ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Viento





Guadalupe Nettel, foto de Ednodio Quintero
PASEANTE CASUAL

GUADALUPE NETTEL
Leído en la presentación de Dietario voluble
en México D.F., 1 de agosto de 2008

Descubrí a Vila-Matas a principios de los noventa a través de Gustavo Fierros, un amigo a quien le atraen los escritores secretos e inclasificables. Gustavo quien colaboraba con la revista Vuelta fue uno de los primeros críticos en reseñar los libros de Enrique en México. Él me prestó Hijos sin hijos e Historia abreviada de la literatura portátil que devoré con asombro. Pocos años después, cuando leí las primeras páginas de Suicidios ejemplares ese asombro se convirtió en una franca y reverencial admiración. Desde entonces, no he dejado de seguirle la pista a este autor, uno de los que más respeto en lengua castellana. Por eso, no me sorprendí demasiado cuando Vila-Matas dejó de ser un escritor de culto casi secreto, para convertirse en uno de culto masivo e internacional, algo que empezó a suceder después de la publicación de Bartleby y compañía y se fue confirmando con El mal de Montano y Doctor Pasavento. Para entonces uno ya podía encontrar a Vila-Matas en El País y en La Vanguardia, en El Magazine Littéraire o en Le Monde, en el Corriere de la Sera o en O Globo con toda la naturalidad del mundo. Alguien ajeno a su obra, hubiera podido preguntarse con toda razón ¿Qué había pasado con él ? ¿Había dejado la rareza de su estilo y de sus temas para convertirse en un escritor Main Stream ? En realidad, lo que sucedió con Vila-Matas fue lo opuesto, el mundo se adaptó a su obra, a su prosa rara e inclasificable, al punto en que acabó por crearse el vilamatismo. De ser extraños, sus libros pasaron a ser un paradigma de esa nueva literatura que se inclina por los géneros híbridos. Se volvió inconfundible su estilo omnívoro que todo lo convierte en literatura : las biografías propias y ajenas, las anécdotas literarias, el periodismo, la música, las escenas callejeras y hasta las frases sueltas que el autor escucha durante sus trayectos en autobús.

De tanto contar la calle, o lo que supuestamente le pasaba en la calle, Vila-Matas le dio a Barcelona una dimensión literaria. Las referencias tan frecuentes al barrio de Gràcia o al Ensanche logran que sus lectores tengan la sensación de haber estado ahí varias veces y conocido a sus personajes. De modo que cuando uno se encuentra verdaderamente en ese lugar, acaba por comprender que en realidad se trata de una Barcelona tan ficticia como lo es el París y el Budapest de Vila-Matas. Confieso haber seguido sistemáticamente, a la manera de Sophie Calle, algunos de los recorridos que menciona en sus libros sin encontrar más que huellas de esas ciudades que él describe: una plaza, una inscripción en un obelisco, nunca el famoso mendigo de la librería La Hune o a Jane Birkin persiguiendo a su mascota. Me he quedado siempre con la sensación de que el universo vilamatiano había estado ahí cinco segundos antes de que yo llegara y desparecido como un sueño, dejando sólo olores, sensaciones, pistas fugaces e irrecuperables y, sobre todo, esa nostalgia tan suya que siempre acaba imponiéndose. En Barcelona yo tuve la oportunidad de verle con cierta frecuencia, pero de cada encuentro salía con esa misma sensación de que algo se me acababa de escapar de las manos. “Desaparecer” es uno de los verbos favoritos de este escritor. Al punto que en Exploradores del abismo, su libro inmediatamente anterior, intentó escribir una serie de cuentos como alguien que no fuera Vila-Matas y lo consiguió sólo parcialmente, como bien dijo Rodrigo Fresán en la reseña de ese libro: “porque a esta altura de la expedición –marca de los verdaderamente grandes– ya hay un estilo Vila-Matas imposible de extirparle al ADN de este escritor. Hay un ritmo, un tono, una melancolía y un humor a los que sólo podría renunciarse con el silencio y la desaparición.” Sin embargo, tanto en Exploradores del abismo como en este último libro hay realmente un elemento nuevo que les da una profundidad distinta. Se trata de la experiencia en los hospitales, la cercanía de la muerte que siguió a Vila-Matas desde Buenos Aires hasta Barcelona para encararlo de pronto una madrugada en el hospital de Vall d’Hebrón. Esa sombra, esa presencia inolvidable, se trasluce ahora en estas nuevas páginas y cada vez que eso ocurre, se nos pone la piel de gallina.

Dietario Voluble es un libro asumida y recalcitrantemente vilamatiano, no sólo porque recoge una infinidad de momentos y ocurrencias, cosas que le han ocurrido a Enrique durante varios años, sino porque tiene una mezcla muy característica suya donde se combinan la frescura y la ligereza de esos artículos escritos a ritmo periodístico y la prosa de alguien que ha vivido de forma totalmente opuesta : sumergido en la literatura, en la reflexión pausada; alguien que mira todo con la curiosidad flemática de diarista voluble y paseante casual que se detiene a observar el curso de las nubes.

En uno de estos textos, Vila-Matas comenta la nota roja sobre el cadáver de un hombre magrebí encontrado en una piscina de Lérida. En otro, recuerda un programa de televisión donde Serge Gainsbourg discute de pornografía con Catherine Ringer (la cantante de los Rita Mitsouko). En otro, imagina que el polvo de la simpatía se esparce por la capital española y despierta a los taxistas, a los obispos, a la gente de Madrid de una forma semejante en que la resurrectina de Raymond Roussel levantaba a los cadáveres y los volvía locuaces, parlanchines.

En pocas palabras, el libro es un concentrado de obsesiones, gustos, paseos cotidianos, viajes, discos, desconciertos, lecturas, cine. Vuelven los temas vilamatianos : el abismo y su cercanía, la tentación de desaparecer, la omnipresencia de las casualidades que los surrealistas llamaban el azar objetivo. Vuelven París, Roma, Barcelona, Buenos Aires. Pero en este caso, por la brevedad de los textos y su carácter fragmentario, se destaca mucho más la dimensión infraordinaria de la vida.

Así, Vila-Matas anota, como Perec, lo que pasa cuando no pasa nada y deja que la trama camine detrás, intentando alcanzar el ritmo vertiginoso de su estilo. Escribir sin el andamio de una trama es de alguna manera lanzarse al vacío, tirarse desde lo alto como decía el autor de La vida instrucciones de uso – a quien le importaba mucho menos la trama que la traba literaria— comparando la literatura con el paracaidismo.

En los libros de Vila-Matas ese estilo, esa voz inconfundible, se convierte en el narrador, en el personaje principal, en la atmósfera y en la situación geográfica. Esa voz fluye como un caudal incesante tanto que, al leerla, uno tiene la sensación de haber colocado un estetoscopio en la cabeza del escritor. Ahí radica, según yo, una de las razones de su admirable grafomanía y también la semejanza -que yo tanto celebro- de sus libros, incluso cuando él quisiera que fuesen distintos.

Cuando en la mesa de novedades de una librería a uno le ofrecen el último Vila-Matas, pasa lo mismo que cuando a uno le sirven un Château d’Yqueme o un Nuits Saint-Georges : puede que la cosecha de este año traiga sabores diferentes, reminiscencias de barrica distintas a las del año pasado, pero la factura siempre será excelente.

Y sobre esta nota etílica me callo para apurar un poco el momento del brindis que es siempre el mejor en las presentaciones de libros.
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