ENRIQUE VILA-MATAS
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RECUERDOS INVENTADOS (1994)
Primera antología personal

Recuerdo inventado
Recuerdos inventados / Primera antología personal
Anagrama, Barcelona, 1994
Colección Compactos, CM 90

BIBLIOGRAFÍA
  1. Tarifeño, Leonardo, “Antología de la memoria”, Diario 16, 23/04/1994.
  2. Rodríguez Barrón, Daniel, “Un escritor de brevedades”, Novedades, México, 29/05/1994, p. 6.
  3. Pohlenz, Ricardo, “Monitor literario”, Economista, México, 31/05/1994, p. 50.
  4. Domene, Pedro, “Los recuerdos inventados”, Diario Córdoba, 9/06/1994, p. 30.
  5. Urtaza, Federico, “Vida al pie de la letra”, Siempre, México, 3/08/1994, p. 65.
  6. Fagnani, Fernando, El cronista, Argentina, 10/02/1995, p. 5.
NUNCA VOY AL CINE

   A las diez en punto de la noche estaba frente al portal de la casa de Rita Malú, y un mayor­domo muy alto le cerraba el paso. Dijo Pampanini:
   -Soy uno de los invitados.
   -¿Por qué uno?
   -¿No hay otros?
   -Ande, pase.
   Avanzó por un pasillo, cruzó un pequeño sa­lón y, a medida que iba siendo introducido (es un decir, porque el mayordomo había desapare­cido) en una intrincada red de estancias, fue ca­yendo en la cuenta de que aquél era el tipo de sitio en el que uno sabe que, en cualquier mo­mento, le van a dar un susto. Y así fue. De pron­to chirrió una puerta y, abriéndose sola, dejó ver a Rita Malú que estaba apoyada en una li­brería y se alisaba sus largos guantes impolutos como el marfil.
   -Me alegro de haber venido —dijo él, apro­ximándose a la anfitriona.
   -Yo también —dijo ella.
   -Pero, ¿no es ésta su casa?
   -Ande, suba.
   Subieron por una escalera de caracol al terra­do de la casa. Allí estaban varios grupos de invi­tados. Había también farolillos rojos, un piano y cierta alegría. La vista era espléndida, pero Pampanini sintió cierto vértigo y, además, ya desde la primera presentación, presintió que aquello po­día acabar mal. Mientras dos señoras se arroja­ban pasteles de nata a la cabeza, un americano al que llamaban Glen le confundió con un rea­lizador de cine ya fallecido. Tras un solemne sa­ludo, e indiferente a la batalla de las dos señoras (muy fogosas, romanas probablemente), el ame­ricano felicitó a Pampanini por la extrema belleza de su obra, haciendo especial hincapié en aquella emocionante secuencia en la que una esclava se bañaba desnuda en el Tigris. Pampanini iba a protestar cuando una vieja dama le reprochó el ateísmo de sus primeros films.
   -Menos mal que luego se convirtió al catoli­cismo —le dijo la vieja dama.
   -Sin duda me confunden con otro —dijo Pampanini.
   Glen, el americano, encendió lentamente un cigarrillo. La vieja dama fue en busca de un hombre de notable papada y barriga muy pro­minente, un tal Rossi, al que pidió que tocara el piano. El hombre suspiró, se levantó, tropezó con el pie de Pampanini al pasar, y, sentándose de­lante del piano, inclinó la cabeza, permaneciendo inmóvil durante varios segundos. Luego, despa­cio y muy suavemente, dejó el cigarrillo en un cenicero e inclinó otra vez la cabeza. Así estuvo un buen rato hasta que, por fin, levantando la ca­beza, dedicó su actuación al insigne realizador de cine que tanto les honraba aquella noche con su presencia. Pampanini intervino para aclarar, de una vez por todas, la confusión en torno a su identidad.
   -Ese hombre murió hace ya tiempo —dijo Pampanini.
   Todos se rieron, e incluso hubo quien, creyén­dola ingeniosa, aplaudió la frase. Entonces, Pam­panini le pidió a Rita que aclarara todo aquel lío.
   -Usted puede aclararlo mejor que yo —le dijo ella, como enfadada.
   Pampanini fue hasta el piano y, apoyándose en él, dijo con voz firme y serena:
   -Me confunden ustedes con un cadáver. Yo soy técnico en caligrafía y trabajo en el Ayun­tamiento. Me llamo Alfredo Pampanini.
   De nuevo, risas y aplausos
   -No me molestaría nada —continuó él— toda esta lamentable confusión de no ser porque yo, señores, nunca voy al cine. Es más, jamás he pisado una sala de cine en mi vida. Ni tan siquie­ra de niño, cuando estaba de moda pasar los do­mingos en uno de esos oscuros locales. Tenía y tengo siempre la imaginación demasiado ocupa­da como para perder el tiempo sentándome frente a una pantalla a esperar a que aparezcan cua­tro fugaces sombras.
Nunca voy al cine


    Era cierto. De niño, Pampanini estaba siem­pre tan entretenido en sus solitarios juegos que sus padres nunca hallaron el momento oportuno para llevarle al cine. Pasada la infancia, tampoco sintió nunca la menor curiosidad por entrar en una sala. Siempre que le proponían hacerlo, bus­caba un pretexto, más o menos convincente, para evitarse lo que, para él, no era más que una tor­tura. Sospechaba que el cine era el arte más en­gañoso de todos y el único en el que nunca nada era cierto.
-No logrará engañarnos —dijo la vieja dama—. Pero Pampanini ya se había ido. En un rincón del terrado, Rita estaba presentándole a dos jóvenes amigas. Ambas se llamaban Geno­veva. «No puede ser cierto», pensó Pampanini. Una de ellas, la más guapa, trató de advertirle de cierta amenaza que flotaba en el ambiente y le dijo
   -¿No ha visto usted esos pájaros?
   Había un número bastante elevado de pájaros colocados sobre un alambre.
   -¿Y qué hay de particular en ello? —dijo él.
   Rita le cogió del brazo y le condujo al extre­mo opuesto de la fiesta. Durante el trayecto, le preguntó si era verdad que no le gustaba el cine. Pampanini le dijo:
   -Así es. ¿Y sabes por qué? Pues porque en el cine nunca nada es cierto, nunca.
   Mientras decía esto, Pampanini no dejaba de girar constantemente la vista hacia el lugar don­de estaban las dos Genovevas. Una de ellas, la menos guapa, le gustaba mucho y estaba pensan­do en entablar una conversación más duradera con ella cuando vio que Glen, el americano, se acercaba furioso a Rita y le recriminaba que hu­biera tan poco alcohol en la fiesta.
   -¿Y para qué quiere usted beber tanto? —terció Pampanini.
   -Para marearme.
   -¿A mí?
   -Ande, siéntese.
   Glen le acercó una silla y Pampanini, que no se atrevió a negarse, se sentó en ella. Aún no se había recuperado de su sorpresa cuando, con mayor sorpresa todavía, vio como de una espec­tacular bofetada Glen le cruzaba la cara a Rita.
   Como nunca había visto nada parecido, se que­dó pasmado. No puede ser cierto, se dijo. Glen huyó por los tejados y Rossi emprendió su persecución. Poco después, Rossi perdió pie al saltar de un tejado al otro y resbaló. A punto ya de caer, logró agarrarse del canalón del tejado y su som­brero cayó al abismo. Algunos invitados rieron como enloquecidos. No, no puede ser cierto, se dijo Pampanini. Y siguió allí sentado, literalmente pasmado.

A José Luis Vigil

Pessoa. Chiado 1928.    “Voy delante de esa expedición que todos hemos soñado alguna vez y, entre mis recuerdos, está el haberle oído decir al escritor italiano Antonio Tabucchi que en cierta medida la literatura es como el mensaje de la botella, pues también depende de un receptor, ya que así como sabemos que alguien, una persona indefinida, leerá nuestro mensaje de náufragos, también sabemos que alguien leerá nuestro escrito literario, un alguien que más que destinatario será cómplice, en la medida en qué habrá de ser él quien le confiera sentido a lo escrito. Eso es lo que permite que cada mensaje tenga siempre añadidos, nuevos significados; que los mensajes crezcan, cobren resonancia. Y eso es, precisamente, lo extraño y fascinante de la literatura: el hecho de que no sea un organismo estático, sino algo que en cada lectura sufre mutaciones, algo que constantemente se modifica.”

De Recuerdos inventados, primer texto del libro del mismo nombre.
LA FUGA EN CAMISA

   Eran ingleses y estaban hablando de una mujer. Lo supe cuando uno de ellos arrojó su pipa al mar y, con voz susurrante y temblorosa, dijo:
   -La capacidad de amar de Jennie era sencillamente inmensa.
   La frase sonó tan cálida que, aun sin saber de quién hablaban, rocé literalmente la emoción. Recordé haber leído en alguna parte que las palabras eran las cosas convertidas en puro sonido, su fantasma. Y sentí que, en cierta forma, me había enamorado de una palabra, de un fantasma, me había enamorado de Jennie.
   Luego escuché una historia o, mejor dicho, la astilla de una historia.
   -Un día, Jennie se enamoró de una musulmana y olvidó que éstas tienen un concepto distinto del amor. Olvidó que desprecian a las cristianas y que muchas consideran que es totalmente lícita cualquier maldad que les hagan. La musulmana era la criada de Jennie. Era posesiva, dura, siempre a la espera de un regalo a cambio de su amor. Estaba enamorada de Jennie pero a su manera. Sabía hacer filtros de amor. Filtros infalibles a base de hierbas que se apoderaban de la voluntad de quien los tomaba. Filtros que eran una mezcla de hipnóticos, aditivos y otras hierbas como el beleño y la cantárida. Jennie tomó, durante un tiempo, esos filtros y fue envenenándose lentamente. Enfiló la senda irreversible que conduce a la locura y la muerte…
Jennie


   En ese momento cruzó por mi mente la imagen de un narrador oral, de un encantador de serpientes que había yo visto en un anterior viaje a Marruecos. Presa de un irresistible y misterioso impulso, me abalancé sobre el inglés y, como si estuviera afilando un cuchillo que rasgara el aire imponiendo el filo del silencio, le dije:
   -¡Alto ahí! Ya he oído bastante. Preferiría que dejara el resto a mi imaginación.
   Y andando lentamente hacia atrás me alejé de allí. No quería darle la espalda al siempre difícil horizonte.


Del relato La fuga en camisa
(Recuerdos inventados, pág. 142)
Philippe Parreno
BREVE HISTORIA DE ESTA SINGULAR EDICIÓN

   “En mi primer viaje a Venezuela, en 1992, me propusieron editar en los países del llamado Pacto Andino –Colombia, Venezuela y Perú- una antología de mis cuentos. Me lo propuso una editorial de Caracas y me gustó la idea. Al comentarle este proyecto a Herralde, mi editor en Barcelona, me dijo que estaría interesado en publicar también ese libro que recogería cuentos procedentes de diversos volúmenes de relatos míos (Nunca voy al cine, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos) y algún que otro inédito (en concreto, los cuentos Por un viejo sendero chino y La vendedora de biblias).
   Al final, el proyecto andino no tiró adelante. Creo que el editor venezolano se molestó conmigo por haberle llamado “bigotudo” en una fiesta en Bogotá. Pero sí siguió adelante en Anagrama y se publicó en 1994. Contiene el relato Nunca voy al cine, una rareza que durante un tiempo sólo era posible encontrar en este libro (después también en la antología del cuento español del siglo veinte, de José María Merino, en Alfaguara). Y el relato La vendedora de biblias provocó un incidente callejero con un susceptible vendedor de biblias que se sintió aludido. Fue la primera vez que tuve la sensación de que era leído por más gente de la que pensaba.” 
LA HORA DE LOS CANSADOS

   En 1989 Vila-Matas escribió el relato La hora de los cansados para una recopilación titulada Cuentos barceloneses. Posteriormente fue incluida en Suicidios ejemplares, lo cual nos hace suponer que es tanto un relato ambivalente, que tanto se puede considerar como uno que ocurre en Barcelona como uno en el que está presente el suicidio. Pero con la peculiaridad de que según el contexto en que se lea el relato, el contenido del mismo puede variar. Dentro de un contexto urbano el final puede ser debido tanto a una explosión de gas como al atentado cometido por un “viejo kamikaze”, dentro de una colección de relatos sobre suicidas (potenciales o consumados) la explosión sólo puede deberse a un motivo (es más, la posibilidad de que el viejo haga explotar la bomba a distancia en la primera opción, desaparece en la segunda)
   Todo esto en el fondo no tiene demasiada importancia.
   Un hombre cansado. Un hombre sin esperanza. A través de la tristeza emanada del texto de Vila-Matas (un recurso que domina a la perfección) asistimos a la persecución a la que el narrador, aburrido e indiferente, se entrega. Escogido al azar, el hombre a quien persigue el narrador persigue a su vez a otro hombre.
   Recorremos el casco antiguo de Barcelona.
   De alguna manera Barcelona es Praga, por ese aire desencantado e inocentemente obsesivo en el que se nos narra un juego banal que tiende a convertirse opresivo.
   De alguna manera también, quien escribe el relato no es el narrador, sino el viejo que persigue a las personas elaborando informes sobre “la vida de los otros”.
   Un cuentista.
   “Historias que no son mías”.
   Y de alguna manera, y a pesar de lo dicho, La hora de los cansados es una transposición cómica de los agobiantes textos de Beckett: Hombres con sacos de arpillera que se arrastran por el suelo embarrado, atormentando con su abrelatas a quienes les preceden, siendo atormentados por quienes les siguen.
La hora de los cansados

La historia que Beckett cuenta en, por ejemplo, ¿Cómo es? tiene sentido desde el personaje central de la persecución (aunque es un eslabón en una cadena que se supone simbólicamente infinita, cosas de la condición humana) porque desde él se puede contemplar la dualidad víctima-verdugo del individuo. Sin embargo, Vila-Matas escoge para su relato el personaje final de la cadena, el hombre que sigue al hombre que sigue. El relato literario por excelencia se encuentra escondido en las carpetas del viejo, por eso no debe ser mostrado, el primer hombre es igual al último, un hombre cansado.
   ¿Quién queda?
   Evidentemente nosotros, lectores de Vila-Matas, persiguiendo al hombre que persigue al hombre que persigue a un hombre para escribir “historias que no son suyas”
   ¿Qué queda?
   Queda el cansancio, claro.

Comentario en el blog El lamento de Portnoy
12 de julio de 2007
(*) Chet Baker piensa en su arte (DeBolsillo, 2011) contiene el relato 'Recuerdos inventados'.
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