ENRIQUE VILA-MATAS LA VIDA DE LOS OTROS 
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MIS PASOS HACIA ENRIQUE VILA-MATAS O EL PARAÍSO BARTLEBY

GUADALUPE NETTEL


Por circunstancias que van desde lo físico hasta lo psicológico y en las que he abundado en mis libros, siempre he tenido la certeza de no encajar en ninguna parte o, dicho de otro modo, de ser un chino incapaz de volver a casa. Desde que aprendí a leer, la literatura constituyó para mí un espacio alternativo en el cual tomaba aire antes de regresar al asfixiante mundo de lo práctico, del cuerpo, de las intrigas y de la diplomacia. De niña y adolescente lo único que me gustaba leer era literatura fantástica o al menos no realista, desde Hofmann hasta Elizondo, pasando por Kafka, Borges, Jarry, Ionesco, Machen, Poe o Théophile Gautier. La narrativa realista me resultaba demasiado cercana a este mundo en el que vivo a regañadientes. Poco después de terminar el bachillerato, cayó en mis manos un libro tan extraño como atractivo. Tenía algo del delirio y el humor de los patafísicos, algo de su entusiasmo. Se llamaba Historia abreviada de la literatura portátil. Su forma de romper con la narrativa tradicional, y de combinarla con el ensayo, me entusiasmó muchísimo. Vila-Matas, su autor, era un raro, un vanguardista, un militante de la literatura en un mundo desilusionado y blasé. Ahora él dice que de raro no tiene nada y es verdad. Ha dejado de serlo en la medida en que hay cientos de escritores haciendo lo posible por imitarlo, pero lo fue en su momento y consiguió hacer lo que los grandes artistas consiguen aún sin proponérselo: convertir sus lados más incomprensibles y originales en una moda o una tendencia.

Poco tiempo después leí Impostura y de inmediato Suicidios ejemplares y fue entonces cuando se produjo el asombro que a veces producen algunos textos: sentí que ese libro me conocía íntimamente y que hablaba de mí. Aquellos personajes llevaban a cabo la maravillosa idea de suprimirse a sí mismos con la que había fantaseado tantas veces. Muchos de ellos vivían entre tinieblas, a medio camino entre la demencia y un mundo que se les escapaba de las manos, y en el cual no deseaban o no podían participar. Los suicidas ejemplares tenían en común con los shandy pertenecer a una cofradía descabellada, pero si los primeros eran optimistas, los segundos eran obviamente un puñado de disidentes. El segundo relato, llamado Muerte por saudade, llegó a obsesionarme, y también la frase que el narrador se desvive por escuchar en boca de la mendiga que transita por el Paseo de San Luis. Tras varias lecturas de ese libro que succionaba con fuerza, convencida de que ahí estaba el secreto de la buena literatura, pasé a Hijos sin hijos, en donde volví a toparme con la idea de la desaparición. Rita, la profesora de piano en un relato que ostenta el sugerente título de Mandando todo al diablo, resumía mi postura existencial. Cito: “¿No  he admirado yo siempre a todos aquellos que dan un portazo y se van? Yo sé que en el fondo todos aborrecemos nuestras vidas perfectamente en orden, de modo que cuando escuchamos ‘dejó a todos plantados’ o bien ‘dijo que no y se largó sin más’, sentimos una profunda envidia de quienes se han atrevido a dar el gran portazo.” Yo también había mandado al diablo muchas cosas supuestamente importantes, y lo seguí haciendo legitimada por Enrique Vila-Matas. El siguiente libro que leí hablaba exactamente de eso, de dar el gran paso, y justo en el único terreno que para mí tenía sentido en aquel entonces: escribir. Aquí también se desmarcaba de la narrativa tradicional con una naturalidad admirable, y por supuesto también de las reglas del ensayo clásico. Cuando supe que se había sacado de la manga a cinco de esos personajes, yo, que siempre he tenido una fuerte tendencia a la mitomanía, me sentí autorizada a inventar todo tipo de referencias, incluso en la universidad, y por supuesto nadie o muy pocos se dieron cuenta. Después de leer Bartleby y compañía quedé convencida de que si escribir era genial, más lo era dejar súbitamente de hacerlo. Claro, para eso primero había que empezar, y de ser posible hacerlo bien, al menos lo suficiente como para que alguien notara nuestra retirada. Tanto en este libro como en otros que escribió después, Enrique le dio la vuelta al tema del fracaso, un tema que, como les sucede a muchos escritores, también a mí me parece fascinante. Retirarte de algo que haces bien, ya sea por inseguridad, por pereza o por algún tipo de trauma, como suponemos que le pasó a Rimbaud, lejos de convertirte en un fracasado te hacía un miembro de esa cofradía Bartleby. Uno de los libros en que Enrique retoma de manera muy eficaz este tema es Aire de Dylan, donde el fracaso se vuelve el rasgo distintivo de personajes que lo persiguen como única meta en la vida. Fracasar sí, pero fracasar de verdad y completamente, como recomienda Dominique Noguez, autor de Comment rater complètement sa vie en onze leçons.

Me puse a escribir entonces para poder dejar de hacerlo algún día. Terminé un cuento sobre un personaje vagabundo, y un poco delirante, que va leyendo signos en los baños de mujeres. Poco tiempo después, conseguí una beca para irme a estudiar a París y desde ahí le envié a Enrique mi primera carta. En ella le expliqué lo mucho que me gustaban sus libros. Le hablé de esa ciudad que para mí había emergido de su imaginario, le hablé de Perec y de su archivo y, como si nada, añadí el borrador de aquel cuento. Metí el conjunto en un sobre azul y lo llevé al correo. Era la primera carta que le enviaba a un escritor en plan groupie, y me tomé como algo totalmente normal que nunca la respondiera. Pero su silencio no me impidió seguirle escribiendo. Fue un par de años después cuando su respuesta me llegó en forma de libro. Era la historia de un aspirante a escritor que vivía en una buhardilla en la casa de Marguerite Duras. Me llegó una mañana por correo y sin remitente, pero con el dibujo emblemático del sombrero y la gabardina, así que decidí que venía de su mano y nunca he intentado confirmarlo.

La primera vez que coincidí físicamente con él fue muy poco tiempo antes de dejar París para irme a vivir a su ciudad. Lo reconocí en la fila de un avión que me llevaba de Guadalajara al DF. Esta vez decidí cambiar de tono. Antes de abordarlo, esperé a que todos los pasajeros estuvieran en sus asientos y, una vez frente al suyo, le solté esta frase: “¿Verdad que todas somos unas desocupadas?” Creo que dio resultado, porque la siguiente vez que lo vi, en la librería La Central, fue él quien se me acercó y me preguntó dónde estaba viviendo. Pregunta a la que durante muchos años me resultó muy difícil responder. «De manera estable», recuerdo que contesté, «sólo en tus libros.» Asintió y casi de inmediato abrió la puerta de La Central para desaparecer por la calle Mallorca en un Cadillac convertible. Un año más tarde, El huésped, mi primera novela, quedó finalista del Premio Herralde. Una de las alegrías que me produjo esa noticia fue que estuviera él en el jurado, pero mi buena fortuna no terminó ahí. La noche de la entrega, volví a verlo encaramado en una de las sillas altas de Il Giardinetto, con actitud de gato de Cheshire, tratando de convencer al barman de que le sirviera otro gin-tonic. “¿Cómo puede negarse?”, pregunté ingenuamente. “¿No sabe quién es este hombre?”. El señor Ángel contestó con indulgencia: “Porque sé quién es este hombre, no le daré ni una más.”.  Esa noche Enrique elogió profusamente mi novela y, sin darse cuenta, me dio el mejor consejo que me han dado, que espero no olvidar nunca: “La primera mitad de esa novela es como eres realmente”, me dijo, “la segunda mitad, como crees que los demás quieren que seas. Por más que los otros insistan, no cedas ni vuelvas a traicionarte.”

A partir de ese día, nuestra relación dejó de ser puramente imaginaria y epistolar. En Barcelona lo vi en varias ocasiones, muchas menos de las que yo hubiera querido, pero para ser honesta encontrármelo, hablar con él por teléfono o incluso escribirle un email me sigue produciendo mucha timidez. Me aterroriza que alguna frase o comentario mío me delate, y Enrique descubra sin remedio la verdad: que en el fondo soy aburrida como casi todo el mundo, y que siempre lo he sido.

Desde que lo conocí personalmente, la admiración por sus libros, lejos de reducirse, se ha incrementado. A diferencia de la mayoría de nosotros, él no deja de ser escritor ni de noche ni de día. Lo era cuando bebía y lo sigue siendo ahora que ha decidido instalarse en la sobriedad para salvar su vida. No deja de serlo ni al comer ni al caminar, sospecho que tampoco al dormir o al ducharse. Conmigo ha sido siempre de una generosidad apabullante. Aceptó asistir al taller de OuLiPo que yo impartía en La Central del Raval, y conversar con mis alumnos, dedicarme todos los libros que en medio de la sesión saqué, cayendo de nuevo en la actitud de groupie. Aceptó la propuesta mía y de Pablo Raphael de dialogar durante semanas con Jean Echenoz sobre la impostura, el tema que habíamos elegido para el segundo número de nuestra revista, y cedernos el texto gratuitamente. Cada vez que publico un libro, me hace algún comentario al respecto. Él en cambio sospecha que yo no lo he leído por completo. Incluso se lo ha dicho a un amigo común. Debo admitir que tiene razón. Aunque quisiera decir que he leído todo Vila-Matas, su fuerza productiva, que bien podríamos catalogar entre las fuerzas de la naturaleza, supera por mucho mi paso de lectora flâneur que disfruta releyendo no sólo sus mejores párrafos, sino también sus entrevistas, y los artículos que publica en la prensa. Además, siempre que estoy a punto de alcanzarlo, aparece un libro nuevo, y en seguida otro más. “En mi interior habita una extraña y monstruosa energía llamada Ingravallo al tiempo que cada día estoy más cerca de Walser”, dice el narrador de Doctor Pasavento. Así, la obsesión por “el gran portazo” ha llevado a Enrique a convertirse en el más prolífico de los escritores. Sin embargo, cada vez que publica un libro, lo hace como quien completa paulatinamente un enorme rompecabezas, cuya lógica va quedando cada vez más clara. Se trata de uno de los pocos escritores vivos que está construyendo una obra de forma deliberada y coherente. Hasta ahora no he encontrado uno solo de sus libros que quede rezagado y fuera del conjunto. Siendo honesta, no me preocupo mucho por seguirle el ritmo. Aunque por el momento sigo escribiendo, alguna vez tendré el privilegio de dejar de hacerlo para, finalmente, convertirme en una bartleby. Entonces me sentaré en una butaca como Montano y me dedicaré a leer a Vila-Matas por completo, una y otra vez.


 *Leído en Guadalajara (México) a finales de noviembre de 2015.

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