ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Walter Benjamin
Walter Benjamin


TRAVESÍAS (1940)

MIGUEL MARTÍNEZ-LAGE
Dos poemas y dos notas
La coz en el tintero (Poemas, 1988-2008),
Málaga, Alfama, 2009
Deja la fronda paso a los prados,
hace sitio el ascenso al falso llano.
Lejos queda la noche helada, el alba hialina,
aquel último viñedo vertical
en el plomo derretido del mediodía.
Rendida el alma al pie del Pirineo,
el día engaña tanto como esplende el mar.

Benjamin camina un minuto
de reloj y dos descansa.
Abajo le espera una tumba en Portbou,
noche aciaga, la maleta abrazada
y llena de papeles que han de arder.

Entre dos edificios enseña Nabokov
a Dmitri, diez añitos, sólo el segmento
medio, la chimenea del último barco
en zarpar de St. Nazaire: para el niño,
ilusión óptica que perpetúa la magia del padre
en la palabra. Con Véra, estarán los dos a bordo.
Mar otra vez, vida allende el océano.

A Benjamin no lo esperaban barcos ni trenes
tras tantos pasajes por París. Con el corazón en la boca,
a la espalda los días malbaratados en Marsella,
y el bolsillo lleno de morfina, por si acaso,
sólo encontró ordenanzas adustos y una condena.
Todo en la atrocidad de un mismo año.


Madeja y meollo de la cuestión

Busca uno en el cuello del embudo
y encuentra en el légamo de la mente
eso mismo, lo único que pudo:
que es sordo, ciego y mudo
   como todos los demás.

Las respuestas que uno quiere
van en lenguas que no lee:
de esa condena evidente
libre necesita verse
y sólo puede ir a peor,
 empeorar y empeorar.



Manuscritos de Walter Benjamin
Manuscritos de Walter Benjamin
Travesías (1940)

Éste es un ejercicio de historia comparada: el destino final de Walter Benjamin en la frontera, el comienzo del resto de una vida para Vladimir Nabokov en otra frontera marítima. Portbou, fin de trayecto; Nantes, el arranque. A Portbou he ido a hacer la caminata de Benjamin por la ruta Líster y acabar literalmente muerto. A St. Nazaire no he ido nunca. En un cuaderno de ese verano encuentro este apunte: «Un cielo redondo como una copa de cristal inabarcable, que jamás cabría en la palma de la mano, nunca es lo mismo que esa escueta franja de estrellas visible por la separación entre dos rascacielos.» Pero esa caminata, de la que no queda un poema, sino un profundo escozor en los pulmones, merece una crónica en las antípodas de quien toma un barco y marcha a las Américas.

La cita es a las ocho de la mañana. El que llega de lejos llega antes. En la rambla de Portbou, miles de vencejos invisibles arman un guirigay o algarabía que ya quisiera don Jorge Semprún. Además, uno siempre anda con miedo de perder el tren, el autobús, la vida, o simple miedo de perderse. Poco importa no saber orientarse en una ciudad, dice Benjamin en Infancia en Berlín. Perderse en cambio en una ciudad como quien se pierde en el bosque requiere un arduo aprendizaje. A las ocho en punto sale de la rambla la chatarra que nos lleva a Banyuls por la serpenteante carretera de la costa, y no quiere uno quedarse en tierra, por más que a la tierra siga apegado, sin que la tierra sea suya.

Hace 65 años este 26 de septiembre que murió Benjamin en un hostal de aquí mismo, callejón sin salida al que llegó por donde llegaremos nosotros ―con cuentagotas― más avanzado el día. No por mucho, pero saldremos de ésta. Al contrario que él, que se extravió.

A los pájaros ocultos en la fronda los vence y acalla la dudosa luz del día. Ante el autobús, de puertas tan cerradas como todas las del pueblo, se han ido reuniendo los tímidos, soñolientos viajeros por parejas, o de uno en uno. No llegan a la veintena. Sin demasiada puntualidad arranca el chofer y remonta el bus ese último collado, en lo alto del cual una placa de metacrilato recuerda que justo por aquí, en esa misma dirección, pasaron millones de ciudadanos entre febrero y abril del 39, rumbo al exilio, las alambradas de la playa de Argelés y la vanguardia de la lucha antifascista. En Francia, a la derecha el mar olvidándose del verano; a la izquierda, el último tramo del Pirineo, todavía remiso a que venga el otoño.

Pasado Cerbère, sin ver Collioure, en Banyuls, en la mairie, recibe a los viajeros el alcalde con café y cruasans, y luego los acompaña a pie hacia el interior. El primer trecho de la ruta se hace de espaldas al mar. En pleno monte, el mar va a ser invisible. Los despide el alcalde al cruzar un puente. Asegura que está igual que entonces. Entre el refrigerio en la alcaldía y la despedida del alcalde, a la quincena de caminantes que tomaron el bus en Portbou se ha sumado una veintena larga de variopintos excursionistas franceses, casi todos miembros aguerridos de un club de randonnés. Hay gente para todo, y parecen salidos de las sombras. Si algo saben de Benjamin, es de oídas y más bien poco. Abundan entre ellos las lesbianas, unas hoscas, otras afables, aún otras disfrazadas de tía y sobrina. Hay un inglés jovencito, con aparatosa cámara de vídeo al hombro, que lo registra todo y a cada paso se retrasa y luego aparece en cabeza como un gamo. Se pierde, espera. Hay una alemana horrible y simpatiquísima, amiga de dos francesas guapas, listas, muy serias, que todo el rato hablan de asuntos de trabajo. Hay un señor de Gerona que trae bocadillos de sobra. A su señora le sobran las manzanas.

Donde terminan las últimas casas de Banyuls tienen los franceses un monumento en memoria de Lisa y Hans Fittko, alemanes que salvaron a muchos de la barbarie nazi pasándolos por el monte al otro lado de la frontera, donde la barbarie no era nazi, pero casi. Para el caso, lo era. Lisa Fittko fue quien acompañó y guió a Benjamin en su última travesía. En su descripción de la ruta (Mi travesía de los Pirineos) se basa el camino que haremos hasta la frontera, hasta el coll de Rumpissa. Luego, la bajada por la vertiente sur, por la falda del Querroig, es más dudosa, o no se halla tan documentada como el tramo español. Lisa Fittko no bajó hasta Portbou con Benjamin, ni con Henny Gurland (más adelante, ya en el paraíso americano, esposa de Erich Fromm) y el hijo de ésta. Pocos saben que Henny Gurland había hecho ese duro camino dieciocho meses antes, pero en sentido inverso, huyendo de las hordas franquistas. Pocos han reparado en que Lisa Fittko se confunde cuando dice, al llegar al alto, que «lo que vi me preció fruto de una alucinación: de un modo inesperado volví a ver el mar, de un azul oscuro. Y allá abajo, Portbou». Alucinó un poco. Desde el coll de Rumpissa no se divisa Portbou, sino Colera y Llançá. La inclinación y la orientación impiden ver el punto de destino.

El monumento a los Fittko está en una viña, es natural. Es obra de un alemán. El alcalde dice que pidió permiso con ánimo expiatorio. A menor escala, es simétrico del que hay en Portbou en memoria de Benjamin, que es obra del israelí Danny Karavan. Es un túnel que desciende hacia la esperanza del mar sin límite y no llega: una mampara de vidrio lo impide. El de Banyuls es una larga y estrecha plancha del mismo acero herrumbroso que recuerda una rampa de lanzamiento o despegue: el ascenso. Pese a la diferencia de tamaño, ambos producen el mismo vértigo.

A partir de ahí, el camino remonta metros lentamente entre las famosas viñas de Banyuls. En algún tramo se hace escarpado. Hay vendimiadores por todas partes: cortan los racimos sin hacer ruido. Cuando a uno ya le empapa el sudor todo el cuerpo, cuando empieza a vérselas, y a deseárselas, aún verá un 4-L blanco, repleto de cestos repletos de uva, inconcebible de ver allí, tan arriba, casi en el Pla del Ras, donde Benjamin pernoctó al raso para llevar ganado un trecho. Se llanea un tramo y se llega «a una viña vertical que jamás podré olvidar», dice Fittko. Hoy está aterrazada, y sigue siendo la última viña de Banyuls. Almorzamos y compartimos silencios, charlas en voz queda. Quedan los peores repechos hasta la raya. Ahora toca sacar de flaqueza las fuerzas que uno tenga, toca administrarlas como sepa. La procesión se va espaciando y se escande.

No son la lectura y el estudio de sus escritos esclarecedores el único homenaje que admite Benjamin, como Walser, Kafka y muy pocos más, gigantes que comparten de diversos modos una desaparición prematura. Vale la pena pasear por los alrededores del manicomio de Herisau tras una nevada y deducir el lugar donde Walser cayó atravesado por el rayo. Es aconsejable rastrear por Praga o Berlín los itinerarios de Kafka. Es imposible ponerse los zapatos de Benjamin, pero andar y desandar sus mismos pasos está en manos de quien se lo proponga. Dar esos mismos pasos medidos reloj en mano por la frontera e imaginar las oscilaciones de la esperanza y el desánimo, palpar el peso de la voluminosa cartera, maleta, portafolios o lo que fuera; sucumbir momentáneamente a la flojera, al agotamiento, por ejemplo en una media ladera por la que es preciso subir y bajar alternativamente para seguir delante de manera transversal, un pedregal en el que resulta demasiado fácil resbalar, perder pie, olvidar el aplomo, renunciar a seguir respirando, confesarse íntimamente que la tarea desborda la reserva de nuestra fuerza y nuestra resistencia agota; sentirse en definitiva por momentos fugaces, alucinatorios, en la piel de aquel fugitivo en contra de cual se habían coaligado todas las fuerzas del mundo y su propia configuración existencial, a riesgo de rayar en un deje fetichista, rayano en la mera hagiografía, se me antojaba antes de emprender la caminata y me resulta después digna recordación del hombre cuya sangre latía en el corazón de aquel escritor memorable, cuya obra inconclusa pide tanto como recompensa la visitación frecuente. Por el camino, unos y otros discuten muy serios, a la vez que jadean, sobre el camino preciso. Me pregunto si el camino importa, y resuello. No. Importa caminar: la travesía, la frontera, salir y llegar, así sea a la muerte improbable y natural.

En el último tramo del ascenso, espaciados a la distancia de un grito, los cazadores franceses pegan voces como posesos: «berrea», dicen unos; «burra», gritan otros. Y se oyen barrigazos más abajo. Dudo mucho que hubiera ni medio jabalí en aquellos montes.

En la bajada ―ha cambiado el tiempo: refresca―, tanto una de las francesas como yo confundiremos un dolmen con un cómodo asiento en el que descansar: lo sabremos sólo cuando alguien nos diga que estamos sentados en una tumba que tiene siete mil años de antigüedad. Hay una mujer de Llançá que llega resoplando cuando nos levantamos de un respingo. No ha faltado a esta peregrinación desde que hace cinco o seis años la convocan ambos municipios fronterizos, aunque sus motivos son otros. En el rato de descanso en el collado, dice de pronto, risueña, que «mis padres se amaban aquí». Suena a tibetano, y la altura no es tanta. Resulta que su padre se refugió en el monte que conocía como su propia casa; la madre, empezado el año 40, subía simulando apacentar a las ovejas, y se encontraban en alguna de las bordas de las inmediaciones, al amparo de la tramontana y de los guardias civiles que merodeaban por allí. Raro es que Benjamin, Fittko, Gurland y su hijo no se topasen con ninguno… hasta presentarse en la estación de Portbou. El suyo, el de esta mujer, es el mejor pretexto para esta caminata. No es tan distinto de otros.

Tantos metros más abajo como metros subimos por la otra cara del Pirineo, el derrengamiento es mayúsculo cuando ya se avista o se intuye Portbou. No sé cómo andaba Benjamin a sus 48 años. A mis 44, anduve tanto rato tan benjaminiaco que si la cosa dura dos kilómetros más, no llego sino tres horas más tarde o incluso al día siguiente; me digo, ya a la vista del portaaviones, que es como a la estación internacional llaman los lugareños, que quien quiera suicidarse haga antes este paseo mortal, que tendrá más gana, pero eso me estaba diciendo cuando oigo a otro caminante holgado decirle al señor de Gerona: «Los intelectuales sólo saben hacer dos cosas: pensar y fumar. Y para esta caminata hace falta entrenamiento. Por eso no vienen.» Sin aliento, sacando el aire del último pliegue del fuelle, dije que sí se puede hacer sin entrenamiento. Por los pelos, pero se puede.

Dos meses después de hacer en cinco horas la ruta que Benjamin tardó dos días en cubrir, sus dos últimos días ―la noche en el Pla del Ras, la noche en el Hostal Francia―, y cuando las agujetas que tuve durante una semana larga incluso en el paladar ya no eran sino mal recuerdo bueno perdido en la memoria de las células ―el cuerpo tiene recuerdos que la mente desconoce―, apareció por Madrid mi amigo Juan de Sola Llovet con una botella de vino dulce bastante parecido a un buen oporto. De paseos sabe lo suyo, no por nada ha traducido a Walser. Cuando descubrió la etiqueta que había protegido con la palma de la mano al servir las copas, vi que era un «vermeil» del Domaine de Ballaury, apelación de origen controlada, Banyuls. Exquisito. Hechas en Internet las pesquisas pertinentes, resulta que Ballaury tiene sus viñedos pasado el Puig del Mas, muy cerca ya de la frontera. Entre las hojas caídas de la carrasca aquel septiembre, encima del Puig del Mas, durmió Benjamin al ras su última noche en tierra.



Madeja y meollo de la cuestión

El poema es en realidad una versión libre de un estribillo de Kevin Ayers, de un tema titulado  «There Goes Johnny», que viene en Still Life with Guitar, es decir, Naturaleza muerta o, mejor, Vida apacible. Con guitarra formentereña, claro. Decía: «And you reach inside your mind / And the only thing you find / Is that you’re dumb, deaf and blind just like the rest / And the answers that you need / are in a language you can’t read.»

Aquí se da el caso de que, como todo en esta vida, una versión tiene sus alternativas. Así, para la segunda estrofa, habrá quien prefiera ésta:

y las abstrusas respuestas que arañas
están escritas en lenguas extrañas
y sabes que has de huir de esas patrañas
―y que lo malo va a más, a más [y a más].

Pero el quinto y último verso dice en el original: «And you know you must get free from this course», es decir, «sabes que has de librarte de esta maldición», cuyo final podría leerse (u oírse) de este otro modo: «free from discourse», para entendernos, libre, o ajeno, o despojado, del discurso, del habla, de la lengua que lo atenaza. Me acuerdo del borrachín del cuento de Joyce («Grace», en Dubliners), que se ha mordido la suya al caerse por la escalera de los lavabos ―lleva un moco monumental― y se tira cuatro páginas hablando sin que se le entienda nada. Y lo seguimos leyendo.

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