. De repente se me heló la sangre: uno de eso despojos humanos parpadeó, como si me guiñara el ojo.
   Un tren indio no daba la talla sin la presencia de al menos un niño sin brazos pidiendo limosna. Esos chavales enclenques no habían cumplido más de siete u ocho años de edad, quizás menos, pero es que aun siendo sus cuerpecitos de niño muy pequeños, tenían cara de viejo, de anciano incluso, y eso confundía mucho. Vestían camisas sin mangas que les permitía exhibir unos bracitos que terminaban abruptamente en muñones… en unas espantosas alforzas colgando a medio camino entre el hombro y lo que había sido el codo. Eran sus propias madres quienes les cortaban los brazos, debido a la extrema pobreza, pues era la única manera de salvarles de una muerte segura. Y siempre los dos brazos: uno solo no despertaba lástima. El negocio consistía en que el niño tuviera en la camisa un bolsillo en el que la gente podía depositar una limosna. Así de sencillo.
   En toda aquella inmensa llanura atravesada por el ferrocarril, no había pueblo que no contara con una bandada de buitres sobrevolándolo. Eso de quemar a los muertos sobre una pira funeraria era cosa de ricos; los pobres los dejaban sobre una roca o un peñasco para que esas aves carroñeras los devorasen. 
   Cuando un pasajero quería detener el tren cerca de uno de los pueblos o aldeas a muchos quilómetros de la estación más cercana, lo único que tenía que hacer era triar con fuerza del freno de emergencia, que es lo que ocurría cada dos por tres. Las ruedas se bloqueaban de golpe, y todo y todos se desplazaban hacia adelante con una sacudida impresionante. Mientras la locomotora recobraba el aliento, se veía cómo caminaba despreocupadamente hacia su pueblo un pasajero delgadísimo acarreando un bulto o tal vez arrastrando una oveja tras de sí.
   Viajar por la India antes de que la invadiera la marabunta del turismo de masas era como moverse dentro de la máquina del tiempo. Aquello era bíblico; un país aún no alcanzado por la modernidad. Daba la impresión de que los trenes de vapor eran la única novedad aparecida en aquellas tierras desde que las visitara Alejandro Magno.
   En fin, salvo las plumas estilográficas que heredaron de los ingleses los funcionarios indios, prácticamente ninguno de los mil y un chismes del capitalismo había llegado a sus manos. De modo que, debido a nuestro aspecto alienígena (para ellos), Rainer y yo fuimos sometidos en todas partes a una férrea vigilancia. Un mechero de plástico bastaba para suscitar suspiros de asombro, y ya no digamos un reloj o una cámara fotográfica.
   Rainer, dotado como estaba con un enfermizo sentido del humor suabo, se dedicó a fastidiar a los otros pasajeros. Toda vez que introducía la mano en el bolsillo del pantalón, los indios a nuestro alrededor se levantaban y se acercaban expectantes, a ver qué maravilloso artefacto expondría para su admiración. Triunfó una y otra vez con su navaja suiza multiuso. Las herramientas como el sacacorchos o las pequeñas tijeras causaron furor. Dejó en una ocasión que un anciano la agarrara durante unos segundos, lo que aumentó considerablemente el prestigio del venerable señor a ojos de sus compatriotas.
   Lo malo fue que Rainer -sería porque estaba aburrido- empezó a meter la mano en el bolsillo y, retorciéndose en el asiento, hacía ver durante varios minutos que intentaba asir algún objeto, para luego sacar, muy poco a poco, la mano cerrada, y, finalmente, tras haber logrado crear un grado de expectación enorme, en medio de una veintena de personas de pie contiendo la respiración, de pronto abría la mano en la que no había más que las líneas que el destino le trazó al nacer.
*
   En la estación de Nueva Delhi, conocimos al señor Des Raj. Viéndonos algo despistados, éste se ofreció, en un inglés más que aceptable, para acompañarnos a un hotel que, nos aseguró, sería de nuestro agrado.
   Excepto cuado nos retirábamos a dormir, Des Raj no se separó ni un instante de nosotros durante los días que pasamos en Delhi. ¿Cómo era él? Es harto difícil adivinar la edad de los indios, pero yo diría que, aunque aparentaba unos 40 años, probablemente tendía diez menos. Casado y padre de cinco hijos, era un hombre enjuto de estatura baja, nariz fina y piel del color de un lustroso y oscuro bronce, que seguramente untaba con aceite de coco. Un bigote de dimensiones nietzscheanas permitía, no obstante, entrever una caótica dentadura recubierta de nicotina y sarro.
   Des Raj siempre estaba activo y de buen humor; jamás se enfadaba ni se cansaba. Conocía todo lo que hay que saber sobre la India, sus costumbres e historia; sabía, además, comunicar sus conocimientos sin agobiarnos ni intentar que nos impresionáramos. Pasear con él por las calles de Delhi era un privilegio, pues te hacía sentir como un ciego que acaba de recuperar la visión.
   También quería saber de nosotros. Nos escuchaba en silencio, con gran intensidad de concentración. Nunca juzgaba. Le interesaban sobremanera nuestros estudios universitarios y las carreras profesionales que pensábamos seguir a nuestro regreso a casa. Confesó que la ilusión de su vida sería que su hijo mayor, Krishna, fuera a la universidad. Cuando nos hablaba de su hijo, su cara se iluminaba con una luz interior.
   Nos despedimos en la estación donde nos habíamos encontrado solo unas semanas antes. La emoción que sentíamos era tan fuerte, que los tres estuvimos al borde de las lágrimas. Ya habíamos pagado en el hotel a Des Raj la cantidad apalabrada de rupias por su trabajo, y también lo que nos pareció una más que generosa propina; aunque la verdad es que podríamos haber sido algo más espléndidos.
   Bueno, en fin, justo antes de subirnos al vagón, nunca sabré por qué, Rainer sacó de su mochila una latita de “foie gras” francés que viajaba con él desde el día que abandonó su casa en Alemania para ver mundo, y la depositó en la palma de la mano de Des Raj, en el preciso momento que sonó el silbato, y el tren, soltando vapor, se puso en marcha. La cara de Des Raj estaba radiante.
*
   De nuevo en Europa, durante algún tiempo Rainer y yo nos estuvimos carteando. Como era de esperar, nuestro entusiasmo epistolar menguó con el paso de los años, hasta verse reducido a una escueta felicitación navideña escrita sin pensar.   
   Un día, al cabo de al menos un cuarto de siglo, me telefoneó Rainer para decirme que acababa de volver de un viaje de negocios que lo había llevado a Nueva Delhi. Una tarde dejó a sus colegas en el hotel, y fue caminando hasta la estación. No podía creer lo mucho que había cambiado la India. Paseaba por el inmenso vestíbulo absorto en sus recuerdos, cuando le abordó un sonriente indio muy anciano con una latita de “foie gras” francés en la mano. ¡Era Des Raj! Rainer se identificó, y los dos se abrazaron mientras por sus mejillas se deslizaban unos cuantos lagrimones de pura alegría.
   Resulta que esa latita de foie gras le había traído a Des Raj mucha suerte. La utilizaba como una especie de tarjeta de visita o reclamo para ofrecer sus servicios de guía a los turistas.  Era como un amuleto. Tanto es así que, gracias a los ingresos que le proporcionaba, pudo pagar los estudios superiores de todos sus hijos y -y esto sí que es milagroso- costear la carrera universitaria de Krisha, el mayor. De hecho, Krishna es un ingeniero agrónomo muy conocido en su país, que viaja por medio mundo pronunciando conferencias. A sus padres les regaló una hermosa casa con jardín.
   Hace mucho que Des Raj no tiene necesidad de trabajar, pero sigue yendo todos los días a la estación con la latita de “foie gras” que le regaló  Rainer, antes de existir la fecha de caducidad.
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