ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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Alejandro García Abreu entrevistó a Emmanuel Carrère en público en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017.
Alejandro García Abreu entrevistó a Emmanuel Carrère en público en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2017.




Carrère y García Abreu conversan ante los asistentes al coloquio “Mil jóvenes con”, celebrado en la FIL Guadalajara 2017
Carrère y García Abreu conversan ante los asistentes al coloquio “Mil jóvenes con”, celebrado en la FIL Guadalajara 2017.




García Abreu y Carrère celebran la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2017.
García Abreu y Carrère celebran la entrega
del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2017.




Primera edición de De vidas ajenas, publicado por P.O.L Editeur, editorial fundada por Paul Otchakovsky-Laurens
Primera edición de De vidas ajenas, publicado por P.O.L Editeur, editorial fundada por Paul Otchakovsky-Laurens.




Vila-Matas y Carrére,l Salon du Livre, París 2011
Vila-Matas y Carrére, Salon du Livre,
París 2011.




Primera edición de El adversario, publicado por P.O.L Editeur, cuya sede está ubicada en la rue Saint-André-des-Arts en París
Primera edición de El adversario, publicado por P.O.L Editeur, cuya sede está ubicada en la rue Saint-André-des-Arts en París.








Los Suicidas. Revista literaria editada por Alejandro García Abreu.
Los Suicidas
Revista literaria editada por Alejandro García Abreu



PRISIONEROS DE NUESTRA PROPIA VIDA.
[UN MONÓLOGO DE EMMANUEL CARRÈRE]


ALEJANDRO GARCÍA ABREU

Fruto de una entrevista en público con Alejandro García Abreu (Ciudad de México, 1984) realizada en la FIL de Guadalajara 2017 y de una conversación con jóvenes, esta declaración de principios de Emmanuel Carrère (París, 1957) busca las raíces de la creación literaria.

***

Porque eso es lo que cuenta, creo: no la abundancia de una obra, no su ambición, ni siquiera su perfección, si es que esto existe, sino esa cosa misteriosa e imposible de explicar que es el poder de irradiación.
—Emmanuel Carrère

 

“Es una situación bastante extraña la de contar no sólo lo que se ha vivido, sino expresar quién eres, lo que hace que seas tú y ningún otro”, escribió Emmanuel Carrère —ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2017— en De vidas ajenas, libro en el que reinan el dolor y la muerte. Así han procedido el escritor parisino y sus personajes reales. En ese libro evoca los decesos provocados por el tsunami que arrasó Sri Lanka y aborda la muerte por cáncer. Se trata de la muerte masificada y de la intimidad de la enfermedad. Carrère es autor, entre muchas otras piezas, de cinco libros magníficos e inclasificables: El adversario, Una novela rusa —libro catártico, según el propio autor—, el ya mencionado De vidas ajenas, Limónov y El Reino en el que habla del “dolor incesante en lo más profundo de mi ser”, la depresión, la crisis, el suicidio y la visita al psicoanalista François Roustang con la esperanza de que le propusiera otra solución. Hay un compromiso con la verdad y con los personajes reales implicados en sus historias. Invitado por Dulce María Zúñiga —directora de la Asociación Civil del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances— y presentado por Marisol Schulz Manaut —directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara—, entrevisté a Emmanuel Carrère en público antes de ceder la palabra a los asistentes al coloquio “Mil jóvenes con”. También celebramos Conviene tener un sitio adonde ir, volumen que incluye ensayos literarios y textos periodísticos escritos entre 1990 y 2015 y que contiene las piezas que detonaron De vidas ajenas: “La muerte en Sri Lanka”, escrita con Hélène Devynck, y “Habitación 304, Hôtel du Midi en Pont–Évêque, Isère”.  Del encuentro destaco, a manera de monólogo, la voz de Carrère. Resulta una lección de ética y estética.

 

La estela de Romand y la depresión

“La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito.” El origen de El adversario se encuentra en la especie de abismo que se abre cuando nos interesan ese tipo de historias. Ocuparse de una historia como ésta, sin pagar un precio, no creo que sea algo que pueda realizarse de manera impune. El crimen se cometió en 1993 y publiqué el libro en el año 2000. Durante siete años me dediqué a ese libro, durante siete años el asesino fue una compañía terrible. Me hizo vivir en el escenario de una persona que había cometido homicidios. Tengo la impresión de que esa vivencia es algo que se le queda a uno pegado a la piel, es algo de lo que uno no puede deshacerse. Ojalá pudiera decir: “ese libro ya lo escribí”, “ya quedó detrás de mí”, “lo publiqué en el 2000, hace 17 años”, “me dediqué a otra cosa”. Sin embargo, hay algo que queda. Hay algo de frío, de malestar profundo que está asociado a esa historia; por tanto, para mí es muy difícil deshacerme de esa sensación.

Hablaré desde mi propia experiencia. La literatura no está necesariamente ligada a estados depresivos, a la tristeza, a sentimientos por el estilo. Hay escritores que escapan de esta situación. Desgraciadamente para mí, supongo que por mi formación psicológica, tengo una especie de fragilidad psíquica que se ha manifestado como una depresión muy pesada, dolorosa, muy inquietante. Pero no creo que la depresión sea necesaria para escribir libros. Todo depende de la personalidad de cada escritor. Es como si un autor padeciera diabetes. Eso no lo hace mejor o peor escritor. Hay que escribir con la diabetes. No toda la literatura tiene esa tendencia a zonas oscuras, dolorosas, peligrosas. Nadie está obligado a escribir libros sobre el asunto de esos asesinatos [cometidos por Jean-Claude Romand]. Pero es cierto que para muchos escritores una historia como ésta tiene una especie de irradiación. Para escribir al respecto se requiere de cierta vena depresiva.

Me he hecho muchas veces la pregunta de por qué escribí El adversario. Me cuestioné qué sentido tenía escribir un libro como éste que psicológicamente me drenaba tanto y que no prometía ser un libro agradable de leer. Con mucha frecuencia, cuando trabajaba en el libro, me decía: “qué tengo en la cabeza para continuar escribiendo a toda costa una historia tan terrible y tan extraña”. Y luego pasó algo cuando publiqué el libro, que me reconfortó en cierto grado. El libro tuvo mucho éxito. Como escritor a uno le da mucho gusto tener un libro exitoso. Yo no fui el único implicado en esta historia. Me di cuenta de que este libro llegó a tocar a muchas personas porque habla de realidades muy comunes, en el sentido de que muchos compartían esto. La experiencia base de este criminal está entre la imagen que nosotros buscamos darle a otros y lo que sabemos de nosotros mismos. Hay un momento de lucidez cuando salimos de la depresión y nos percatamos de diferentes aspectos de nosotros mismos. Creo que todo el mundo lo experimenta en un momento u otro. Lo que se encuentra en el corazón de esta historia, incluso si nos olvidamos del lado paroxístico de Jean-Claude Romand, es algo muy frecuente. Yo creo que por eso el libro fue tan leído: aborda algo muy común. Tras publicar el libro pensé que había una legitimidad al contar esa historia. No sólo se trata de algo extraño y patológico sino que también se narra algo banalmente humano. En lo que se refiere a la fascinación por figuras cercanas al mal, que están del lado de la mentira, no pienso que sólo haya eso. Como en De vidas ajenas, hay personajes que son lo contrario: están en la búsqueda del bien, de la verdad, de una mejor vida.

El proceso creativo y el inconsciente

Hay escritores, algunos muy buenos, que producen libros con cierta regularidad; parece que producen manzanas como un manzano produce ese fruto. Me gustaría ser parte de los escritores que tienen una producción periódica y que son capaces de hacer un trabajo sostenido día tras día. Desgraciadamente, no formo parte de ese grupo. Hay periodos en los que uno no sabe qué escribir. Es como si nos faltara ese punto de unión con el mundo que es la capacidad de escribir, y en ese caso no tengo recetas. Para escribir hay que tener una actitud voluntariosa. Pienso en Flannery O’Connor. Ella dijo: “me instalo delante de mi mesa de trabajo, son tres o cuatro horas al día en las que a veces sólo estoy sentada delante de mi mesa y no escribo una sola palabra”. La autora afirma que es su tarea de escritora pasar esas horas frente a la hoja en blanco o frente a una máquina de escribir porque puede pasar algo. Aseveró: “cuando pase algo voy a estar ahí”. También hay otras técnicas que tienen que ver con el entorno. Nos hablan siempre de técnicas de escritura para ser periodista o guionista —he sido ambos y me encantó tener la posibilidad de hacerlo—, entonces es una manera interesante de esperar a que se produzca una especie de clic y que podamos comenzar a escribir. Este clic se da a través del trabajo de reportaje. Podemos ocuparnos de una situación, de una historia. De repente uno dice: aquí hay algo más que reclama más tiempo, más espacio que un reportaje. Eso me ha pasado. Cada quien tiene sus propias técnicas, sus propias recetas para arreglárselas con esos periodos de sequía, de ausencia. La ruta es larga. Uno tiene que ser perseverante y paciente. Hay que aceptar los momentos en los que no pasa nada.

Con frecuencia hablamos de un camino muy largo, sinuoso, tortuoso. Uno tiene que tener confianza en la vida y en sus sorpresas, en las cosas imprevistas. Y también uno debe de tener confianza en el inconsciente. Hay cosas en tu interior que no conoces. No tienes ni la menor idea de ellas y al mismo tiempo creo que una parte del trabajo de escribir un libro es dejar que esas cosas en tu inconsciente sean las que te guíen. Yo no creo mucho en la voluntad, pero claro que hay que tener fuerza de voluntad para alcanzar un estilo. Uno debe dejarse llevar por una ola. A veces hay una especie de calma en la que no pasa nada. Hay que saber esperar en esos momentos y tener confianza en la vida y en su capacidad de renovación. También en la capacidad de sorpresa que te puede dar el inconsciente. He estado en psicoanálisis. Estoy familiarizado con el inconsciente.

Escribir un libro protagonizado por una mujer

Creo que las mujeres juegan un papel insuficiente. La mayoría de los libros que he escrito, quizá con la excepción de De vidas ajenas, son de personajes masculinos. Hay algo que me gustaría hacer durante el tiempo que me quede por escribir: realizar una novela protagonizada por una mujer. Ese sería un progreso en el conocimiento de la vida, del mundo. Hay alguien que ha estado presente en mis libros: mi mujer, que siempre ha sido mi interlocutora y que tiene una presencia muy fuerte en mi vida. Escribí Limónov, y me gustaría escribir un libro que se llamara Limónova o un equivalente. Es una dirección que yo podría tomar como una marca de progreso.

Influencias y gustos literarios

Me preguntaban sobre la influencia de los grandes escritores rusos del siglo XIX. Por supuesto que son muy importantes. La gran tradición literaria del siglo XIX parte de la cultura francesa como si fuera completamente algo amalgamado. Entonces cualquier persona que conozca la literatura francesa forzosamente conoce a Dostoievski, Tolstoi, Chejov, no tanto a Pushkin porque es un autor muy difícil de traducir. Se pierde mucho con la traducción. En cambio me encanta Tolstoi. Es un autor muy transparente, pierde muy poco en la traducción. El caso de Dostoievski es complicado porque hay muchas traducciones insuficientes. Son demasiado elegantes, mientras que la prosa de Dostoievski a veces no es perfeccionada, hay repeticiones. Muchos traductores pretenden hacerlo muy elegante; con ello se pierde la esencia del autor.

A sangre fría de Truman Capote es uno de los libros más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Es una sombra que se proyecta sobre todos los autores que buscan escribir partiendo de una historia criminal. No lo considero un modelo.

Por otro lado, tengo admiración y amor por los dos grandes libros de Juan Rulfo. No se separan de mi gusto por lo fantástico, por los fantasmas, por los muertos que habitan entre los vivos. Podemos tener gustos muy eclécticos, incluso en lo que se refiere a los distintos grados de unidad literaria. Admiro a Rulfo y su impacto en los amantes de la literatura. Pero también me encanta Stephen King, que es un autor de bestsellers. Me parece un autor extraordinario que escribe con muchísima eficacia y que logra abordar temas como el miedo.

Recibimos influencias muy variadas. Nos forman a quienes hemos leído. Y cuando uno está en el proceso de escribir un libro, si es abordado de la manera correcta, tendremos la impresión de que todas las lecturas nos nutren: los periódicos, los libros, incluso lo que la gente cuenta. Todo puede ser una influencia enriquecedora.

Lectores y pacto autobiográfico

Hay distintos tipos de escritores. Para algunos el lector no es auténticamente una preocupación. Y de ahí surge una pregunta que no puedo contestar: ¿escribiría uno si nadie lo lee? Voy a seguir escribiendo incluso si no llegara a tener éxito. Hay personas que reaccionan ante lo que uno escribe y eso es lo esencial. Intento crear una relación particular en el libro con el lector. Es como si me dirigiera un poco a él. Es un lector abstracto. Es como si fuera parte de un juego de ajedrez y la contraparte sería el lector. Uno intenta atrapar la atención del lector moviendo una pieza para ver cómo reacciona. Lo más preciado es cuando los lectores te dan una retroalimentación. El libro es el escenario donde se desarrolla la relación entre el escritor y sus lectores. Intento facilitarle las cosas al lector pero escribo sobre cosas muy complejas. No busco disimular la complejidad, por lo tanto le debo al lector el máximo de claridad. Hay escritores que tienen el gusto por cierto hermetismo o por el uso de una lengua muy compleja, muy rica en términos de vocabulario. Yo intento utilizar lo que podría llamarse lengua vernácula. Hay una frase de Hemingway que me gusta mucho: “conozco tantas palabras raras y complicadas como cualquier otro pero me esfuerzo por no utilizarlas”. Intento hacer lo mismo que Hemingway.

En libros que se presentan como literatura de no ficción, libros en los que las cosas se basan en la verdad, me esfuerzo por respetarla, me esfuerzo por no inventar. Hay un margen para el trabajo de la imaginación pero procuro ser fiel a los hechos. Incluso si esos hechos me ponen en una situación embarazosa, como es el caso de Una novela rusa. No presento una imagen simpática del autor.

En el pacto autobiográfico uno le dice al lector que lo que se narra es real, pero desde luego puede hacer trampa. En estos casos el autor intenta no hacer trampa. Hay lectores que se identifican y dicen: “es como yo”, porque todos tenemos un ángulo que no es muy honorable, del que no estamos muy orgullosos; todos tenemos cosas que lamentamos y que nos hubiera gustado hacer de manera diferente. Ahí el lector y yo tenemos un momento de encuentro. Cuando escribimos autobiografía hacemos más común una experiencia humana.

Entre la soledad y la colaboración

La escritura literaria es un ejercicio muy solitario. En ocasiones uno sufre muchísimo en esa soledad y es por ello que uno busca hacer cosas que nos saquen de esa carencia de compañía. Una de las cosas que he hecho, ha sido trabajar para el cine y la televisión como guionista. Es muy diferente porque se escribe para alguien más y en ocasiones con alguien más. Uno no está solo cuando escribe un guión. Si además uno filma la película, se entablan colaboraciones con distintas personas. Es un antídoto contra la soledad que implica la escritura de un libro. Trabajar con alguien es una especie de alquimia. A veces se da y a veces no se logra. Hay una sola condición para poder trabajar en colaboración: no tener miedo a decir lo que sea, lo primero que venga a la cabeza.

Los escritores que se ganan la vida publicando libros no son la mayoría. La mayoría de los escritores realizan otro oficio: son profesores o periodistas, otros son editores. Lo que me permitió ganarme la vida fue la escritura de guiones para la televisión. También hay diferentes etapas en la vida de un escritor. La primera es cuando comienza a escribir a tientas en la oscuridad. Luego llega el día en el que un editor te busca porque quiere publicar tu libro; esa es la dicha suprema para un escritor. De repente lo que uno hizo solo en un rincón llega a mucha gente. Y hay un recorrido que puede durar muchísimo tiempo con altas y bajas. Puede haber avances lentos e irregulares.

El libro predilecto

Entre los míos hay un libro que prefiero: De vidas ajenas. Por razones literarias, morales, afectivas. Si después de mi muerte me encontrase ante la entrada del infierno o del paraíso y me preguntaran qué hiciste en tu vida yo mostraría ese libro y diría: “No fui tan mala persona”.

El oficio del periodista y el impacto de lo real

Hablar de periodismo en general y del periodismo en México no es lo mismo. El oficio de periodista puede ser difícil, resulta precario. Aquí en México sabemos que es extraordinariamente peligroso. Ser periodista en su país exige una especie de heroísmo y muchísimo valor. Y respeto este valor siendo consciente de que somos privilegiados en un país como el mío, Francia, donde ser periodista no acarrea peligros reales. Uno puede ser atacado por difamación, te pueden despedir del periódico, pero no tiene nada que ver con su situación. Y hablando de nuevo de periodismo en general lamento la ausencia de espacios para el reportaje. Un reportaje es una manera de abordar situaciones y personas. Se debe entrar en la complejidad de lo real. Me inquieta que el periodismo se aleje de la riqueza del reportaje.

Una vez algo que escribí tuvo impacto en mi vida amorosa. Realicé un ejercicio que consistió en redactar una carta erótica dirigida a la mujer con la que me relacionaba entonces. Fue publicada en Le Monde. Pensé que iba a ser una especie de regalo amoroso, totalmente encantador, pero fue una catástrofe que condujo al final de esa relación amorosa. Fue triste, cruel.

Vivir otras vidas

La literatura permite seguir los caminos que uno no tomó, una vida diferente a la que uno vive. Somos prisioneros de nuestra propia vida, de las opciones que tomamos, de nuestras personalidades. Y es una prisión en la que con frecuencia nos sentimos bien. Escribir libros nos permite vivir otras vidas. Uno enriquece su experiencia y conoce más el mundo porque se tienen otros accesos de uno mismo a la humanidad. Es una especie de vida alternativa que permite la literatura. Narro vidas que no son la mía, como reza el título de uno de mis libros: De vidas ajenas.

Traducción de Martha Saldaña y Alejandro García Abreu.

Laberinto, suplemento literario del periódico Milenio, 6 de enero de 2018.
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