| Enrique Vila-Matas |
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«Inspecciono las primeras líneas de mi dietario. Fueron escritas el 1 de septiembre del año pasado: “Amanece en mi cuarto de las ventanas altas de la Travesía del Mal cuando, al inaugurar este cuaderno rojo de notas o dietario que escribiré desde Barcelona y otras ciudades nerviosas, me pregunto cuál es mi nombre, quién escribe, y se me ocurre que mi cuarto es como una cavidad craneal de la que surjo como un ciudadano inventado”.»
De El balancín de Murphy |
Salvo Gombrowicz en seis horas y cuarto, Ventanas de la alta madrugada y Un plato fuerte de la China destruida (textos que relaciono aleatoria y afectuosamente con Argentina), el resto de los textos incluidos en este libro fueron escritos después de mi novela Doctor Pasavento. El aire de familia les viene dado por el eco y la nostalgia que a veces se nota respecto al tema de la desaparición, que a su vez era el tema de Doctor Pasavento, aunque en realidad de lo que de verdad se hablaba en ese libro era de la dificultad de no ser nadie.
Muchos años después de terminados, los libros siguen persiguiéndome. Es más, por lo general, no entiendo de que trataba realmente aquel libro o aquel otro hasta muchos años después, que es cuando empiezo a ver en profundidad de qué en realidad estuve yo hablando en aquella novela, o en aquel cuento. Y así ha llegado a ocurrirme que, por ejemplo, en Munich, en la presentación de Bartebly y compañía en su versión alemana, Michael Krüger, el escritor que hizo la introducción en público, me dejara sorprendido cuando calificó de profundamente angustioso el tema de los escritores que dejan de escribir. Me reía aquel día yo en secreto pensando que los alemanes son demasidao serios y profundos, hasta que, años después de aquella presentación, comprendí de pronto una tarde, con extrema y terrible nitidez, a qué había estado refiriéndose Krüger en su introducción de hacía ya muchas tardes en Munich; comprendí de golpe la angustia de la que hablaba y sobre la que yo había perorado en Bartebly y compañía sin darme cuenta.
Lo mismo me sucedió al publicar Doctor Pasavento. No sabía lo que pasaba, pero sentía la necesidad de seguir escribiendo acerca de los temas centrales de ese libro, como si hubiera comprendido la profundidad real de los mismos demasiado tarde, cuando ya mi novela estaba en las librerías.
Siempre ha sido así en mi vida. Un amigo dice una frase y no la entiendo y acabo comprendiéndola muchos años después. Esto no es raro, pero sí es extraña esa capacidad para memorizar todas las frases que en su momento no entiendo. ¿Cómo puede uno pasarse la vida recordando frases incomprensibles o, lo que es peor, tardando tanto en hallarles un sentido (...) |
«¿Qué hacen los escritores en los cuartos de hotel? Nunca lo sabremos, porque los escritores no suelen decir la verdad. La versión oficial habla de que se dedican en los hoteles a lo mismo que en sus casas, es decir, que se sumergen en la soledad de sus cuartos y emprenden la tarea de reconstruir su mundo interior con palabras, siempre con la pretensión de que ese mundo pueda hacerse visible para los demás. Y en eso llama a la puerta Mordzinski. Le abrimos. ¿Qué ocurre después? Nunca lo sabremos, porque los escritores no suelen decir la verdad, y tampoco la dicen necesariamente las fotografías. La versión oficial habla de que, cámara en ristre, Mordzinski busca con su objetivo ese gesto del escritor que va a cargarse del peso de una vida entera: ese rictus, tal vez irrelevante, y a veces hasta bobo, que puede acabar compendiando y condensando en sí el sentido de toda una existencia.»
De Mordzinski, fotógrafo entre escritores
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La reducida circulación local de la vasta obra de Enrique Vila Matas (Barcelona, 1948) en estos últimos tiempos –a un precio razonable se consiguen sólo cuatro o cinco títulos, como Exploradores del abismo, su novela de 2007, o París no se acaba nunca, de 2003; el resto es suerte, o a pedido y en euros) hace que esta edición de Mansalva de los “ensayitos” de Vila Matas reunidos bajo el título Y Pasavento ya no estaba (en alusión al personaje de una de sus últimas novelas, Doctor Pasavento) sea un tesoro doble: puede pagarse en pesos y la sola lectura de dos o tres de sus textos salvan ampliamente la inversión, lo demás es bonus track.
La lógica de estos “ensayitos”, con su apuesta a una literatura “menor”, de la anotación, de la charla o el saludo a escritores de una constelación afín (españoles, argentinos, chilenos, vivos y muertos) hablan acaso de lo único que podemos pedir cuentas a la literatura, del tiempo.
El tiempo de la escritura, sí. El de la vida que se suspende en la escritura y la ilumina como desde “una ventana encendida en la alta madrugada” (según el texto porteño que Vila Matas dedica a Roberto Arlt). El tiempo entre el primer encuentro con Marguerite Duras y su recuerdo, cuando la escritora ya ha muerto, en la lectura de su libro Escribir. El tiempo que forja el estilo: Witold Gombrowicz vuelve a Europa, es el año 1963, el 22 de abril de ese año , en Barcelona, mientras Gombrowicz permanece en el barco que lo trae de Buenos Aires, Vila Matas estrena su diario con una entrada sobre un concierto de música, “la música de Los Pájaros Locos. “Gombrowicz en seis horas y cuarto” es un ensayo de “autoficción” (el modo en que se construye un relato con la materia del yo), en el que más cerca está Vila Matas, entre los textos de este libro, de esbozar una teoría sobre la sinfonía del tiempo, de vida y letras y que su mismo estilo, claro, descarta. Durante mucho tiempo, confiesa allí nuestro autor, trató de imitar a Gombrowicz, de ser Gombrowicz a partir de lo poco que conocía de él: una foto, un aura, sin haberlo leído. Hasta descubrir con la lectura que su estilo (el de Vila Matas) es también la distorsión de un fantasma, de algo cuya existencia es emulación de otra que ni es la que fue ni la que será. “No sé quién soy, pero sufro cuando me deforman”, cita Vila Matas, y agrega: “Sé el tiempo empleado en leerlo (a Gombrowicz), pero no el que tardé en comprender esa vida, que en realidad es esencialmente una obra”.
Y en su texto sobre la Duras (“Se escribe para mirar cómo muere una mosca”), Vila Matas parafrasea lo que podría ser el centro gravitacional de estos escritos: “Escribir es inventar saber qué escribiríamos si escribiéramos”.
Pero, calma, Y Pasavento ya no estaba, estos inventos de escritura muchas veces emparentados con Argentina es un libro de encuentros felices, para lectores curiosos y distraídos, y es también una declaración: allí donde Pasavento, el personaje de la ficción, se ausentó, irrumpe el tiempo que, para recoger una hermosa metáfora de Léon Bloy, muerde los talones de Vila Matas.
Links:
En Escribir, entre otras cosas, Marguerite Duras refiere la escritura de una historia, la de un joven aviador inglés que cayó muerto en un pequeño pueblo francés, Vauville, cerca del mar, en el departamento de Calvados. Duras explora, en realidad la escritura de esa historia. Enrique Vila Matas dice en su ensayo que piensa en Duras y se le ocurre una canción. Y es que ese texto de la Duras, pariente de alguna manera del de Vila Matas, es por momentos una canción (aunque la autora descarta la posibilidad): avanza a medida que vuelve sobre un estribillo y declara en un momento que para escribir es necesario construirse una soledad. Y Pasavento ya no estaba, poblado como se nos ofrece de personajes públicos y ficticios, es la cabal construcción de esa soledad de la escritura.
Así escribe:
“Notas de vida y letras (mayo-junio 2007)”, página 55:
Quedo preso de imágenes, sospechas y recuerdos. Tal vez todo esto explique, me digo, por qué siempre sentí gran simpatía por los estilizados jarros y botellas de Morandi. Es posible que en mi inconsciente los haya relacionado con la idea de que nada es de ningún sitio concreto y que el estado más lúcido del hombre es no tener nada y sentirse extranjero siempre.
Diario Crítica de la Argentina. 30.05.2008 |