ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Mercedes Monmany y Amos Oz
Mercedes Monmany y Amos Oz
Tel Aviv, nov. 2008



BOUVARD Y PÉCUCHET EN NÁPOLES

MERCEDES MONMANY


Uno de los autores más interesantes y ferozmente originales del panorama actual italiano, Giuseppe Montesano (Nápoles, 1959) sería el ganador del disputadísmo premio Viareggio de 2003 con Di questa vita menzognera, novela que próximamente será publicada por la editorial Parténope, la misma donde ha aparecido ahora otra espléndida obra anterior, que lo lanzó a la fama en su país: En el cuerpo de Nápoles (1999). En ella se ofrece una barroca, expresionista y desbordante transfiguración simbólica de las vísceras secretas de una de las ciudades del mundo más frenéticamente incontrolables y devoradas por los tópicos: Nápoles. Una ciudad que ya había tenido lecturas excéntricas y surreales como las oníricas de esa gran escritora que es Anna Maria Ortese.

En su obra, Montesano organizaba una especie de confabulación clandestina contra la realidad, a lo Luces de bohemia de Valle-Inclán o La conjura de los necios de Kennedy Toole, con un puñado de personajes marginales, asociales y periféricos que representaban un auténtico carnaval de lo desaforado y esperpéntico. Con él, Montesano parodiaba sin piedad ese mundo mentiroso e hipócrita de las máscaras y las apariencias, tan querido y denunciado por autores como Schnitzler. Casi ningún estamento ni contradicción de los que integran el tejido social visible de cualquier ciudad aquejada de inmovilismos eternos quedaba olvidado en la novela de Montesano: desde familias que perpetúan un determinado orden establecido hasta sus rebeldes hijos lectores de Nietzsche, Trakl y Baudelaire; desde representantes de un clero ultrareaccionario hasta chicas arribistas y sin escrúpulos, charlatanes visionarios o zafios traficantes de la más baja estofa política y especulativa.

Dos jóvenes, el dubitativo Tommaso y su amigo el histriónico Landrò, retrasan sin cesar su “entrada en la vida”, mientras repudian violentamente un presente que ya los ha condenado de antemano. En el límite mismo de ese reloj biológico, los treinta años, que marca el fin de su edad de aprendizaje y su plúmbea entrada en la madurez o era de la productividad, ambos conforman una especie de angustiada pareja filosófica, que se resiste como gato panza arriba a encontrar un trabajo, el que sea. Aunque menos laboriosos y emprendedores, vienen a ser una visión remota de Bouvard y Pécuchet, aquellos dos torpes y ambiciosos aprendices de brujo de un saber global y de un “todo” que continuamente les explota entre las manos. Tommaso y Landrò quieren corregir el mundo, desde sus mismísimos cimientos, antes de plegarse a él y entrar a formar parte de esa vulgar patraña llamada realidad, de la que Rimabaud, su héroe, salió un día escopetado. Por abandonar, también han decidido abandonar la escritura, incluso antes de haber iniciado esa carrera que se revelará, por fuerza, inútil y decepcionante. Imbuidos de citas de Nietzsche, Baudelaire o Blok, de los fantasmas de sus días desquiciados y de sus amoríos, son apenas unos pastiches borrosos de un mundo de imitación e insatisfacción constante, al que no saben darle forma. Junto a un constructor mafioso de necrópolis megalómanas y horteras y un espiritista esotérico especializado en rastrear puntos de energías subterráneas, organizan una gran y descomunal conjura para “la evasión absoluta” de la realidad y para el desvelamiento de la Verdad y la Belleza oculta, que corre por debajo de la porquería acumulada sin cesar por la superficie y el escaparate exterior de lo visible de su ciudad.

Enfermos de palabras, es decir, de vida interpuesta, su ruina, como en el caso de Don Quijote, serán esas lecturas seguidas al pie de la letra, esos libros engullidos hasta el límite de la razón. Sepultados por citas, por autores que, por otro lado, como siempre se ha demostrado, cualquiera puede masacrar y apropiarse hasta hacerlos irreconocibles, la pareja formada por Tommaso y Landrò se estrella sin cesar contra una vida a la que son incapaces de aportar una sola coma o punto de comentario propio y al margen de lo absorbido tan fanáticamente. Su fanatismo corre paralelo a la ansiedad con la que sus mayores los esperan para hacerles firmar un contrato de por vida, para lo que sea. En huelga con una realidad, con la que actúan “como si no existiera”, Landrò y Tommaso luchan día tras día, cada vez más débilmente, contra el presente que los atenaza. Misteriosamente, Landrò, el Ivan Karamazov sin crimen dostoievskiano por medio, un día, empezará a repetir las mismas y exactas frases en dialecto que repetía su odiado padre. Tommaso, por su parte, se irá haciendo cada vez más invisible, más ignorado en su propio hogar, que ya controla por completo su horrible cuñado Taúto, un caradura de aire chulesco, que los ha expoliado desde siempre, pero que, en contrapartida, mantiene una impune fachada social de respeto y consideración.

En el cuerpo de Nápoles, Giuseppe Montesano. Editorial Parténope. Orihuela (Alicante), 2004. Traducción de Carlos Alonso Otero. 270 páginas.
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