ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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ergio Pitol en San José de Costa Rica, 2002 (Foto de Ednodio Quintero)
Sergio Pitol en San José de Costa Rica, 2002
(foto de Ednodio Quintero)






Sergio Pitol en Guadalajara, FIL, 2007 (foto de Ednodio Quintero)
Sergio Pitol en Guadalajara, FIL, 2007
(foto de Ednodio Quintero)






Sergio Pitol en Xalapa, 2002 (foto de Ednodio Quintero)
Sergio Pitol en Xalapa, 2002
(foto de Ednodio Quintero)






Sergio Pitol, al pie del sauce chino de su jardín de Xalapa (foto de Vila-Matas)
Sergio Pitol, al pie del sauce chino
de su jardín de Xalapa
(foto de Vila-Matas)






México (foto de Vila-Matas)
México
(foto de Vila-Matas)






SERGIO PITOL, NIÑO RUSO

EDNODIO QUINTERO

“La perfección extrema de la novela es el punto de la imperfección de nuestra especie”
     Sergio Pitol

Praga-Moscú:

Durante un periodo de seis años (mayo del 83 a septiembre del 88), el escritor mexicano Sergio Pitol vivió en Praga como Embajador de su país. Y a finales de la década de los noventa, ya retirado de la actividad diplomática, en su refugio de Xalapa (Veracruz), revisando los centenares de páginas de su diario praguense, descubrió, con sorpresa y ansiedad, que la Praga profunda y mágica en la que había vivido estaba ausente de sus escritos, como si un Golem burlón de sombrero cónico y puntiagudo le hubiese impedido revelar algunos de los secretos tan celosamente guardados tras los muros de aquella esplendorosa y gótica ciudad por cuyas calles empedradas se paseara un apresurado Franz Kafka o un sobrio Thomas Mann, ciudadano checo.
     Un desopilante sueño con unas horrendas avestruces exacerbó el desconcierto de Pitol ante lo que él denominó posteriormente su deuda con Praga. Y se propuso escribir, basada en su dilatada y fecunda experiencia vital en la capital de la Alquimia, en sus múltiples lecturas de historia y literatura de Bohemia, en sus recorridos exhaustivos por parques y plazas, museos, callejuelas y palacetes, una suerte de historia de las mentalidades, que mezclara el pasado esplendoroso de la ciudad con acontecimientos de importancia capital más recientes como la presencia de Franz Kafka y sus amigos escritores (quienes, sin saberlo, llegaron a convertir a la Praga de las primeras décadas del siglo XX en “la zona de máxima tensión de la lengua alemana”), y con el presente muy dinámico en los campos de la política y la cultura, ya que en la cercana y odiada Rusia se había instalado, para quedarse, la perestroika de Gorvachov, cuyos ecos se dejaban sentir en todos los países de la periferia comunista. Sin embargo, unos apuntes breves sobre un viaje de Pitol a la Unión Soviética, en 1986, invitado por la Unión de Escritores de Georgia, distrajeron a nuestro escritor de su proyecto original y lo llevaron a escribir El viaje, libro maravilloso, una formidable inmersión en el espíritu de la madre Rusia, una erudita y amena lección de literatura, una obra reveladora del extraordinario talento narrativo de uno de los grandes escritores de la lengua de Cervantes, Borges y Quevedo.

Una mujer:

En el capítulo de El viaje titulado: “Retrato de familia II”, una semblanza de la escritora Marina Tsvietáieva, Sergio Pitol escribe: “Un ensayo suyo es siempre un relato y la cápsula de una novela y una crónica de época y un trozo de autobiografía”. Esta afirmación me resulta muy curiosa, y esencial para comprender en conjunto el proyecto narrativo de Pitol, pues la podemos aplicar literalmente a El viaje. Pareciera entonces que en esas líneas, como en un juego de espejos o como en aquella hipótesis borgiana acerca de Kafka y sus precursores, Pitol estuviera hablando de sí mismo. El viaje es un relato, la cápsula de una novela, una crónica de época y un trozo de autobiografía. Y es también un ensayo.
     Intentaremos, en las páginas que siguen, leer El viaje de Pitol a la luz de estas cinco perspectivas.

El relato:

Lo que en apariencia son los apuntes de un viaje “cultural” a Moscú, Leningrado y Tbilisi, se convierte en un relato (que es un recorrido) intenso, bizarro y carnavalesco, que puede leerse como ficción. El 19 de mayo de 1986 Pitol llega a Moscú, y ya en el avión que lo trae desde Praga, a través de un sueño enigmático con un conocido difunto que intenta mantenerse con vida en un México espectral, se nos anuncia el tono que habrá de caracterizar el periplo de nuestro autor en la patria de Pushkin y Gógol. Gógol, el admirado Gógol de Las almas muertas y de “Iván Fiódorovich Shponka y su tía”, agonizando torturado por un teólogo e inquisidor, con un racimo de sanguijuelas alrededor de la nariz. Y a propósito de muertos ilustres, el anciano príncipe de los formalistas rusos, Shklovski, narrando para un Pitol fascinado la muerte de Tolstoi: el llanto colectivo y unánime de una multitud desolada, el silencio de las campanas, la orfandad de todo un pueblo ante la ausencia de su padre espiritual. Evocaciones, sueños, recuerdos, pensamientos, que un Pitol impactado por su regreso a una ciudad que forma parte de su memoria de viajero pertinaz, utiliza para distraerse en un almuerzo con burócratas de la cultura moscovita, “cínicos, obtusos y rapaces”. Más tarde, o acaso el día anterior, la cronología ya no importa, vemos a Pitol disertando sobre El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, la primera novela mexicana. Charla que propicia la aparición de Marieta Karapetián, personaje extravagante, magistralmente reinventado en Domar a la divina garza, novela que Pitol escribiría a su regreso a Praga. Y así por el estilo, hasta llegar a un Leningrado más bien gris, uniforme e impersonal. Con jaqueca en el Hermitage y de nuevo la evocación: Petesburgo, de Andréi Bély, “tal vez la novela rusa más importante de este siglo”. Blok y los escitas. “La virgen niña” de Zurbarán. Y Matisse, las maravillas de Matisse, vistas y revistas, la eclosión del color. “Peces rojos”, que merece un capítulo aparte en El viaje, una joya, un cuadro de Matisse conocido desde la infancia en una reproducción, y encontrado años después en el Museo Pushkin de Moscú: “una revaloración instantánea del mundo, la continuidad del tiempo”. Y otra vez la irrupción del absurdo, como si el espectro de Kafka lo persiguiera desde Praga, las trabas burocráticas, acaso una conspiración soterrada, que le impiden continuar el viaje hacia el destino original: Georgia en el Cáucaso, el país de Medea, el territorio recorrido por Jasón y los argonautas. Y otro equívoco, de terror: un libro extraviado que se confunde con un par de revistas porno. Pitol acusado de pornógrafo. Ah, disculpe usted, señor Embajador, las revistas de marras no fueron halladas en su habitación, pertenecen a esa venerable pareja de ancianos que se acercan con una sonrisa infantil. Otro avión y al fin en la ansiada Tbilisi. El Cáucaso: donde la vida “se rige por un Eros radiante y jubiloso”. En honor a tan distinguido visitante se celebra un banquete maratónico, pantagruélico, vital. Que culmina en una escena dantesca, el descenso a un lugar fétido y lúgubre: una inmensa letrina colectiva. Y de nuevo, al día siguiente, en la resaca, la evocación salvadora, el germen de la creación: el infante de tres años defecando en una bacinilla, arrullado por la voz de una aya joven, casi niña. ¿La virgen niña de Zurbarán? El santo niño cagón sentado en su trono de metal. La revaloración del tiempo, la continuidad.

La cápsula:

De Pitol he admirado siempre esa capacidad, tal vez innata, para la composición. Vale decir el manejo de la estructura en el relato. Vale decir el arreglo de los elementos en un todo. El entramado. La trama. No es gratuito que uno de sus últimos libros de titule: Pasión por la trama.
     Quizá el mejor ejemplo, al menos el que yo prefiero, de la eficacia de la estructura pitolesca, sea Domar a la divina garza, esa novela genial, hilarante y festiva que se lee de un tirón. Pues bien, el germen y la cápsula de esta invención novelesca sobre las funciones del bajo vientre, una obra maestra del arte escatológico, se encuentran en El viaje, y aunque la “prueba” se nos ofrezca a posteriori, el hecho literario, que al fin y al cabo es lo que cuenta, estaba ahí en el recorrido que hace el autor, en sus apuntes, y es retomado luego como testimonio de la génesis de la novela. Pitol nos muestra su cocina literaria, y mediante un salto audaz en el tiempo se adelanta a los críticos que alguna vez harán la exégesis de Domar a la divina garza, basándose en los materiales genéticos que le dieron origen.
     Marieta Karapetián, un personaje de carne y hueso, sorprende a Pitol en una conferencia más bien formal, con un discurso delirante acerca de su difunto marido, Adam Karapetián, antropólogo. Cuenta Marieta, entre disparates y risas de los oyentes, la fiesta de un santo niño cagón en la selva mexicana. Luego en Tbilisi, como ya lo reseñamos más arriba, Pitol asiste a una gran cagada colectiva en la letrina principal de la ciudad, y al día siguiente, apenas repuesto de la impresión y el estupor, el recuerdo de un niño (él mismo) aprendiendo a defecar en su bacinilla cerró el círculo de la inspiración. En este punto la novela ya estaba “hecha”. Domar a la divina garza se publicó dos años después.

La crónica:

Una de las ideas que manejo en mis cursos de literatura es la del escritor como cronista de su tiempo. El escritor como vocero de la psiquis colectiva. Cuando nos referimos al lenguaje como un sistema de signos, esta idea se convierte en una red que lo envuelve todo, y su carácter inicial, paradójicamente, pierde peso. Habrá que precisar, entonces, que en este caso particular, diseccionando El viaje y leyéndolo en cinco niveles, nos estamos refiriendo en este apartado a una de las posibles lecturas: aquella que tiene que ver con una crónica de lo real. Y que no excluye, por supuesto, todo el caudal de imaginación que el escritor (el cronista) pueda derrochar.
     Ahí está, en el capítulo introductorio, la Praga de los años ochenta. La reacción cautelosa y desconfiada de los checos ante los cambios que se anuncian en Rusia con la perestroika de Gorvachov. Ahí está la riqueza de la vida cultural en Bohemia y Moravia, ejemplificada con la magnífica exposición del gran escultor barroco Matyas Braun. Los recorridos de Pitol por los lugares más recónditos de la ciudad, con sus acertadas descripciones de la arquitectura y con sus a veces críticas acerbas de la vida cotidiana. Las comidas en los restaurantes, las noches de ópera y teatro.
     Más adelante, en Moscú y Leningrado, nuestro cronista se convierte en un testigo privilegiado de los cambios que se anuncian en el mundo de la política y la cultura, y que darán al traste con setenta años de despotismo y socialismo real. Con espíritu crítico observa a los carcamales del oficialismo, que al igual que avestruces se niegan a ver lo que ya está a la vista de todos: el vigor del nuevo cine soviético, en especial el que se está haciendo en Georgia; las libertades, antes impensables, que se toman los intelectuales a la hora de expresar sus opiniones; el desparpajo de los jóvenes; las mudanzas en el lenguaje e incluso en la manera de vestir; en fin, el anuncio de un tiempo nuevo que se vislumbra como la primavera después de un invierno dilatado y cruel.
     En Georgia, otro mundo, la sensualidad y la fiesta y una naturaleza exuberante, pareciera que los cambios, lentos pero seguros, han comenzado ya. Resulta significativo que en aquella fecha (1986) el nombre de Schevernadze sea sinónimo de líder, y que su prestigio se base en una década de reformas apoyadas por la mayoría. La historia concederá a nuestro cronista la razón.
     Pero el cronista, Pitol, no se limita a registrar en sus libretas y cuadernos la impresión instantánea de una experiencia personal. Relaciona los episodios y sucesos que observa in situ con la compleja y riquísima historia de esa gran nación, de esa comunidad de naciones, que conoce y maneja casi al dedillo. Lector omnívoro de su literatura, e historiador de la cultura, es capaz de entender los fenómenos y las fuerzas que propician los cambios de mentalidad, e incluso las oscuras y atávicas formas que se oponen a los mismos.
     El cronista no permanece impasible. En su mente abierta y compasiva no hay, sin embargo, lugar para el olvido. Acude a las fuentes mismas de una historia plagada de intolerancia y maldad. Y recoge la voz de uno de los protagonistas, despliega la carta de Méyerhold: un ejemplo mínimo, pero suficiente, de los horrores del stalinismo. “Tirado por tierra, con la cara vuelta hacia el suelo, se reveló que yo era capaz de retorcerme y lanzar agudos aullidos como un perro a quien su amo golpeara con un látigo”, escribe Vsiévolod Méyerhold, un anciano enfermo de sesenta y cinco años. Suficiente.

La autobiografía:

Para empezar, Pitol escribe El viaje en primera persona. El protagonista narrador es Sergio Pitol, escritor y traductor, Embajador en Praga. Recibe una invitación para visitar Georgia y ahí comienza su periplo. Las peripecias y episodios de aquel viaje memorable, meros apuntes en una libreta, son retomados después de una década y constituyen el “motivo” de un libro, que no nos fatigamos en calificar de genial y revelador. El autor se despoja de las múltiples máscaras de la ficción que había asumido, con fortuna, en una serie de cuentos y novelas anteriores, y decide convertirse él mismo en protagonista de una novela. Ya revisamos, en el apartado titulado “El relato” algunas de las anécdotas que jalonaron el recorrido del personaje por la geografía rusa. Y nos detendremos aquí en algo más sutil: el autorretrato que Pitol va trazando en la travesía.
     Nos enteramos que el viajero es un escritor, un prestigioso escritor disfrazado de Embajador. Un lector atento y acucioso de las literaturas europeas. Un conocedor del arte en casi todas sus manifestaciones: teatro, música, ópera, arquitectura, escultura, pintura. Un estudioso de la historia. Un curioso, tal vez un voyerista, capaz de sorprenderse y de sorprendernos con la observación de un hecho casual que habría pasado inadvertido ante nuestros ojos de miope. Un paseante, a la manera de Robert Walser: oído atento y ojo avizor. Y por encima de todo: un ser sensible, con una extraordinaria capacidad para trasmitir emociones.
     Pero también, más allá del erudito y culto intelectual que nos deslumbra con sus conocimientos y sapiencia, encontramos en Pitol a un ser humano. Con sus miedos, fobias y manías. Distraído y olvidadizo. Que pierde los lentes y a veces la calma. Que los libros, sus talismanes, se le escapan de las manos para metamorfosearse en revistas pornográficas que lo hacen sonrojar. Descubrimos a un Pitol que se resfría y sufre de jaqueca, y que tiene que viajar con un maletín repleto de medicinas, analgésicos, pomadas, jarabes para la tos.
     Pitol se irrita y se carcajea, lo acosan las pesadillas, se defiende de los zánganos ociosos que pululan en las celebraciones, se burla de los solemnes presuntuosos y engreídos que abundan como arroz. Pitol es un extraordinario conversador y un caricaturista genial.
     Para nuestro regocijo, en El viaje Pitol crea un personaje llamado Sergio Pitol y lo desarrolla en múltiples y variadas facetas.

El ensayo:

Éste es, me parece, el pilar más sólido e interesante de El viaje. Y para mí el más difícil de abordar. Mis lecturas, a veces enloquecidas, de Dostoievski, Gógol y Bulgákov, mi conocimiento somero de Pushkin, Chéjov, Pasternak e incluso del para nosotros raro y contradictorio Boris Pilniak (precisamente en traducción de Pitol), y mi confesa devoción por Nabokov, me parecían más que suficientes para presumir de conocedor de la literatura rusa. Pitol me bajó de la nube y me hizo reconocer mi ignorancia. Pues El viaje es la más formidable y completa lección de literatura rusa que he recibido alguna vez.
     La forma en que Pitol imparte este curso puede ser calificada, sin riesgo a equivocarse ni exagerar, de magistral. Pero no en el sentido del profesor atrincherado en su tarima que impone sus criterios a un auditorio ensimismado o aburrido, sino del maestro hábil y ágil y sabio y divertido que te va llevando poco a poco hacia su territorio valiéndose del arma secreta de la seducción. Al final de la lectura de El viaje, entre las muchas citas que uno puede acumular con avidez, tenemos también una lista de libros y autores que estamos ansiosos por leer. E incluso por releer, pues la mirada de Pitol los ilumina con una nueva luz.
     Marina Tsvietáieva, Ana Ajmátova, Alexander Blok, Lérmontov, Nina Berbérova, Mijaíl Prishvin, Andréi Bély, Maldestam, Kuzmín, Rózanov, Titiánov, Platónov, Jlébnikov, Turguéniev, y pare usted de contar. Nuestra ignorancia se nos revela como colosal.
     Sin embargo, no nos sentimos saturados ni apabullados por la lección. Pues en el trayecto nos hemos enterado no sólo de un batallón de autores que desconocíamos y de una hipotética biblioteca que nos aguarda en el futuro, sino que hemos conocido el rostro humano y sufriente de algunos de estos insignes escritores, convertidos en personajes de una novela de Sergio Pitol.
     Marina Tsvietáieva, por ejemplo, que a la manera de un Virgilio acompaña a Pitol en su descenso al infierno del estalinismo. La Tsvietáieva pareciera ser el leit motiv de El viaje. Suerte de esposa malquerida, compañera fascinante, mujer de armas tomar, inteligente, bella, deslumbrante, dominatrix, sospechosa de traición. Por momentos, esta mujer imposible, cantada y amada por Rilke, protegida por príncipes y potentados, odiada y vituperada, temida y respetada por sus pares, se apodera del relato. Amenaza con revelarse, exige, como debe ser, el papel protagónico principal. ¿No será acaso, Marina Tsvietáieva, un alter ego de Sergio Pitol?
     A veces, Marina hace mutis y se refugia en su tragedia personal. Entonces Pitol se ocupa de sus dos grandes maestros y mentores: Chéjov y Gógol. Antón Pávlovich Chéjov se le aparece incluso en sueños, y en una absurda representación teatral de Un asesinato, Pitol baila con una difunta dramaturga mexicana. Nikolái Vasílievich Gógol también lo lleva al teatro, pero ya no en un rapto onírico, y luego lo traslada a su lecho de agonizante, entre horribles convulsiones y visiones infernales inducidas por la culpa de un pecado inconfesable, y en las páginas de un libro de Karlinski se revela, a medias por supuesto y teñida por la duda y el pudor, su oscura sexualidad. Y ya al final del viaje, antes de partir a Praga, Pitol, que ha rebasado la cápsula de su futura novela hasta hacerla casi reventar, decide que ésta deberá ser un homenaje a su admirado Gógol. Un extraño homenaje, pienso yo, pues en Domar a la divina garza Gógol vuelve a agonizar, esta vez in extenso.
     El fascinante paseo por la literatura rusa continúa. Y en él aparecen otras dos figuras cimeras: Bély y Blok. Bély y su mítica Petesburgo, la novela rusa preferida de Pitol. Blok y los escitas: “una invisible ciudad asiática escondida en el interior de las ciudades auténticamente rusas”. Y al adentrase en lo que a los estudiosos les ha dado por llamar el alma eslava o el espíritu ruso, que se podría definir en una escueta simplificación como el intento, a menudo rabioso, por diferenciarse de lo europeo, Pitol acude nada menos que a Boris Pilniak y cita un capítulo entero de Caoba. Aquel que narra el entierro delirante de un idiota santón, Iván Yákovlevich, a mediados del siglo XIX.   

Ya casi al final:

En este punto debería redondear mis impresiones acerca de este libro fascinante, de cuya relectura disfruté como un macaco que vislumbra su propia imagen en un espejo y se divierte imaginando que alguien le hace señas y morisquetas desde algún remoto lugar. Debería extraer alguna conclusión, pero no sé cómo hacerlo.
     Pitol acude en mi ayuda, pues a pesar de lo mucho que he aprendido en El viaje aún me quedan algunos interrogantes. Pitol me invita a leer de nuevo el último capítulo. Léanlo ustedes también. En él se halla prefigurada la fascinación de Pitol por ese inmenso continente, misterioso y refractario, que es Rusia. La madre Rusia. Continente vivo, como un animal de sangre oscura y espesa y caliente, en la voz de un grandísimo narrador: Sergio Pitol.
     Sergio Pitol, niño ruso.

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