ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
 índice     autobiografía     imágenes     obra     traducciones     premios     textos     la vida de los otros     recomendaciones     eventos

Con Combates de Ednodio Quintero(Candaya)
V-M muestra un ejemplar de Combates, la gran colección de relatos de Ednodio Quintero
(Candaya 2009)



Los Andes Venezolanos. Tienda del Angel, Mucuchíes. Foto V-M
Los Andes Venezolanos. Tienda del Angel, Mucuchíes. Foto V-M




KAFKA SALE DE VIAJE (*)

EDNODIO QUINTERO


      1. Kafka en el umbral:
      Adentrarse en las páginas de Franz Kafka, embutidos dentro de un batiscafo—que sabrá Dios lo que será— y protegidos por una máscara antigás, aunque sería mejor no tomar ninguna precaución y presentarnos así de buenas a primeras desnudos como Adán, es sin lugar a dudas una aventura fascinante y peligrosa, una excursión a las más recónditas profundidades del ser, una inmersión en los infiernos de la duda, la ansiedad y el temor, en fin: un viaje iniciático en el cual, si es que alguna vez logramos regresar, nuestras almas se habrán purificado, pulido y acerado como cuchillos de pedernal.

      2. Kafka en las Regiones Equinocciales:
      No sabemos si a Franz Kafka, que no solía concederle demasiada importancia a las metáforas, le hubiera agradado que a un siglo justo de sus primeras incursiones en los territorios del lenguaje como una vía alterna hacia el conocimiento, o quizá, por qué no, como un pálido atenuante al tenaz insomnio y al hostil cerco familiar, no sabemos si le hubiera agradado que se hablara de su obra en términos altisonantes. Podemos sí especular que una expedición a las Regiones Equinocciales del Nuevo Mundo lo habría entusiasmado hasta la euforia, hasta el extremo de acelerar los latidos de su noble corazón. Ya lo vemos en la noche de Praga afanado en los preparativos, consultando mapas, quitándole el polvo a una brújula finlandesa. Con sus hermosas y huesudas manos se tomaría la frente y recordaría sus acendrados deseos de ser piel roja, “cabalgando sobre un caballo veloz” hasta desaparecer en la llanura infinita, y también se acordaría de su inacabado e imposible proyecto de quedarse a vivir entre los bufones, los artistas del hambre y los trapecistas del Gran Circo de Oklahoma —que siendo un Teatro, mi memoria se empeña en recordarlo así. Siempre quise galopar sobre un cubo, de esos donde antaño se guardaba el carbón, pensará al tiempo que se golpea el cráneo con la palma abierta de su mano.
      Aunque amaba profundamente a su sombría Praga, viéndose a sí mismo como un pícaro y escurridizo Golem de sombrero puntiagudo asomado a un portal, cualquier excusa sería válida para huir de la ciudad. ¿Un viaje a Venezuela? ¿Dónde demonios quedará ese país? ¿Tendré que llevar algún remedio contra los mosquitos? Llamaré a Max a ver qué me aconseja. Tal vez el joven Gustav se anime a acompañarme. Yo le recomendaría, doctor Kafka, que se apertreche con píldoras de quinina y con un buen chaleco antibalas.

      3. Kafka en la piscina:
      Cierta tradición reduccionista nos ha acostumbrado a ver un Kafka sufriente, alienado, temeroso, tímido, retraído, incluso misógino, sometido al yugo paternal, y aunque algunos de estos atributos pudieran aportar una mínima dosis a la hora de elaborar un retrato de nuestro autor, no es menos cierto que harían falta muchos otros elementos para completar el puzzle. El Kafka con arrestos de atleta, caminante y fanático del canotaje y la natación. El empleado eficiente y riguroso, responsable de asuntos muy delicados en la empresa de seguros donde trabajaba, que según es bien conocido nunca perdió un juicio. El joven alegre y comunicativo, jovial, que gustaba de las tertulias, los cafés y las tabernas (“El sonriente doctor Kafka”, como lo llama una de las personas que mejor lo conoció en sus últimos años, Gustav Janouch), espacios que le permitían expresarse con franqueza y desplegar su ácido y educado humor, ciertamente negro, que solía sacar de quicio a su señor padre. En fin, el Kafka enamorado, que convertía cada nuevo y escaso romance en la oportunidad perfecta para dar rienda suelta a su vena romántica, y al mismo tiempo destrabar las compuertas de la inspiración, con resultados de avalancha y perfección.
      Prefiero a este Kafka que en una piscina de aguas heladas nada contra la corriente al moderno y doméstico Prometeo encadenado a la pata metálica de una cama.

      4. Kafka en el escritorio:
      Kafka como escritor posee los méritos suficientes para ocupar un lugar de privilegio entre los grandes del siglo XX. Su modernidad se expresa de múltiples maneras. De entrada, su espíritu hipersensible, su aguda inteligencia y su conocimiento de la tradición, amén de una supuesta y soterrada ambición —que, por suerte para él no se manifestó nunca como soberbia—, le permitieron definir sin ambigüedades un ars poetica a la cual fue fiel a lo largo de su corta vida. Su prosa seca, precisa y eficaz, que debe gran parte de su eficiente opacidad a la jerga judicial y al también práctico lenguaje de la empresa de seguros donde se desempeñó como hábil redactor. Su estilo directo y analítico, y al mismo tiempo reflexivo, despojado de adornos innecesarios, siempre al servicio de la narración, poseído por un esplendor visual que me atrevería en ciertos casos (pienso en el magistral comienzo de “El cazador Gracchus”) a calificar de cinematográfico, extiende un puente de oro frente al lector. Y, por si fuera poco, las estrategias de la narración (fundamentalmente la tensión y el extrañamiento) que logran mantener a ese lector ansioso y atento, con los ojos abiertos de par en par, alerta ante las variadas sorpresas que le deparará la próxima página. Y, para terminar, aunque el recuento podría no agotarse en estas breves líneas, el placer y la pasión, el empeño de carácter religioso con que Kafka asumía su labor creativa.
      ¿Cuál sería entonces el aporte fundamental de Kafka a la cultura de su tiempo? Consagrado por entero a la literatura, Kafka logró sembrar a lo largo de su obra una especie de malestar, un malentendido que alcanzó a convertirse en un reclamo estético, cierta confusión entre lo real y lo ficticio, un presupuesto que ya estaba presente en Cervantes, lo que quizá explique la admiración del autor checo por el genio español, y que J. L. Borges, quien seguramente se consideraba heredero de ambos, logró iluminar de forma por demás espléndida.
      Esta premisa que privilegia lo ficticio sobre lo real, o que en todo caso otorga a lo ficticio un rango de realidad, o para cortar la discusión: que los ubica al mismo nivel, hubiera bastado para colocar a Kafka en un pedestal dentro del altar de la modernidad. Pero sabemos que Kafka sobrepasó con creces estas barreras meramente literarias.

      5. Kafka frente a las puertas del Castillo:
      El miedo, como una de las más viles estrategias de coacción utilizadas por los regímenes totalitarios para someter a sus ciudadanos, es diseccionado, de forma exhaustiva y sofocante por Franz Kafka en su novela El Castillo. El Agrimensor K., representante alegórico del hombre del común sometido a los vaivenes del destino y enfrentado a las arbitrariedades del autoritarismo, es quizá el personaje de los múltiples creados por Kafka que mejor encarna las tragedias colectivas de su siglo. Kafka no sólo supo retratar las complejidades burocráticas y alienantes del poder sino que logró desenmascarar sus pretensiones hegemónicas, y como si husmeara en los aires del futuro nos legó esa extraordinaria fábula que, para desgracia de los que aún creemos en los valores del humanismo, conserva su vigencia. Así lo expresa J. M. Coetzee, en su libro Costas extrañas, justamente en una referencia a El Castillo de Kafka, cuando dice: “Aunque Kafka era el menos ideológico de los escritores, tuvo un penetrante sentido de las obscenas interioridades del poder”.

      6. Kafka en el cielo con diamantes:
      Entre el santo celebrado por la visión judía de Max Brod y el escritor realista que da cuenta de los usos y costumbres de la decadente burguesía de una cosmopolita ciudadela del Imperio Austro-Húngaro a comienzos del siglo XX —esta última distorsión imbuida por la miopía marxista de la década del sesenta—, hay ciento y un matices. Me atrevería a decir que la grandeza de Kafka consistió en el hecho de haber podido fundir en un todo orgánico y coherente, aunque de difícil acceso para aquellos que se asomen a la obra del grandísimo escritor con maneras de mandarín, dos experiencias distintas y al parecer contradictorias. La experiencia de lo cotidiano, relacionada con los reclamos de lo real, es decir con aquello que atañe al hombre como ente histórico y social, y los elementos metafísicos de dicha experiencia, potenciados por los anhelos de trascendencia y por la búsqueda de una unión mística con sus semejantes y con Dios. Esta difícil síntesis de lo pedestre y lo celestial fue el logro estupendo de un modesto abogado de Praga que supo manejar con terquedad y obstinación los signos del lenguaje, aquellas monedas de uso cotidiano convertidas en brillantes joyas, los ideogramas que los antiguos aztecas representaban como lenguas de fuego, los graffitis que los primitivos cristianos dibujaban en las catacumbas, sonidos y símbolos cargados de sentido que nos diferencian de lo meramente animal y que nos acercan a una utópica visión de lo humano. De ahí que el Kafka que nos visita en estos días, habiendo atravesado un siglo de pestes, tribulaciones, holocaustos, matanzas, terrores, guerras y múltiples eclosiones, un siglo que pareciera no haber terminado aún, el Kafka que nos ha legado una obra breve e infinita representada en novelas, relatos, apuntes, esbozos, reflexiones, aforismos, páginas sueltas, fajos de cartas y esa inagotable caja de Pandora que son sus diarios, el Kafka que hoy se ha dignado visitarnos, sea reconocido como nuestro contemporáneo y recibido con fervor y devoción. Sí, señoras y señores, pues aunque ya lo escribí en otro lugar, lo repito de nuevo aquí para rubricar este mi homenaje no tan secreto al escritor que ocupa un lugar muy destacado en mi altar particular, allá en el alto cielo con diamantes. Más que un literato, en el sentido clásico de la palabra, Franz Kafka fue un visionario, un místico, un filósofo, un santo, tal vez el último escritor del siglo XX que supo dar forma, de manera por demás magistral, a nuestras más encarecidas y esenciales ideas de lo humano.

      (*) Texto leído con motivo de la exposición: “Los caminos de Franz Kafka”, presentada en la Embajada de la República Checa, el 12 de marzo de 2009, en Caracas.
 índice     autobiografía     imágenes     obra     traducciones     premios     textos     la vida de los otros     recomendaciones     eventos
www.enriquevilamatas.com