ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Salinger

Salinger

The Catcher in the Rye

Salinger by Lo Snöfall

Ava Gardner en Mogambo
Ava Gardner susurra Comin thro' the rye en
el film Mogambo (de esta escena pudo salir
el título de The Catcher in the rye)

SALINGER ENTRE EL CENTENO

JOHN WILLIAM WILKINSON

Decía Ezra Pound que la literatura son noticias que nunca dejan de ser noticia. La suerte que corren Ulises o madame Bovary nos sigue interesando, por muchos años o siglos que hayan pasado desde que fueron concebidos por su autor. Hace casi sesenta años que Holden Caulfield, aunque un poco marginado por fama de maldito, se halla entre los grades personajes de la literatura universal. Y es que Jerome David Salinger, el autor de “El guardián entre el centeno”, se negó a seguir las pautas del mundillo literario al que tanto le hubiera gustado devorarlo.

Ni siquiera Harold Bloom encontró sitio para Salinger en “The western canon”, ese tomazo con ínfulas bíblicas que, en cambio, sí incluyó en un apéndice el nombre de un tal Carles Ribá (sic) entre la nómina de una supuesta “profecía canónica” (sic). Ni falta que le hacía a Jerry Salinger que lo incluyera. Gracias a unas ventas anuales constantes y sonantes en torno del cuarto de millón de ejemplares de su novela, Salinger, que nunca quiso saber nada de académicos mezquinos, como tampoco de sus absurdas y efímeras teorías, podía permitirse el lujo de ir por libre ¡durante más de medio siglo!

Como el apellido Salinger indica, su padre era judío, de Cleveland, Ohio, que se había convertido en un próspero importador de quesos propietario de un elegante piso en Park Avenue, y a quien, llegado el día, no le temblaría la mano a la hora de inscribir a su hijo y heredero, tan especial,  en una estricta escuela militar para niños sita en medio de ninguna parte, o sea, lejos de Manhattan.

El nombre de soltera de la madre de Salinger era Marie Jillich, y era escocesa. Cambió su nombre a Miriam para quedar mejor con la familia de su marido. El misterio que envuelve a Salinger, y ahora incluso con mayor fuerza después de su muerte, permite imaginar que, cuando era pequeño, su madre le cantara nanas y canciones tradicionales escocesas, entre ellas, las de Robert Burns (1759-1796), el llamado poeta nacional de Escocia, autor de la archifamosa “Auld lang syne” tan querida por los anglohablantes beodos en Nochebuena. Otra sería, sin duda,  “Coming through the rye” (a través del centeno), una cancioncilla pegadiza que parece sacada directamente del subconsciente del poeta campesino que, como en esta ocasión, escribía habitualmente en “scots”, un dialecto norteño del inglés.

Una estrofa reza así: “Gin a body meet a body / coming through the glen; / gin a body kiss a body, / Need the world ken?” (Si dos personas se encuentran en el valle; si dos personas se besan, ¿tiene el mundo que saberlo?) Ahí está: ¿qué tiene que saber el mundo de J.D. Salinger más allá de lo que nos cuenta es sus escritos publicados? Al poeta Burns, padre de varios niños ilegítimos, le hicieron la vida imposible y murió pobre y desolado cuando sólo contaba  37 años. Jerry Salinger evitó desde el primer momento convertirse en carnaza de los buitres del “establishment” intelectual y cultural.

Pero tampoco hay que perder de vista el hecho de que la madre de Salinger había sido actriz y cantante de vaudeville, amiga de los hermanos Marx por más señas, que frecuentaban el apartamento de Park Avenue. El propio Salinger, siendo muy joven, intentó hacer sus pinitos como actor en los teatros de Broadway, pero acabó aceptando un puesto de animador y pareja de baile para señoras sin acompañamiento en un crucero por el Caribe. Uno de sus apuestos compañeros de fatigas se llamaba Holden; al parecer, el apellido Caulfield se lo tomó prestado a Joan Caulfield, una conocida actriz de la época.

El día 6 de junio de 1944, el Día-D, Jerry desembarcó en Utah Beach con el 12º regimiento de Infantería de la 4ª División. Dicen que era un buen soldado, gracias en gran medida a la disciplina recibida de joven durante su formación militar. Hablaba alemán y francés, y se le daban muy bien los interrogatorios a los prisioneros de guerra. Ahora bien, antes, durante y después de la guerra contra Hitler, la obsesión de Salinger consistía en luchar sin tregua contra todo y todos que olían a “phoney” (falso, postizo, fingido). Y ni que decir tiene que los mejores detectores de lo “phoney” son los adolescentes, como es el caso de Holden Caulfield. La primera frase de la novela lo deja bien claro: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso”.

¿Alguien da más? Ciertamente no hasta la fecha. Se especula que Salinger ha dejado a su muerte una gran cantidad de obra inédita, sobre todo la que promete ser la muy esperada saga de la familia Glass. Sea como sea, Salinger y Holden Caulfield seguirán siendo noticia mucho después de que las falsas profecías de tipos como Harold Bloom hayan caído en el más absoluto de los olvidos.

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