ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Entretiempo






QUIZÁS TIENE RAZÓN DUBLÍN

MIGUEL MARTÍNEZ-LAGE


Entre las atribuciones del lector crítico ―la función de la crítica es otra cosa―, se encuentra una que a veces pasa por necesidad ineludible, por obligación para bartlebys (pero yo preferiría abstenerme) o por tarea de gustoso cumplimiento. Se trata de validar, o refutar en su caso, aquellas apuestas con que los editores alegran y a veces entristecen la plaza pública, llámese mercado o biblioteca. Pero esa tarea no se lleva a efecto en la plaza, y en los transportes públicos no es muy frecuente, y en las bibliotecas quién sabe: más bien se desempeña en la privacidad de la lectura, en el recogimiento íntimo en que uno se pone con gusto en manos del libro que le ha llamado a un trato con suerte provechoso para ambas partes. Por eso va quedando cada vez más en manos del individuo lector aquello que antes se ventilaba en las tribunas, es decir, la propagación con garantías de una valoración que será positiva o no, pero será necesariamente sincera, además de convulsa.

Cuando esta operación se ha de llevar a cabo con un autor de valía tan contrastada como Enrique Vila-Matas es poco probable que surjan sorpresas, ni del signo decepcionante ni del signo entusiasta. Un escritor tan consolidado, y con una trayectoria ya dilatada, y minuciosa, tiende a colmar expectativas. De ahí el asombro con que, tras la lectura de Dublinesca, uno tenga que proclamar contento como nunca que es derecho y acaso obligación del lector crítico, activo, del lector que Dublinesca quiere tener, que lo que a uno le gusta guste a quienes le gustan. A fin de cuentas, la lectura (la literatura) es uno de los órganos que la vida da al ser vivo para vivir.

Vila-Matas ha conseguido algo poco corriente: siendo más Vila-Matas que nunca es de repente un Vila-Matas para todos los públicos. O acaso lo había sido siempre, y los de la secta vilamática no habíamos querido darnos cuenta hasta que ya es irrefutable que también los lectores más tradicionales y chapados a la antigua están llamados a disfrutar con Vila-Matas, y además a conocerse. La máquina vilamática ya no es un vilamatías, aunque siga habiendo vilamatics nerviosos; a lo sumo, pierde décimas en la escala de lo lúdico y gana enteros en la de la alegría. En Dublinesca, la naturalidad del artificio está a años luz del naturalismo artificioso de la inverosímil novela convencional. La peripecia de Samuel Riba, editor retirado que huye de su mustia vida de hikikomori abducido por Internet y viaja a la ciudad de Joyce y de Beckett y de otros, no puede ser más creíble. El propio enigma editor que es Riba, al que todo se le vuelven misterios, evoluciona hacia el fantasma de la premonición del que huye para encontrarse con un fantasma huido tras huidas fantasmagóricas. No es casual que en la biografía de otro escritor dublinés de peso se lea esto que más o menos traduzco o resumo: en Dublín, Brendan Behan mil veces anunció que se jubilaba tras muchos años en el oficio de bebedor empedernido, pero Dublín para un bebedor es como un vestuario femenino para un adicto al sexo. El ambiente dublinés fomenta un humor propenso a la bebida.

A lo largo de su finiquitada carrera editorial, Samuel Riba no ha encontrado (arruinado al fin por los embates de los emisarios de la pura nada, por los soi-dissant editores que velan por la rentabilidad del oficio, tan presentes en otras novelas anteriores de Vila-Matas) la obra maestra que anduvo buscando siempre. Sin embargo, como buen editor que ha sido, su autobiografía está en el catálogo que irá desglosando de memoria y en los futuribles que intuye en la tarea del editor. Acaso Riba rechazó una vez un manuscrito, no lo sabremos, en los términos en que a Beckett le rechazaron el manuscrito de Watt, que, dice un editor que no lo quiso publicar, daba muestras de «una inmensa vitalidad mental, una prodigiosa habilidad metafísica, un talento excepcional para la escritura, tanto que al rechazar el libro es posible que estemos rechazando a un James Joyce en potencia. ¿Qué es lo que les hace a estos escritores el aire de Dublín? Sin embargo, lo que a nuestros ojos resulta su particular perversidad es tan considerable que nos hallamos imposibilitados de hacerle una oferta». Todo lo cual forma parte del pasado hipotético, el pasado del que está hecho el viaje de Riba hacia Dublín en aras de celebrar el Bloomsday y, de paso, un funeral por la galaxia Gutenberg tal como la conocimos, hoy que el libro empieza a ser más Google que nunca, aunque Riba posiblemente, como su autor ―al cual ha llegado a ver, seguro, en algún pueblo de la costa suroriental de Irlanda―, opine que más bien ha comenzado la era Googleberg. La visita al cementerio de Glasnevin, de acuerdo con el capítulo 6 de Ulises, se convierte en una cita con la alegría del misterio y en un encuentro con el fantasma, si como dice Gil de Biedma en un pasaje de la novela el autor es el fantasma del editor. De pronto, a la manera de un Beckett con el cual Dublinesca se halla por fortuna en deuda (una deuda que aumenta vertiginosamente rumbo al final, una deuda que se salda con creces a medida que avanza), es posible nacer en la muerte.

Más que de núcleos temáticos, en la carrera de Samuel Riba conviene hablar de nudos que forman esa colección de agujeros que constituye a Samuel Riba, extraviado caballero de la idea fija. Uno de esos nudos es la constante tensión conyugal, siendo Celia, su mujer, una budista repentina que amenaza con dejarlo en el supuesto de que vuelva a beber; otro, la familia de origen, sus ancianos padres. En el arranque de su novela ―es de Vila-Matas, pero es suya―, Samuel Riba tiene una larga agarrada con sus nonagenarios padres. Este lector que aquí escribe, y que lleva veinticinco años leyendo a Vila-Matas, hizo un experimento con los suyos y les leyó a la hora de la cena fría un pasaje, el de la «dimensión insondable». El señor padre puso cara de póquer. La madre, muy señora, dijo: «¿Y este señor ha sido siempre así de divertido, así de inteligente?». El pasaje de la lluvia ciega que ciega Barcelona había despertado, después de la cena, su apetito lector, con lo cual se demuestra ―creo― que Vila-Matas va ganando lectores en una época en la que se habla de pérdidas y pantallas intangibles, cuando si acaso lo que se pierde gravemente es la inteligencia y la sensibilidad del discurso escrito.

Samuel Riba es pues un editor retirado de vida mortecina, un señor mayor preocupado al principio por sus ahorros y su pasado editorial y sus atarantadas y juiciosas teorías y su trato cotidiano con sus padres milagrosamente vivos (tan vivos que más avanzada la novela tendrán una desternillante intervención no dublinesa, pero sí londinense) y su mujer, con la que a raíz de un grave trastorno de su maltrecha salud ha suscrito un acuerdo conyugal en el que el tercer elemento, y un cuarto, serán decisivos en el desenlace de la novela: la tercera pata del banco será su obligada abstinencia alcohólica tras un grave arrechucho, y la cuarta, la que hace una mesa, es el budismo proselitista de la densa y grácil sabiduría que cultiva Celia. A partir de ahí, la decisión de viajar a Dublín con los amigos cómplices de la Orden del Finnegans y dar así el salto inglés (los horizontes franceses se quedaban ya estrechos) será paralela a la celebración de un mundo que se acaba a medida que se acaba la vida, esta vida que, como diría Gil de Biedma, iba en serio.

Con esta línea argumental entra en juego la rara poesía del malabarismo vilamático a partir de la lectura de la propia vida en clave de lectura de manuscrito recién recibido. (Habría que hablar de los enlaces, del paso de un episodio a otro, de la seca habilidad con que el narrador vilamático hace una transición constante y vertiginosa, e invita a leer abriendo claves continuas como quien hace como que no pasa nada.) La vida tranquila crece exponencialmente por el lado novelesco con el que no se cuenta, y que de nada sirve y todo explica: véase la alta poesía de la página antepenúltima y el modo en que se estira la vida «hacia miles de conexiones de luz que quedan por restablecer en la gran oscuridad del mundo», pero véase después de haber transitado por las trescientas y pico páginas previas.

De acuerdo con las acotaciones que al estilo del Ulises se intercalan en Dublinesca, la acción general del libro es de nostalgia y elegía en la hora de la verdad, como si se hubiese acabado el recreo; el ambiente, turbiamente cristalino y copiosamente lluvioso; el modo, reflexivo y convulso a la vez que sosegado y sabio. Vila-Matas no paga peajes al entrar y salir del territorio inmenso de la literatura y salir o entrar en la región confusa de la vida, del funeral a la celebración, de la poesía al humor, o al pasar de la mañana soñada a la noche real y virar de la premonición cumplida a la elipsis magistral con que se abre la parte final del trayecto ―el recuerdo de lo no vivido se enfrenta al no recuerdo de lo mal vivido―, una solución de continuidad idéntica, en lo vital, a la solución de continuidad que existe en lo cultural entre Gutenberg y Google. Las fronteras son líneas meramente imaginarias, borrosas, pura convención disuelta como las que delimitaban los géneros literarios.

En la amplia producción narrativa de Vila-Matas no creo que tenga demasiado sentido precisar si Dublinesca es la mejor de sus novelas. Es más novela que otros libros suyos (en esto recuerda a El viaje vertical, donde la trama tiene mayor peso) y es uno de sus libros mayores, todos los cuales acaso vayan formando ya un libro único, como forman las estancias sucesivas una casa para siempre, un libro de proporciones gigantescas, de magnitud inverosímil y sin embargo cada vez más habitable. Acaso el agotamiento francés pedía a gritos la savia renovadora de Irlanda, y Dublinesca tal vez sea una stepping-stone, una escala intermedia en el tránsito hacia la otra orilla, hacia Nueva York o hacia donde sea, o hacia el siguiente acto en la vida de Samuel Riba, que acaso transcurra en Cork, por razones que a un lector cabal no se le pueden escapar, acaso porque el pasado no ha muerto, no ha pasado siquiera. Los aviones transoceánicos hacían antaño escala en el aeropuerto de Shannon, y quizá tiene razón Dublín. Ante cualquier síntoma de acabamiento esto no ha hecho más que empezar, diría Samuel Riba. Unas y otras novelas, unos libros y otros dialogan como si en cada página se mandaran un e-mail o dejaran de paso un enlace que remite a otra página en la red de la conciencia lectora. A menudo, una página aún por escribir.


LETRA INTERNACIONAL, número 109.
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