ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Mujer leyendo (Hans Finsler)
Mujer leyendo
(foto de Hans Finsler)



ENRIQUE  VILA-MATAS & CO

MERCEDES MONMANY


Alternando indistintamente, y mezclándolos sin cesar,  con igual ambición de dominio totalizante del texto y con igual idea del juego literario, tanto  la novela, el relato breve, el artículo literario o  la pequeña y deslumbrante pieza de ensayismo y crítica, muchas veces acompañada de concentradas e insólitas biografías de escritores, a Vila-Matas -maestro moderno de la narrativa, colocada hasta el borde mismo del abismo en cada uno de sus libros o, si se prefiere, hasta su misma disolución dentro del vértigo de los infinitos territorios continuamente desdoblados de ficción y realidad- le gusta rodearse siempre de una hermandad o heterodoxa familia genética de creadores, que ha estado presente desde sus primeros libros, como era el caso de Historia abreviada de la literatura portátil (1985). El Premio Cervantes Sergio Pitol, cómplice y referente literario de largo alcance de Enrique Vila-Matas, ya advirtió que desde el comienzo Vila-Matas planteó siempre “un descenso o viaje interior hacia uno mismo, una excursión hacia el fin de la noche que significaba la negativa absoluta de regresar a Ítaca: el deseo de viajar sin retorno, en definitiva”.

La prestigiosa revista francesa Magazine Littéraire, en la que Enrique Vila-Matas ha sido el único escritor español que durante años ha mantenido una columna literaria, saludó en los inicios de la gran fama que este escritor ha adquirido en el país vecino y en otros europeos a este “autor inclasificable, culto, mordaz e inquietante”. Desde entonces, libro a libro, no se ha cesado de elogiar su literatura, capaz de emprender un apasionante camino de búsqueda e indagación, de sentido de la trascendencia, sin por ello renunciar al humor y a la tremenda imaginación que siempre ha caracterizado su literatura. Sus viajes interiores y exteriores son en su literatura  unos viajes de raíz poética, puramente textual o existencial, que reclaman para sí la libertad total en la página y en la construcción, concepción  y  estructura de la novela y el relato: verdades fingidas e inventadas conviven con hechos provenientes de una  realidad polimórfica, en constante y mutante devenir, realidad en la que hace tiempo que el autor ha dejado de ser su legislador y ordenador absoluto; tramas fragmentarias y abiertas se mezclan con asociaciones, bifurcaciones  y encadenamientos de otras historias y entramados narrativos; citas literales se unen sin cesar a citas levemente desfiguradas y casi idénticas; e identidades ficticias se injertan continuamente en biografías canónicas y perfectamente contrastables.

Un culto y mixtificación por lo literario sin cesar enfrentado y forcejeando con los espejismos, reflejos y fantasmas residuales o no del vivir, o si se prefiere, con la ilusión de llevar a cabo vidas sencillas y simples fuera del delirio, obsesión y viaje absoluto, permanente y absorbente que es la escritura –reflejado magistralmente en libro como Lejos de Veracruz o en El Mal de Montano- una escritura que atrapa y hace siempre las delicias del lector, a través de relatos insólitos y de prosas entre poéticas, filosóficas y llenas de un humor vitriólico, afilado y demoledor que ha contribuido a lo largo del tiempo a crear, en su caso, un estilo inconfundible e inimitable. Un estilo visible, ya sea a través de artículos o microrrelatos de la inspiración más variada aparecidos en la prensa, y más tarde recogidos en geniales selecciones como Desde la ciudad nerviosa, Recuerdos inventados, Para acabar con los números redondos, El traje de los domingos o El viento ligero en Parma; ya sea en historias encadenadas como es el caso de su libro Exploradores del abismo o en esa abigarrada muchedumbre o  Arca de Noé de la cultura y de los movimientos artísticos de su tiempo, que es Dietario voluble, o en sus novelas que se convierten cada vez más en fascinantes cajas de resonancias que contienen muchos géneros al mismo tiempos: el diario, la autobiografía fragmentaria, la sátira y la parodia grotesca, el poema en prosa, la crónica o el ensayo crítico sobre otros escritores o “almas gemelas” como él las llama. Y un riesgo como creador que Vila-Matas al contrario que otros muchos autores que con el tiempo se han vuelto más acomodaticios en sus incursiones o hallazgos de nuevos caminos para su laboratorio privado de escritores y pensadores de su tiempo, no ha cesado de renovar con un pacto privado de exigencia que hacen los mejores de cada época consigo mismos, ese “preferiría no hacer” muchas cosas que los traicionarían o los alejarían de la práctica del arte auténtico (un NO rotundo al cual Vila-Matas ya rendía homenaje en su conocida obra Bartleby y compañía) o ese riesgo que en definitiva siempre busca descifrar, más allá de los ya explorado y transitado, más allá de lo aparentemente clausurado, nuevos territorios de la ficción, colocándose siempre cada vez más al borde del precipicio, del vacío, del abismo de un yo o de esa frontera que separa la realidad de un más allá desconocido y misterioso que quizá sea preferible no aventurarse a conocer desde muy cerca…

No hace mucho, el escritor Javier Marías volvía a rendir homenaje literario a Juan Benet, un autor en nuestro país considerado como “difícil” y esquivo, como elitista, artísticamente hablando, que, como en el caso de Vila-Matas y  pocos más en un territorio como el nuestro muy pegado al realismo y al costumbrismo, había mostrado en vida y, sobre todo, en su literatura, un desprecio absoluto por la llamada “intriga” novelística, por la mera información narrativa, por el costumbrismo y lo “popular” o lo castizo, evitando siempre la tentación de recurrir, como decía Marías, “a los métodos fraudulentos o a los recursos de barracón de feria para alcanzar el éxito”. Vila-Matas, como en el caso de estos autores de tenaces e íntimas exigencias, con los que no por fuerza tiene la obligación de compartir mucho en común en sus búsquedas y caminos concretos literarios, es un antirrealista en un entorno que aplaude mayoritariamente sin cesar la novela entendida como crónica  desgajada de la historia y de una época precisa, planteada muchas veces sin casi sin apenas variar ni comas ni puntos en sus vicisitudes. De ahí su mérito añadido de haber roto hábitos casi seculares y decimonónicos con su no previsible ni convencional literatura de la exigencia y de la búsqueda de la trascendencia. Una literatura que ha logrado conectar con amplios públicos durante años acostumbrados, en general, tras diversas clases de dictaduras, no sólo las políticas, a un odio profundo a todo lo que oliera a  cosmopolita y extranjerizante, como muy bien sabía el tantas veces vilipendiado Benet, por no hablar también de Juan Goytisolo o Julián Ríos. Así, con ese desprecio por la presencia continuada y concreta del autor más que por “la singularidad de su ausencia”,  por su alejamiento o por su absoluta de vocación de soledad, o de desaparición blanchotiana o a lo Gracq, lo expresó Vila-Matas en un elocuente  texto: “El verdadero triunfo, aquel  “prestigio propio” del que un día hablara Juan Benet, la verdadera y sublime gloria solitaria estribaría pues en no ser descubierto en el escondite, no ser reconocido. Después de todo, ya hace años que surgió la pregunta entre nosotros y muchos de mi generación nos hicimos circunspecto eco de ella. Hablo de cuando nos preguntábamos, casi obsesivamente, qué era exactamente un autor. Tal vez –decía Vila-Matas- ser un autor sea hacerse el muerto, situarse en el lugar del difunto, y no perder de vista ciertas perspectivas que abrieron pensadores como Foucault, para quien lo que la escritura pone en cuestión no es tanto la expresión de un sujeto que escribe cuanto la apertura de un espacio en el que el sujeto que escribe no cesa de desaparecer”.


La familia genética, el árbol natural genealógico de Vila-Matas, con el que conversa en sus artículos o en sus libros son Walter Benjamin y Giorgio Agamben, Thomas Bernhard y Glenn Gould, Sergio Pitol y Augusto Monterroso, Antonio Tabucchi y Jean Echenoz,  Jorge Luis Borges e Italo Calvino, Witold Gombrowicz y Samuel Beckett, Michel Leiris y Julien Gracq, Robert Walser y Franz Kafka, Hofmannsthal y Musil. Muchos de estos autores ya fueron retratados magníficamente en un libro fundamental, El anillo de Clarisse de Claudio Magris, un libro clave para entender el cambio en las “posiciones literarias” (más que métodos, como a Vila-Matas le gusta precisar) que se inauguran y pone en crisis con el siglo XX rompiendo definitivamente con la imagen unitaria, omnisciente y autoritaria que había caracterizado al gran estilo decimonónico. “El gran relato musiliano de El hombre sin atributos”, diría Magris en su genial ensayo, “se propone representar la realidad entera en su mutable devenir; un relato que parece destinado a convertirse en un fragmento perennemente inacabado, sin centro ni fin”. Algo que se unía a la crítica de la cultura hasta aquel momento vigente planteada también en su día por Nietzsche, que ya diagnosticó aquella pugna por el dominio inmanente a toda búsqueda de la verdad, a todo pensamiento que pretenda resolver y eliminar en su unidad las contradicciones de lo real. Una vasta “red” uniforme y centralista “de pensamiento” se hallaría extendida por toda la tierra para dominar la pluralidad de la vida y mantenerla bajo el control de la uniformidad, sofocando toda diversidad. El gran estilo, diría el filósofo y escritor alemán, presupone de entrada una perspectiva desde lo alto, es decir, un punto de vista en que colocarse y un sujeto capaz de situarse en dicho punto, de constituirse en ordenador y legislador de lo real, ignorando la idea de sujeto y la pulverización de su identidad en una anarquía de átomos. Nada más lejos, como ustedes podrán comprender, de lo que es la idea, posición y toma de conciencia de la literatura y el arte que siempre ha desarrollado un autor como Enrique Vila-Matas.
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