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![]() Coney Island. Foto V-M |
Lições de abismo |
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Em Suicídios exemplares, Vila-Matas traça itinerário irônico pelo suicídio Suicídios exemplares é o quinto livro do catalão Enrique Vila-Matas publicado pela Cosac Naify. Foi escrito em 1991, antes de Bartleby e companhia e O mal de Montano, mas antecipa temas que se tornaram tipicamente vilamatasianos: a atração pelo nada, por desaparecer, as referências literárias, o humor, a febril imaginação. Solapa. Um texto de Alan Pauls para la solapa. Jogar-se ao vazio, estourar os miolos, tomar veneno, eviscerar-se, abrir o gás e meter a cabeça no forno, atirar-se na frente de um carro, deixar-se consumir pela saudade, tornar-se alvo de um relâmpago fulminante... Não há modus operandi suicida que estes contos de Vila-Matas menosprezem ou deixem escapar. Mas seus heróis – os heróis obstinados, lunáticos e incansáveis de Suicídios exemplares – não se suicidam. Flertam com o suicídio, sonham com ele, dão voltas ao seu redor, o calculam e até o planejam meticulosamente, mas jamais o levam a cabo. El texto original en español de Alan Pauls para la solapa. Saltar al vacío, volarse la tapa de los sesos, tomar veneno, destriparse, abrir el gas y meter la cabeza en el horno, arrojarse bajo las ruedas de un coche, dejarse consumir por la nostalgia, hacerse fulminar por un relámpago... No hay modus operandi suicida que estos relatos de Vila-Matas menosprecien o pasen por alto. Pero sus héroes —los héroes tercos, lunáticos, infatigables de Suicidios ejemplares— no se suicidan. Coquetean con el suicidio, sueñan con él, dan vueltas a su alrededor, lo evalúan y hasta lo planean meticulosamente, pero jamás lo consuman. Uno de ellos, Fernando —el enamorado no correspondido de “Los amores que duran toda la vida“—, parece tener más suerte y llega a dispararse un pistoletazo, pero el relato que da cuenta de su suicidio —lo único en el mundo que lo “prueba“— es sospechoso, inverosímil, y termina deshaciéndose en el caldo incrédulo de la ficción. Otro, el Maestro de “El coleccionista de tempestades“, tiene el prudente mal gusto de morir de un ataque al corazón dos minutos antes de llevar a cabo un suicidio apoteótico, à la Raymond Roussel, en el que, además del suicida, intervenían una cripta, un bocal cilíndrico lleno de sales químicas luminosas, una serie de fenómenos eléctricos deslumbrantes, diez tormentas artificiales, una dulce melodía napolitana y un rayo letal. Ésos son los dos personajes que llegan más cerca. Como si destiñera, el halo de ironía y fracaso que envuelve el desenlace de ambas tentativas ilumina también todas las demás, y pone al desnudo la lógica de inepcia, renuncia o imposibilidad que la experiencia de morir por mano propia tiene cuando el que la pone en escena es Vila-Matas. En efecto, sólo son ejemplares —es decir: dignos de narrarse— los suicidios imposibles, los indefinidamente aplazados, los fallidos, los olvidados. Y es que lo que en verdad desvela a Vila-Matas es la idea del suicidio, o mejor: su posibilidad. Ese chispazo de regocijante misterio con el que el proyecto de un morir original, o tortuoso, o sofisticado, o cruel, enciende una vida apagada y la reaviva, volviéndola tensa, excepcional, apasionante, como esa cuerda de acero desde la que nos cortan el aliento los equilibristas. A Vila-Matas, fabulador experto en “voluntades negativas“ (dejar de escribir, desaparecer, ser nadie), le interesa sobre todo el modo paradójico en que el suicidio se instala en el corazón de una vida y le da sentido, la alegra, incluso la embellece. Suena mal no ser capaz de matarse; suena a discapacidad, a invalidez, a impotencia radical. Y sin embargo, qué desaforados niveles de actividad desencadena esa imposibilidad de pasar al acto en los personajes de Suicidios ejemplares. Qué revuelo de inspiración y de humor, qué tasas de adrenalina, de ansiedad, de hiperventilación mental. Sofisticada o impulsiva, meditada o capturada al vuelo en un instante de hartazgo, la idea del suicidio nunca es aquí un signo de derrota. Es un principio de potencia: algo en una vida cruje, se abre y empieza a ser posible —algo desconocido, que hasta entonces no tenía rostro ni forma, y que ahora, de golpe, parece ejercer una seducción irresistible— cuando alguna de las criaturas que puebla estas páginas se deja poseer por la idea de matarse. Eso es el bel morir según Vila-Matas: la deliciosa, la demencial toxicidad estética que un sueño de muerte bien soñado le inocula a la vida que estaba llamado a segar. De ahí que los relatos de Suicidios ejemplares sean coléricos, a menudo sangrientos, casi siempre extremos, pero nunca amargos ni desesperanzados. El suicidio, en ellos, jamás es el fruto de una claudicación; es la idea en la que se encarna la Gran Voluntad que anima toda la ficción de Vila-Matas: la voluntad de vivir una vida diferente. Três preguntas para Vila-Matas 1) Suicidios exemplares foi publicado em 1991, antes de livros como Bartleby e companhia, O mal de Montano, Paris não tem fim. Que Vila-Matas é esse? O que o leitor brasileiro, que conhece suas obras posteriores, pode esperar deste livro? É um Vila-Matas em estado puro, um livro respeitado até por meus inimigos. Além disso, é um claro precursor de Bartleby e companhia, já que narra histórias de pessoas que se retiram de uma atividade. Também precede Doutor Pasavento [que a Cosac Naify publicará ainda este ano] porque no conto “A arte de desaparecer” se fala, pela primeira vez em minha obra, sobre o tema de recusar-se a publicar, o medo de sofrer a exposição pública como se fosse uma ofensa; uma sensação de desnudar-se e de humilhar-se como se estivesse diante de uma comissão médica militar uniformizada. Escrevi Suicídios exemplares para me indagar sobre minhas relações com a vida e a morte, sobretudo com esta última, já que da janela do sexto andar, onde moro, a possibilidade do vôo se oferecia muito facilmente. Lembro que, enquanto eu escrevia estas histórias – tendo em conta que, geralmente, me identifico sempre com os personagens do livro que estou escrevendo –, sentia um certo temor de provar minhas asas e me matar. Tinha medo que fosse um livro que conduzisse ao suicídio, e temia até mesmo ser acusado judicialmente por incitar as pessoas a tirar a vida com as próprias mãos. Mas aconteceu o contrário. Comecei a receber cartas de leitores que eram suicidas em potencial, e que adiaram a decisão de se matar depois de terem lido o livro e terem caído na risada com algumas das histórias, ou com alguns dos finais dessas histórias. Não perco de vista a narração de histórias, a trama. Mas, em meus últimos livros, essas tramas foram invadidas pelo ensaio, pela reflexão. Algo como um “pensamento narrado” ou “ensaios narrados”. Tenho procurado sempre mudar. Me aborrece muito me repetir. Encaro como uma evolução. E conto com leitores fanáticos pela minha primeira fase (Suicídios exemplares, Hijos sin hijos, Extraña forma de vida), às vezes até contrários a minha vertente mais reflexiva (Montano, Pasavento). Em Exploradores del abismo, acho que consegui combinar as duas vertentes. Mas é isso: não gosto de me repetir. |
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