ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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EVM, Guadalajara (México), 2015








DGF y EVM










DGF









Klee Dusseldorf (foto DGF)









Splendide Hotel
LA EDAD DEL ARTE
(sobre Marienbad eléctrico)

MOISÉS MORI


En su libro anterior (Kassel no invita a la lógica, 2014) se adentraba directamente Enrique Vila-Matas en los terrenos del arte contemporáneo; tomaba para ello, como arranque de la novela, una experiencia propia, su participación en la Documenta de Kassel, pues el escritor fue invitado en 2012 a esa célebre muestra y desarrolló allí su particular performance. Ahora, en este nuevo libro, continuamos en el ámbito del arte moderno, y es otra vez una circunstancia o llamada externa la que ha actuado como primer impulso y ha llevado a Vila-Matas a elaborar este texto extraordinario (¿novela?, ¿instalación?, ¿catálogo?, ¿ensayo?, ¿poema?), pues Marienbad eléctrico ha nacido a partir de la sugerencia (por su editor francés) de escribir algo sobre su ya larga relación artística con Dominique Gonzalez-Foerster, ya que Vila-Matas ha colaborado con la artista francesa y mantenido con ella en los últimos años un fructífero diálogo. En esta ocasión, el motivo inmediato para ese texto que se le pedía al escritor era la Retrospectiva de Gonzalez-Foerster (Estrasburgo, 1962) en el centro Pompidou de París, una exposición que se ha cerrado estos días.

El libro que ahora leemos tiene ese origen, pero el resultado supera por completo esos mismos presupuestos; de manera que, aun respondiendo brillantemente al propósito inicial, estamos ante un texto fugaz y múltiple, armado -sintaxis eléctrica, música híbrida- sobre encuentros y encrucijadas, desvíos, fragmentos, también con recuerdos, citas, erudición, ironía, digresiones…; un terreno en el que el escritor se mueve con especial ligereza y libertad: escribe así Vila-Matas un libro único y sin género: una novela insólita.

Los lectores de El mal de Montano (por mencionar su título más divulgado) o París no se acaba nunca (para no olvidar tampoco el libro con el que DGF dice haber descubierto al escritor español) conocen bien ese estilo inconfundible; el propio autor nos indica -sobre este texto mismo- alguna de sus señales más características: la cita como conjunción sintáctica, la poesía de la acción interrumpida, la recolocación del paraguas, la resignificación de elementos… Pero lo que resulta más admirable es cómo el escritor reactiva y renueva aquí esos rasgos identificadores, de modo que Marienbad eléctrico es inequívocamente un libro de Vila-Matas y, al mismo tiempo, distinto a todos ellos. Basta con repasar las páginas de Dublinesca (donde ya estaba presente la relación con la artista francesa), para observar los cambios producidos, un tratamiento muy diferente; o volver a los artículos de El traje de los domingos y encontrarse ahí con la calle de la infancia, esa a la que denomina “calle Rimbaud”, la misma que se evoca en Marienbad, aunque adquiere aquí otra dimensión, quizá más clara (o más compleja).

Así que, y casi sin que se note, como quien no quiere la cosa, acaba Vila-Matas por trazar en este libro las líneas principales de la trayectoria artística de DGF (instalaciones del Palacio de Cristal de Madrid, de la Tate Modern de Londres, su presencia en Kassel, Broadway, París, el MUSAC de León o la Casa-Museo de García Lorca: exposiciones, intervenciones, hoteles, libros, cristaleras, habitaciones…); pero también de los encuentros entre ellos (el primero y casual de Granada, las repetidas citas luego en el café de París, Lisboa, Barcelona), del dominio intelectual (afinidades electivas) en el que ambos coinciden, intercambian experiencias y, en definitiva, se generan ideas para nuevos proyectos. Y además de esa amistad, del respeto y la complicidad mutuos, lo que se destaca en este recorrido -paseo y laberinto- de Vila-Matas por obras ajenas y propias, a través de conversaciones, conexiones y memoria personal o compartida, es siempre el apasionamiento de ambos por el arte, la fe ensu poder transformador. Pues -digamos- el cine de Kubrick, la pintura de Matisse, la música de Lou Reed, la literatura de Bioy… no son un duplicado, una mera imitación de algo que ya existía o sabíamos, sino un hecho en sí mismo, una creación que proporciona conocimiento y viveza, que otorga nuevas capacidades, reanima la existencia; y la primera transformación, por supuesto, es la del creador. De todas formas -quede claro-, el discurso de Vila-Matas elude tanto la exposición sistemática -olvidemos teorías- como huye de cualquier trampa o ingenua impostación sobre la función del arte, la máscara de artista o el nombre de la vanguardia (sea sucia o sacra). Y por nuestra parte, bien sabemos que la coartada del arte esconde también muchas veces la interesada estrategia de no pocos cínicos, la necedad de cualquier mentecato; como tampoco ignoramos que los mayores monstruos -y tantos miserables más menudos- suspiran y se emocionan con la música de Bach (así se dice que Nerón quemó vivos a un millar de dadaístas solo por ver cómo ardían sus cuerpos en la noche de Roma; también se ha contado cómo, en honor del general Ubú, un joven artista sobrevoló los campos de Chile y trazó con una avioneta caligramas memorables, extraordinarias figuras y acrobacias).

Con todo, es en torno a este punto, en la pregunta sobre lo que el arte significa y cuál es el origen de la escritura, el hechizo de la creación, donde Marienbad eléctrico, que no en vano está estructurado como si fuera un diario, funciona también -aun muy discretamente- como una exposición, pues el autor -sin olvidar el hilo de DGF, justamente por las conexiones que existen entre la tarea artística de ambos- también va reflexionando a su aire sobre el germen y recorrido de su propia actividad creadora, llega así a nombrar las posibles claves de la habitación propia. “De tenerla, mi clave quizá sería haber dejado atrás los años de la edad genuina, los tiempos en los que en algún momento todos sintonizamos con Rimbaud, con su rebeldía, con las tormentas eléctricas de su mente”. Esa edad, la verdadera edad del arte, es la que el tiempo no puede arrumbar, la sintonía eléctrica que se persigue siempre (Rimbaud y Falstaff, Duchamp y Bebo Valdés, Wim Wenders y el Perugino, Sebald, Resnais, DGF, Beckett, Cervantes, Sterne, Perec, Godard…), la energía que empuja (rebeldía y tormenta) toda la literatura de Enrique Vila-Matas.

Y en ese desafío interior -desde su habitación cerrada, calle Rimbaud, zona invisible-, en  esa lucha continua contra el tiempo y sus fatales armas (aburrimiento, renuncia, muerte) es como encuentra el escritor o artista una salida, produce nuevas formas que inciden luego en nuestra sensibilidad, en nuestro modo de percibir. Se abre el ventanal: alegría y debate; vaho, cristaleras, respiración, ráfagas de viento.

O -de paso por Granada- este pensamiento cristalino: “Pensé en una poesía de la presencia y en fugaces impresiones que remitían a nódulos de conexión entre el pasado y el presente, focos interconectados de espacio y tiempo cuya topología quizá nunca entendería, pero entre los cuales yo sabía que podían viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarse”.

Marienbad eléctrico: sin lugar, sin edad, sin género; solo arte, poesía de la presencia, muerte y vida, ese aliento.

* (Publicado en El Norte de Castilla, el 20 de febrero 2016)
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