ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Mastroianni-sur-Mer
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My Two Worlds, Sergio Chejfec
CUANDO LA LITERATURA ES EXPERIENCIA

SERGIO CHEJFEC


Por esos volubles caminos que toman las cosas, mi primer contacto con algo de Enrique Vila-Matas está más fresco como episodio mundano-literario que como experiencia de lectura. Pero no hay en eso una injusticia, pienso, porque sus libros asocian constantemente ambos órdenes para modelar una muy delgada línea de fuga: la literatura como actividad entrópica que precisa reponer la energía disipada acogiendo elementos de secuencias vecinas, básicamente la biografía y la historia literaria, que de esta forma dejan de serlo.

El episodio indeciso que me concierne se produce en un momento de la segunda mitad de los 80, en Buenos Aires, después de escribir una reseña sobre el más reciente libro de Vila-Matas en ese entonces, Historia abreviada de la literatura portátil. No era época de computadoras ni procesadores de textos, era la época mecánica del papel. Entregué el comentario a un amigo, que se encargaba de la sección en el periódico, y recuerdo también que le recomendé con entusiasmo la lectura del libro, ya que se lo llevaba porque debía fotografíar la portada para acompañar la nota.

Me acuerdo de haber pensado en esta Historia como un libro raro, breve y propalante, parecido a un manifiesto, o más bien un compendio, de vanguardia. (Si lo leyera de nuevo, quizá ahora encontraría también algo de réquiem.) Por otra parte, para la Argentina devastada de entonces (¿cuándo no?), los títulos de Anagrama representaban alhajas perennes, de esas que enaltecen e intimidan sólo lo justo. Hoy encuentro ese ejemplar en mi biblioteca: conserva a modo de faja los recuadros de papel blanco y las anotaciones hechas por la sección gráfica del diario, que señalan superficies y escalas de grises para reproducir esa portada.

¿Qué habré hecho después de entregar la nota? Soy capaz de imaginarlo pero no puedo estar seguro. En cualquier caso, el tiempo pasó hasta la semana siguiente. Abro el periódico y veo la foto del libro, también veo la nota. Lo curioso es que la veo firmada por otro, a quien por cierto conozco y de quien puedo considerarme amigo. Si bien no me pareció un problema demasiado grave, de algún modo lamenté que hubiese ocurrido. Hubiera preferido un apócrifo, o directamente un desconocido. Debía ponerme a averiguar, llegado el caso reclamar y asumir cierta contrariedad. Más tarde, lo primero que supe fue que se había cometido un robo, no se trataba de un error. Pero robar una reseña es como robar una manzana. ¿Cómo se cataloga eso? ¿A quién le importa? ¿Hay atenuantes? Toda mi vida he sido víctima de robos por el estilo. Nunca uno grande y muy verdadero (como díría el doctor Pasavento).

El Jefe de sección del periódico se indignó y esgrimió unos golpes de pecho. El usurpador de la nota estaba viviendo en su casa mientras arreglaba un conflicto matrimonial. Parece que una noche solitaria, falto de acción o de dinero, decidió hurgar en el escritorio del Jefe para ver si había algo redimible. Y encontró dos cosas: el comentario portátil sobre el libro de Vila-Matas, y el mismo libro. No sé qué pasó después, si apropiarse de la nota consistió simplemente en cambiar la firma, o si debió transcribirla; el libro no sufrió cambios ni se movió del sitio donde estaba.

Si bien esta sola peripecia ya establecía un lazo de afinidad con el espíritu de la Historia abreviada, poniendo de manifiesto que los trazos con los que se urde la literatura se hilvanan consistentemente con los de la vida y capitalizan tanto desvíos como traiciones, hallazgos, dislates o imperfecciones, en los días siguientes asistí a un eco más prolongado y tangible del… (cómo llamarlo: ¿indicio, síndrome, operación, factor, máquina?) evento Vila Matas. Se produjo un deslizamiento de la anécdota hacia lo patético, el giro que trastorna la realidad para convertirla en una impostura de sí misma. Resulta que el Jefe inquirió al usurpador sobre los motivos de su acción, y éste, quizá viendo que todo argumento sería inconsistente, o acaso afectado por haber quedado en evidencia ante un amigo, expió con lágrimas cualquier posible cargo. Entonces comenzó un llanto contenido pero a la vez prolongado cuyo efecto mayor fue suspender el tiempo y por lo tanto toda posible continuidad.

Imagino que el justo llanto sigue todavía hoy, como esas historias de Vila-Matas donde el broche de la acción es cosa secundaria, porque su capacidad de perduración reside en la fuerza un tanto misteriosa que empuja a las personas, no tanto para actuar (eso Vila-Matas se lo deja al resto de casi todos los autores) sino para no hacerlo: para quedar fijadas como emblemas de lectura. Los personajes portátiles son actuados por una voluntad que no les pertenece del todo, y que es propiedad más bien de la literatura y sus relaciones: leen y son leídos, por eso su actuación pertenece a un mundo paralelo y escrito, una especie de dimensión semi real y de consistencia ambigua. Es el mundo disimulado en una temporalidad variable que se puede acuñar en tres sílabas: el mundo del ralenti, donde las cosas adquieren un tiempo propio, en general demorado, y todo se contrae o se elastiza indefinidamente.

La suspensión de la temporalidad en Vila-Matas proviene, creo, de la atemporalidad de las bibliotecas, donde cada viejo libro sigue con vida y se actualiza de acuerdo a los nuevos, incluyendo obviamente los del propio autor, cuya misión a veces parece ser subrayar lo dicho por otros libros y autores afines. Esta disposición tiene como consecuencia un movimiento particular, que me animaría a incluir entre los rasgos centrales de esa suerte de máquina o modelo: las modulaciones del énfasis. Es como si se asistiera a los efectos de una reacción química, cuyos chisporroteos más elevados se producen ante algunas felices conjunciones entre las órbitas de la vida y de la literatura. La inestabilidad e interacción de ambos mundos están planteadas desde hace siglos, pero lo curioso es que el énfasis de Vila Matas es anticlimático: se enciende donde otros autores comenzaron a hacer silencio, adquiere tono de homenaje en el punto en que otros declararon su desgracia, o se viste de solemnidad frente a lo que para otros no me fue más que un chiste.

Por eso resulta dificil discernir los movimientos de esta máquina, porque no se conforma con celebrar las desapariciones múltiples que nos propone nuestra modernidad crepuscular, sino que las somete a la crítica de la propia experiencia, como si en efecto el síndrome Vila Matas fuera una aceleración hasta el vértigo de las formas principales del mundo: la vida y la literatura.

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