ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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SUJETO

JAVIER AVILÉS VIAPLANA

Siente una opresión en el pecho que le dificulta respirar. Una imperiosa necesidad de aire. De gritar. De destrozar algún objeto lanzándolo contra el suelo. Respira profunda, ansiosamente. Acompasa la respiración con un ritmo interno que solo él conoce, tal vez el de una melodía popular de hace mucho tiempo. Es un estado de ánimo. Normalmente le sucede cuando conduce y el coche llega a lo alto de una cuesta y puede contemplar súbitamente el mar y el cielo y demasiado espacio a su alrededor. Entonces boquea ante el espacio abierto. Agorafobia, luxofobia. Es un estado de ánimo: anímicamente falto de oxígeno. No es normal que le ocurra en el corredor, no cuando está trabajando. Se contiene. No grita. En el coche berrea como un loco y golpea el volante con las palmas de la mano mientras inicia el descenso. No rompe nada. Continúa caminando por el pasillo intentando recordar la serie de números que acaba de memorizar, sincronizando sus pasos al ritmo de la vieja canción. Ah, ah, ah. 9, 10, 4, 7. Todavía le quedan muchas horas por delante. Que alguien me ayude. Siendo 9 un 10 ente 4 ficticio, modelo de no se sabe bien qué, los síntomas que le asaltan son reales. ¿En qué plano se sitúa concretamente el sujeto? 9, 10, 4, 7, repite mentalmente. 61, 71, 52. En ese momento su jefe aparece por una de las puertas del pasillo, unos metros por delante de él. El sujeto saluda con la cabeza, rutinariamente. Pero eso basta. Que alguien me ayude. Repite. Un paso, otro paso, rítmico ausente, 7, 10, 5, 3, algo ronda en su interior que le dice que ha olvidado la serie. Pero hay algo punzante y fatídico que le contrae el diafragma. Boquea de nuevo. Lágrimas afloran a sus ojos. Su espalda se crispa. Una sensación abismal del todo precipitándose sobre él, como si el mundo se colapsase en sus pulmones. ¿Cómo podría como representación tener-padecer esa angustia pánica ante los espacios abiertos (la luz espejeando en la superficie del mar y el cielo, ah, demasiado cielo azul hiriente) sufrir la desazón existencial (el tiempo, tic, tac, 9, 10, 4, 7,) de que todo va demasiado rápido y no se puede detener y la única certeza es la muerte? Cuéntalo, se dice, explícaselo a alguien. Nombrar una cosa la modifica, contar algo personal lo convierte en ajeno. Por eso tanta narrativa de sala de espera médica. Mencionar a cualquiera de sus compañeros, encerrados en sus cubículos a lo largo del pasillo que recorre rítmicamente, que alguien me ayude, yeah, la opresión que siente en el pecho que le ahoga, contarlo en la máquina de café, al fondo del pasillo, en la zona oscura cerca de la central de datos, convertiría el ahogo en otra cosa, algo que no tiene que ver ni con el dolor o el pánico o la angustia. El relato de un dolor es indoloro, inocuo, vacío de sensaciones. Sin embargo el dolor es real. La ansiedad es esa punzada de terror incontrolable. No su nombre. Ni su descripción. El sujeto respira profundamente volviendo a su despacho. Exhala con lentitud, con los ojos cerrados, contando, cantando rítmicamente, que 7 alguien 10 me 5 ayude 6, vuelve a coger aire, contando los pasos, 52, 61, 70 pasos. Ha olvidado la serie de números. Suelta el aire intentando reincorporarse a una realidad que no es suya. Se detiene. No sabe si volver a la central de datos o regresar a su mesa. Los límites de su mundo son cada vez más cercanos y apremiantes. El jefe vuelve a aparecer, esta vez más cerca de él.
— Hola.
— Hola.
— ¿Qué está haciendo por el pasillo todo el rato?
— Vengo de la sala de datos, de comprobar los números.
— No hace falta que lo haga. Todos los datos llegan a su terminal.
— Ya. Ya lo sé. Pero me gusta comprobarlo personalmente.
—Ya, —dice el jefe, — pero no es necesario que lo haga. Permanezca en su mesa y procese los datos.
— La verdad es que se asombraría de la cantidad de veces que los datos llegan erróneos a lo largo del día. Resulta más eficaz…
— Oiga, déjelo. Vuelva a su mesa y póngase a trabajar.
— ¿Aunque los datos estén mal?
— Sí, déjelo ya.
— A mi no me importa. Si eso es lo que quiere, eso es lo que haré, pero tenga en cuenta que no me supone ninguna molestia ir a comprobar la exactitud de los datos, memorizarlos y luego comprobar que son correctos. Nos ahorra mucho trabajo innecesario…
— De acuerdo, pero no hace falta. No quiero que lo haga. Las ordenanzas son precisas en ese sentido. Quiero verlo en su mesa procesando esos datos ahora.
—Como quiera. Yo no dirijo esta empresa.
— Exacto.
72, 75, 80, abre la puerta y se sienta en la mesa y los límites de su mundo se acercan al colapso, le cercan y le apremian. Golpea rítmica, sordamente, los dedos sobre la mesa contemplando la pantalla intentando recordar en vano si los números que aparecen en ella coinciden con los que ha intentado memorizar. Que alguien me ayude. Índice corazón anular corazón índice yeaahh.


— Pensaba que esa canción era para reanimar a los que tienen un infarto — le dice su compañero agitando el café con la cucharilla de plástico.
— Sí, esa es la aplicación. El ritmo adecuado. Luego los estudios han demostrado, o eso dicen, que ese ritmo se acompasa a toda actividad vital.
— ¿En serio?
— Sí. Como si ese fuese verdaderamente la cadencia de la vida. En realidad, no nos engañemos, cuando compusieron la canción, inconscientemente quizás, se inspiraron en ese ritmo vital, el del corazón, el de la respiración, el del flujo hormonal, el ritmo interno primigenio.
— Ya. Seguro.
El sujeto toma un sorbo de café sin dejar de mirar fijamente a su compañero que no acaba de creer lo que le ha estado diciendo. Éste hace un gesto de advertencia y apura su café mientras murmura.
— Viene el jefe.
Tira el vaso de plástico a la papelera y vuelve apresuradamente a su puesto de trabajo. Cabecea sumiso al cruzarse con el jefe en el pasillo. El sujeto contempla toda la acción tranquilamente, mientras termina el café.
— ¿Otra vez paseando? — dice el Jefe.
— No. Estoy tomando café. Vine a comprobar la fiabilidad de los datos y cuando volvía me he parado en la cafetera. ¿No está prohibido, verdad? Si estuviera prohibido sería absurdo que hubiese una…
— Escuche. Ya se lo he dicho antes. No venga más a comprobar los datos. No le pagan para eso. A veces me pregunto para qué le pagan.
El sujeto arruga el vaso y lo arroja a la papelera. Cierra los puños violentamente, los brazos pegados al cuerpo.
— Me pagan porque soy el mejor en lo que hago.
Y aprieta los puños con más fuerza. Cree oír el chasquido de las garras de adamantium surgiendo entre sus nudillos. Un tenue pero ensordecedor ¡Snikt!
— Ya. — dice el jefe. — el mejor en lo que hace. Ahora hay que descubrir qué es lo que hace.
— Ya lo sabe. Compruebo datos. Y hay errores acumulándose.
— Vuelva a su mesa. Todo está correcto, no hay fallos en las transcripciones.
— Los hay.
— No, no los hay. El sistema es infalible.
— Que piense que lo es no quiere decir que lo sea.
Hace rato, corazón, índice, anular, que la angustia ha dejado paso a la rabia.
Al sujeto deben pasarle cosas: “Debe cumplir su misión de representación” ¿Quién dijo eso? Ser y ser manipulado. Ajustarse a los hechos, a la realidad impostada en la que se desenvuelve y que le hace ser, aun siendo un ente manejado. El entorno es accesorio, mutable, circunstancialmente sin trascendencia. Por eso vuelve a estar solo, caminando por el pasillo. Da unos pasos. Siente una opresión en el pecho que le dificulta respirar. Desea aire y crece en su interior la necesidad de gritar que reprime, paso, paso, paso, boqueando. Quiere destrozar algo, lanzar algún objeto contra la pared, contra otro, romperlo todo. El pasillo está vacío. Paso, paso, paso. Reventar un monitor contra el suelo. Respira profunda an-sio-sa-men-te. Más que una perturbación física es un estado de ánimo entre la desesperación y la rabia. Es una perturbación física detectable en un hemograma. Necesita oxígeno moralmente. Se siente objeto de representación, ejecutor de una farsa recurrente. Siente que le cambian de sitio y le colocan en lo alto de una montaña y el horizonte demasiado azul y el cielo surcado por las estelas de los aviones y los ojos lagrimean y vuelve al pasillo. No grita. No hace nada. Camina lentamente intentando recordar los números, pero eso fue hace mucho tiempo, tal vez. Igualmente no los recordaría. Contempla el pasillo como la tarea de un condenado. Se dice (de nuevo, de nuevo, es algo que siempre se dice a sí mismo y que siempre aplaza) que debería contar los pasos que hay entre la sala de control y su cubículo; la anchura del pasillo, la altura de las paredes, las distancias intermedias entre la sala de control y la cafetera, de esta a su puerta, de la puerta hasta la de su jefe, de la de su jefe a la cafetera, de la de su jefe a, adentrándose en la zona prohibida, la reservada a dirección, la planta al final del pasillo, el tiesto frente a las escaleras que ascienden al santa sanctorum de la gerencia con esa imposible planta que desde esa distancia, desde la puerta de su despacho, no puede saber si es natural o de plástico. Nada vivo sobreviviría en este pasillo, piensa, paso tras paso tras paso y la cabeza de su jefe se asoma un momento, le mira y vuelve a desaparecer. Paso, paso, paso, seguir vivo, seguir vivo, respira, respira.


De nuevo en la máquina de café su compañero, otro compañero, mutable, accesorio, indiferente para el sujeto, puede ser otra vez el anterior compañero, intranquilo bebe a sorbos su café, mirando por encima del hombro del sujeto, sin escucharle verdaderamente, agobiado por la cháchara incomprensible del sujeto.
— En la primera hora vemos lo que ocurre cuando no ocurre nada. En realidad no ocurre nada, pero un drama devastador se está desarrollando fuera de las cuatro paredes de la casa. Así, como el hombre tiene un brazo inutilizado, vemos como la hija le ayuda a vestirse. Hay una especie de ritual sagrado en la rutina de los dos personajes. La mujer se levanta, se viste, aviva el fogón, va a buscar agua al pozo, viste a su padre, beben una especie de aguardiente, primero el hombre, un vaso, luego la mujer, medio vaso, luego el hombre bebe otro. Se dirigen al establo a preparar el carro con el que el padre imaginamos que trabaja. La primera señal que anticipa la debacle es que el caballo no quiere moverse. ¿Entiendes? El caballo no quiere moverse.
— Ah, ¿sí? — comenta distraído el compañero — ¿Y eso?
— El caballo no quiere moverse porque no hay ningún lugar a donde ir.
— Joder. Viene el jefe.
El compañero desaparece. Sin verlo, de espaldas a toda la representación, el sujeto adivina como los dos se cruzan, el cabeceo sumiso de su compañero, la determinación del jefe pasando junto a él, ignorándole con un saludo mecánico e indiferente, dirigiéndose hacia el sujeto que apura su café, ah, ah, ah, ah, siguiendo vivo mientras las cifras, qué importan las cifras y tira el vaso a la papelera y se gira justo cuando el jefe alcanza la cafetera, un encuentro sincronizado como el ritmo vital que palpita en torno nuestro y que
— ¡Usted!
Existe un punto a partir del cual el entorno parece degenerar sin remedio. Traspasado ese límite todo esfuerzo que se realice para retornar las cosas al un teórico, puesto que únicamente disponemos de la falible memoria para fijarlo, punto de origen es infructuoso. Los objetos sólidos se deshacen entre los dedos y una capa de polvo crece exponencialmente. El sujeto hace tiempo que sobrepasó ese punto. Contempla la realidad como quien contempla una fotografía. En ella todo es luminoso, brillante y perfecto, con colores definidos y bordes concretos. Pero si nos adentramos en la realidad plasmada en la fotografía advertimos que las superficies son ásperas, las aristas tienen rebabas cortantes, la pintura es mate e irregular, con flagrantes defectos de distribución, que la suciedad se acumula en las esquinas. Y huele. La realidad huele al contrario que su representación. El sujeto sabe eso, lo sabe desde que sobrepasó ese punto o quizás el conocimiento llegó antes y le ayudó a traspasar esa frontera a partir de la cual el hedor de la realidad es primordial y todo es una carrera cuesta abajo hacia la degeneración y el derrumbe. Siente, desde entonces, aunque quizás desde hacía tiempo y ese conocimiento bla, bla, que el mundo en el que habita está limitado, que existen barreras físicas que le impiden continuar. Por ejemplo, el sujeto sale a pasear. No sabe porque sale a pasear. Tal vez sale a pasear para comprobar la extensibilidad del entorno, quizás obedece a una costumbre adquirida hace tiempo, pongamos que una vez tuvo un perro y se acostumbró a sacarlo a pasear y luego no hubo perro, la realidad dejando un olor intenso a podredumbre y la imagen de unos ojos vidriosos que le contemplaban con una intensidad inusitada que permitió, justo poco antes de morir, que entre el animal y el sujeto se estableciese una empatía más que personal, algo que trascendía, en la indefensión moribunda del perro, la relación humano-mascota establecida a lo largo de tantos años de recoger mierdas y rellenar cada día el bol con apestoso alimento elaborado con restos vegetales y animales en fábricas de procesamiento que expulsan por sus chimeneas el hiriente aroma de la cadaverina. El sujeto vive en un pueblo. En ocasiones sale a pasear por las calles sucias que nadie parece intentar limpiar, esquivando excrementos y escupitajos, por calles casi vacías por las que a veces se cruza con otros paseantes, con motivaciones tan esquivas e inconcretas como las del sujeto, a los que a veces saluda a veces no saluda, y prosigue, paso y paso y paso marcando un ritmo sin objeto pero persistente y constante, el ritmo de la savia irrumpiendo en las hojas de los árboles y explotando en los cloroplastos, un estallido de luz verde imperceptible, el ritmo del sonido de las mandíbulas, un castañeo gutural quizás, de los gatos al acecho, el ritmo de la desesperación que le sube desde el estómago elevando el diafragma comprimiendo los pulmones, paso y paso y paso, hasta salir de la zona urbana y los destellos de la clorofila es un rumor constante que le rodea hasta el puente que cruza sobre las vías del tren y entonces se detiene. El sujeto siente que no puede avanzar más allá. Como si una barrera invisible le impidiese continuar, como si la realidad se acabase justo en ese lugar, en un punto indefinido del puente que cruza sobre las vías. No hay nada más allá, siente, y aunque lo intentase, siente, no lograría llegar al otro lado. Siente. Y la creencia se convierte en certidumbre. Sabe que atraviesa ese puente cada día cuando coje el coche para dirigirse al trabajo. Vive en un pueblo, la oficina está ubicada en otro pueblo. Sabe que no hay más límites que los que le impone su propia esfera de proximidad y que, en ocasiones, siempre, esa esfera se desplaza con él. Pero no hay nada más allá de ese punto en algún lugar del puente. Como si en otras ocasiones, no ahora, hubiese una dislocación entre las obligaciones laborales y su vida ociosa, como si los límites se diluyesen obedeciendo a causas mayores, como si no hubiese nada que le impidiese avanzar por el puente hasta el otro lado de las vías del tren si necesitase hacerlo. Pero hay una barrera invisible que le impide franquearlo y le deja paralizado a este lado mientras otros paseantes atraviesan el puente y algunos le saludan y otros no. Su mundo está limitado, acotado. Esta confinado a su propio entorno por unas normas tan triviales como inconsecuentes. Su mundo, su realidad, si así se quiere llamarla, parece estar recluida bajo una cúpula transparente que sólo él percibe, que sólo a él afecta. Por otra parte, quizás por miedo a esa burbuja que le limita, el sujeto ha pasado demasiado tiempo mirando por la ventana esperando una señal en el cielo pero piensa que todavía no es demasiado tarde para ver esa señal. Tiene la sensación de que su mundo le constriñe. Le enseñaron que el Universo se expande, lenta, constantemente, y que cuando alcance el punto de no retorno lo seguirá haciendo hasta la muerte térmica, o bien detendrá su impulso y empezará a contraerse hasta su colapso. Pero, como individuo, siente que sus circunstancias están desligadas del devenir cósmico, que los límites de su mundo son cada vez más próximos y apremiantes. Tal vez ahora la invisible barrera que le impide cruzar el puente se haya desplazado hasta el camino, que esté más cerca, que su hipotético paseo más allá de las vías del tren acabase antes, si por un impulso de valentía o debido a una determinación profunda quisiera saber hasta donde, y descubriese que ya no, ya no puede sobrepasar aquel árbol, o aquel banco donde en ocasiones se sentaba y dejaba que el perro. Ninguna señal en el cielo, ninguna señal. Se acerca regularmente a la ventana cuando está en casa, ya que cada vez sale menos a pasear. Puede ver un fragmento triangular de cielo entre los edificios. Ese es el único punto en el que su mundo no parece contraerse, que mantiene su inmensa desproporción, finito pero suficientemente grande. Un punto de fuga. Inalcanzable. De noche puede ver alguna estrella. No demasiadas. Pero esa visión le mantiene anclado le permite continuar, saber que existe una realidad, a miles de pársecs de distancia, que comparte con cualquier hijo de puta que después de escupir sus flemas en el suelo levante su cabeza hacia el cielo y sonría en estúpida embriaguez ante la visión de los puntos luminosos sobre nuestras cabezas. Solo ese triángulo le hermana con el resto, le confirma seguir vivo, le augura ser, no ser como representación de nada. Cuando sale a la calle ese mismo cielo parece oprimirle con su azul deslumbrante o apabullarle con su muro de nubes grises. Ciertamente, cada vez sale menos a pasear. Pasa demasiado tiempo asomado a la ventana esperando
— ¡Usted!
El sujeto imagina que en el centro del pueblo se abre una plaza circular completamente vacía. Se ve a sí mismo como un personaje que consintió una ignominia, que presenció un suceso intolerable sin intervenir, y que busca redimirse como héroe, impostando una situación extrema, similar a la que dejó pasar, en la que comportarse “como se debe”, sin éxito. Tal vez la imagen de sí mismo provenga de un sueño medio olvidado y que lo que representase en el letargo no sea lo mismo en que él ha convertido ese brumoso retazo de una situación onírica. De cualquier manera que lo enfoquemos, siempre aflora la culpabilidad, como un instinto aletargado dispuesto a saltar a la menor oportunidad de autosacrificio. En ocasiones piensa que la sociedad está degenerando por esa negación reiterada del sentimiento de culpa que no excluye la necesidad de encontrar siempre un culpable, alguien desprotegido o alguna entidad impersonal, en el que depositar las causas. La culpa implica la vulneración de algún tipo de código implícito que todos aceptamos. Su sueño, su recreación del sueño, su reinterpretación de una situación onírica desfigurada por la memoria imperfecta del despertar, le lleva a asumir su disposición a aceptar la culpa, a la posibilidad de asumir la necesidad de pedir perdón por todo, por la propia existencia, por la existencia de todos. Sabe que es así, que siempre encontrará en su comportamiento algún detalle que visto desde el punto de vista de los demás sea susceptible de ser considerado un error, algo por lo que disculparse y sentirse culpable. Pero esa empatía, esa capacidad de ver las cosas desde fuera de sí mismo no le impide de ninguna manera verse a sí mismo desde la perspectiva de otros, por lo cual, aun asumiendo su tendencia a sentirse culpable, también es capaz de comprender que no necesita pedir constantemente disculpas. No es que no sienta esa necesidad pero sabe que es una tendencia que debe reprimir. Por eso, en el sueño, en el recuerdo reconstruido del sueño, asume una culpa que no le pertenece para redimir a todos los que se reúnen en la plaza en torno a él, que en realidad, en el sueño o en su recuerdo, está completamente vacía. Toda asunción de culpa, toda impostura de redención son actos vacíos, piensa apurando el café cuando oye de nuevo a su espalda la enérgica y distorsionada por la furia voz.
— ¡Usted!


El sujeto se encuentra ahora sentado en un sillón de cuero situado en el amplio pasillo del piso superior frente a una puerta sin rótulo que sabe que pertenece al despacho del gerente. Lamenta, mientras se dirigía hacia aquí, no haberse fijado en la planta al final del pasillo en el piso inferior, frente a las escaleras, y haber comprobado su artificialidad, su simulacro verde en un entorno estéril. Otra opción hubiese supuesto una realidad que difícilmente podría aceptar. Pero sigue sin saber. Quizás no quiso saber. Sentado en el sillón el tiempo transcurre al ritmo de sus pensamientos. Hay un reloj situado en una de las paredes a su derecha que puede ver girando la cabeza. En varias ocasiones, al hacerlo, le ha parecido que el tiempo estaba detenido, que el segundero avanzaba únicamente por el hecho de mirarlo. La burbuja que le aísla del mundo se desplaza con él donde quiera que vaya. Cada vez que mira el reloj se produce un lapso eterno en el que el tiempo queda abolido y solo la fuerza de voluntad del sujeto el segundero consigue extraer fuerzas del mecanismo para que avance uno más, uno más, hasta el siguiente mientras sigue mirando. Luego se detiene o el sujeto cree que se detiene y debe volver a mirarlo para comprobarlo y de nuevo un alongado lapso atemporal hasta un nuevo salto y otro y otro y el tiempo avanza mientras el sujeto mira el reloj y todo está correcto y la puerta sigue cerrada y la tapicería del sillón cruje im-per-cep-ti-ble-men-te, como el avance del segundero de un reloj artrítico, mientras el sujeto se hunde en él y lamenta la planta después de avanzar a lo largo del pasillo pensando, podré ver de cerca la planta, contando los pasos, desde la cafetera donde el jefe le incriminó un último
— ¡Usted!
antes de espetarle está usted despedido y el cerraba los puños con fuerza y el ¡Snikt! no llega, ni la cabeza del jefe sale rodando por el pasillo, 61, 71, 52 pasos, hasta la puerta de su despacho rodando hasta las escaleras al fondo del pasillo dejando un reguero de sangre hasta detenerse (la cabeza) junto al tiesto de la planta de plástico. Y le dice está usted despedido y es como si el segundero se detuviese aunque lo mirase fijamente y le dice suba al despacho del gerente, ya le he hablado de su incompetencia y de sus extravagancias y de todo, desaparezca de mi vista y la tapicería cruje y el tiempo solo avanza gracias a su fuerza de voluntad aunque la apatía le empieza a dominar y el silencio del pasillo de dirección le adormece y una puerta se abre a su derecha, cerca de las escaleras que acaba de ascender, hace horas o apenas cuatro segundos, y un hombre se asoma y le hace gestos con la mano.
El sujeto se acerca.
— Usted se encarga del puesto 215-B, ¿cierto? — el sujeto asiente. — Parece que hay cierta discrepancia en los datos. Hay un enorme revuelo allá abajo y si no logran atajarlo dará al traste con todas las operaciones del día. ¿Considera posible que los datos que envían a las terminales no coincidan con las mediciones reales?
— Por eso estoy aquí, por saber que eso ocurre a cada momento.
— Debe arreglarlo.
— Estoy despedido.
— Olvídese de eso. Vuelva usted a su puesto y arregle este despropósito.
Por encima del hombro del individuo misterioso que habla en susurros puede ver la habitación iluminada únicamente por el metálico resplandor azul de varios monitores. La oscuridad es casi orgánica en el despacho y en las esquinas donde no llega la tenue luz parece moverse en ondulaciones peristálticas.
El hombre sigue hablando pero el sujeto apenas le escucha subyugado por la carnosa tiniebla que parece emitir tentáculos de negritud.
— ¡Me ha oído! Debe volver imperativamente a su puesto de trabajo y subsanar esta anomalía.
Y murmura algo más que el sujeto no logra entender o que no logra aceptar o que le parece tan melodramáticamente fantasioso que se niega a reconocer que haya surgido del abismo negro de la boca de ese individuo que ahora le mira a través de sus gafas veladas. El sujeto quiere creer que el individuo no ha dicho algo referente a la trama de la realidad desmoronándose.
— ¡Corra!
El sujeto sale del despacho y baja las escaleras atropelladamente.


Lo primero que el sujeto percibe es el vacío en la esquina donde antes estaba el tiesto con la planta. Luego, el estrépito de las máquinas le aturde.
— ¡Usted!
El jefe ya no lleva el traje sin chaqueta y la corbata ha desaparecido. Lleva una bata gris que le llega casi hasta las rodillas sobre una camiseta. El sujeto contempla anonadado la nave que ocupa el lugar de la oficina. Apenas entiende el nuevo ¡Usted! que grita el jefe y entrecortadamente, bajo el ruido de pistones, cadenas, cintas y poleas, la recriminación que sigue “…ones de te pre sin cer ada NADA a maquina de a vez Y PONTE A TRABAJAR DE UNA PUTA VEZ”. El sujeto se dirige a su puesto de trabajo, dócil e indolente al mismo tiempo, sin cruzar la mirada con el jefe. Se sienta frente a la máquina, 215-B, donde se acumulan las piezas que debería estar troquelando. En los puestos adyacentes de la línea algunos compañeros esperan, furiosos o divertidos, con las manos en los bolsillos o fumando clandestinamente, a que se reanude la producción paralizada en el puesto del sujeto.
— Todo este retraso irá a tu cuenta, capullo.
Acciona un interruptor y baja una palanca, acciona dos botones y suelta la palanca, coje la siguiente pieza y la coloca, acciona un interruptor y baja una palanca, acciona dos botones y suelta la palanca, coje la siguiente pieza y la coloca, acciona un interruptor y baja una palanca, acciona dos botones y suelta la palanca, coje la siguiente pieza y la coloca, empieza a sentir de nuevo la opresión en el pecho. Inventa series de números al azar acompañando sus movimientos. Respira profunda an-sio-sa-men-te acompasando cada inspiración al ritmo del interruptor, palanca, botones, palanca y una nueva pieza. El tiempo se desbasta a sus pies cayendo hacia la tolva que conduce los restos de las piezas troqueladas a un contenedor en el sótano para ser reutilizados. Solo que su tiempo no puede ser recuperado y fluye como un líquido junto a las piezas, se desparrama por las rendijas del contenedor metálico, empapa el suelo, se filtra por las grietas del hormigón y es absorbido por la tierra que subyace bajo todo y desaparece. Expira, interruptor, inspira, palanca, expira, botones, clac, el tiempo cae golpeando furiosamente las paredes de la tolva, expira, palanca, que alguien me ayude, yeah.
Hay pausas para almorzar. Quince minutos. Y cada dos horas, cinco minutos. Hay una mesa construida con tablones y unos asientos rudimentarios que en alguna ocasión fueron cajas. Bocadillos y botellas y piezas de fruta. Cada comensal tiene una navaja. Cortan, mastican, hablan.
— Dicen que han encontrado a un niño vagando por la sección 9.
—No jodas. ¿Y qué hacía allí?
— Yo qué sé. Solo sé que me han dicho que han encontrado a un niño.
— ¿Y qué hacía allí?
— Joder. Hiciera lo que hiciera seguro que hacía más que tu.
— ¡Ja! Si viene su madre a buscarlo que me avisen.
El sujeto come en silencio, poco a poco. Se pregunta quien habrá puesto en su bolsa el bocadillo y la naranja. Reconoce la navaja. Recuerda que una vez, en esta misma mesa, dibujó sobre un papel la silueta parcial de la navaja, la del filo y el mango y comentó a sus compañeros, a los que también reconoce, una teoría sobre el corte que produciría el filo dibujado sobre el papel. Hace tiempo. Reconoce todas las estúpidas bromas repetidas hasta la saciedad. Reconoce la urgencia de los quince minutos, la mesa donde comen y cada una de las máquinas en las que ha trabajado en los últimos años. Pero es consciente del cambio de lugar. Reconoce al mismo tiempo los fluorescentes y las mesas y las pantallas y las camisas y las corbatas de sus compañeros de oficina justo doblando la esquina donde se encuentra la planta (¿artificial?) al final del pasillo, al lado de las escaleras y el reloj inmovilizado y la espera y el despacho consumido por la oscuridad hambrienta y acechante. Todo es y es simultáneamente como si hubiese estado aquí en la fábrica y aquí en la oficina al mismo tiempo durante todos estos años que no le pertenecen o que le pertenecen doblemente a causa de una anomalía en la trama de la realidad (¿de dónde le acaba de alcanzar esta revelación?) Da otro bocado mientras el jefe se acerca a la mesa y avisa “tres minutos” y todos recogen y la naranja se quedará sobre la mesa junto al filo dibujado de una navaja, un filo que no puede alcanzar la piel de la fruta, ni cortarla para acceder a los gajos que se adivinan dibujados en otro trozo de papel con el que envuelve los restos y los arroja al cubo y se dirige a la cafetera (¡espera!) y de allí al puesto 215-B donde interruptor y palanca y botones durante dos horas más.


Más tarde, observa atentamente la cafetera. Es la misma máquina.

— El domingo salí a la calle y me crucé varias veces con el mismo individuo.
— Suele pasar.
— No, no. No me he explicado bien. Quiero decir que vi varias veces al mismo individuo pero no era el mismo.
­— No te entiendo.
— Verás. Salgo de casa y veo al hombre entrar en un edificio al otro lado de la calle. Giro la esquina y veo a la misma persona atravesando la calle dos manzanas más allá. El mismo pelo, el mismo pantalón marrón y la misma chaqueta también marrón abrochada hasta el cuello. El hombre cruza de izquierda a derecha. Cuando llego a esa intersección giro a la izquierda para no verlo de nuevo y lo encuentro tirando botellas en el contenedor de vidrio. Se me queda mirando y paso a su lado sin saludarle. Más allá pasea un perro y tras nuevos giros le veo con una barra de pan bajo el brazo. Me dirijo a la estación y lo veo sentado en un banco, esperando y mirando los trenes pasar, pues no sube al vagón. Cuando subo al tren y arranca resulta que se encuentra dos asientos más allá hablando con una mujer que no puede más que decir sí, asentir con la cabeza, intercalando alguna trivialidad.
— No podía ser la misma persona. Lo que ocurre es que todo el mundo viste igual.
— No. ERA el mismo tipo una y otra vez. La clase de persona que habla sin cesar de lo magnífica que es su casa y lo poco que le costó, de la potencia de su coche, de los éxitos de sus hijos de lo inteligentes que son y de lo bien que se ganan la vida, de lo increíblemente bien que le va todo aunque el mundo se esté pudriendo a su alrededor. Es una especie de Prototipo. El hombre exitoso que, sin embargo, parece que no tiene a nadie con quien hablar y se aferran como rémoras a cualquiera que, por educación, no sea capaz de hacerle callar. Un parásito de charla trivial.
— Ya, conozco a esos tipos. — (pausa, pausa, mirada) — ¿Qué pasó?
— La mujer, por educación, abrumada, estuvo a punto de no poder bajar en su estación porque el hombre no paraba de hablar. Incluso la acompañó a la puerta sin dejar de hablar. Cuando volvimos a arrancar miró a su alrededor y me vio. Se acercó pausadamente y cuando estuvo a mi altura simulo toser. Y dijo, mirándome, “parece que no se me va esta carraspera”. Le ignoré. Simulé ser sordo mirando intensamente por la ventanilla en cuyo reflejo pude ver al hombre alejarse visiblemente molesto por mi grosería.
— ¿Y luego?
— Me bajé en la siguiente estación. Pasé por su lado y le dije adiós. Me ignoró.
— ¿Y ya no lo has visto más?
— Ah, sí. Continuamente. En todas partes. Ahora, aquí, hablo con él.
El sujeto arroja el vaso a la papelera y vuelve a su puesto de trabajo.

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